La semana pasada, las doctoras en letras Alejandra Laera y Mónica Bernabé presentaron en el salón anfibio una conversación con Julio Ramos. A 25 años de la publicación de Desencuentros de la modernidad en América Latina, Bernabé leyó un texto sobre cómo fue recibido el libro en el momento de su publicación. Hoy, lo compartimos con nuestros lectores.



Por: Mónica Bernabé

 

Sería banal hablarles a ustedes sobre la operación crítica de Desencuentros de la modernidad en América Latina. Creo que la mayoría de los aquí presente han leído parcial o totalmente el libro en algún momento de los últimos 25 años. Algunos, por razones profesionales, ya sea para dictar alguna clase en la universidad o en ocasión de escribir algún artículo, tesis o ensayo sobre la crónica o la modernización literaria, en términos borgeanos, hemos “fatigado” sus páginas. En mi caso, confieso públicamente haber saqueado a Julio, pero siempre por razones de extrema necesidad. Hubo un tiempo en que no podía escribir ni pensar fuera de la lógica de su Desencuentros.

 

En un hermoso documental, Patricio Guzmán comienza recordando sus lecturas juveniles de Julio Verne y en cierta medida las recupera a través de imágenes y relatos de aventuras. Guzmán titula a su película Mi Julio Verne. Hoy quiero recordar, para celebrar, nuestras primeras lecturas de Desencuentros en el marco de la Argentina del 89, las circunstancias de su recepción, los efectos críticos e institucionales que desató en la Facultad de Humanidades en la Universidad Nacional de Rosario que es mi lugar de trabajo. Por eso podría editar estas breves notas bajo el títulomi Julio Ramos”.

 

Sobre el 89 podría hablar largo porque fue un año clave a nivel internacional y un quiebre histórico por momentos difícil de mensurar. Pero me atengo a lo doméstico, al momento en que en Argentina finalizaba el proceso de recuperación de las instituciones democráticas y se iba consolidando la normalización de la universidad. En Rosario no teníamos profesores formados para dictar literatura latinoamericana. El último profesor del área antes del golpe de Estado había sido Adolfo Prieto pero no retornó sino mucho más tarde y ya jubilado. Entonces, Susana Zanetti se puso al hombro (y en forma gratuita y militante) la tarea de formar a un grupo de jóvenes (otros no tan joven como en mi caso aunque inexpertos en la especialidad) en el área de las latinoamericanas, muchos de ellos actualmente a cargo de las cátedras de literatura.

 

Eran épocas en que no existían los celulares ni internet, no contábamos con la posibilidad de digitalizar el material, no había Scribd a mano para bajar libros ni había Mercado Libre para poder comprar usados. En ese marco, de enorme precariedad institucional, un día Susana apareció con un auténtico y aurático ejemplar de Desencuentros de un tal Julio Ramos que hasta por el apellido entraba en sintonía con Ángel Rama, por aquél entonces, objeto de las intensas y apasionadas lecturas del grupo de Rosario.

 

Puedo  afirmar casi con certeza y sin temor a equivocarme que Desencuentros fue el libro más fotocopiado en la historia de la facultad, fotocopias de fotocopias devastadas por los subrayados y anotaciones de anónimos lectores que dejaban sus marcas esclarecedoras para los futuros lectores. Con el paso de los años, en aquellas épocas de la prehistoria de la reproducción técnica, la tinta de las fotocopias se diluía al punto que mis fotocopias terminaron por materializar el famoso poema de Nezahualcóyolt: “como una pintura nos iremos borrando”. Anoche las busqué y no las pude encontrar. Me las deben haber robado.

 

De este modo, la circunstancias de la lectura de Desencuentros, a casi 100 años de los sucesos que analiza, venía a replicar la desigualdad del proceso de modernización en América Latina, y ejemplificaba, con los avatares de su circulación, la inestabilidad de la construcción institucional en la universidad durante los noventa mientras discutíamos sobre la posmodernidad, siempre desigual. Atento a esta situación extendida en el continente, el genio de Monsiváis advirtió el “grado xerox de la lectura” latinoamericana, creo yo una conceptualización ajustadísima para seguir pensando en los límites de la autonomía. De algún modo, la historieta de las fotocopias dice del lugar desde donde se lee y desde donde se escribe, dice de las condiciones de lectura en un campo heterogéneo de formación crítica que comenzaba a descubrir (y el libro de Julio vino a confirmar) que la tan mentada identidad latinoamericana no era un enigma que teníamos que desentrañar sino un sitio discursivo de circulación precaria.

 

Sin embargo, en los nefastos noventa, en el momento de mayor precarización institucional que haya experimentado la universidad argentina durante la democracia, protagonizamos algunos momentos felices de encuentros productivos. Julio Ramos dictó un memorable seminario sobre viajes. Retornó Adolfo Prieto y organizamos con él un seminario para discutir el canon de la literatura latinoamericana. Las discusiones fueron acaloradas, intensas. Coincidieron con el comienzo de nuestros grupos de investigación. En el año 1989 (tuve que revisar viejas versiones de mi currículum para documentar lo que estoy diciendo) realizamos la inscripción formal en Conicet del primer grupo del área de literatura latinoamericana en el que participamos unos 15 o 20 personas (eran tiempos institucionales heroicos) con la dirección general de Susana Zanetti bajo el ambicioso título de: “Modalidades de algunos procesos constitutivos de la literatura latinoamericana: del modernismo a las vanguardias”.

 

 

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En mi caso, la experiencia de los seminarios, los grupos de discusión y el pasaje de fotocopias me permitió dar inicio a un trabajo de revisión de una cierta forma de entender la literatura próxima a los parámetros teóricos interpretativos del campo intelectual de los sesenta. En este marco, la figura de Martí era representativa de la heroicidad moderna en la que se sustanciaba una ética política junto a una voluntad estética. Si bien el mío no era el Martí de la “estatua de granito” de Enrique José Varona, sí estaba impregnado del orfismo origenista de Cintio Vitier y Fina García Marruz al tiempo que atravesado por la poderosa metáfora lezamiana que invocaba al maestro como “genitor de la imagen”. En medio de este parnaso ultraterreno, el libro de Julio comenzó a abrir una grieta en la que todavía seguimos explorando. Desde entonces, venimos flexibilizando un canon que se asentaba en el orden jerárquico de los géneros, en donde la crónica era una manifestación menor o simplemente venía a desempeñar un rol auxiliar, un ejercicio marginal, intrascendente de la escritura que solo encontraba su sentido cabal en la poesía, el ensayo -ya sea de interpretación nacional o poético- y en la forma de la novela consagrada a partir del boom de los sesenta. La escisión entre poeta y periodista ha sido una operación definitoria para la argumentación sobre la autonomía literaria latinoamericana desde los ensayos fundadores de Pedro Henríquez Ureña. Veamos los argumentos con los cuales Pedro Salinas ejecuta la “gran división” en el seno de la obra de Rubén Darío: “El periodismo estimuló en Rubén la atención a lo más superficial, el cultivo de sus capacidades literarias más comunes […] Le dio con qué vivir y le quitó con qué sobrevivir. Azuzó contra el poeta un segundo ser menor, con el que, por ser parte suya también, le hizo convivir engañado. El periodista que llevaba Rubén a su lado, suena a extraño. El que la sociedad le puso al lado para darle una cosa y quitarle otra. Lo que le dio ya lo sabemos: una serie de cheques a lo largo de los años, que ni siquiera le bastaron para vivir tranquilo. Lo que le quitaron, de tiempo, de energías, de gusto para mayor haber y gloria de su poesía, sólo Dios lo sabe”.

 

También es significativo revisar el catálogo de la Biblioteca Ayacucho, digno de ser ingresado en el análisis del contexto de Desencuentros. Es notable que de los 130 títulos publicados entre 1976 y 1986 entre los clásicos latinoamericanos no haya un solo volumen dedicado a las crónicas. Vemos, por ejemplo, en el anuncio  del volumen dedicado a la prosa de Martí, coordinado por Juan Marinello bajo el título “Nuestra América”, que la publicación reúne los textos que formulan la doctrina de “Nuestra América” y que (cito textual) “la cronología de Cintio Vitier aporta la más reciente investigación sobre la vida del héroe”.  Precisamente, en el reverso de esta vida de héroe, Desencuentros nos permitió leer las zonas menos estudiadas de Martí, su vida neoyorquina, su errancia, y lo más importante, las contradicciones y paradojas de las cuáles emerge la crónica como un espacio textual privilegiado. La distancia crítica que aportó Desencuentros, desde un sutil entramado de la teoría del postestructuralismo y la  posmodernidad con el filoso análisis de las formas textuales, sin las derivas ni los meandros por los que suele perderse el exhibicionismo posletrado de algunos profesores, digo, la distancia crítica de Desencuentros nos impregnó para siempre de la desconfianza y aún nos mantiene alertas ante las manifestaciones que invocan “nuestra” identidad. Aprendimos a acompañar con comillas (sean ellas escritas o no) todo lo que nombramos como nuestro.

 

Fotos: Alejandro Guyot – Cortesía MALBA


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