La marcha del 24A y la República


¿Es posible desengrietar?

En la marcha del 24A se puso de manifiesto una idea de “república” que se hace eficaz en un comunitarismo pre-político. Para esos miles de argentinos, la república no es un proceso en permanente construcción sino una identidad cerrada que brinda certezas frente a la incertidumbre económica. ¿Es posible desengrietar allí donde las palabras república y justicia son el centro de gravedad de una contradicción que recrea una identidad política autoritaria y excluyente?

¿Qué nos mueve políticamente en esta extraña coyuntura que vive el mundo? ¿Por qué reaparecen con tanta frecuencia fantasmas ideológicos del pasado? ¿Qué significan para las democracias actuales la forma y el contenido autoritario de las demandas de muchos de sus ciudadanos? ¿Qué significan República y Justicia para las miles de personas que el sábado 24 de agosto de 2019 ocuparon el espacio público en las zonas del Obelisco y la Plaza de Mayo? Fuimos a la marcha convocada por quienes adhieren al macrismo y votan a Juntos por el Cambio para escuchar e intentar comprender la trama interna de otro eslabón de la polarización política y cultural de la Argentina actual.

La concentración estaba prevista para las 17 horas en el Obelisco, culminará en la Plaza de Mayo, pasadas las 19, y será recibida por el presidente Mauricio Macri desde el balcón de la Casa Rosada. Como se pudo ver en los múltiples videos que circularon, la composición social de la marcha estaba dominada por gente de más de cincuenta años, blancos y visiblemente de clase media y clase alta. De las veinte entrevistas que hicimos, la mitad eran de Recoleta/Barrio Norte y el resto de diferentes barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Hablamos con algunos adolescentes, todos estudiaban en escuelas privadas y mostraban cierta molestia cuando intentábamos profundizar en los temas políticos que los habían movilizado. Tanto los mayores como los jóvenes repetían con entusiasmo algunos de los principales slogans de la convocatoria: “La justicia es corrupta”, “Los medios esconden lo que está pasando”, “Si vuelve Cristina, vuelven los piquetes”, “Cristina es Maduro”. El cántico que se escuchaba entre el Obelisco y la Plaza de Mayo era casi siempre: “Sí, se puede”.

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Algunos vendedores de calle aprovechan la oportunidad y venden banderas de Argentina y pañuelos amarillos con una frase impresa: “Yo voto a Macri”. Varias mujeres se ponían esos pañuelos en la cabeza al estilo de las Madres de Plaza de mayo y usaban una bandera argentina como si fuera una capa de superheroínas. En las esquinas y umbrales de edificios había gente en situación de calle que insultaba a los que marchaban. La gente le esquivaba la mirada y seguía gritando “Sí, se puede”.

Una mujer nos contó que Macri viene de una familia que hizo plata de modo dudoso, pero que él nunca hizo nada mal y el resto le tiene envidia porque es rico y no necesita robar. Nos explicó: la riqueza del presidente es la causa de muchos prejuicios que existen contra él; los pobres reciben los planes, pero después no lo votan y eso lo tiene muy desanimado a Macri. Otra mujer, acompañada por su hermana, nos resumió uno de los grandes motivos de la marcha: la defensa de la república. Vale la pena escucharla para entender todo lo que se pone en juego hoy en torno a la palabra “república”: “Yo defendiendo la república y combato la otra idea, la idea anti-republicana. Para mí la república es la democracia, que será imperfecta pero es lo mejor que hay. Del otro lado, la otra idea, es la que presentan ahora todos unidos los peronistas. Ellos tienen tendencias a un país corporativista, prebendario, que quiere quitarnos libertades. Ellos son la falta de diálogo, pretenden que tengas una sola red social y son muy agresivos. Ya sabemos lo que son, así que ahora decidimos que vamos a luchar por la república”.

Esta decisión para la lucha marca claramente el tono de las adhesiones y las pasiones que moviliza hoy este republicanismo. Pero hay muchos detalles y muchas ambigüedades que también están presentes. Por momentos, lo más notorio son las exageraciones o las elucubraciones paranoicas. Sin embargo, a pesar de que muchas de estas expresiones contengan hipótesis que no se verifican en la realidad, hay más de una lógica del sentido de lo que se quiere decir y de lo que efectivamente se dice que deben llamarnos la atención. En principio, la equiparación de república y democracia, junto con el apelativo pragmático al “mejor régimen posible”, forman parte de un registro compartido dentro de la historia política de la democracia argentina. Dentro de este uso movilizador, el término república adquiere un significado relativamente válido que reúne las ideas de libertad, pluralismo y diálogo. Esta interpretación particular del concepto de república puede ser discutible, pero es innegable que los manifestantes apelan a algo que consideran justo y necesario.

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Otra historia aparece en un segundo registro, que no es ya el del significado de la república, sino el del lugar del sujeto que se dice republicano; es decir, el lugar en el que se ponen a sí mismos los que enuncian estas ideas republicanas. El pequeño fragmento del discurso de la manifestante es elocuente en este sentido. Ella siente que ser republicana implica hoy situarse dentro de un combate, en principio contra las otras ideas políticas que la amenazan y “quieren quitarle libertades”. Los no-republicanos están claramente identificados: los peronistas, que se unieron para hacer imposible la idea. Este lugar que ella ocupa la obliga a cambiar e invertir en algunos aspectos el significado de la palabra república que ella defiende. Ahora descubre que con los peronistas no puede dialogar. Por más que se esfuerce, tampoco puede extender hasta ellos la tolerancia que requiere el pluralismo político y, en el límite, no puede aceptar la libertad de esos otros. Así aparece la contradicción que queda tan clara en los gestos y la agresividad de estas expresiones republicanas. Por cierto, esta contradicción entre el significado político del término república y la posición de los sujetos republicanos no tiene nada de novedoso, pero vemos que ha vuelto a cobrar una vigencia y una intensidad llamativas, que no parece que vaya a apagarse con ningún resultado electoral.

Un último registro sobre la república de la plaza tiene que ver con la certeza que envuelve. Cuando los manifestantes del 24A dicen que defienden la república muestran una certeza absoluta: ser republicano es todo lo contrario de dudar, considerar posibles críticas o evaluar la conveniencia de posiciones alternativas. Esta idea de república se hace eficaz –paradójicamente– creando una especie de comunitarismo pre-político. La república no es para ellos un proceso político en permanente construcción y redefinición, sino una identidad cerrada que brinda certezas, como un escudo, una coraza o un muro. En este aspecto también hay mucho para indagar, porque esta certeza republicana parece operar en algunos grupos sociales como una especie de antídoto frente a la incertidumbre económica.

Junto con la república, el otro gran tema que recorre la marcha es el de la justicia (distributiva). Una mujer que llevaba una bandera argentina, con los cachetes maquillados de de celeste y blanco, nos contó mientras caminaba: “Apoyamos la república, los valores, la trasparencia. Tenemos una idea distinta a la de Cristina. La idea es libertad, igualdad y libertad de todos, que la justicia meta presos a los que robaron. Si no defendemos la justicia y la libertad vamos a terminar como en Venezuela”. Muchos entienden que esta lucha por la justicia forma parte de un cambio geopolítico de América Latina. Pero esas abstracciones o elucubraciones sobre instancias remotas las traducen fácilmente en preferencias y convicciones concretas: “Yo creo en la libertad, en el progreso, en tener propiedad privada, en generar riqueza. Si gana Alberto Fernández puede haber una “junta de granos”, que implicaría que el Estado te pone el precio y te dice cuándo vendés y a cuánto vendés. Yo vendo trigo y el Estado me saca el 60% de lo que yo trabajo para tener. Eso es lo que nos sacaron durante doce años”.

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Este énfasis en el aspecto distributivo de la justicia es prácticamente la obsesión de la mayoría, más allá de los nombres propios que usen en sus ejemplos: “Cristina Kirchner usa nuestra plata para financiar los cortes de calle, los piquetes. Ella le pagaba a las organizaciones sociales para que hagan cortes”. La preocupación siempre es por la circulación del dinero: ¿Por qué nos sacan a nosotros? ¿Hacia dónde va? ¿Qué pretenden hacer? La fórmula que repiten los manifestantes traduce esa obsesión en términos morales: “¿Sabés lo que es trabajar para los que no trabajan?”. Una entrevistada afirmó que “a los piqueteros Cristina les paga 1.500 pesos a cada uno, la comida y el ómnibus. Y les da plata a los jefes de las ONG”. También en este caso la cuestión de la justicia diferencia rápidamente entre un nosotros y un ellos: “Nosotros trabajamos, pero la mitad no trabaja, viven de subvenciones. Y si vos querés que trabajen, no son responsables, no cumplen horarios, y los que trabajamos pagamos el 60% de impuestos para subvencionar a los que no trabajan. Eso hace imposible algo a lo que todos aspiramos, que es mejorar juntos. Es verdad que hay que ayudar al que no puede, pero no podés mantener vagos. En Europa son 3 meses de asistencialismo. Vos perdés el trabajo y te dan 3 meses. Acá reciben 12 años y tenemos 35% de subsidiados”. Cuando terminó de hablar nuestra interlocutora, se acercó un hombre de unos setenta años y nos pidió que nos acercáramos al Cabildo porque ese sector estaba muy vacío. Los acompañamos un tramo, observamos su entusiasmo por completar una imagen y nos despedimos amablemente.

Sobre el final de la marcha nos acercamos a una pareja joven que nos contó su visión de lo que pasa hoy en Argentina. A los pocos minutos, ya en confianza, nos dijeron que en realidad vinieron a ver la marcha de curiosos, que en octubre votarán a Alberto Fernández. La joven nos dijo que su verdadero propósito de estar en el centro de la Plaza de Mayo era porque ahí había un Pokemón y nos lo mostró con su celular.

Pegamos la vuelta para salir de la plaza por Avenida de Mayo. Se nos acercaron tres chicos de entre 9 y 11 años para vendernos tres pares de media por cien pesos. Les compramos y les preguntamos qué les parecía lo que veían. El más grande dijo que apoyaba a Macri. Conversamos un par de minutos y con una sonrisa los tres dijeron que querían que volviera Cristina. Vienen de Villa Fiorito. “¿El barrio de Maradona?”. “Sí”. Sus padre, tíos y toda su familia votarán a Cristina. Mientras tanto, la policía abrió las rejas de la plaza para que los manifestantes pudieran acercarse a la Casa Rosada. La gente volvió a cantar el himno nacional y algunos comenzaron a retirarse.

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Es difícil anticipar ahora si esta marcha es el comienzo de un final en términos de articulación e identificaciones políticas. Las dos grandes imágenes que se idolatran en la movilización, República y Justicia, difícilmente se apaguen en el futuro inmediato. Son en realidad puntos de condensación de múltiples diferencias y oposiciones de la sociedad argentina actual, que expresan a su modo las contradicciones del capitalismo en crisis.

Luego de observar todo lo que se puso en marcha el 24A parece ingenua la propuesta o el optimismo depositado en la posibilidad de “dejar atrás la grieta”. De hecho, si revisamos el inventario de la publicidad de Cambiemos, exactamente cuatro años atrás, quienes ahora salen a la calle a reponerse de un resultado electoral adverso, habían prometido después de su triunfo en 2015 exactamente lo mismo: “terminar con la grieta y con todo lo que divide a los argentinos”. En este contexto internacional de democracias polarizadas, prometer la unidad sin conflictos de todos los argentinos puede implicar abrir rápidamente la puerta de una nueva desilusión. Sin embargo, hay otra palabra que circula en estas semanas: “desengrietar”. Es un concepto que puede resultar más fecundo para tratar lo que existe hoy en términos de diferencias y oposiciones políticas en la sociedad argentina.

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Quienes se manifestaron apasionadamente el sábado 24A no van a aceptar en silencio el expediente que dictamine el fin de sus batallas. Lo que tal vez se les puede plantear es otro tipo de invitación que el concepto desengrietar describe mejor: intentar salir de las posiciones estáticas, desplazar los conflictos que inmediatamente se traban en la repetición de lo mismo. Desengrietar puede servir también para escuchar de otra manera algo de lo que pasa a través de esta demanda que hoy tiene como emblema las palabras república y justicia. Pero será muy difícil construir a partir de esa escucha una idea única, armónica y contenedora, de lo que debe significar la república y la justicia para todos. Al acercarnos a la manifestación del último sábado descubrimos que esas palabras son hoy el centro de gravedad de una contradicción que recrea una identidad política autoritaria y excluyente.