La militancia vegana no se agota en una dieta, por eso sus activistas se sienten llamados a “evangelizar” a los demás con su filosofía. Y por eso los no veganos se sienten con derecho a chicanearlos. La viralización del desalojo de la Exposición Rural 2019 habla de cuánto nos interpela la denuncia del maltrato animal, por qué incomoda que nos recuerden que comemos pésimo, la ética en la producción de alimentos y las políticas de seguridad que avalan las violencias. Por Roly Villani.



¿Tan difícil era dejarlos manifestarse, darles unos minutos para que se paseen con sus cartelitos, eventualmente silbarlos y abuchearlos y luego invitarlos a abandonar el predio? 

 

Desde el domingo pasado no paran de circular las imágenes -y los memes- de la violenta escena de ese día en La Rural: gauchos a caballo persiguen, espantan a un grupo de activistas que eligió la centenaria exposición ganadera anual para ejercer su protesta y enarbolar sus consignas.

 

Los videos registran también la aprobación del público y de los patrones de esos gauchos a la represión. Su viralización evidencia también el repudio hacia el veganismo de personas dizque progresistas pero que se sienten interpeladas por la denuncia del maltrato animal.

 

Si no querés comer carne, no comas, pero no me rompas las bolas a mí.

 

Esa es la síntesis urgente, el supuesto básico subyacente de casi todos los mensajes que -con pretensión humorística- celebran la represión parapolicial (el violento y desproporcionado desalojo) de los (veintipico activistas pisaron la arena) de la Sociedad Rural. Alejandro Ferrero, director de exposiciones de ese evento, dijo repudiar “las dos violencias”.

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La militancia vegana no se agota en una dieta. Es una corriente que surge en los años 40 como radicalización conceptual del vegetarianismo. No alcanza con dejar de comer carne; es necesario dejar de considerar a los animales como objetos, y para eso hay que dejar de usar (ya no solo de comer) cualquier elemento que provenga del maltrato animal. La denuncia del especismo, es decir de la pretensión de superioridad de una especie -la humana- por sobre las otras, está implícita en este planteo filosófico. Por eso los veganos se sienten llamados a “evangelizar” a los no veganos. Por eso los no veganos se sienten con derecho a chicanearlos.

 

Hace casi dos años que modifiqué mi dieta: en mi casa no hay ningún alimento industrializado. Como carne pero no como nada empaquetado. Amaso fideos, tapas de tartas y empanadas, compro tomates cuando están baratos y los licúo y frizo para tener buenas salsas y me preparo mis calditos de verdura agroecológica sin conservantes. Bajé casi quince kilos de manera lenta y sostenida en este período. Cada vez que alguien me lo señala y le cuento el motivo de tal modificación corporal, percibo la agresión contenida. “Si me invitás a comer a tu casa y me preparás fideos de paquete con salsa de cajita los como igual”, suelo decir como muletilla simpática para destrabar la tensión. A nadie le gusta que le digan que come mal. Aunque lo sepa. 

 

La reivindicación del derecho a comer “lo que yo quiera” contrabandea unas dosis de liberalismo que ningún progre aceptaría en otro ámbito. La dieta no es un asunto privado. Comer es un hecho profundamente político. Los modos en que nos alimentamos tienen efectos muy reales en las vidas de personas en todo el mundo, en la biodiversidad y en el clima. Las clases medias de casi todo el mundo están consumiendo cada vez más carne y eso estimula una agricultura industrializada. 

 

Sobre finales del siglo pasado y en el contexto de los debates de la ONU sobre la alimentación, la organización Via Campesina acuñó el concepto de Soberanía Alimentaria para designar el derecho de los pueblos no sólo a comer, sino a decidir qué comen y cómo se produce eso que comen. El planteo se daba en medio de la megaconcentración de las empresas de alimentación que diseñaron el menú que hoy ingiere durante toda su vida la mayoría de las personas. 

 

La llanura pampeana, qué aburrido repetirlo, está copada por la soja y el maíz. El gran negocio de la exportación de granos que obliga a achicar los terrenos para la ganadería (y a talar los montes)  se combina con la “eficiencia” del feed lot o engorde a corral. Como en el caso del glifosato y la soja, la eficiencia del método es sólo ganancia para el productor: los costos ambientales los pagan los vecinos y los costos de salud, los consumidores. Si el “paquete tecnológico” de la soja implica fumigar veneno en los campos para que no crezca ni un yuyo y sembrar una semilla resistente a ese veneno, el paquete de la ganadería intensiva incluye la parafernalia de antibióticos que hay que aplicarles a los animales para evitar las infecciones derivadas del hacinamiento, más el alimento balanceado, del que muchas veces se sabe poco y nada sobre su elaboración, pero que, en cualquier caso, no es el alimento que coevolucionó con nosotros durante milenios. Y eso no puede no tener efectos sobre el producto. 

 

Pero de la misma manera que la experiencia de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), por citar un ejemplo, demostró que se puede producir buena verdura sin agroquimicos y en gran escala, cada vez son más los productores ganaderos que están transicionando hacia la ganadería sin maltrato animal, lo cual redunda en mejor producto sin resignar volumen producido. 

 

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Shiraz Murad es el dueño de Ummah Halal, una carnicería de Villa Crespo, CABA, que sólo vende novillos de pastura. “Hace trece años, cuando empezamos con ésto -dice Shiraz- tenía un solo matarife que me conseguía las reses de pasturas y se volvía loco. Hoy tengo cinco matarifes, porque los productores empezaron a ver que tampoco es negocio tener a los animales encerrados: el costo del alimento sube con el dólar, los antibióticos también y todos se replantean el motivo de haber abandonado las prácticas ganaderas que durante un siglo fueron rentables”. Shiraz es musulmán y parte de su criterio y discurso están vinculados a su fe religiosa, pero está lejos de ser el único. Las carnicerías que ofrecen animales grandes y alimentados a pasto (aunque en invierno haya que suplementarles algo de grano) crecen en Buenos Aires al ritmo de los establecimientos que abandonan el modelo indutrialista.  “Hacemos la faena halal, que busca que el animal no sufra. Para eso, me voy al frigorífico y miro cómo se hace. Y una vez faenado, le abro la panza para terminar de cerciorarme: si la bosta es verde, pago. Si es marrón, no.” 

 

El maltrato animal existe y está estrechamente vinculado a una forma de producción de los alimentos que violenta también al planeta y a los consumidores. Los únicos bientratados son los intereses de las empresas más concentradas.   

 

Especismo, racismo, boludismo.

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A las bochornosas imágenes de los empleados de la Mesa de Enlace arriando veganos le sucedieron los no menos bochornosos debates en televisión y redes sociales.

 

-Decís que defendés la vida de los animales pero tenés el pañuelo verde del aborto, defendé la vida humana también-, le dijo a una militante vegana un tradicionalista del campo. 

 

Otra vez aburre decirlo: la interrupción del embarazo se plantea desde el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. Y el especismo, al igual que el racismo, son formas del pensamiento jerárquico entrelazadas en el patriarcado, la forma más evidente -y por tanto más disimulada- de pretensión de superioridad jerárquica. 

 

La cantante y compositora Liliana Felipe viene predicando desde hace años el vínculo entre feminismo y veganismo. En un texto escrito junto a su esposa Jesusa Rodríguez, dice, textualmente: “Quien sigue creyendo que los humanos somos superiores y que los animales están ahí para ser utilizados por nosotros, es un discriminador aliado a la violencia. Hasta hace 500 años la tierra era plana, los indios no tenían alma y los esclavos eran objetos. Hasta hace 50 años los negros eran esclavos y las mujeres no podían votar. Hasta hace 40 años los homosexuales no tenían derechos. Hasta hoy los animales son considerados inferiores, esclavizados en granjas industriales, torturados en espectáculos públicos y asesinados masivamente para alimentar a los humanos, sin ningún tipo de remordimiento y sin ninguna necesidad de hacerlo”. 

 

La urgencia del veganismo por abandonar de un solo golpe todas las formas del maltrato animal (incluyendo las prácticas alimentarias que determinaron precisamente el proceso de hominización, es decir, que los seres humanos nos despegásemos de los seres no humanos) suele chocar de frente con tendencias culturales muy arraigadas (el famoso asadito, por caso).

Pero pensar a “los veganos” como un todo homogéneo transpira un desconocimiento basado en el prejuicio del que mira de lejos: hay grupos coordinados internacionalmente (como Animal Save o Anonymous for the Voiceless, que también fueron criticados por sus slogans “en gringo”) y otros de origen local (como Animal Libre o Voicot). Hay quienes centran sus prácticas en intervenciones artísticas y otros que se limitan a difundir recetas de cocina. Pero, en cualquier caso, sus discursos se articulan con un ambientalismo que dirige sus ataques a las empresas que reproducen capital a costa del sufrimiento de los animales. Lo curioso del episodio de la Rural es que los consumidores de la carne barata producida en feed lot, es decir, los damnificados por la industrialización ganadera, salieron a aplaudir a los ex Mesa de Enlace por pura desaprobación al veganismo.

 

Dejarlos pasear con sus cartes sin recurrir al rebencazo habría sido una forma saludable de establecer el diálogo y, eventualmente, salir del encierro de la ofuscación. Pero está claro que una parte de la sociedad compró el discurso de que a los que reclaman por su derecho a la tierra o a la vivienda se los reprima. Con políticas de seguridad que avalan la avanzada policial es difícil contener la violencia que subyace, una vez más, como telón de fondo para todas las discriminaciones.

 

En su libro La Pachamama y el Humano, Eugenio Raúl Zaffaroni plantea la importancia de que el ambientalismo se concentre en la continuidad de la calidad de vida de las mayorías: “No se trata de un ambientalismo dirigido a proteger cotos de caza ni recursos alimentarios escasos para el ser humano, ni tampoco de proteger especies por mero sentimiento de piedad hacia seres menos desarrollados, sino de reconocer obligaciones éticas respecto de ellos”. Y no se trata tampoco de limitar esos derechos a los animales, “sino de reconocerlos a las plantas y a los seres microscópicos en tanto formamos parte de un continuo de vida, e incluso a la materia aparentemente inerte, que no es tan inerte como parece”. 

 

Para evitar las suspicacias (la clásica chicana “si le ponés carnada al anzuelo no solo matas al pescado sino tambien al gusano”), Zaffaroni dice en ese mismo trabajo que no es todo lo mismo. Que una ética basada en concebir al planeta como un todo viviente “no excluye la satisfacción de necesidades vitales”, pero indudablemente “excluye la crueldad por simple comodidad y el abuso superfluo e innecesario”. Explica que no es lo mismo sacrificar animales para lucir costosos abrigos que pescar con carnada, y que es preferible hacerlo con carnada que hacerlo con redes y desperdiciar la mitad de los ejemplares recogidos para quedarse con los más valiosos en el mercado.

La costumbre crea el efecto de naturalización. El episodio del domingo obligó a la sociedad a desnaturalizar la dieta. A hablar y poner en cuestión, al menos en parte, lo que nos metemos en la boca. Y el humor apareció como forma de procesar esa desnaturalización. A veces, la risa, es una risa nerviosa.

 


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