La imagen de jubilados haciendo filas interminables fue el primer obstáculo en un mes de cuarentena exitosa. Algunos aprovecharon el error del gobierno para avanzar contra la salud pública, una vez más, en nombre de los pobres. Pero cuestionar como ciudadanos ante una gestión que reacciona rápido no significa tomar la posición de los anti-cuarentena que son como los anti-vacunas pero en nombre de la acumulación, dice Pablo Semán. Por el contrario: la acción del estado es fundamental para concertar una salida.



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Tenía cinco años y me iban a vacunar. En cuanto vi la jeringa corrí y doblé rápido para ocultarme entre un tachito y un banco mientras el médico y mi mamá, mis perseguidores, pasaban de largo. Al ver que se alejaban me invadieron sucesivamente la risa por el éxito del operativo y la angustia porque estaba perdido. Así estamos, escapados sin salida, luego de una semana en la que las peores posibilidades del conflicto social se sobreimprimieron a una cuarentena cuya prosecución y condiciones el gobierno deberá definir en estos días. Las cosas son mucho más complejas que las que sucedieron con un infante al que la sensación de estar perdido lo ubicó: veamos cómo se compuso, entonces, esta fuga sin destino.  

 

La cuarentena asaltada: A las 10 de la mañana del viernes no estaba claro para los medios ni qué pasaba ni qué decir sobre lo que pasaba en los bancos. A esa hora un conductor radial hiper opositor opinó algo parecido a lo que luego dijeron algunos de los peores defensores del gobierno: “los jubilados son unos freaks”. Más tarde los medios encontraron una clave que culminaría, en el programa central de la noche, con un conductor destemplado declarando el fin de la cuarentena como quien en un esfuerzo compartido consigue la libertad de su nación. Detrás de ese grito obsceno y contrario a la salud pública se conjugaron al menos tres fuerzas que con responsabilidades e intenciones diferentes convergieron en el daño a un esfuerzo colectivo que es la única garantía para que en unas pocas semanas no estemos contando miles de muertos.

 

En primer lugar aquellos que padecen la situación más de lo que la modelan. Para los más pobres, que se la juegan casi entera todos los días en una economía que les da muy poco hoy y ningún mañana, las cosas se presentan de forma tal que los cuidados, de los que no rehúyen ni por voluntad ni por ignorancia, entran en contradicción con el almuerzo postergado de los hijos. Hay millones de compatriotas que no pueden estar en plan de yoga, zoom y reencuentro consigo mismos. No agitaré el extremo de que relevamientos serios cuentan que en algunos barrios se dice que este es un “virus de chetos”, pero es necesario insistir en que no se pueden esperar tres días para comer y que en esa espera se gestan ánimos y prácticas anti-cuarentena. 

 

Hay algo aún peor en la situación de los sectores populares en el aquí y ahora y en la eventual post-pandemia: la crisis desatada por la cuarentena se descarga, como casi todas las crisis en nuestro país, con consecuencias siempre peores para los más pobres. En la crisis todas las fragilidades preexistentes se agravan y se vuelven estructurales pero también nacen otras nuevas. Los trabajadores informales de todo tipo pierden sus trabajos salvo que puedan transformarlo en teletrabajo. Y quienes pugnaban por acceder a ese mínimo nivel de integración sucumben al aislamiento y a un empobrecimiento que se agudiza con el reforzamiento acelerado y brutal de fronteras simbólicas y materiales que hacen de la territorialidad una encierro. Entre estos últimos están quienes para tramitar un beneficio o percibir un subsidio están obligados a prácticas que no dominan y a desplazamientos que son peligrosos o ilegales.

 

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En segundo lugar obraron en esta coyuntura empresarios de todo tipo y tamaño que ganan y pierden su capital en tiempos que sin ser los de los trabajadores más pobres son finitos. Están, con toda razón, tan desesperados como sin posibilidades de articular su reclamo. El horizonte de posibles quiebras es desolador para ellos y para todos nosotros. Pero muchos de ellos parecen empeñados en un “salir de la cuarentena a como dé” que es casi como “que se vayan todos”: el placer del desafío y la superación de la autoridad política y el inmediato desasosiego del “entonces a dónde vamos”. En su frustración concitan la adhesión de empresarios imaginarios que desde su dos ambientes en “Almagro norte” sienten que sus males por pagar el IVA o ganancias los hermanan con pulpos mundiales del acero, asaltantes de estados (constructores) y diversos depredadores legítimos. De esa alianza surgen conductas de lo más morbosas. Aprovechan un error innegable del gobierno para plantear mal la disyuntiva del momento. Al ignorar tanto el éxito de la cuarentena establecida en Argentina como las proyecciones que muestran que en poco tiempo viviríamos escenas dantescas si la cuarentena se disgrega impulsan golpes de ciego para evadirse de una realidad que todos tendremos que asumir: las pérdidas serán, al menos en el corto y mediano plazo, inevitables. Por suerte todavía son imitaciones suaves de los brasileños suicidas que pasaron de marchar en auto a congregarse en plazas para clamar contra una cuarentena tardía y mal armada.

 

Y si bien todo esto no implica desconocer las posibilidades de abrir algunas brechas para que la economía no se asfixie, lo cierto es que no hay salida de la cuarentena que no sea sin asumir un nivel de recesión nacional y mundial del que porque no quieren saber nada, creen que no existe. Termine cuando termine, termine como termine, este episodio será con un producto bruto menor que el que teníamos y con la necesidad de redistribuirlo para que nadie se caiga del barco. ¿O es que alguien puede creer que la ruptura de la cuarentena significará el reencuentro con un mercado ávido de consumo, dispuesto a convalidar precios realmente lucrativos? ¿O es que nadie piensa que la ruptura de la cuarentena vivida como un “volvemos a la normalidad” no es más que una oportunidad para que la epidemia rebote y entonces no haya ni vida ni economía? 

 

En tercer lugar entre las fuerzas que actuaron el viernes estuvo el gobierno. Fue sabio en anticiparse en las medidas de distanciamiento, higiene y recogimiento que se terminaron imponiendo tarde y con muchos más costos en la mayor parte de los países, que conviven con la pandemia en grados más avanzados e incontrolables. Por razones que van desde la disponibilidad económica y tecnológica hasta las poblacionales y geográficas no podíamos optar por modelos como el coreano o el sueco que, igual, pese a la propaganda anti cuarentena, muta en estos días hacia donde casi todos necesariamente terminan aunque no quieren: medidas para impedir la circulación del virus obturan la economía.

 

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Las lagunas de las disposiciones de la cuarentena a veces genéricas, a veces asentadas en experiencias muy limitadas, etnocéntricas, digamos,  venían siendo salvadas por un circuito de comunicaciones agilizado por el presidente y alimentado por la interlocución con todo tipo de actores: sociedades científicas, dirigentes políticos con mandato ejecutivo en provincias y municipios, legisladores, actores económicos, agentes religiosos, organizaciones de la economía popular, sindicatos. Por ejemplo: la respuesta a la economía popular fue informada, dialogada y plasmada con visos de posible perfectibilidad a pesar de estar acosada por casi todas las fuerzas conservadoras de la sociedad.

 

Pero el gobierno fue sabio hasta que no lo fue en una cuestión clave que, a pesar de ser subordinada, podía detonar la situación en su conjunto. Un obstáculo anticipado por quienes conocían los detalles no fue tenido en cuenta por el gobierno y los fanáticos del corto plazo avanzaron contra la salud pública en su propio nombre y, una vez más, en nombre de los pobres y los jubilados. Igual que Bolsonaro. Con tantos imponderables y con la falta de paradigmas en que se desarrolla esta experiencia, sucesos como este tal vez sean inevitables. Que los cuestionemos como ciudadanos ante un gobierno que reacciona rápido y toma nota no significa que tomemos la posición de los anti-cuarentena que son como los anti-vacunas, pero en nombre de la acumulación.  

 

El combate de la semana

 

El horizonte compartido de un progreso de infecciones controlado quedó herido pero, como la lógica de la epidemia es incoercible si no se practica el aislamiento social, surge una oportunidad para volver a discutir racionalmente la continuidad del proceso político-sanitario-social y económico.  Para algunos sería fantástico que la abstracción imposible del liderazgo concebido como pura comunicación y la confianza absoluta en “Alberto padre madre celestial, su sismógrafo y su insomnio” fuesen suficientes. Pero es imposible. Al mismo tiempo es cierto que en el bajón del viernes al gobierno lo ayudaron tanto el rebaje que le puso el presidente a la combustión del momento como los que sin renunciar a identidades ni banderas pudieron decir, como dijo un tuitero, “la responsabilidad no es de los viejos por levantarse temprano y salir todos al mismo tiempo, ni de la poca predisposición de los bancarios ni de la insensibilidad de los banqueros. Todas esas son conductas previsibles, tanto como el amontonamiento al que darían lugar”.

 

 

 

Con grupos sociales poderosos e irresponsables que no renuncian a su cortoplacismo y presionan para relajar la cuarentena;  con el debate en un escenario fragmentado en base a WhatsApp, zoom, celulares, y sobreponderadas confrontaciones entre balcones y cacerolas de segmentos del cuadrante norte de la CABA; con ese foro en el que algunas realidades corren el riesgo constante de ser desvirtuadas (las posibilidades e imposibilidades diferenciales de los ciudadanos empobrecidos, lo que sucede en las pequeñas y medianas ciudades del interior que albergan casi un 30% de la población del país, la eficiencia y la pertinencia de los modelos de acción estatal que corresponden a nuestra situación y recursos); con todo eso condensado en las reacciones de una parte de los medios, de una parte de los empresarios y de parte, muy menor, de la política podemos quedar todos, la mayoría, como cuando me escape de la jeringa: escapados sin salida.

 

Una vez más es necesario el estado para concertar una salida. Nunca más pertinente esa palabra: concertar. El estado más que como sustantivo como acción: pocas cosas son superiores a una voluntad colectiva democráticamente elaborada y cristalizada en instituciones. El estado no es aquí ni estable ni puro panóptico al servicio de la supresión del desorden. Y esa construcción tuvo un artífice: el peronismo que no sólo fue el 17 de octubre del 45 sino, también, la secretaria de previsión social desde al año 43 o el asombro de los oficiales del Grupo de Oficiales Unidos en que se incubó parcialmente el peronismo ante la talla disminuida de los conscriptos mal alimentados. Ese estado-peronismo es al mismo tiempo órgano de aplanamiento de las resistencias y parte del funcionamiento de las clases populares en sus creaciones y sus contramovimientos. Una mano interioriza el conflicto que la otra pretende suprimir. Es en ese conjunto de gestos que en el estado conviven al mismo tiempo la pretensión de reducir a los sujetos a mercancía y la creación de derechos en cada punto en que se abre una oportunidad de mercado. El estado-peronismo es el panóptico en transición a la sociedad de control y la máquina de guerra en movimiento, el ojo de Saurón y la tarea de la comunidad del anillo.

 

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En una coyuntura extraordinaria, el problema de siempre: los partidarios de la acumulación sin límites atacan aún a riesgo de sus propias vidas y fortuna. En ese contexto el gobierno Fernandista, como una ambulancia que se compone mientras avanza, intenta llevar-desarrollar esa estatalidad a “los territorios” y a las más variadas subjetividades. En esta semana que se inicia, hay un juego abierto cuyo resultado no sabemos, pero el estado no es, en ese tiempo y espacio, una estática, sino una dinámica.

 


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