La espalda rota de Neymar quebró no tanto el esquema deportivo como las emociones de los jugadores brasileros: quedó al aire el "paradigma psicológico" de un equipo rígido, doblegado ante un líder ausente, frente a la adaptabilidad y el esquema solidario de los alemanes. La picardía latina no alcanzó. El especialista en psicología del deporte Rafael Beltrán, analiza la dinámica de grupo de las selecciones de Alemania, Brasil y Argentina.



Foto portada: MAFIA

 

Lo que pasó con Brasil, a primera vista, desconcierta, asusta pero, más bien, deja al desnudo el paradigma psicológico profundo de un equipo que, definitivamente, no estaba consolidado.

 

La lesión de Neymar y su salida afectó al equipo más en lo emocional que en lo deportivo. En el momento en que se entonaba el himno de Brasil, dos jugadores sostenían la camiseta de Neymar, queriendo hacer notar su presencia, seguramente por solidaridad o compañerismo. Pero, lo que el juego demostró, es que el equipo estaba en un proceso de duelo que no podía digerir: sin lágrimas, esos muchachos, lloraban.

 

El fenómeno por el cual una selección quede totalmente paralizada, sin reacción, es causado por la ruptura de una estructura rígida que ni los jugadores, ni el director técnico pueden, con sus recursos y tiempo limitado, resolver durante un partido.

 

Que el equipo gane no significa que realmente esté haciendo las cosas bien. El rendimiento, en un esquema rígido, es como una represa que ni bien tiene una grieta, se abre y se desmorona, destrozando todo lo que encuentra a su paso.

 

Esto es lo que le pasó a Brasil, que es semejante  a lo que le sucedió a Argentina en el último mundial con Maradona como director técnico, casualmente, contra el mismo equipo, Alemania. Alemania encarna otra filosofía.

 

Choque de paradigmas

 

Los equipos con estructura rígida, buscan encontrar uno o dos líderes, que pasan a ser los protagonistas: de ellos depende el equipo. La pregunta clásica es, entonces, ¿quién es el líder? Saberlo facilita la conducción; no se necesita alcanzar consensos entre tantas personas; el líder manda, los otros obedecen. Es un sistema más pasional y, haciendo una analogía con un sistema político,  se parece más a un autoritarismo, práctico, pero severo y altamente peligroso. Porque cuando falta el líder, o la estrella en la cual se basa el equipo, todo el sistema se cae.

 

Por otro lado, los equipos dinámicos cuentan con once  líderes adentro de la cancha, y eso les da una flexibilidad y adaptabilidad mucho mayor. Es cierto que desarrollar una escuadra así, donde todos son protagonistas, exige un esfuerzo en la comunicación de todos mucho mayor pero, definitivamente, vale la pena. Alemania responde a este segundo paradigma.

 

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El paradigma del único líder, al que quizá los latinos estamos más expuestos, se centra sobre todo en la pasión y en las emociones, y es más exitista. En general, la prioridad es ganar, no tanto el hecho de hacer las cosas bien. Puede funcionar, pero es inestable en el tiempo y se puede deshacer frente a una frustración excesiva como la que tuvo Brasil.

 

El otro paradigma, más sajón, se centra, en mayor medida, en principios, en reglas y en estrategias que todos respetan. Su implementación suele ser prioritaria al hecho de ganar.

 

Alemania encarna a tal punto este modo de crear un sistema de equipo, que no se conforma con un gol si puede hacer diez. Y se enoja como cuando le metieron su único gol, no por el resultado, sino por no haber hecho las cosas bien. Para ellos las emociones son una consecuencia de hacer las cosas de la manera correcta, que es la base de la responsabilidad; no como en el primer paradigma, el que llamamos “latino”, donde las emociones o lo que se siente son la causa de todo lo que se va a hacer.

 

Picardía o compromiso

 

Esto se nota en la cancha y el público lo valora. Un claro ejemplo fue el recibimiento que tuvo Colombia en su país, no ganaron pero se notó ese compromiso por jugar bien. Esos equipos tienen algo mucho más grande que ofrecerles a sus hinchas ganar: la entrega, la responsabilidad, la fortaleza de su espíritu, un compromiso, repetimos, mucho más profundo.

 

El primer paradigma es más pícaro, busca la ventaja en simular, en agredir, en no respetar la autoridad del árbitro, toda ventaja no deportiva suma, porque ellos no se centran en su estrategia, aún más si están en desventaja.

El paradigma del equipo responsable tiene el foco puesto en lo que tiene que hacer y por eso no tiene miedo, tiene control sobre lo que hace y sabe que el resultado es una variable que no controla. No enfatiza en los puntajes finales, y así no se descontrola.

 

Brasil demostró ser un equipo que responde al primer paradigma. Su estructura rígida se quebró. El miedo y su hermana la parálisis hicieron el resto, muy pocos jugadores parecían querer quedarse en el partido, la mayoría hubiera preferido agarrar sus cosas e irse de viaje.

 

Al terminar el partido, el llanto del temor que vimos en partidos anteriores dio lugar al de la pena. Y a algo peor: al de la vergüenza.

 

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¿Y Argentina qué? Hay equipo

 

La pregunta que nos hacemos ahora es inevitable: ¿Qué pasa con Argentina? Hay signos positivos en su evolución. Pudimos ver un equipo que ganaba pero que no conformaba a la gente. Y eso es bueno; no solo se quiere ganar, se quiere hacer las cosas bien. Lo vivieron los hinchas, y también quedó claro dentro del equipo. Las diferencias se hicieron públicas: los jugadores no estaban de acuerdo con la estrategia de juego, no estaban cómodos. Si bien esto pudo haber sonado como una crisis, en realidad es todo lo contrario, es la comunicación en su éxtasis: lo que permite la expresión de las diferencias. Así se llegó a consensos, donde todos empezaron a sentirse protagonistas, es decir, más líderes con el rol que tenían dentro de la cancha.

 

Además, la aparición de un personaje que rompió la estructura formada alrededor de Messi como único protagonista fue muy sano. Sin que muchos futboleros supieran de donde apareció Lavezzi, se ganó a la mitad de los argentinos, es decir, a las argentinas. Esta posible trivialidad, ayudó a sacar a Messi del centro y aceptar que otros pueden ser protagonistas. Ya sea por sex-simbol, ya sea por la desfachatez de sus chistes o por sus tatuajes, demostró que en el equipo hay espacio para la libertad y la expresión, base para aceptar que todos tenían algo para aportar. Eso hizo levantar lentamente el rendimiento de todo el resto del equipo. En este momento la selección argentina empezó a dar algo más que ganar, empezó a divertir, a que se disfruten de otras cosas, y esa es la clave del rendimiento, porque sólo en el disfrute la confianza permite que se entregue el máximo potencial.

 

El problema de Brasil no empezó hoy, el equipo ya venía aburriendo y eso es compatible con el rendimiento. Estoy seguro de que, se gane o se pierda, todos, al igual que Colombia, vamos a estar orgullosos del equipo.


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