En el ejercicio simbólico de ser la segunda, Cristina no se resigna a mirar al Gobierno desde afuera. Cómo es el sinuoso camino de su propia deconstrucción. La dinámica de la verdadera mesa chica de Les Fernández: entre la problematización de las diferencias y la necesidad de mantener la unidad, el fastidio del kirchnerismo militante, la búsqueda del recambio generacional y una certeza, que ya nunca volverá a ser presidenta.



Cristina se enteró por televisión: nadie la invitó al acto del 9 de Julio en el que Alberto Fernández se rodeó de los empresarios más poderosos de la Argentina. En pleno proceso de deconstrucción para adaptarse al papel secundario que le toca interpretar, se sintió excluida. Rompió con un tuit su silencio ordenador para avisar a propios y extraños que, aunque no tenga el papel estelar, no se va a resignar a mirar al Gobierno desde un sillón. No es una cuestión de formas. Ella quiere influir sobre el fondo. Fue una manera de reafirmar su lugar en la coalición oficialista, un territorio de fronteras aún difusas, en el que, como una monarca europea, ella reina, pero ya no gobierna.

 

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La tensión del Día de la Independencia todavía no se disipó, a pesar de que Alberto y Cristina hablaron por teléfono durante la semana. “A mí también me gustó el planteo sobre qué tipo de empresarios tenemos, solo que parte de la premisa de que uno no advierte lo obvio”, se defendió el Presidente en privado, sobre las críticas que recibió por la centralidad que le dio al Grupo de los 6 en aquella celebración. Ella cree que en el entorno de Alberto hay quienes ejercen presión para mantenerla al margen de todo. Le apunta al secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, dueño del teléfono del que partieron las invitaciones para el 9 de Julio. Cristina no está dispuesta a ceder terreno. Uno de los hombres que la acompañó hasta el final de su mandato ofrece una justificación: “Después de ocho años como presidenta, no es fácil entregarle el control remoto a alguien”.

 

En el universo cristinista hay una máxima que todos repiten. Cristina no volverá a ser presidenta, pero tampoco se jubilará, jamás. Aunque en ocasiones traspase los límites de su dominio, sabe que su destino está atado al éxito de un gobierno que planificó con una premisa clara: ella sola no podría gobernar. Aseguran en su entorno que, aunque a veces se permite tensar el clima interno, trabaja para mantener la unidad y buscar el recambio generacional del que siempre habló. En la Casa Rosada aceptan los tironeos como parte del juego habitual de la política, pero advierten: “No hay 2023 para Cristina, Máximo o Axel, sin 2021 para el Gobierno”.

 

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¿Hacia dónde va la vice? “La jugada debería culminar con una reelección de ambos”, razonan los dirigentes de su confianza. Hay quienes incluso ya se atreven a pronunciar “Alberto-Cristina 2023”. Para sostener la unidad, ella suele decirles a los suyos que el 41 por ciento de los votos que sacó Mauricio Macri, un escenario regional inestable y sin aliados, y la golpeada economía que dejará la pandemia pueden generar un clima propicio para el retorno de la derecha al poder. Con ese peligro al acecho, Cristina aspira a que este sea un gobierno de transición, que siente las bases para transformaciones futuras.

 

“Esta es la última oportunidad que tenemos”, le largó lagrimeando a un amigo el 27 de octubre de 2019, en medio de los festejos por el triunfo electoral. Como autora del hecho político más disruptivo de las últimas décadas, no está dispuesta a poner en peligro su creación. Transita este experimento inédito con una dualidad que la desborda, con las heridas expuestas de una batalla que se libra en su interior: entre el deseo personal de querer dejarlo todo y el instinto político de querer controlarlo todo. También recorre el camino con la convicción de que participa de la última experiencia de gobierno de su generación. Para Cristina, este es el último baile.

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Cristina fue jefa de Alberto apenas siete meses, el mismo tiempo que lleva como vice. Él renunció a la Jefatura de Gabinete cuando ella recién arrancaba su primera presidencia. Antes, tuvieron un mismo jefe político: Néstor Kirchner. En esa mesa de tres, ellos fueron pares. Entender esa primera relación hace menos dramáticas las discusiones de hoy. Máximo Kirchner es gráfico cuando los describe. “Son el dúo Pimpinela”, lo han escuchado reírse, como quien transita con familiaridad las peleas políticas de ambos. Ni una novela rosa ni un policial negro. “Claro que discuten, los dos tienen carácter fuerte, y sus dos mandatos como presidenta generan una tensión natural, porque ahora ella no decide y se la tiene que aguantar”, se sincera un hombre cercano a Máximo, con responsabilidad de gestión.

 

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Ahora Cristina no gana siempre. Dos ejemplos lo demuestran. El martes pasado se cerró uno los casos que los enfrentó intramuros: el affaire Rodolfo Canicoba Corral. La vice quería sostener al juez en su cargo, a quien le valora que no se haya sumado a la ofensiva de otros magistrados contra ex funcionarios kirchneristas. Alberto pretendía jubilarlo por una vieja enemistad que cargan. La tensión llegó a escalar de tal manera que un emisario del Presidente se fue de la casa de ella entre insultos. El próximo 29 de julio Canicoba se jubilará. No obtuvo el acuerdo de la Casa Rosada que necesitaba para renovar su pliego. Cristina aceptó la derrota. En esta etapa, conoció la marcha atrás.

 

La dinámica de la verdadera mesa chica también quedó expuesta en el caso Vicentin. Aunque suene verosímil que ella impuso el plan de expropiación, la intervención de un funcionario clave complejiza la lectura de los hechos. Horas antes del anuncio de Alberto, Carlos Zannini, el hombre que durante 12 años le dio forma legal a las decisiones de los Kirchner, advirtió a la Casa Rosada sobre la inconveniencia de avanzar con la figura de la expropiación. Hoy es procurador del Tesoro, el jefe de los abogados del Estado. Se había enterado del proyecto un rato antes por una consulta del ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. “¡Nos estamos comprando las deudas de una empresa vaciada! ¡No tiene sentido, no corresponde la expropiación!”, alertó, en un llamado urgente a Vilma Ibarra, la Zannini de Alberto.

 

Las diferencias entre Alberto y Cristina existen desde que se reencontraron, una tensión administrada más visible ante la crisis. En el kirchnerismo de patio militante, el ritmo aletargado del Gobierno genera fastidio. Piden más dinámica para enfrentar la caída económica, una visión que comparten con el massismo. En La Cámpora creen que Alberto sobreactuó autonomía a la hora de nombrar a su equipo. Por temor a convertirse en el “chirolita de Cristina” terminó, dicen, armando un elenco con sus históricos, a los que les falta gimnasia de gestión. Doce años fuera del poder real hace perder la rutina a cualquiera.

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Cristina no pisa la Casa Rosada desde su asunción. Ese día no subió al primer piso, donde está el despacho presidencial, ni se acercó al que debería haber sido el suyo, como vice. Pocos días después directamente lo mandó a desarmar. En el ejercicio simbólico de ser la segunda, Cristina tampoco será una presidenta bis. Tiene su propio palacio, el Senado. Desde ahí despliega sus prioridades: el seguimiento de la reestructuración de la deuda y el monitoreo de la provincia de Buenos Aires. Desde ahí libra su gran batalla, al punto de la obsesión: la judicial.

 

Con una mayoría amplia convirtió a la cámara en la base de operaciones de sus intereses. Si bien apuró la aprobación de los temas que envió el Poder Ejecutivo, la agenda lleva su sello. La Comisión de Labor Parlamentaria, donde se pactan los proyectos a tratar, dejó de funcionar. De diez sesiones desde que arrancó su mandato, siete fueron especiales, convocadas por Cristina, sin acuerdo opositor. Un hecho inédito para el Senado. La virtualidad y la pandemia atentan contra el reunionismo, pero la proactividad de Sergio Massa y Máximo Kirchner, que tienen que trabajar para conseguir una ajustada mayoría en Diputados, expone las diferencias. Sus colaboradores la justifican: “Cristina no va a hacer un zoom con la oposición”. Del otro lado de Pasos Perdidos envían una caricia. “Si Sergio tuviera una cantidad así de diputados haría lo mismo”, concede un allegado a Massa.

 

Su oficina en el primer piso del Senado es también base de sus reuniones políticas. Había reiniciado una segunda ronda de charlas con intendentes bonaerenses que frenó por la cuarentena dura y ahora promete continuar. “Siempre tiene un mismo cuestionario. Cómo está la situación sanitaria y sobre todo, la económica”, relata uno de ellos. Está preocupada por la crisis social que se viene y de eso habla hace unos días con Hugo Moyano. Desde el Congreso sigue de cerca la gestión de la provincia de Buenos Aires, el corazón de su proyecto político más auténtico, el territorio desde el que intentará modelar esa transferencia generacional que se propone.

 

Para Cristina, la revancha que le dieron las urnas estará siempre incompleta sin su revancha judicial. “Está en llaga”, grafica un amigo que la escucha seguido en su departamento de la calle Juncal. Siete meses después de asumir la vicepresidencia, su situación judicial y la de sus hijos siguen igual. En el Gobierno no descartan que ahí radique buena parte de sus enojos. El alegato que dio en la causa de vialidad, en la que dijo que ya la había absuelto la historia, necesita la firma de un juez para garantizar su tranquilidad. “Ella quiere ver la tapa de Clarín que diga que es inocente. Y eso nunca va a pasar. Por más que la sobresean con todas las de la ley, titularán ‘Impunidad’. Pero será su batalla igual, se las va a seguir hasta el último de sus días”, desafía un colaborador, el hombre que más tiempo la acompañó en la función pública. Hay juristas cerca de Cristina que se pusieron a estudiar los nunca instrumentados juicios por jurados. “Si a ella la absolvió el voto popular, que sea el pueblo el que defina la cuestión judicial”, se ilusiona un colaborador con mirada utópica.

 

A su lado dicen que no la mueve la “venganza” sino el “rencor” por lo que califican como una “persecución” contra ella y su familia. La situación de Florencia atraviesa una parte importante de sus decisiones. Con su hija recluida en Cuba, terminó criando a Helena, su nieta, durante más de un año. La cuidaba de lunes a viernes, los fines de semana eran para el papá. Fueron 117 días los días que Cristina estuvo en la isla, en sus intermitentes viajes de abuela para llevar a su nieta. Allí le puso el punto final a su libro, Sinceramente. “No voy a ser candidata a Presidenta de nuevo”, repetía una y otra vez en la intimidad de la casona de estilo colonial de El Laguito, en La Habana. En ese mismo lugar, con el peso de lo personal y la mirada estratégica para conservar su propia descendencia, Cristina terminó de diagramar su jugada política.

 

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