El anarquismo semántico de un sector de la oposición cobró en estas semanas una centralidad pública cada vez mayor. Las ideas de “infectadura” y de “atropellos institucionales” fueron las últimas expresiones de un lenguaje que opera sobre la falsificación de los hechos y horada la convivencia democrática. El fin es claro: producir un clima de amenaza constante y enemistad. ¿Qué pasa cuando el otro deja de ser un adversario reconocido y se convierte en una voz ilegítima? Escribe Nicolás Freibrun.



Según parece, la mentira supone la invención deliberada de una ficción

Jacques Derrida

 

Anarquía semántica

 

En medio de la pandemia una fracción de la oposición política se reactivó. Una constelación de políticos, ex funcionarios, ex intelectuales y simpatizantes afines al ideario del anterior gobierno que encabezaba Mauricio Macri ha ingresado en una dimensión bastante conocida: proferir un lenguaje político amenazante como estrategia política. Justo en un contexto de revalorización de las capacidades del Estado y de la autoridad presidencial.

 

Este tipo de modalidad, que se viene articulando en las últimas semanas a partir de la intervenciones de referentes opositores como Patricia Bullrich, ha tenido diferentes expresiones. Una de las que causó mayor impacto fue la carta pública titulada “La democracia está en peligro”, firmada por científicos e intelectuales y donde se afirma que desde 1983 la democracia nunca había estado en peligro como ahora. Este desdén por la historia democrática es también un aspecto de esa estrategia, que consiste en omitir deliberadamente hechos políticos de la historia reciente, donde el peligro fue real y no fantaseado. En esa misma línea también se han manifestado otros políticos y ex funcionarios, además de grupos de jóvenes de corrientes liberales y libertarias que se expresaron en el espacio público para demandar una expansión de su libertad individual. Siguiendo esa línea, es Patricia Bullrich quien realiza la síntesis de esa identidad desde el Pro: “Es República, libertad, iniciativa privada, apertura al mundo, son valores que nos representan. Hay que animarse a salir del clóset ideológico y defenderlos”.

 

Estos grupos han encontrado en las medidas tomadas por Alberto Fernández una excusa para movilizar sus posiciones políticas. En su puja en contra del gobierno, lo han llegado a caracterizar como fascista, stalinista o totalitario. Y para ello enuncian sus intervenciones desde autodefinidas posiciones republicanas que no buscan alcanzar pretensiones de verdad sino construir referencias estereotipadas de actores políticos legítimos.

 

El anarquismo semántico al que estamos sometidos desde hace tiempo ha progresado hacia una última innovación del lenguaje político. Un singular régimen de dominación como etapa superior del populismo: la “infectadura”.

 

Este es el objetivo principal que define a la estrategia de esta fracción opositora y que irá in crescendo. El oportuno encuentro de la semana pasada entre Macri y Carrió ilustra el estado actual de la oposición. Distanciados hasta ahora por las tensiones que venían recorriendo a Juntos por el Cambio entre “duros” y “dialoguistas”, fueron las denuncias por el espionaje ilegal de la gestión macrista los que volvió a juntarlos, y que podría tensar aún más la cuerda entre esos dos bandos dentro de la propia coalición, ahora entre “espiados” y “espiadores”. Con todo, la reunión entre los dos líderes tuvo la finalidad de cerrar filas para defender la república en peligro debido a los “graves atropellos institucionales”.

 

Si un rasgo central de la democracia es la existencia de las ideas en la organización de la política, es porque promueven condiciones para la articulación de razonamientos, explican los comportamientos de los agentes políticos y movilizan a los grupos sociales. Nos interesa atender sobre todo a esta última cualidad, la de la movilización que estos segmentos de la sociedad encarnan al poner en juego un lenguaje político de hostilidad.

 

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Lejos de ser una novedad de la coyuntura, desde hace un tiempo asistimos a la creación de un vocabulario político que opera sobre la falsificación y la negación de los hechos como base de la movilización. Hoy configuran una serie de escenarios ya no en los márgenes sino desde una centralidad pública cada vez más ostensible. Es notable al respecto la multiplicación de las fake news a través de las redes sociales que penetran en diferentes capas sociales y registros discursivos. Como señalan Natalia Aruguete y Ernesto Calvo en su último libro, “la política de fake news debe ser entendida no solo como un acto de transmisión de información sino, además, como un acto performativo: un acontecimiento expresivo que busca infligir un daño a un oponente”. Articuladas por referentes políticos, periodistas o trolls, las redes sociales poseen notable capacidad de expandir estos discursos. Los casos de EEUU y Brasil son vanguardia, donde sus respectivos presidentes instrumentan lenguajes políticos de enemistad, tensando el contexto político-ideológico hacia escenarios de violencia. Dadas estas condiciones, hemos ingresado en una época en que cualquier discurso puede ser dicho sin parecer importar sus consecuencias ni el sentido que se pone en juego, pero construyendo sin embargo duraderos efectos de verdad.

 

Pero además de esos efectos de verdad, una característica central que estos tipos de lenguajes despliegan es la estar desconectados de los hechos a los que pretenden referirse y sobre los que sin embargo inciden desde la constante repetición. Como dice Reinhart Koselleck, “las palabras y las acciones se influyen y potencian mutuamente”.

 

La constelación paranoica

 

Antes que pura contingencia, simple casualidad o síntoma inconsciente, estos comportamientos parecen delinear desde ahora el tipo de racionalidad estratégica de estos sectores de la oposición política al gobierno de Alberto Fernández. El cómodo presente en que se ubican los habilita a realizar estas intervenciones, en donde prevalece la estructura de una amenaza. En ellas, el amenazante se imagina en la posición del amenazado, una inversión paranoica que adquiere ribetes kafkianos. Así puede leerse la reciente carta Decimos no a la violencia institucional que el PRO publicó en las redes sociales días pasados y en la que se manifestaba “a favor de los derechos humanos y de las garantías constitucionales”. Para esta constelación, ya sea en la vuelta al totalitarismo estalinista o en la forma de la dictadura fascista, se trata de generar identificaciones propias supuestamente autoevidentes (“nosotros somos los republicanos y los no autoritarios”), que al mismo tiempo desorienten respecto de los procesos históricos y de las categorías que buscan brindarles explicación.

 

En este contexto, estos mecanismos suponen una radicalización del lenguaje político e inciden no solo en la proliferación de efectos en el presente sino también hacia el futuro, apuntando a horadar la convivencia democrática. Si los conceptos y las ideas tienen su valor y significado dependiendo del lugar histórico que ocupan, ¿qué otro sentido tiene el de nombrar al otro como comunista o fascista sino es el de degradar su posición política en la esfera pública, sabiendo de antemano que esas ideas y experiencias no tienen ninguna gravitación real en la política del presente?

 

Surge así una de las claves de interpretación de la sociedad contemporánea: con la finalidad de construir al otro como un sujeto político ilegítimo, se fabrican estados de ánimo sociales y políticos que movilizan a una parte de la ciudadanía. Otra posible respuesta a la pregunta que nos hacíamos sobre esos sentido en la coyuntura podría contestarse desde una indagación sobre los usos de la mentira en la historia política, según el epígrafe que encabeza esta nota. Si bien no descartamos esa opción para futuras elucidaciones, otra respuesta puede hallarse más recientemente. En el tramo final de la campaña de 2019, Juntos por el Cambio le propuso a la sociedad argentina la ofensiva discursiva de un otro político estereotipado -por entonces con el epíteto de populista-, con el objetivo de desplazarlo de instancias de legitimación en la esfera pública. Ahora reflota esos estereotipos en medio de la emergencia sanitaria y económica.

 

Esta operación, extendida por diversos actores y en distintos formatos, como hemos señalado, consiste en crear simplificaciones lingüísticas del estilo republicanos vs comunistas-populistas-fascistas-totalitarios-autoritarios. Pero esta instrumentalización política del lenguaje, entonces, tiene evidentes motivaciones extralingüísticas: la descalificación de actores políticos legítimos y sus posiciones públicas.

 

Deslizamientos autoritarios

 

Vemos que la caricaturización de experiencias históricas como las que este lenguaje político de hostilidad elabora tiene como fin producir escenas potenciales de enemistad. Lejos de la noción de un adversario reconocido, como lo es el actual gobierno salido de las urnas en primera vuelta, las estrategias adoptadas por estos sectores pasan por proponerle a la sociedad la imagen fantaseada de un otro político siempre amenazante, al que hay cercar en los bordes de la ilegitimidad. Si la política democrática de los años 80 se fundó en el reconocimiento democrático, su legado más potente consistió en la creación de un orden político donde la incorporación del otro está garantizada. Este orden, que es político e institucional, es también simbólico.

 

La deriva contemporánea hacia la hostilidad tiende a deslizarse a posiciones cada vez más autoritarias a partir de determinadas representaciones del otro, a quien se lo presenta bajo diferentes modalidades del desprecio. Al recurrir de forma deliberada a estas estrategias la esfera pública deviene cada vez menos un espacio donde se validan diferentes posiciones ideológicas bajo un criterio común, debilitando a la democracia-liberal. Ya nada importa. Para decirlo en el lenguaje de la vida, se juega cada vez más sucio.

 

Esta degradación de la esfera pública produce una serie de combinaciones negativas que se visualizan en tres dimensiones que nos gustaría dejar como reflexión final: 1. En la discusión pública entre los partidos políticos, los liderazgos y los intelectuales, que precisan de la elaboración de ideas y de propuestas de cara a la ciudadanía. 2. En la agresividad manifiesta que a través de discursos descalificativos producen una horadación de la convivencia democrática que imposibilita el punto anterior, y 3. En la eficacia simbólica de estos lenguajes políticos que engrosan una agenda mediática ya predispuesta en esa dirección, proclive a la construcción de un clima social que consolida escenarios políticos hostiles. 


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