En Rusia habrá barras argentinos, como en todos los mundiales. Los que pelean y hacen negocios; los que van con lo justo, los que van con más gastos que ingresos. Cantarán y agitarán como siempre. Pero hay una preocupación: la seguridad. Putín armó un gran aparato de control para los “violentos” de diferentes nacionalidades. Esta es una de las 20 notas para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.



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Ilustraciones: Barras El Comic 

 

En Rusia habrá barras, como en todos los mundiales. Estarán los que pelean y hacen negocios; los que van con lo justo y prefieren silbar por la sombra; o los que, con más gastos que ingresos, se regocijarán de patriotismo futbolero por las griseadas calles de Moscú. Es que la realidad de las barras argentinas es mucho –pero mucho– más heterogénea que la imagen simplista y estereotipada que la Grabialogía intenta instalar. Reducir un fenómeno, que ya lleva más de 80 años, al lugar común de “mafias que se pelean por negocios”, no solo confunde la parte con el todo, también obstruye la comprensión en nombre de la denuncia.

 

 

Así como hay condiciones que estimulan el desembarco, están las que invitan a la mesura. Rusia es lejos y caro, y no todos los barras llegan a las palancas del poder realmente existente. Los de los clubes “grandes” y porteños, con presidentes de alto fuste, con certeza deambularán por Moscú. “La 12” de Angelici-Macri encabeza la lista de privilegiados. Pero no todo es economicismo. Los barras también piensan en la seguridad, y en Rusia se pronostica viento en contra. El país más grande el mundo, con la ayuda de la FIFA, está coordinando un gran aparato de seguridad para controlar a los “violentos” de diferentes nacionalidades. Con Argentina, concretamente, se firmó un acuerdo de colaboración. El gobierno nacional facilitó una lista de 3.000 hinchas con restricción de concurrencia a los estadios locales. Además, envió a siete responsables directamente involucrados. Una comitiva que se auto presenta como “caza barras”.

 

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Como telón de fondo a lo coyuntural, está lo estructural. Las barras siempre viajaron. Los dedos inquisidores apuntan a un tal “Petiso”, líder de una “barra argentina”, vecino de La Boca. Se le imputa el asesinato del uruguayo Pedro Demby, quien muere desangrado por un balazo. La tragedia ocurre en la Ciudad Vieja de Montevideo, después de un insulso 0 a 0 entre las selecciones de Argentina y Uruguay por la Copa América de 1924. Seis años después, en la primera copa del mundo, las peleas se repiten. “Escuadrones rufianescos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos” vocifera Roberto Arlt contra los muchachos del fútbol. El pánico moral de las barras y el mundial llegaba para quedarse.

 

El siglo XX se parte a la mitad y el Estado Novo brasileño de Getulio Vargas tiene una obsesión: mostrar una nación pujante y civilizada. Nada mejor que una copa del mundo como vidriera global. El imponente Maracaná está ávido de orden y progreso. Las autoridades se contactan con Jaime de Carvalho, máximo referente de la barra del Flamengo conocida como La Charanga. Se espera que Jaime medie con la policía para evitar disturbios en la tribuna. Y así fue, inclusive tras la catastrófica derrota brasilera en el célebre Maracanazo. El líder flamenguista es nombrado “embajador de la torcida brasileira”. Viaja al mundial de Suiza 1954, Chile 1962, México 1970 y Alemania 1974. Iguala en copas a Pelé.

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Diegote brilla en 1986, tanto que eclipsa otros movimientos en las tribunas y sus alrededores. La herida Malvinas está abierta y un grupo de barras argentinas planea una venganza en nombre de los caídos. Son los de Boca, Estudiantes, Velez, Chacarita, Central y algunos más. Con la ayuda de los argentinos exiliados en México y algunos hinchas escoceses emboscan a los hooligans ingleses del West Ham, Chelsea, Newcastle y Manchester United. La hazaña exige pruebas. El 2 de abril de 1989, en el entretiempo del partido que Boca pierde contra Independiente por 2 a 1, La Doce, “La barra del Abuelo”, quema los trofeos de guerra robados en combate.

 

La relación entre barras y mundial no es una novedad, ni de nuestra época ni de nuestro país. Tenemos embajadores del para-avalancha desde el primer mundial en 1930. Y aunque nuestro narcisismo patriótico nos nuble, no somos la única nación que, enorgullecidos o avergonzados, cuenta con tal fenómeno. Es común de barras, torcidas, hooligans, ultras o tifosis, organizarse para seguir a sus selecciones. Sin embargo, está claro que los barras argentinos de hoy tienen sus particularidades y esto impacta en sus viajes internacionales. Ahora parece que los exportamos en cantidad y de todos los colores … ¿por qué?

 

La prohibición del público visitante en la Argentina –en el ascenso desde el 2007 y en la primera división desde el 2013– modifica sustancialmente la dinámica de las barras. Solo mencionaremos dos cambios: por un lado, acelera un desplazamiento de la violencia. Si antes las barras se peleaban dentro de los estadios contra pares de otros equipos, ahora lo hacen, mayoritariamente, fuera de las canchas de fútbol y en luchas internas. De ahí que hoy tengamos la siguiente paradoja: estadios pacificados y víctimas fatales al mayorista. No hay más violencia, simplemente aumento su letalidad.

 

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El otro factor, ligado al anterior, es que, con la restricción a los visitantes, los barras se ven forzados a sellar un pacto de no agresión con sus pares de equipos rivales. Viejas hostilidades, o se esfuman, o se ponen entre paréntesis –nunca desaparecen del todo– en pos de seguir al club que cada uno representa. La amistad de los locales es imprescindible para la visita de los foráneos. En un juego de anfitriones y huéspedes, entre asados, vinos y camuflaje neutral, los viejos enemigos se estrechan la mano para burlar la prohibición.

 

Paralelamente, se van gestionados encuentros para que las barras, en estado friendly, viajen juntas para alentar la selección. Ya dijimos que no se trata de una iniciativa nueva, pero hay una primicia en la magnitud y la visibilidad de la movida. En 2007, Bebote Alvarez, jefe de la barra de Independiente, traza contactos con la ONG “Nuevo Horizonte para el Mundo” y organiza una reunión con más de 100 barras de 39 clubes. Aunque la propuesta se desinfla el antecedente perdura.

 

 

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En 2009 nace Hinchadas Unidas Argentinas (HUA), una organización vinculada al kircherismo y fundamentada en un intercambio de favores: paz en los estadios a cambio de aval político – ¿y económico? – para viajar al mundial de Sudáfrica 2010. Las experiencias de los barras involucrados en el tour mundialista son disimiles, algunos quedan con el pasaporte en blanco, a otros se le niega el ingreso al continente africano, están los deportados después de unos días y el resto consigue colorear las tribunas sudafricanas en nombre de la patria. HUA es un quiebre, permitió que muchos barras, del ascenso o clubes del interior, vieran como posibilidad real el viajar por el mundo como la hinchada oficial de la Argentina. Una “democratización” en la mundialización del para-avalancha, pues, antiguamente, era un privilegio reservado para los muchachos de los equipos grandes de Buenos Aires. Hoy, viajar al mundial, como expectativa o posibilidad, está en el horizonte de cualquier grupúsculo que se reconozca como barra de un equipo.

 

Pero no todo responde al orden nacional. La internacionalización de los hinchas organizados del fútbol es un hecho. La globalización trajo más intercambios entre barras, torcidas organizadas, ultras, porras o tifosis. Hay una reestructuración de la competencia deportiva que estimula los partidos internacionales. Pululan copas, amistosos o liguillas entre equipos que, hasta hace poco tiempo, contaban un kilometraje estrictamente nacional. Además, en el fútbol globalizado y massmediatizado de hoy, hay dos clicks de distancia entre barras de Argentina, Honduras, Bélgica o Palestina. Desde la web se tejen redes tan solidarias como interesadas que facilitan el viajar. Así fue como Jorge “Hierro” Martins, jefe de la barra del Inter de Porto Alegre, recibió a barras argentinas en el mundial de Brasil 2014; o aquella vez en la que los referentes de Independiente y Colón fueron a un congreso mundial de ultras en Turquía; o cuando La 12 agasajó a los pares del Zenit de San Petersburgo y del Dynamo de Moscú para resolver los detalles del operativo Rusia 2018.

 

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Para estar en Rusia hay que gestionar recursos. Como pueden y saben: rifas, vaquitas, ventas, intercambios, pedidos, exigencias, amenazas, extorsiones, golpes o tiros. Toda adversidad se supera bajo el mandato de estar. Y esa norma, la de estar, aunque sea en menor intensidad, rige para la selección. Pues, además de hinchar por sus clubes, los barras son argentinos, y de los más nacionalistas y chauvinistas que supimos construir. Es lógico que pretendan ir Rusia a exponer su aguante en nombre de la patria. La épica del hinchismo, industria nacional.

 

No está de más recordar que, en casi todos los comienzos de estos grupos, hay un mito de origen que habla de hombres –siempre “machos”, nunca “putos”– que se organizaban para “seguir a su equipo a todas partes”. Una herencia que hoy es tradición. Si algo sabemos de los mundiales –y siempre están los spots de Tyc Sport para recordarlo– es que son rituales reservados para hombres argentinos heterosexuales desbordados de pasión a la hora de “defender la patria”, y nuestros barras de exportación, aun con toda su heterogeneidad, cumplen a rajatabla el guion de lo esperado. El que se escandalice ante la obviedad, peca de mal actor.


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