¿Qué formas de pensar su destino tiene la comunidad negra? ¿Cómo zafar del racismo? ¿Es posible evitar la herencia para dejar paso a la potencia? La agenda del 9no. Festival CineMigrante plantea respuestas a través de obras con perspectiva afrofuturista: una vía de escape que combina identidad, tecnología, música y empatía alien. Esta es una serie de notas en una alianza entre CineMigrante y Anfibia para pensar el futuro desde una territorialidad decolonial.



Reflexionar sobre el futuro es una pulsión de vida que late con más fuerza que nunca en quienes nacimos del trauma de la historia, con las vejaciones de la esclavitud, en la herida colonial. Porque lo que para Occidente significó el paso de la Edad Media a la Modernidad, para otrxs fue el ‘trauma fundador’ de una existencia basada en la captura, el robo, el secuestro, la mutilación.

 

La sensación de letanía nos interpela a mirar hacia la prefiguración de un territorio que no guarde relación con el tiempo actual o con las experiencias del ayer. Porque si creyéramos que todo va a seguir igual -que seguiremos siendo los cuerpos de las guerras, los protagonistas de las hambrunas y los rostros de las noticias policiales-, sería imposible lograr una vida enmancipada.

 

¿Cómo imaginar otro porvenir?

 

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Estas son algunas de las preguntas que desde el colectivo CineMigrante nos proponemos responder en un ejercicio experimental llamado ‘Re.Volver al futuro. Negro Disparo hacia el Sol’, acciones que van a desarrollarse durante la 9ª Edición del Festival, entre el 18 y el 26 de septiembre. Se trata de un diálogo entre tecnología, cine, literatura, realidad virtual, música y performatividad que recupera esas visiones desde los márgenes de Occidente. Con estas preguntas también miramos nuestras calles y nuestros entornos públicos y cotidianos. Y pensamos: ¿qué futuro es posible imaginar en una sociedad que históricamente niega los conflictos raciales? ¿Cómo visibilizar la matriz extractivista-colonialista-racial que se niega en la sociedad argentina?

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En 1987, el artista chileno Alfredo Jaar puso una pantalla gigante y negra en la esquina del Time Square de Nueva York. Proyectó una animación electrónica que mostraba el mapa de los Estados Unidos y decía: “Esto no es América”. Treinta años después, un videoclip se viraliza en las redes sociales: desde una playa de estacionamiento subterránea, Childish Gambino nos enfrenta al mismo mensaje, canta y dispara: “Esto es America”. La suya es una América que se mueve al ritmo de las ondas black que reproducen el estereotipo de los orígenes, las violencias de las retóricas subalternas y los discursos esencialistas. “Esto es América [don’t catch you slippin’ up].” Pero si ésto es América, ¿qué puede hacerse desde América? ¿Es posible desviar la herencia para dejar paso a la potencia? ¿Es posible interpelar imaginarios alternativos con los que denunciar las retóricas subalternizantes, las recetas higienistas y blanqueadoras que atraviesan todo el continente?

 

Pocos años después de la denuncia de Jaar en Nueva York, empezó a circular en el imaginario anglosajón diaspórico una plataforma de sensibilidades y relatos que condensaba puntos de fuga alternativos a la pregunta por los orígenes black. Se lo llamó “Afrofuturismo”.

 

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Este concepto pronto se coló en la literatura, el cine, el cómic y la música, y fue un cambio de aire ante las retóricas coloniales. Frente al paradigma no-blanco = no-hombre = no-humano, “el afrofuturismo reinventa la esclavitud y la alienación mediante el uso de lo extraterrestre como un tropo hiperbólico para explorar los términos históricos, las implicaciones cotidianas de la deslocalización forzosamente impuesta y la constitución de los sujetos del Atlántico Negro”, como dijo Kodwo Eshun, ensayista y artista de origen británico-ghanés. Eshun es el autor de Más brillante que el sol (Caja Negra Editora). El libro -que acaba de ser editado por primera vez en castellano- será presentado en el marco de la 9° Edición del festival.

 

El humanismo está en el centro de la violencia colonialista porque cuando se define qué es humano y qué no lo es, quién tiene alma y quién no la tiene, lo que se hace es determinar un territorio de aniquilación. Así funciona la matriz humanista-capitalisma-colonialista: aquello que no tiene alma (se trate de negros, comunidades nativas, recursos naturales) es susceptible de explotación intensiva. Es sobre las cenizas de aquellos relatos que podrán liberarse las máquinas rítmicas del futuro. El afrofuturismo reivindica el carácter poshumano de lo negro, no pretende convertirse en un nuevo humanismo.

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¿Qué caminos abre pensar en lo que viene en clave afrofuturista? ¿Qué efectos produce en las prácticas artísticas de los sujetos subalternos?

 

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Hay expediciones sonoras al planeta negro que entienden su cultura como cultura alienígena, no humana. El soul -que bucea la expresividad del “alma” negra- no sería un género afrofuturista.  Pero sí el funk, el techno y ciertas líneas del hip hop.

 

Las tecnologías son claves: son las “naves” que nos permiten explorar esos territorios alienígenas o viajar al futuro.

 

Kodwo Eshun habla de las tres naves de la música negra: el sintetizador de Sun Ra, la banda Starship de Parliament-Funkadelic y el Black Arc, el famoso estudio de grabación de reggae y dub creado por el jamaicano Lee Perry.

 

La tecnología también es crucial para afrontar el problema identitario. En las fronteras de intercambio entre el cuerpo y la máquina, el afrofuturismo descubre que la identidad, la raza y la naturaleza humana no son algo cerrado o determinado naturalmente. Así como para Paul Preciado el sistema sexo-género es una tecnología de dominación heterosocial, para el afrofuturismo la raza es producto de una tecnología biopolítica; la pureza no existe ni a nivel genético ni cultural o estético. El sistema racial es una tecnología de inscripción sobre los cuerpos que hace pasar por natural una distinción arbitraria que está al servicio de la explotación. Existe además un interesante paralelismo que vincula la historia de los negros y la de los androides como fuerza de trabajo no humana que busca la emancipación.  

 

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El término “afrofuturismo” fue acuñado por el escritor Mark Dery a mediados de los `90 para englobar un tipo de ciencia ficción negra. Su sentido se mantiene, sigue invitando a imaginar futuros a partir de una lente cultural negra como una forma de alentar, experimentar y reimaginar identidades y estrategias emancipatorias.

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La lectura de Kodwo revisa el debate sobre los orígenes. Entiende que remitir lo negro a un origen común o a ciertas prácticas folclóricas reproduce la mirada colonialista. Volviendo a la música, ésto es evidente en el caso del hip hop: quienes reducen la rica y compleja historia de este género a una caricatura moralista del gansta rap reducen una realidad polimorfa a una imagen estereotipada que demoniza a esta cultura y limita sus posibilidades. La violencia, la misoginia, la homofobia, la competencia son presentadas como características esenciales del hip hop e, hiperbólicamente, de la cultura negra, cuando son características sociales -es decir, de la cultura blanca patriarcal-, que se reflejan. Parafraseando a la escritora feminista bell hooks, siempre es más fácil responsabilizar al gansta rap y a los guetos pobres por su violencia que confrontar con el sistema que inyecta esa violencia.

 

La perspectiva afrofuturista es antiesencialista porque no comprende la negritud por sus orígenes ni por unos supuestos códigos de autenticidad sino por su relación con el futuro: ser negro en un mundo colonialista implica que borraron tu pasado, que aniquilaron tus raíces, tu lenguaje, tus tradiciones. La historia de la cultura negra es una historia de diáspora, desarraigo y resurgiminto. Lo negro no se define por la fidelidad a una tradición (ya sea la de la calle o la de los antepasados); se define por la capacidad de crear cultura desde el margen, por reinventar un pasado y proyectar nuevos futuros colectivos.

 

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Otra de las respuestas artísticas a este debate la brinda el Black Audio Film Collective, un equipo audiovisual afrofuturista cercano de Kodwo Eshun. Entre los años ochenta y noventa implementaron un lenguaje propio de la diáspora mientras imaginaron un futuro liberado de los símbolos coloniales. Sus películas muestran una memoria interrumpida, colectiva y anhelante, vinculada al pasado pero también al estado de emergencia de un presente donde persisten los mecanismos de racialización.

 

Después de haber leído a Benjamín en clave post-colonial, el Black Audio Film Collective filmó el manifiesto audiovisual del Afrofuturismo, “El último ángel de la historia”: un  ángel black que ya no mira atrás ni vuela sobre cenizas; en cambio avanza y viaja sobre tecno-fósiles que descodifican las llaves del futuro. El viaje cósmico, la iconografía alienígena y la música -de Sun Ra, Lee Perry y George Clinton- que propone la película son metáforas del desarraigo y de la alteridad del sujetx negrx en la sociedad blanca.

 

Las películas del Black Audio Film Collective llegan a Buenos Aires para ser proyectadas junto a otras producciones realizadas en América, África y el mundo árabe. El idioma común: pensar en futuros liberados del dominio colonial. Todas formarán parte de la sección “Futuridades nómadas” del Festival Internacional CineMigrante. Su fuerza disruptiva reactivará la memoria histórica y nos permitirá fugarnos de ella hasta inflamar el tiempo del público e iluminar sus rumbos como el relámpago de un disparo negro hacia el sol.*

 

 

Este artículo fue trabajado tras un diálogo surgido entre CineMigrante y Caja Negra. Agradecemos a Ezequiel Fanego por su dedicación y aporte.

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