El coronavirus no quema todas las bibliotecas, como dicen los economistas. Tampoco es el fin de la producción cultural, como pronunció Alessandro Baricco. “El mundo que miramos a través de la ventana ya no existe, como una estrella que murió hace tiempo pero que seguimos viendo”, escribe Claudia Piñeiro mientras revela la arquitectura del oráculo que se inventó para encontrar las respuestas que nadie puede darle hoy, en tiempos de “real absoluto”.



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La famosa frase de Theodor Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, me viene a la mente, a repetición, en estos días. Me pregunto qué será escribir después de la pandemia del coronavirus. Y también si alguien está escribiendo poesía o historias de ficción, en este momento, mientras la padecemos. Pienso en ese o esa que sí puede, que escribe, y siento admiración. Yo, por ahora, no puedo. Las palabras apenas me alcanzan para garabatear textos sobre lo que pasa, pero no atraviesan otras fronteras, no logran ponerse a disposición de la fantasía para armar ficción. Estamos en un real absoluto.

 

El mundo que miramos a través de la ventana es un mundo que ya no existe. Como una estrella que murió hace tiempo, pero que seguimos viendo porque su luz tarda años en llegar a la Tierra, lo que vemos ya no está. Sin embargo, y esto es lo que más inquieta, aún no sabemos cómo será el nuevo estado de las cosas que viene a reemplazar a aquel del que sólo nos llega su antigua luz. 

 

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En este momento de incertezas, cada uno busca calmar como puede la ansiedad que provocan tantas preguntas. La ciencia, la única capacitada para dar respuestas válidas, trabaja a tiempo completo sin encontrar todas las que necesitamos. En especial, no es fácil aplacar las dudas existenciales, las filosóficas, las del por qué – un por qué de sustancia mayor, que no se refiere simplemente a causa efecto-. Algunos, en al afán obtener respuestas recurrirán a las religiones, a las seudos ciencias, a la magia. 

 

Sospecho que existen distintos oráculos en cada lugar donde hay personas recluidas por este virus. Pero en todos los casos, no importa el oráculo elegido, lo que auguran necesita ser traducido por medio de palabras. La palabra es la luz de aquella estrella que aún nos llega. Y quizás no advertimos su belleza porque se nos hace presente por caminos demasiados cotidianos: un mensaje de whatsapp, posteos en las redes, saludos virtuales, un concierto, una lectura de textos. 

 

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Yo tengo mi oráculo. Lo copié del que tiene el dramaturgo, director y maestro Maurico Kartun, aunque aplico una versión libre del suyo. En una clase, el maestro nos contó que, en la sobremesa de cenas con amigos, solían hacerles preguntas a las “Obras Completas de Shakespeare”, como quien se las hace al “I Ching”. Y que, créase o no, los textos de Shakespeare respondían. Alguien hacía una pregunta, tiraba las monedas -con un determinado código habían definido previamente tomo, obra, página, párrafo-,  buscaban, y Shakespeare respondía. En esta cuarentena recurrí varias veces al oráculo de Kartun, versión propia. Y seguiré recurriendo. A cada pregunta que me asalta y para la que no tengo respuesta, me acerco a un libro elegido al azar, uno de los tantos que tengo en la mesa a mano para ser leídos o en la biblioteca para relactura, lo abro, hago correr las hojas como si fueran un abanico, lo más lentamente que puedo, y me detengo en alguna palabra que llama mi atención. Y el libro, como el “I Ching”, como las “Obras Completas de Shakespeare”,  me responde. Las palabras de los que escribieron antes, cuando se podía escribir, no defraudan: son la luz de aquella estrella que llega hasta mi lugar de aislamiento. Reemplazan las respuestas que nadie puede darme. Allí, en el universo infinito que es la literatura, está hoy lo que busco, y mi refugio.

 

No voy a compartir mis preguntas, cada uno tendrá las propias, son íntimas, personales, intransferibles. Pero sí quiero compartir las respuestas que hoy obtuve de mi oráculo frente a cada una de ellas. Se fueron sucediendo desde que me desperté hasta que escribo estas líneas. Tal vez, por el hecho azarozo de que yo las transcriba aquí, otros puedan responder las propias preguntas. 

 

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“Qué lindas épocas. Cómo me gustaría volver atrás. En lo de mi mamá hay una (fotografía) donde estamos todos metidos en un Citroen, ¿cómo entrábamos tantos?, me pregunto”. Estás muy callada hoy, Ana Navajas, Rosa Iceberg editora.

 

“No nos gusta estar rodeados de lo grotesco sin sentido, somos animales que asumimos la responsabilidad de encontrar forma en lo deforme. Allí está Velázquez  sobre un tallo de col. Y los picos aquí, ¿una hilera de dientes?, ¿una fortaleza?, ¿dados? Y este poste tiene el contorno del Mar Muerto, creo. Las formas de la vida cambian a medida que las observamos, nos cambian por haber mirado”. Tipos de agua, el camino de Santiago, Anne Carson, Vaso roto Ediciones.

 

“Ahora las palomas dan una vuelta, dos, tres, parece que caen en una maniobra rasante sobre los techos de la cuadra. Luego se enderezan y vuelan en línea recta hacia la ruta que pasa por el costado del pueblo y separa las últimas casas de la inmensidad del campo”. Yo la quise, Josefina Giglio, Edulp.

 

“… sin embargo los verbos no vuelven a conjugar y nosotros vamos naciendo en las cosas una vez y otra vez, no sólo en los frutos jugosos de los árboles, también en el dibujo de las letras y en el soplo de las palabras claras”. El sol detrás del limonero, Ángela Pradelli, La Gran Nilson editora.

 

“Es una tarde de abril, gris y templada, el aire porta el dulzor de la nueva primavera. El tipo de clima que induce a que se agiten sentimientos sin nombre escondidos en resquicios insondables”. Vivian Gormick, Apegos feroces, Sexto Piso.

 

“¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El cielo se pone vano, las casas crecen, se juntan, se tambalean. Las voces suben, aumentan, son una sola voz. ¡Basta! ¿Quién grita así? El alma está negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo tierra”. Enero, Sara Gallardo, Fiordo ediciones.

 

“No entiendo. Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo”. Descubrimientos, Clarice Lispector, Adriana Hidalgo.

 

No alcanza lo que diga la ciencia, ni la religión, ni la magia. No alcanza lo que diga un sabio, un escritor, o un filósofo. Necesitamos un coro de voces. Todas las voces en un solo canto. Textos enhebrados, escritos por tantos que pierden la autoría individual para fundirse en lo colectivo. Hoy seguiré haciéndome preguntas. Y seguiré buscando respuestas en escritos de otro tiempo. Palabras que me abrazan y consuelan como una antigua luz que ya no sé de dónde viene.

 

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