A cien años de su nacimiento, en un tiempo marcado por las nuevas tecnologías y la fragmentación política, la figura de la líder histórica del peronismo se multiplica. Hay Evitas aborteras, doctrinarias, maricas, actrices, sindicalistas y murgueras. Antes que escandalizar, el florecimiento de las mil Eva Perón pone en evidencia que las relaciones de representación política se han fragmentado sin límites. En el consumo personal de su imagen, pareciera escucharse el grito de sujetos que por ahora no quieren o no logran más que representarse a sí mismos, en una dolorosa emergencia política, dice Pablo Semán.



Evita feminista sin marco teórico, Evita anticipatoria del Estado de Bienestar a la Argentina. Evita con anteojos de lectora de Judith Butler y Evita emblema de las murgas porteñas. Evita Sagrado Corazón del General conductor. Evita castiga al niño marxista leninista de Santoro (ideograma con que la izquierda peronista afirma su legitimidad revolucionaria acosada por el trotskismo). Evita infinita, como cualquier significante que por su relevancia desencadena eternas luchas por su apropiación.

 

Cada resignificación de Eva Perón escandaliza a otros que se asumen por un momento, como si fuese una gloria, guardianes de la tradición. En un juego de roles permutables exclaman:

 

-¡Evita no era verde, traidor!

 

-¡Evita lo hubiera sido, gorila!

 

Esta discusión no interesa porque sólo puede ser mentirosa: la discusión del peronómetro, la del “verdadero peronismo” que se propone, con ademanes intimidantes y marciales, ir en contra del meme que a cada quien le resulte “falso”, “mistificador”, “ajeno a la tradición”. ¿La generalización de los lopezreguismos mentales nos hace a todos peronistas? ¿No nos vendría mejor quedarnos con otras partes del legado? Esta discusión no interesa porque, con los heterodoxos, el peronismo “originario” reversionó todo: las representaciones y las prácticas de la ciudadanía, la república, el trabajo, el capital  y los trabajadores. Los ortodoxos en cambio, razonan con la misma lógica que los que la llamaron puta. Y hay ortodoxos de todos los tiempos y todos los wines: desde los que no toleran las fotos de Evita actriz hasta los que fusilarían a los autores del meme de la Evita abortera y, porque no, los que llaman traidores a quienes se niegan a aceptar el aserto de que Evita es más que Perón. Justo los herederos del peronismo, el movimiento que ocupó los lugares definidos por la república conservadora y los rediseñó contra todas las quejas que cuestionaron el procedimiento innovador. Poco importa ponerse selectivo con las apropiaciones y juzgarlas por su fidelidad a la escena primaria: ninguna de ellas puede restituir ese “sentido original”- algo imposible, por cierto- y, al mismo tiempo, todas son capaces de relanzar el símbolo para sumar voluntades en una dirección política que cualquier apropiación desea impulsar.

 

 

Pero hay algo interesante para señalar en la diseminación de Evitas que acompaña nuestra megainflación. ¿Cuál es la potencia política de la Evita dispuesta en altares de ateos practicantes junto a Gildas, gauchitos giles, cactus y menús del restaurante temático? ¿Cuál es la fuerza convocante que gana algo en reafirmar a la Evita doctrinaria del peronismo imaginario? Probablemente sea poca, no despreciable y sintomática, en este tiempo de dispersión, desánimo e imposturas. Las mil flores de los evitismos virales, mucho más que dar fuerza “al pneuma profético que en forma de fuego tempestuoso fue capaz de fundir comunidades enteras”, testimonian la fragmentación ad infinitum de las relaciones de representación política. Cada Evitista lleva en su mochila a su personal Evita. En esa performance, que puede o no dar lugar a identidades colectivas, pareciera escucharse el grito de sujetos que por ahora no quieren o no logran más que representarse a sí mismos.

 


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