Se ha dicho que los trabajos sobre el poder de Michel Foucault dejan de lado al Estado y las grandes luchas políticas. Sin embargo, la publicación póstuma de sus cursos obligan a rever esta posición. En “Foucault y la política”, de Luciano Nosetto, se analiza el aporte de nuevos conceptos, entre ellos, los de biopolítica y gubernamentalidad, de suma importancia para entender el poder estatal. Acá, un fragmento del texto editado por el sello de la Universidad Nacional de San martín.



Michel Foucault[1] introduce Las palabras y las cosas con una referencia a un cuento de Borges, “El idioma analítico de John Wilkins”, que remeda la taxonomía animal de una enciclopedia china, a partir de las rúbricas más heterogéneas: “a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación…”. En el asombro que produce esta taxonomía, Foucault reconoce la edad y la geografía de nuestro pensamiento. A partir de este asombro, pone en marcha su arqueología del saber. Si fuera posible desplazar este gesto y descargarlo de sus remisiones epistemológicas (las de Borges y las de Foucault); si fuera posible prorrogar este juego a dominios más circunscriptos y más familiares, tal vez, podríamos decir que el trabajo que se lee a continuación nació, igualmente, de aquel cuento de Borges.

 

La pregunta que motiva este trabajo tiene su edad y su geografía. Surgió de la conmoción con que Argentina inició el nuevo siglo. Emergió allí, cuando la entropía política, social y económica fue intersecada por los acontecimientos de diciembre de 2001. En este punto, se desplegó una multiplicidad de prácticas de resistencia; prácticas tan heterogéneas como puedan ser las rúbricas de cierta enciclopedia china. ¿Cómo es posible que esta heterogeneidad de prácticas de resistencia conduzca hacia unos efectos políticos relevantes? ¿Cómo es posible salvar el carácter discreto y desarticulado de estas prácticas? ¿Cómo es posible que estas ofensivas dispersas, fragmentarias, repetitivas conjuren a un tiempo el riesgo de su aislamiento y la amenaza de su neutralización institucional?

 

Queda claro, en este punto, por qué la obra de Michel Foucault aparece como una superficie dilecta, para esta pregunta. No porque Foucault resuelva la pregunta por la efectividad de estas prácticas; más bien, porque su pensamiento adolece de los mismos riesgos y amenazas. Si indicamos una multiplicidad de puntos de resistencia y de lucha todo a lo largo del cuerpo social; si indicamos en estos puntos de resistencia múltiples el trabajo de una politización, ¿cómo es posible que esta politización produzca efectos en las relaciones de poder? Esta pregunta supone la puesta en marcha de las nociones de poder y política en la obra de Foucault; nociones profundamente elusivas a toda resolución conceptual y a toda estabilización analítica. De esta inestabilidad y, probablemente, de esa irresolución haya surgido nuestro interés por la política en la obra de Foucault.

 

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El interés por la política es, en la opinión de Foucault, tan insoslayable que no merece siquiera justificación. En un célebre debate con Noam Chomsky, trasmitido por la televisión holandesa en 1971, el moderador solicitó a Foucault que explicitara el porqué de su interés en la política. La respuesta fue tan vehemente como elusiva.

 

Su pregunta es: ¿por qué me interesa tanto la política? Si pudiera responder de una forma muy sencilla, diría lo siguiente: ¿por qué no debería interesarme? Es decir, qué ceguera, qué sordera, qué densidad de ideología debería cargar para evitar el interés por lo que probablemente sea el tema más crucial de nuestra existencia, esto es, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas dentro de las que funciona y el sistema de poder que define las formas regulares, la regularidad de lo permitido y lo prohibido de nuestras conductas. Después de todo, la esencia de nuestra vida consiste en el funcionamiento político de la sociedad en la que nos encontramos. De modo que no puedo responder a la pregunta acerca de por qué me interesa; solo podría responder mediante la pregunta respecto de cómo podría no interesarme[2].

 

Más allá de sus elisiones y sus equívocos, esta respuesta permite caracterizar primeramente el pensamiento político de Foucault. Indica, por un lado, la centralidad indiscutible que la política adquiere en su obra e identifica, por otro, la expansión virtualmente indefinida del dominio político a todos los niveles y ámbitos de lo social. La centralidad de la política no viene dada en su pensamiento por la relevancia del Estado y sus instituciones. La política se extiende todo a lo largo de la sociedad. Esta centralidad de la política coincide, entonces, con una deslocalización respecto de toda coordenada institucional y una desmultiplicación de su dominio al punto de la ubicuidad. El silogismo es simple: si la política es lo relativo al poder, y si el poder es omnipresente, de aquí se sigue, sin más, que todo es político. Precisamente, esta ha sido la caracterización canónica del pensamiento de Foucault: un pensamiento que expande el dominio de la política a todos los puntos del cuerpo social.

 

Esta politización general pone en marcha dos evaluaciones divergentes. Por un lado, afirmar que “todo es político” contribuye a identificar el trabajo cotidiano y persistente del poder en todos los puntos del cuerpo social; incita a pensar que ninguna asimetría social es necesaria ni va de suyo, con lo que bajan así los umbrales de lo tolerable, y se reactivan, en estas relaciones, unas sedes de resistencia. La política no se apacigua en la topografía discreta del ejercicio del poder público ni en la lógica jerárquica de la articulación de resistencias. Por el contrario, Foucault encuentra, en todos los puntos del cuerpo social, el trabajo de unas relaciones de fuerza y la sede de unas luchas permanentes. Fatigado dictum foucaulteano: “donde hay poder, hay resistencia”[3]. La politización general tiene así un efecto inquietante, movilizante, emancipador. 

 

Por otro lado, afirmar que “todo es político” contribuye a desmultiplicar los focos de dominación en todo el cuerpo social en la medida en que el ejercicio del poder se vuelve un todo funcional anónimo, insidioso y omnipresente. Denunciar la politización general equivale a tramar una red de coacciones cotidianas, que apresa sin lagunas a todos los individuos. Dictum foucaulteano de recambio: “El poder es coextensivo al cuerpo social, no existen, entre las mallas de su red, playas de libertad elementales”.[4] La politización general tiene así un efecto paralizante, inmovilizante, conservador. Axel Honneth ofrece claridad en este punto:

 

Dentro de una y misma argumentación, aparecen contrapuestas dos tesis: la confirmación teórica de una “batalla incesante” y una imagen detallada del modo de funcionamiento de las instituciones administrativas de coacción, cuya condición genético-social es precisamente la interrupción de esa “batalla incesante;” a la primera de las tesis solo se ajusta la idea de una pluralidad de actores sociales en competencia; la idea de una conducta corporal irresistiblemente manipulada solo es compatible con la segunda.[5]

 

De modo que parecieran convivir en el pensamiento de Foucault dos concepciones incompatibles. Una hiperpolitización que concibe a lo social como el espacio de luchas y batallas incesantes, pero que, al mismo tiempo, lo presenta como el espacio saturado de unas coacciones insidiosas y permanentes. La recepción crítica ha fatigado esta segunda concepción y ha hecho énfasis en la deriva inmovilizante de su pensamiento. La parálisis que sobreviene a la lectura de su obra ha sido definida como efecto de una triple elisión: del Estado, de la resistencia y de la norma. Reconstruyamos cada una de estas críticas.

 

En primer lugar, se imputa a Foucault el hecho de que, al haberse concentrado en el análisis de las relaciones de poder locales, circunscriptas y discretas, perdiera de vista la articulación de estas relaciones en instancias globales de poder. Esta insistencia en la microfísica de poder, en el ejercicio capilar del poder en instituciones locales y fragmentarias, obstaculiza la identificación de las grandes estrategias políticas asociadas al dominio estatal. Los únicos movimientos y transformaciones esperables quedan limitados a reformas locales en instituciones específicas y en espacios restringidos. De modo que si el pensamiento político de Foucault es inmovilizante, es porque pierde de vista el análisis del Estado. Sea que se lo considere como garante último de derechos,[6] como reproductor de la dominación de clase,[7] o como agente imperialista,[8] el Estado aparece en varios críticos como un elemento insoslayable, cuya elisión hiere de inefectividad todo el análisis foucaulteano del poder.

 

En segundo lugar, se lo imputa de haber desatendido la consideración de la resistencia al poder. Por más que Foucault insista en la multiplicidad de puntos de lucha y reversión de las relaciones de poder; por más que fatigue la idea de una guerra social en curso, la mera mención de estos conflictos no alcanza a configurar una conceptualización de la resistencia a la altura de sus análisis del poder. En esta línea, se le adjudica una perspectiva unilateral y monolítica del poder, que solo da cuenta de sus efectos regresivos, por lo que no considera el carácter positivo y emancipador que puede serle inherente[9]. Algunas críticas insisten en una insuficiente problematización de las formas en las cuales los sujetos internalizan las coerciones de las que son objeto. El sujeto se vería como un blanco inerme sobre el cual el poder descarga sus determinaciones, libre de obstáculos, de inercias, de rozamiento.[10] Por último, se insiste en la desvalorización que Foucault descarga respecto de los movimientos antirrepresivos. La indicación de su futilidad de cara a un poder que actúa productivamente equivale al postulado de que la resistencia no es más que una pericia del propio poder.[11] En suma, su perspectiva monolítica y unidireccional del poder, su insuficiente problematización de las formas en las que el sujeto internaliza las coerciones y su postulación de una resistencia que nunca es exterior al poder configuran un pensamiento políticamente pesimista, conservador y esterilizante. Foucault estaría, según esta perspectiva, tan preocupado por el análisis y el elogio del poder que habría saturado todo espacio para una resistencia posible.[12] 

 

Por último, se señala que Foucault no alude a marco normativo alguno. Al expandir el campo de las relaciones de poder al punto de afectar nuestras concepciones de justicia y verdad; al plantear que todo aquello que consideramos auténtico, deseable o preferible depende de una voluntad de verdad transida por relaciones de poder, Foucault estaría impidiendo toda posibilidad de subtender un terreno normativo sobre el cual asentar las luchas y las apuestas políticas.[13] No obstante, de solo considerar su actividad militante y sus compromisos políticos, es posible identificar valoraciones subyacentes que, sin embargo, quedan silenciadas. Esta ausencia de explicitación de su marco normativo hiere de inconsistencia a la noción foucaulteana de poder: por momentos, una herramienta heurística en manos de un observador neutral y desapasionado;[14] por otros, una presencia insidiosa y opresiva que debe ser denunciada en su capilaridad y su omnipresencia.[15] Lo que, en todo caso, queda claro es que, al rehusarse a la explicitación de sus apuestas normativas, Foucault no brinda razón alguna para resistir al poder. Sin criterios de valoración, sin posibilidad alguna de distinguir mejor de peor, ¿por qué tomarse el trabajo de resistir?[16]

 

De modo que la expansión foucaulteana del dominio de la política al punto de su ubicuidad tiene por efecto una triple elisión. Elisión de la relevancia del poder estatal; elisión de toda posibilidad de resistencia; elisión de todo criterio normativo. En los tres casos, el pensamiento de Foucault tiene un “efecto esterilizante y anestésico”, que bloquea toda posibilidad de acción política al presentar un poder omnipresente y paralizante.[17]

 

Estas críticas pueden ser contestadas, relativizadas, contrastadas, en todo caso, con la evidencia textual que su obra brinda. En particular, la reciente publicación de sus cursos en el Collège de France durante 1978 y 1979 ha contribuido a rastrear, en el pensamiento de Foucault, una conceptualización y un análisis específico del Estado, mediante las nociones de biopolítica y gubernamentalidad. Si bien ambas nociones estaban presentes en el material hasta entonces disponible, a partir de la publicación de los cursos Seguridad, territorio, población y Nacimiento de la biopolítica,[18] se hizo evidente la preocupación foucaulteana por el poder estatal, por los modos de su ejercicio y por sus formas de racionalidad. De modo que, contra la imputación de desatender el análisis del Estado, surge, de la obra publicada, un profuso campo de problematización, conceptualización y análisis del poder estatal en las formas específicas de su ejercicio (aprehensibles bajo la noción de biopolítica y sus dispositivos de seguridad) y en las formas de su racionalización (aprehensibles bajo la noción de gubernamentalidad). Esta novedosa consideración de la estatalidad no habría sido posible si no se hubiera operado un desplazamiento mayor en la concepción foucaulteana del poder. ¿En qué consiste este desplazamiento?

 

Es habitual indicar que sus análisis genealógicos del poder estuvieron orientados por una concepción bélica, opuesta a las grillas jurídicas y represivas. En esta línea, Foucault recusa sistemáticamente las concepciones del poder asociadas a la teoría jurídico-política de la soberanía. El poder no se ejerce de manera preeminente mediante la prohibición y la represión; no se resume en la figura de un soberano y en la forma constrictiva de ley. Foucault sostiene que, si bien esta pudo haber sido la forma de ejercicio del poder en la baja Edad Media, a partir del siglo XVII, surge una novedosa tecnología de poder que no se reduce a la ley soberana y su ejercicio represivo. Un poder que atraviesa los cuerpos y produce en ellos nuevas fuerzas y habilidades. Describe el ejercicio de este poder disciplinario en términos de una guerra permanente y en las coordenadas de unas tácticas, unas estrategias y unas relaciones de fuerza. Esta identificación de las relaciones de poder en términos de guerra subtendió los análisis foucaulteana del poder disciplinario en instituciones locales y circunscriptas, como el psiquiátrico, la prisión, la fábrica, el hospital. Ahora bien, estas investigaciones habrían impedido la posibilidad de identificar la cristalización efectiva de estos poderes y sus articulaciones en estrategias políticas globales.

 

A mediados de la década de 1970, introduce una segunda tecnología de poder que opera ya no sobre los cuerpos individuales y a nivel local de instituciones discretas y circunscriptas, sino a nivel global de las poblaciones. Bajo la rúbrica de “biopolítica”, esta novedosa tecnología de poder abre paso a la consideración del Estado, institución con escala suficiente como para operar un ejercicio global del poder sobre las poblaciones. Ahora bien, la emergencia de la biopolítica conduce a la puesta en cuestión de la grilla de la guerra.

¿Puede la gestión global de las poblaciones operar efectivamente en los términos de una guerra? ¿Son pertinentes las nociones de táctica, estrategia, relaciones de fuerza para dar cuenta de las políticas de regulación y la normalización de las poblaciones?

 

Foucault aborda estos obstáculos, pone en cuestión su grilla de inteligibilidad bélica, e identifica finalmente los modos de ejercicio del poder ya no con la guerra, sino con el gobierno (entendido como conducción de conductas). De esta manera, el ejercicio biopolítico del poder estatal ya no consiste en la prosecución de una guerra general y permanente, sino en la disposición racional de procedimientos y mecanismos a efectos de la conducción de las conductas poblacionales. La biopolítica abre paso, de esta manera, a la consideración del marco de racionalidad en que se inscribe el ejercicio del gobierno. Bajo la rúbrica de “gubernamentalidad”, se desbloquea un dominio de reflexiones, programas, cálculos y análisis sobre el gobierno de las poblaciones.

 

Foucault sanciona este pasaje, que va desde la guerra hasta el gobierno, al sostener que las relaciones de poder “no deberían buscarse por el lado de la violencia o la lucha (…) sino más bien en el área del modo singular de acción, ni belicoso ni jurídico, que es el gobierno”.[19] Es posible resumir estos desplazamientos a partir de la indicación de dos niveles simultáneos de maniobras. Por un lado, a nivel analítico, se observa un desplazamiento, desde la grilla represiva hacia la grilla bélica y, seguidamente, desde la grilla bélica hacia la grilla gubernamental. Por otro lado, a nivel conceptual, se observa un desplazamiento, desde la noción de soberanía hacia la noción de disciplinas, seguido de un desplazamiento con dirección hacia la noción de biopolítica. De este modo, se delinea la caracterización habitual del pensamiento político de Foucault, en la serie analítica represión-guerra-gobierno, y en la serie conceptual soberanía-disciplinas-biopolítica.

 

En síntesis, las nociones de gobierno y biopolítica exoneran a Foucault de las objeciones vinculadas a su elisión del Estado.[20] Ahora bien, ¿qué se puede decir de las objeciones restantes? ¿Permite la incorporación de las nociones de biopolítica y gubernamentalidad conceder un lugar a las resistencias? ¿Permiten estas nociones destrabar las elisiones normativas que se le imputan?

 

Con las nociones de biopolítica y gubernamentalidad, se abre el dominio político de la articulación global de relaciones de poder. Sin embargo, este análisis del ejercicio del poder a nivel global no parece compensarse con un análisis de las resistencias en condiciones de operar a un mismo nivel. De modo que, al salvar la elisión del Estado, Foucault no haría más que profundizar la elisión de las resistencias. Así, daría acabada cuenta del poder en todos los niveles de su ejercicio, pero no de las luchas que en torno a él se traban. Es en este punto que pretende intervenir nuestra hipótesis de trabajo.

 

***

 

[1] Dado que las referencias bibliográficas a la obra de Michel Foucault son aquí muy numerosas, se optó, en esos casos, por eludir el nombre del autor y citar sus obras directamente a partir del título. De modo que toda referencia bibliográfica en la cual no se explicite autor remite a Foucault. Por otro lado, en varios casos, trabajamos directamente con las ediciones en su idioma original. De disponer también de las traducciones al español, estas ediciones se consignan entre corchetes. A partir de la segunda ocurrencia de cada cita, se consigna solamente el número de página de la edición en su lengua original y, entre corchetes, el número de página correspondiente a la traducción. En caso de haber rectificado o corregido la traducción disponible, se aclara mediante la expresión “modificado por el autor”. Por último, en caso de no disponer de ediciones en español, las traducciones son propias.

 

[2] Noam Chomsky y Michel Foucault. “Human Nature: Justice Versus Power”, en Fons Elders (ed.): Reflexive Water: The Basic Concerns of Mankind. London, Souvenir Press, 1974, p. 168 [Traducción: La naturaleza humana: justicia versus poder. Un debate. Buenos Aires, Katz, 2006, pp. 53-54 (modificadopor el autor)].

 

[3]Histoire de la sexualité 1: La volonté de savoir. Paris, Gallimard, 1976, p. 125 [Traducción: Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber. 2ª edición. Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 116].

 

[4] “Pouvoirs et stratégies”, en: Dits et écrits II, 1976-1988. Paris, Gallimard, 2001, p. 425 [Traducción:“Poderes y estrategias”, en: Microfísica del poder. 3a edición. Madrid, La Piqueta, 1992, p. 181].

 

[5] Axel Honneth. Crítica del poder. Fases en la reflexión de una teoría crítica de la sociedad. Madrid, A. Machado Libros, 2009, p. 265.

[6] Michel Walzer. “The Politics of Michel Foucault”, en David Hoy (ed.): Foucault. A Critical Reader. Oxford, Basil Blackwell, 1986, p. 6; Jürgen Habermas. El discurso filosófico de la modernidad. Madrid, Taurus, 1989, p. 345.

[7] Jeffrey Weeks. “Foucault y la historia”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault. Buenos Aires, El cielo por asalto, 1993, p. 104; Dominique Lecourt. “¿Microfísica del poder o metafísica?”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault, op. cit., pp. 78-79; Perry Anderson. Tras las huellas del materialismo histórico. Madrid, Siglo XXI, 1983, p. 59.

[8] Edward Said. El mundo, el texto, el crítico. Buenos Aires, Debate, 2004, p. 297; Gayatri Spivak. “Can the Subaltern Speak?”, en C. Nelson y L. Grossberg (eds.): Marxism and the Interpretation of Culture. Basinstoke, Macmillan, 1988, p. 86.

[9] 9 Charles Taylor. “Foucault on Freedom and Truth”, Political Theory, Vol. 12, N° 2, mayo de 1984, p. 164; Bob Fine. “Las luchas contra las disciplinas. La teoría y la política de Michel Foucault”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault, op. cit., p. 141; Peter Dews. “Poder y subjetividad en Foucault”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault, op. cit., p. 176.

 

[10]Stuart Hall. “Introducción: ¿quién necesita ‘identidad’?”, en Stuart Hall y Paul Du Gay (comps.): Cuestiones de identidad cultural. Buenos Aires, Amorrortu, 2003, p. 29; Judith Butler. The PsychicLife of Power. Stanford, University Press, 1997, pp. 83-105; Slavoj Žižek. El espinoso sujeto. Buenos Aires, Paidós, 2007, pp. 267-268; Peter Dews. “Poder y subjetividad en Foucault”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault, op. cit., pp. 185; Jacques Rancière. “Biopolitique ou politique?”, Multitudes N° 7, marzo de 2000, p. 2.

 

[11] Bob Fine. “Las luchas contra las disciplinas. La teoría y la política de Michel Foucault”, en Horacio Tarcus (comp.): Disparen sobre Foucault, op. cit., p. 139; Slajov Žižek. El espinoso sujeto, op. cit., p. 269.

 

[12] Steven Lukes. Power. A Radical View. 2a edición. Wales, Palgrave Macmillan, 2005, pp. 88-95; Richard Rorty. Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos. Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 242; Edward Said. “Foucault and the Imagination of Power”, en David Hoy (ed.): Foucault, op. cit., pp. 150-154; Michel Walzer. “The Politics of Michel Foucault”, en David Hoy (ed.): Foucault, op. cit., p. 59.

 

[13] Charles Taylor. “Foucault on Freedom and Truth”, Political Theory, op. cit., p. 177.

[14] Jürgen Habermas. El discurso filosófico de la modernidad, op. cit., p. 337; Richard Rorty. Ensayos sobre Heidegger, op. cit., pp. 242, 270-275.

[15] Nancy Fraser. Unruly Practices. Minneapolis, University of Minnesota Press, 1989, pp. 18, 19, 33.

[16] Michel Walzer. “The Politics of Michel Foucault”, en David Hoy (ed.): Foucault, op. cit., pp. 61, 51; Vincent Descombes. Philosophie par gros temps. Paris, Minuit, 1989, pp. 43-44.

[17] Barry Smart. “Power, Repression, Progress. Foucault, Lukes and the Frankfurt School”, en David Hoy (ed.): Foucault, op. cit., p. 166.

 

[18] Sécurité, territoire, population. Cours au Collège de France (1977-1978). Paris, Gallimard, 2004 [Traducción: Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France 1977-1978. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2006]; Naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France (1978- 1979). Paris, Gallimard, 2004 [Traducción: Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France 1978-1979. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2007].

[19]“The Subject and Power”, en Hubert Dreyfus y Paul Rabinow: Michel Foucault. Beyond Structuralism and Hermeneutics. 2a edición. Chicago, University Press, 1983, p. 221 [Traducción: “El sujeto y el poder”, en Hubert Dreyfus y Paul Rabinow. Michel Foucault. Más allá del estructuralismo y la hermenéutica. Buenos Aires, Nueva Visión, 2001, pp. 253-254 (modificado por el autor)].

 

[20] Colin Gordon reseña las tres objeciones que indicamos y sostiene que “Foucault introduce sus cursos sobre gubernamentalidad que son, entre otras cosas, una respuesta a la primera de estas tres objeciones”. Colin Gordon. “Governmental Rationality: An Introduction”, en Graham Burchell, Colin Gordon y Peter Miller (eds.): The Foucault Effect. Chicago, University Press, 1991, p. 4.

 


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