Como pronóstico. Como inminencia. Como oportunidad perdida o como catástrofe. En estos días, lo que está por venir se vive entre el temor y el alivio, siempre con incertidumbre. ¿Qué imágenes del porvenir se están poniendo en juego? ¿Dónde encontrar alternativas a “lo posible capitalista”? “En el diálogo entre lo que existe y lo posible debemos elaborar futuros abiertos con voluntad de igualdad”, dice Ezequiel Gatto.



Y mientras tanto el sol se muere y no parece importarnos

Indio Solari

 

 

Mauricio Macri amenaza con desastres próximos, que todo será peor, mucho peor, si no se revierte el resultado de las PASO. Alberto Fernández visita Portugal y en la agenda pública se debate si Argentina puede copiar el modelo Portugal. Y si alguna vez llegaremos a ser Australia. Felipe Solá asegura que en lo que queda de campaña hará eje en el futuro. Estas postulaciones sobre el porvenir corresponden a los últimos días, pero toda la política es una matriz dinámica fundamental en la producción, discusión y transformación de imágenes de lo que vendrá. Sobre este tema, bajo el sol argentino actual parece haber algo más que repeticiones: ciertos componentes públicos, apelaciones, vértigos, búsquedas, posibilidades dan cuenta de novedades.

 

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Un amigo cineasta viene cubriendo las marchas de votantes de Macri desde 2014. Le pido los crudos de las últimas dos. Dos horas y pico de entrevistas, panorámicas y detalles.

 

Mientras otros manifestantes que sospechan del entrevistador se alejan de la cámara, una señora reacciona a la pregunta de por qué estaba ahí. “Tengo miedo, y estoy triste, y tengo ganas de llorar.” No lo dice, pero sus gestos también indican enojo. Justo después de contestarle al periodista, alguien detrás de ella grita: “No dejemos tirado a la marchanta nuestro futuro”. ¿Es marchanta? ¿Es azar lo que viene? Para estas personas más bien pareciera haber un destino: la catástrofe. Habrá que tomar nota de ese sector de la población para el que su proyecto de trabajo, mercado y gestión técnica del Estado vuelve a encontrarse con el desamparo. Son los apóstoles de “la oportunidad perdida”, que volverán a vivir bajo el signo de un futuro que se aleja del que soñaron.

 

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Por lo que se escucha, alejarse de ese proyecto provoca que un discurso brutalmente racista se intensifique. Las redes sociales aceleran esas partículas de agresividad. Pero ese ánimo también está en la calle: en las movilizaciones de la última década el odio racializado se volvió algo decible públicamente, frente a extraños. No se acota al intercambio entre conocidos, seudoconfesional (como un taxi) o anónimo. Valores racistas hay desde hace mucho, identificaciones políticas racistas a viva voz: eso ya no es tan habitual en este país. No hemos tenido un Citizen’s Council o Ku Klux Klan del que hayan participaron miles de personas para reivindicar y mantener la segregación racial como modo de vida.

 

Rita Segato indicó que la raza es un operador privilegiado en la extracción de valor, en la puesta a trabajar de otros. Pareciera que ese elemento requiere también su opuesto: en el macrismo exaltado el vago, el no-puesto a trabajar, siempre es el otro. Que suele confundirse, o mejor dicho homologarse, con el negro, una definición polisémica en la historia argentina, y fundamental en la distribución racializada de la población, que es, a la larga, la distribución de posibilidades. Porque los negros pueden algo (vaguear), y no pueden otra cosa (trabajar) y su deber es poder (trabajar). Esta racialización también se presenta como grieta entre la racionalidad económica del ahorrista y la irracionalidad económica del despilfarro.

 

“Nadie quiere pagar acá, se quejan. Nadie quiere pagar la lucha y el esfuerzo. Todos quieren la puerta ancha, nadie quiere ir por la puerta angosta. Hay que trabajar y luchar y pagar, y pagar para levantar la patria que nos dejaron con las cajas vacías”, dice otra señora en la marcha. Luchar equivale a esforzarse en el trabajo. Seamos iguales en la cultura sufriente del trabajo, lo demás no importa mucho. En esa una autosuficiencia tan falsa como peligrosa, recibir algo (que no sea una limosna ocasional, una oferta mercantil o el pago por un intercambio) se vuelve casi un delito. Los desobedientes fiscales de derecha, los totalitaristas de mercado y la comunidad de sacrificados en el trabajo tiene un horizonte prometido común: la tierra donde nadie recibe nada de nadie.

 

Negro es el nombre que esta plaza da a todos esos que no están en la plaza, cuyo destino debe ser sufrir trabajando (porque se sospecha que siempre que están, ahora mismo, en posición de goce) o morir en el intento. Durante la esclavización africana, el racismo fue un inmenso organizador del trabajo; durante los años del genocidio nazi, fue un vehículo de eliminación directa. El racismo argentino actual racializa a los “vagos y malentretenidos” del siglo XIX y teje un lazo íntimo entre la nominación negra/negro y un destino laboral y de consumo siempre subordinado, siempre sufriente, de pala y supervivencia, contra viento y marea. El núcleo duro del macrismo está forjado en el más intenso sentimiento racista de poner a los negros en su lugar: el trabajo, la subordinación, un techo de cristal bajito.

 

¿Qué será de esos discursos sociales en los años por venir? Existe el riesgo de que se intensifiquen.

 

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En ese maremagnum, populismo equivale a comunismo, a socialismo, a autoritarismo, a escasez, a vagancia, a zurdo, a plan social, a negro, a orco. Y viceversa. La matriz racializante se (re)organiza no en términos de propiedad y gestión de los medios de producción (comunismo old school) sino como una dialéctica del amo y el esclavo un poco loca, donde el amo es el expulsado que vive sin trabajar y el esclavo es el incluido que trabaja para sí mismo y para el amo. Lisergias del mundo del Estado de Malestar.

 

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Spinoza decía que no se puede amar sin tener una idea de lo que se ama. Tampoco puede odiarse sin figurar lo que se odia. Venezuela es, hoy, el significante del temor anticomunista. “Mañana es tarde, Argenzuela no”, pronostica un cartel en la plaza. Los anarcocapitalistas, los liberales conservadores y la masa de electores que vota convencida de estar luchando contra el fantasma del socialismo venezolano coinciden en ese punto: sacan las ropas del baúl de los recuerdos de la Guerra Fría para modelizar sus hipótesis de futuro.

 

¿Hay algo rescatable en estas imágenes, o en los deseos que las sostienen? ¿Algo de la ilusión del votante de macri que no sea macrismo? En sus discursos desfilan palabras como educación, justicia, trabajo, república, libertad, unión. Otras brillan por su ausencia: democracia, igualdad, solidaridad. Quizá un camino sea tomar algo de esos anhelos para resignificarlos en otra gramática política. Una negación superadora. Dificilísimo.

 

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El economista italiano Christian Marazzi dice que las corrientes de opinión que se generan al interior de los circuitos financieros son decisivas en la producción actual de valor (y, por ende, de extracción de plusvalía). La expresión “los mercados” oculta las prácticas, fuerzas y nombres que definen al juego financiero. Pero también captura, en esa suerte de abstracción personalizada, la importancia que tienen las opiniones y los afectos en los cálculos, estrategias y movimientos. Los mercados están eufóricos, entran en pánico, expresan temores y preocupaciones, se sienten confiados. La mayoría de esos afectos integraban el conjunto de lo que el filósofo Ernst Bloch definió, a mediados del siglo XX, en el marco de un debate teórico y político diferente, como “afectos de futuro”.

 

Estamos presos en/de “los mercados” en la medida en que estamos entrampados en un dispositivo capitalista que introduce en la economía una serie de fragilidades vinculadas a pronósticos y predicciones. Si la planificación definió el momento “monopólico e industrial” del capitalismo en su fase imperialista y entre naciones (internacional), el momento financiero (de imperio global) se caracteriza por el pronóstico. Tormentas, veranitos, nubarrones, meses fríos… El clima de los mercados. La ingeniería financiera es una suerte de ingeniería militar de base digital orientada a la conquista del futuro. Un capitalismo casi meteorológico cuyas técnicas y herramientas de predicción y automatización adquieren una importancia y una presencia inédita.

 

Hace dos años atrás, en el Foro de Inversiones y Negocios, Esteban Bullrich propuso “crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”. En esa poética creacionista falta lo esencial: las declinaciones específicas en torno a lo incierto. La incertidumbre puede ser una condición productiva, que empuje al movimiento, la apertura, la imaginación. Pero en la matriz neoliberal que defiende Bullrich eso no aparece. Su horizonte sigue siendo la valorización monetaria, la propiedad capitalista y la salida precarizadora del mundo laboral salarial. Ése es el perímetro rígido de lo posible capitalista, mucha velocidad pero sobre patrones constantes; o, como dicen las economistas feministas Julie Graham y Katherine Gibson: una performatividad constreñida. En esas condiciones, la incertidumbre adquiere rasgos nefastos, letales y desesperantes.

 

En La muralla y los libros, Borges definió así al hecho estético: “La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.” Algo pasó, algo parece que va a pasar. Estos días se parecen bastante al hecho estético, sólo que la revelación no tiene la forma de una experiencia de lo sublime, sino del temor económico y financiero. Es la inminencia según Cambiemos.

 

Al otro lado de este espejo, está el hambre. Alfred Hirschamn escribió en 1977 que sobre el azote que implica el temor a su posibilidad y la desesperación ante su actualidad, el capitalismo construyó la economía de mercado del mundo moderno. Ni fatalidad, ni error: el hambre “moderno” es un mecanismo de disciplinamiento (entre otras cosas, pero no sólo, del trabajo). Hay países donde el hambre fue relegado (aunque todo sea siempre provisional) del orden de las posibilidades. Hay otros en los que no. En Argentina, el hambre es una categoría política fundamental[1]. Un modo extremo de gobierno del consumo, ese otro aspecto de los dispositivos de racialización activos. Sobre su espectro y su conjura se organiza buena parte de la dominación de clase, de los discursos políticos, de las resistencias y, por ende, de las futurizaciones de la política argentina.

 

 

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Leo un tuit: “¿Estamos viendo el mundo arder?”. Dice mundo pero se refiere a Argentina. Me sorprende, y me gusta, que se enuncie como pregunta. Como si no pudiéramos estar seguros de que el mundo está ardiendo. Esa pregunta es, en sí misma, un síntoma de nuestra relación actual con el pensamiento del futuro: no hay garantías, no hay ley histórica, y los signos son siempre ambivalentes.

 

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¿Dónde están las posibilidades de desmontar el racismo y el odio de clase, la desigualdad, la precarización de la vida a la que llamamos “mercados”? ¿Dónde existen, más o menos latentes, más o menos manifiestas, prácticas, estrategias y discursos que abran otras opciones? Doy dos pasos atrás para dar luego, con suerte, uno adelante.

 

Abril de 2019. Estoy dando un taller sobre futuridades en un programa de estudios para artistas. Les pido que me digan cómo se imaginan en 2023. La mayoría rechaza la consigna. Es habitual: cuando en los talleres propongo imaginar a varios años de distancia, las personas se incomodan. Pasado ese primer momento, algunes se amigan con la propuesta. Tiran pronósticos y escenarios. Esta vez, todos están supeditados a las elecciones presidenciales. Es la variable de ajuste: muchísimo depende de quién gane. Tal vez éste sea otro rasgo del “presidencialismo”, ser un poderoso organizador de las expectativas y orientaciones respecto al porvenir. Y de las incertidumbres. Un juego de alta discontinuidad que produce personas en suspenso.

 

Agosto de 2019. Salvo para el núcleo duro de votantes del proyecto del capitalismo feroz, el resultado de las PASO abrió un escenario menos desesperanzador. Algunos lo sentirán como alivio, otros como alegría. Algunos como repetición de una épica secular del retorno, otros como reordenamiento de las incertidumbres, que ya no riman necesariamente con destrucción. La diversidad de apuestas políticas revela la diversidad de estrategias, hipótesis y lecturas de las figuras posible de lo que va a venir. Los problemas siguen ahí, algunos incluso anabolizados, pero retrocedió el efecto claustrofóbico que produjo el macrismo.

 

¿Cómo generar condiciones democráticas, igualitarias y posibilitantes? No se trata sólo de cumplir los deseos de la gente (hay cada deseo en la gente…), sino de pensar políticamente en lo que queremos y por qué lo queremos y en ampliar las posibilidades de lo que podemos querer y dejar de querer. Como el historiador y escritor Alejandro Galliano en su texto “Cuatro futuros”, entiendo que la voluntad de igualdad es condición necesaria (tanto como un nuevo sentido de la abundancia), y que las diferencias pueden proliferar en la medida que no se vuelvan desigualdad. Esa me parece una definición posible de poscapitalismo y posutopía: el reconocimiento de que no hay sociedad ideal final ni fija, sino un trabajo infinito de creación de un mundo de diferentes, no de desiguales.

 

¿Dónde hay rastros, indicios, tendencias de eso? Las posibilidades parecen estar en diferentes experiencias, no localizadas en un sólo protagonista social y político: los productores de alimentos, los movimientos en relación a la tierra y la vivienda, las cooperativas del trabajo, las investigaciones científicas orientadas a proyectos sociales, la inmensa trama de proyectos culturales, educativos y sociales, las nuevas formas de sindicalización, la reformulación. Todos ellos podrían funcionar como elementos relevantes para lo que Gibson y Graham llaman “la apertura de un espacio económico subvertido y la producción de un lenguaje de la diversidad económica”. ¿Por qué no ampliar la agenda hacia el desarrollo y gestión pública de aplicaciones, esos “algoritmos para el bien”? O diseñar estrategias orientadas a la generación de monedas y criptomonedas sociales que desenganchen zonas de la economía del gobierno de la deuda y la ingeniería de las finanzas capitalistas. Pensar en programas orientados a incentivar y distribuir las capacidades de invención y creación social o la experimentación educativa y pedagógica. Sin nutrir esos márgenes de autonomía será muy difícil lidiar con las amenazas y los ataques de sectores del poder empresario, político, judicial, mediático.

 

El debate sobre las imágenes y discursos de futuro no puede agotarse en perseguir un “proyecto de país”. Tiene que fortalecerse, también, con la exploración de los modos en que se enuncian socialmente deseos y aspiraciones. Y con la configuración de instancias colectivas de producción de proyectos. Hay que evitar modelizaciones que terminen siendo destinos y aprovechar lo que se va descubriendo, sin descuidar que los que vengan después tengan la posibilidad de intervenir (porque hay que proteger también sus posibilidades). La construcción de justicia es un proceso hipersensible que requiere una producción constante de articulaciones, atenta a los cambios y novedades, a los riesgos y los descubrimientos. Esa dialéctica entre lo que existe y lo posible, lo dicho y lo escuchado, me parece fundamental para elaborar lo que llamaría futuros dialógicos. El posmacrismo puede ser nuestra ocasión para potenciar y multiplicar una inventiva política democratizante que se valga de las diferencias para hacer imposible la desigualdad.

 

[1] Se calculan 110.000 personas muertas en Argentina por problemas vinculados al hambre y la desnutrición entre 1946 y 2010: . En la última medición del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, 1.500.000 de menores padecen desnutrición y hambre en Argentina.


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