Decía el poeta inglés Coleridge que frente a la ficción se produce una suspensión voluntaria de la incredulidad. Esperamos que algo grande nos ocurra aunque otros vayan a hacerlo. ¿Tiene sentido gritar un gol? ¿Ganamos y perdemos? ¿O ganamos los cuarenta y un millones de argentinos y pierden los once que están en Río? El sociólogo Pablo Alabarces reflexiona en este texto mundialista y anfibio.



1. El chico de la estación de servicio que acaba de putear a Messi, la señora que plancha mientras su marido ve el partido, el abuelo que no oye ni ve bien, los taxistas que no están manejando sino concentrados en el televisor, van a gritar al mismo tiempo. Dirán “gol” a los tres minutos y, luego, otra vez, a los veinte del segundo. Gritarán: “¡Vamos!”, “¡Ahora sí!”, “¡Vamos que podemos!”. Y cada vez lo harán en primera persona del plural. Igual que el Pollo Vignolo, el relator oficial, a quien el “nosotros” no se le cae de la boca: “vamos, no nos hagan sufrir”. Parece que algo nos está pasando. Parece que jugamos, que sufrimos, que gozamos. Que esperamos que algo grande nos ocurra, aunque ellos vayan a hacerlo.

 

2. Frente a la ficción, se produce una “suspensión voluntaria de la incredulidad” (willing suspension of disbelief). (La idea no es mía, sino del poeta inglés Coleridge). Esto es lo que permite, decía Borges, que creamos que ese señor llamado Hamlet realmente perdió a su padre a manos de su tío, y que por eso puede volverse loco y hacer la cantidad de macanas que hace en escena. A veces falla: por eso algunos gauchos saltaban a la arena del circo a defender a Juan Moreira, cuando los Podestá representaban su obra en los circos criollos. Pero generalmente funciona. Por eso, por ejemplo, lloramos en el cine: porque creemos que el padre protagonista de El gran pez no es Albert Finney sino Edward Bloom y que se está muriendo, de veras. Es tan simple como eso.

 

Por eso, también, lloramos hace veinte años cuando Maradona fue expulsado del Mundial de 1994. Porque creíamos demasiadas cosas –posiblemente, nuestra incredulidad estaba suspendida por demás, exageradamente: creíamos que Maradona representaba un ideal democrático, que era la supervivencia del peronismo plebeyo e insurrecto e irreverente, y que era castigado por eso, y que la sanción y la derrota implicaban el fin de ese relato.

 

Lo que demuestra, de paso, la eficacia de algunas ficciones. El Mundial es eso: todas las ficciones, todas juntas.

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La primera es la más obvia: que las selecciones son países y que representan a sus sociedades. Una ficción que no resiste el menor análisis racional: apenas le damos dos vueltas, comprendemos que veintitrés tipos, jóvenes plenos de vigor, hormonas activísimas, rodillas en buenas condiciones y dinero, no pueden ser representativos de sociedades infinitamente más complejas, donde las mujeres son mayoría y donde gran porcentaje de los hombres no podemos dar dos pasos sin quejarnos de algún dolor (para no hablar, en comparación con esos veintitrés, de lo mal que jugamos al fútbol). Y sin embargo, creemos, de a ratos, en esa ficción: una enorme cantidad de hombres y mujeres creemos en ella, con mayor o menor énfasis, y en ciertos momentos cedemos a la primera persona del plural, aún en contra de nuestras convicciones más acendradas: “ganamos”, “perdimos”, “cómo nos rompieron el orto”.

(Siempre se trata de hombres: la patria, deportiva o políticamente hablando, es cosa de machos, que son los que la inventan y administran. Puede pasar con el rugby, donde esos quince gordos cantan el himno con el protector bucal puesto como si estuvieran a punto de entrar en batalla. No puede pasar con el hockey femenino: las minas no pueden ser la patria, sino apenas un complemento simpático y erótico).

 

En realidad, esa ficción es dependiente de otra, anterior y más complicada: la propia existencia de algo llamado “naciones”, un invento moderno, que no tiene más de doscientos años. En términos racionales, una nación es una abstracción jurídica, que nos impone una condición de identidad en una inscripción y un documento: ser argentino es sólo haber sido anotado en un registro civil y tener un pasaporte. Si eso fuera todo, no habría durado tanto: pero ocurre que las naciones, para sobrevivir y consolidarse, tuvieron que inventar una larga serie de ficciones –ahora sí: relatos, narraciones, símbolos– que le dieran a la cuestión jurídica algún costadito afectivo.

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Para que ser argentino fuera, a la vez, una memoria, una historia o varias, una serie de rituales, algunas cosas en las que creer para aceptar compartir una comunidad a la vez con, pongamos, Borges, Maradona, Videla y Tití Fernández. La cultura de masas contribuyó enormemente a esas invenciones: junto a los mecanismos clásicos y legítimos de los estados nacionales para disciplinar y nacionalizar a sus comunidades –la escuela a la cabeza, y también el servicio militar e incluso la guerra–, los medios colaboraban agregando la dimensión emotiva. La patria se vuelve, entonces, una experiencia compartida de lo afectivo: la comida, la danza, la música, el deporte. El fútbol, para esto, era y es perfecto: es pura emotividad del relato de la patria.

 

3. Por eso es que todas las insoportables publicidades premundialistas tienen que machacar sobre las mismas dos ideas: la del “todos” (la unidad, lo que nos une, lo que nos “identifica”) y la de la “pasión”. Como se trata de un relato emotivo, tiene que estar organizado por lo pasional.

 

Un mes antes comienza la temporada narcisista argentina, y todos los spots se dedican a explicar por qué los hinchas argentinos son los más apasionados del mundo, por qué los defensores argentinos son los más pacíficos del mundo, por qué los delanteros argentinos son los más habilidosos del mundo, y por qué el mundo conspira permanentemente para que los equipos argentinos no sean los mejores del mundo (pero en esta Copa, con la ayuda de dios y Messi, mostraremos al mundo que somos los mejores, aunque el mundo no quiera reconocerlo).

 

Es una temporada publicitaria espantosa. Este año se agrava gracias a la Coca Cola, que ha decidido volver a reivindicar el Mundial de 1978 sin beneficio de inventario. Y peor, es el spot más buscado en YouTube: en este momento suma más de siete millones de vistas. El argumento central debe ser siempre pasional 

 

—La pasión no se compra ni se vende —dicen los hinchas.

 

—Déjennos a nosotros —responden los publicistas.

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De ahí que la unión de un discapacitado con un abrazo y un alma más un triunfo deportivo esté destinado al éxito: aunque ese triunfo sea, nada más y nada menos, que la Copa que nos ganó Videla. Cuando la publicidad dice “La Copa la levantamos entre todos” suprime el pequeño detalle de la colaboración de Videla en el vestuario antes del partido contra Perú.

En fin: hablamos de publicidades como las que, entre otros ejemplos, hicieron hablar a dios ratificando su confianza en el pueblo elegido, como hizo Quilmes hace cuatro años. Hay que reconocerles el entusiasmo y la garra: hacer publicidades pasionales con un equipo tan poco ganchero como éste –¿tan poco peronista?– es una tarea ímproba.

 

Por eso deben darle más pasto a los hinchas, que nunca te dejan de a pie. Y si no, vean lo que hizo Fútbol para Todos, que presentó a su equipo “periodístico” cantando el himno –otro recurso que nunca falla, o que nunca falta– para que podamos emocionarnos con Tití Fernández en la formación titular. Es un contraejemplo perfecto de lo que no debe ser un periodista: un hincha. Olé decidió perfeccionarlo, y argumenta con spots chauvinistas donde someten a ingleses, holandeses, alemanes, brasileños y uruguayos a sus bromas. El slogan es “Más que periodistas argentinos, somos argentinos periodistas”. Con inteligencia y agudeza, un video artesanal uruguayo le responde: más que periodistas argentinos, son pelotudos periodistas.

 

Y sin embargo: todo eso es eficaz, porque si no fuera así los Mundiales no existirían más. Un Mundial es la venta global –descomunal, con cifras escalofriantes– de una ficción emotiva global: de una mercancía disfrazada de naciones, en la que creen, apenas, algunos miles de millones de personas.

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4. Las peores cosas de los Mundiales ocurren antes y entremedio: hay que comerse horas y horas de naderías, de intensas discusiones sobre la posibilidad de que el muslo derecho de Ronaldo o la tibia izquierda de Neymar o el maxilar superior de Messi. O las entrevistas tediosas a sujetos intrascendentes que ya no tienen –si es que alguna vez tuvieron– nada para decir: Rattin, Sanfilippo, Goycochea. Y todavía faltan las transmisiones, los enviados especiales, los chistes xenófobos de Tinelli, las tapas de Olé, los informes de 678.

 

Y entre esas peores cosas está la abundancia de las “utopías de la manipulación” (como las llamaba Aníbal Ford hace ya treinta años), basadas en un truco: siempre, invariablemente, los manipulados son otros. Todo aquél que afirma que el fútbol es el opio de los pueblos jamás aceptaría estar contenido entre los opiados. Suponer que un posible/probable/increíble (táchese lo que no corresponda) éxito argentino en la Copa significará el renacer del kirchnerismo de sus cenizas implica un etnocentrismo brutal, una ignorancia supina de la historia del deporte y la política. Olvídenlo: aunque no hay gobierno que no sueñe con la manipulación futbolera, no hay un solo caso en la historia de la humanidad que muestre alguna relación entre un fenómeno deportivo y un efecto político. Salvo, claro, el gol del turquito Asad en la final Intercontinental entre Vélez y Milan en 1994, que causó la caída de Berlusconi como Primer Ministro italiano. ¿Cómo? ¿No fue por eso?

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Como contraargumento definitivo, como si el fracaso deportivo del 2002 hubiera causado alguna consecuencia política en la Argentina desesperada de aquellos tiempos: el Brasil sacudió su clásica modorra justamente por el fútbol. Es sabido que la sociedad brasileña no abunda en ejemplo de movilizaciones de masas por razones políticas: que apenas lo hicieron en 1984 por la “Diretas Já”, en 1992 para echarlo a Collor –una vez con éxito, otra no, y no en ese orden. Desde hace un año, los brasileños se movilizan por culpa del fútbol, gracias al fútbol, haciendo del fútbol el eje de su argumentación política: no queremos esta Copa, de esta manera, con este costo. Lo que no impedirá, claro que no, que la excepcional movilización afectiva que tiene la ficción futbolística los lleve a suspender las hostilidades para dedicarse, por un mes, al goce: y más si el timão juega bien y gana. Se dedicarán por un rato al carnaval, la cerveza y el sexo festejante. Y no se tratará, tampoco, de manipulación o de alienación. Se tratará de poner las cosas en orden: olvidaremos por un rato lo que nos subleva y nos vuelve infelices, para experimentar el intenso sabor de la felicidad. Luego, volverán a la carga. No les quepa duda.

 

(Y esto no implica descuidar lo que tan claramente ha salido a la luz: que nuestros países no pueden organizar Mundiales o Juegos Olímpicos sin pagar costos indescifrables y enormemente injustos. Que los patrones y codificaciones –el padrão FIFA tan mentado– imponen a los gobiernos condiciones casi coloniales, sometiendo incluso los territorios vecinos a los estadios a situaciones de extra-juridisccionalidad: el gobierno local de esos espacios pasa a ser la propia FIFA, que impone su legislación y sus condiciones. Frente a eso, toda revuelta es poca.)

 

5. El que viene puede ser un mes inolvidable: por la felicidad, por el placer, por el tedio, por la sorpresa, por la saturación, por la desilusión. Y sin embargo, no podemos sustraernos a su encanto: para futboleros y futboleras, por supuesto. No vamos a caer en la tentación de pronunciar las palabras impronunciables: para la gente, para todos. No: este es un mes de futboleros y futboleras, dispuestos a suspender su incredulidad pero también a disfrutar de un juego incomparablemente bello, en los pies de los (supuestamente) 600 mejores jugadores de la galaxia. Lo más interesante seguirá estando en las canchas y en la tele –para los que nos limitaremos a ponernos el cable coaxil endovenoso y ver Costa de Marfil-Japón con pocos argumentos geopolíticos y pura inocencia futbolera.

 

No hay cálculo racional que pueda explicar eso: no se gana nada, se pierde tiempo y descanso. Sólo se gana disfrute, apenas eso.

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Peor es el caso de los hinchas que peregrinan a Porto Alegre, Rio de Janeiro o Belo Horizonte que, además, pierden sumas ingentes de dinero. A cambio reciben la posibilidad de dejar bien en alto el narcisismo argentino: los autocalificados y autopercibidos como mejores hinchas del mundo salen a escena, dispuestos a dar todo de sus gargantas, sus coloridos y su imaginación rítmica y poética para demostrarlo. Es una empresa inútil (aunque reconozca un respeto bien ganado, el mundo futbolero no cree que esto sea así), pero profundamente placentera: tanto para los que disponen del excedente económico como para aquellos que se sumergen en autos devaluados y albergues con cucarachas para tratar de acceder a la reventa y poder mostrar su aguante. Y luego, última razón de todo, poder contárselo a los amigos y a los nietos.

 

La mejor definición de lo que es un hincha la produjeron algunos millones de espectadores argentinos, televisivos o en el estadio, durante el partido con Bosnia. Alrededor del minuto veinte del segundo tiempo, esos millones venían mascullando bronca contra el desempeño lamentable de Messi; a partir del minuto veintiuno se desataron las loas a su genio, su velocidad, su compromiso con el equipo y su lealtad con la Patria. Eso es lo que define a un hincha, y más todavía cuando se trata de la selección nacional: la capacidad para producir dos enunciados opuestos con diferencia de 36 segundos y medio.

 

La otra, tan estrictamente argentina, parece ser la capacidad de colarse, de arrebato, en un estadio administrado por la FIFA y custodiado por la policía carioca, famosa por su urbanidad y su respeto por los ciudadanos. Ir a un Mundial, entrar en la cancha sin entradas, arriesgar el cuerpo al borde del suicidio, pretender cortar una avenida en Copacabana sólo para exhibir narcisismo y aguante: apenas un ejemplo de lo que los hinchas pueden hacer confiando en la ficción de que en un Mundial hay algo que tiene que ver con la Patria.

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Contradicción inexplicable para los argumentadores de los barras bravas como “violentos y mercenarios”. ¿Para qué van a Brasil? Si lo que organiza a la barra es su condición de sujetos ontológicamente violentos, dispuestos a cualquier cosa sólo para obtener beneficio económico: ¿para qué viajan, gastando dinero –de otros, lo acepto–, si no podrán producir ningún tipo de plusvalía? Apenas unos pocos que ponen en la reventa las entradas obtenidas gracias a la inestimable colaboración de los dirigentes, el resto regresa más pobre de lo que se fue. ¿Para qué van? La respuesta puede sonar romántica, pero es irrefutable: van porque un hincha debe ir a un Mundial alguna vez en su vida. La diferencia entre ellos y yo es que no supe cómo conseguir un financista.

 

Al final de cuentas, ellos, yo y algunos millones creemos más o menos en las mismas ficciones, suspendemos más o menos igual nuestra incredulidad, sentimos más o menos las mismas simpatías por esos tipos vestidos de celeste y blanco, y hasta aceptamos que ese pibe con la camiseta número 10 no conozca una sola estrofa del himno, siempre y cuando siga haciendo esos goles.


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