Con sus crisis y transformaciones de los últimos años, el capitalismo operó cambios profundos en los sistemas políticos y las subjetividades populares. ¿Cuáles son las consecuencias que tienen esos cambios a la hora de pensar proyectos con eje en la justicia social? ¿Con qué categorías se deben analizar los nuevos, o viejos, problemas? Este texto de Marina Cardelli y Nahuel Sosa es parte de “Emergencias. Repensar el Estado, las subjetividades y la acción política”, un libro con ensayos sobre temas contemporáneos claves: trabajo, militancia, consumo, deseo, feminismos.



 

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Más de un millón de mujeres se concentran frente al Congreso Nacional con llovizna, frío y viento, para gritar “aborto legal” porque se mueren las pobres mientras las ricas abortan en clínicas de primera línea. En un país vecino se viraliza un video que acusa a una organización social de masas de financiarse con el terrorismo y a los pocos minutos descubren que es una fakenews, aunque ya importa poco en el mundo de la posverdad. En el otro extremo del hemisferio, un drone monitorea, segundo a segundo, los desplazamientos de la población palestina y se convierte en el arma predilecta de la ciberguerra. En un país de la vieja Europa, un chico le clava el visto a una chica porque mejor solo, que solo. En un barrio cualquiera del conurbano un hijo festeja que su padre consiguió una changa para la temporada de verano.

 

Vendedores/as ambulantes y changueros/as son parte del paisaje del capitalismo junto con la chica freelance que camina por la calle con el último i-phone. El trabajador de overol de Tiempos Modernos es apenas una pieza minoritaria y privilegiada del proceso de producción actual que mezcla cuentapropistas y terciarizados/as, de los más altos y los más bajos salarios con el mismo sueño: ser alguien en la vida. Podríamos enumerar un sinfín de imágenes cotidianas que dibujan el mundo de hoy. Pero la totalidad no aparece nunca más que en sus fragmentos, como scrollear en Instagram y ver imágenes iguales de lo que no es igual.

 

Encontrar una narrativa apropiable y precisa de lo que fue, lo que es y lo que quizás será el mundo actual se vuelve fangoso. A veces son más difíciles de entender las explicaciones que la realidad misma. Sin duda, hay paradigmas que han logrado describir, hasta hace poco tiempo, la complejidad del funcionamiento de las sociedades, los conflictos, el poder, el Estado, incluso la psicología de las personas y los grupos. Sin embargo, es cada vez más débil la capacidad que tenemos de analizar los nuevos fenómenos sociales que ya no se adaptan a lo que conocíamos ni a las explicaciones vigentes.

 

Las crisis tienen la inmensa capacidad de fomentar la producción de conocimiento. Sin embargo, la actual pone en jaque la misma noción de crisis: es tan durable, tan heterogénea, tan multicausal; sus consecuencias son de alcances tan locales y a la vez tan globales, tan iguales y a la vez tan diversos, que empezamos a nombrar rasgos y ya estamos en el ocaso de la validez de lo que acabamos de decir. Asistimos a una proliferación de cosas nuevas. La nueva derecha, las nuevas tecnologías, el nuevo orden mundial, las nuevas estrategias represivas, la nueva conflictividad social, la nueva mayoría. La honestidad intelectual nos obliga a adjetivar como nuevos aquellos fenómenos que vemos repetirse como una farsa de lo que fueron, porque no podemos decir de ellos más que lo que habíamos dicho antes.

 

Pero si ya no podemos decir nada nuevo entonces estamos ante un doble problema, y es que la imposibilidad por comprender todo aquello que nos condiciona es también la imposibilidad por cambiar todo aquello que deba ser cambiado. No se trata de pensar lo nuevo por la novedad en sí misma, creer que hay categorías que son insuficientes para analizar ciertos fenómenos propios de la coyuntura no significa, de ningún modo, que algunas de las categorías existentes no sean lo suficientemente suficientes para explicarnos parte del mundo que nos rodea. Cuanto más caótica se nos vuelve la realidad, más recuperamos aquel materialismo que nos permitió poner a la filosofía al servicio de la historia.

 

Nos animamos a creer que el conocimiento busca describir el proceso real. Y después, si es posible, explicarlo. Si los conceptos son una representación mental del proceso real, y este se transformó rotundamente, tiene que transformarse el concepto para que el pensamiento sirva para explicar algo, y si es posible, para transformarlo. Si no revisamos nuestros saberes, o aquellos conceptos con los que describimos el mundo y su funcionamiento, dejan de ser conocimiento para ser algo parecido a una mitología. Hay mitos que estructuran nuestro pensamiento político y que poco a poco se convierten en límites. Corta vida al pensamiento crítico que no trate de escapar al peso de las tradiciones.

 

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1.El mito de la fábrica

 

El neoliberalismo es una fase del capitalismo en la que se desarrolla la trasnacionalización del capital, la flexibilización del trabajo al interior de los países para facilitar la fragmentación de los procesos productivos y la sobrexplotación en algunas fases, la liberalización de las barreras al comercio y, por supuesto, a las finanzas. También ha implicado la mercantilización de todas aquellas dimensiones que aún no se habían subsumido a la lógica del capital, como el conocimiento, la salud o la educación.

 

¿Cuáles son los mecanismos actuales de acumulación por desposesión? Es decir, ¿cómo se hacen ricos los ricos? En la esfera de le realización. El capital productivo solía ser el de mayor envergadura en otras etapas del capitalismo, sumado al hecho de que el proceso productivo no estaba fragmentado como en la etapa trasnacionalizada. La fábrica era el centro de la clase trabajadora y las luchas sindicales para parar la producción eran un elemento central de la lucha anticapitalista. Parar la fábrica era, en ese sentido, parar la acumulación. Organizar a los trabajadores en la fábrica era, por ende, organizar a los que podían, efectivamente, sepultar a los explotadores. El problema, sin embargo, no es que los trabajadores y las trabajadoras no vayan a ser los sepultureros del capitalismo. El problema es saber qué significa eso ahora, cómo se boicotea, efectivamente, la acumulación y en qué espacios y tiempos se desarrolla esa lucha sin que la flexibilidad y la descentralización de las nuevas formas del trabajo hagan de ellas meros actos de voluntarismo.

 

Estamos frente a un nuevo mapa económico en el cual cada vez se producen más bienes materiales y simbólicos y sin embargo cada vez se necesita menos mano de obra para hacerlo. La mayor parte de la acumulación ocurre en la esfera de la realización del valor. Esa realización depende de dos cosas fundamentales: en primer lugar, dinero. En segundo lugar, necesidades y deseos. Desde siempre, una parte del valor que los empresarios pagaban a los trabajadores se iba en pagar el alquiler, los impuestos al Estado, etc. Pero una parte de eso siempre necesita ser extraído otra vez para convertirse en capital y regresar al proceso de valorización (Harvey, 2016). Entonces una de las dimensiones más importantes de extracción de valor para la acumulación de las empresas a nivel mundial es el consumo (30 por ciento de la dinámica de la economía global) (Harvey, 2016): los servicios públicos, las empresas de telecomunicaciones, la compra de alimentos, etc. La incorporación acelerada de tecnología, la obsolescencia programada, el control de las prácticas de consumo, es decir, la preocupación se ha centrado en la esfera de la realización, mientras en la esfera de la producción crece la sobreexplotación de cada vez menos trabajadores.

 

Y llegamos al capítulo del capital financiero, que es el rey de la selva. Son los que incentivan, efectivamente, todo el proceso: ponen en circulación el dinero y permiten que haya consumo efectivo, lo prestan para que haya producción (en incluso acumulan valor que todavía no fue producido) y para que haya realización. Son, en ese sentido, los que se llevan la mayor parte del valor en el movimiento a través de la tasa de interés y la especulación. En ese sentido, las crisis son cada vez más sistemáticas porque se trata, justamente, de ajustar una dinámica que tiende al desequilibrio permanente.

 

Lo que nos quiere decir David Harvey es algo que las luchas sociales han descubierto antes que los teóricos marxistas: que el objetivo de una lucha anticapitalista sea transformar las relaciones de producción no significa de ninguna forma que la lucha anticapitalista se realiza exclusivamente en la esfera de la producción. Y eso que pareciera ser una afirmación obvia, nos reenvía a pensar qué luchas son leídas desde una perspectiva estratégica y cuáles son consideradas simplemente acciones de resistencia, con todas las connotaciones negativas que tiene decir “resistencia” en ámbitos en los que se debate con perspectiva de poder: pensar en el carácter anticapitalista de las luchas en la dimensión de la realización del valor es transformar el significado de la tan aclamada “unidad del movimiento obrero”.

 

¿Qué consecuencias suponen estas dos revisiones teóricas? Varias. En primer lugar, que tenemos otros trabajadores y necesitamos otras estrategias de organización política y sindical. En segundo lugar, que hay cientos de miles de trabajadores que están siendo expulsados del proceso de valorización en los términos antes conocidos. En tercer lugar, que el mercado y las finanzas son ejes centrales de la lucha anticapitalista considerada en su integralidad y no simples epifenómenos de una lucha esencial.

 

2.El mito del pleno empleo peronista: “De la casa al trabajo y del trabajo a la casa”

 

La famosa frase de Perón tenía defectos y virtudes. Entre sus virtudes, está la presunción de tener siempre un trabajo y una casa. Es una frase que viene con todos sus ecos: el pleno empleo, la Argentina potencia económica, los trabajadores en el centro de la escena social y política. Los defectos son también muchos, entre ellos una cultura del varón en el espacio público y la mujer en el espacio privado o subordinada a un trabajo no remunerado ni reconocido como tal al interior de la casa, que la organización sindical y comunitaria queda relegada en ese itinerario lineal de dos puntos, sus resonancias enormemente disciplinadoras. Podríamos seguir. Pero aun así, en la Argentina peronista del pleno empleo se podía decir esa frase por el hecho de que todos los trabajadores tuvieran un trabajo, vacaciones, sindicato y paritaria, y que hubiera muchas posibilidades de que adquirieran su casa propia en el transcurso de su vida eran realidades efectivas. El ideario económico y político de la emancipación en la cultura política argentina tiene un piso muy alto, y no hay con qué ganarle a un peronismo que hizo eso.

 

Salta a la vista que no existen más ni esa Argentina, ni ese mundo, ni esos trabajadores. Sin embargo, en muchos casos se siguen pensando programas económicos, políticas públicas, proyectos sindicales y políticos como si todavía fueran esas las coordenadas de una Argentina posible. El mundo es, efectivamente otro, tanto por las inmensas transformaciones en el modo de funcionamiento del capitalismo mundial, como por las transformaciones en la conciencia, los sistemas políticos y las subjetividades populares. La pregunta que nos interesa hacernos, en ese sentido, es: ¿Cuáles son las consecuencias que tienen esos cambios a la hora de pensar proyectos anticapitalistas o, al menos, de justicia social?

 

En la etapa actual, los trabajadores y trabajadoras del mundo viven mayormente en las ciudades (80 por ciento) y se nuclean principalmente en el sector de servicios, es decir, en aquellos lugares en los cuales el valor se realiza. Respecto de la composición de los trabajadores en Argentina, Paula Abal Medina (2017) sostiene que la desigualdad se instaló en el mundo del trabajo como síntoma de la estructura productiva desmembrada. El 20 por ciento de trabajadores y trabajadoras integran el sector del empleo formal de mejor calidad y garantía de derechos. Por otro lado, casi un 30 por ciento de trabajadores y trabajadoras integran la economía popular, es decir, aquellos que no fueron absorbidos por el mercado laboral y generaron su propio trabajo y, por último, una fragmentación inmensa de situaciones diversas, trabajadore/as precarizado/as, tercerizado/as, subcontratado/as, eventuales, con una diversidad salarial y de condiciones de contratación muy importante.

 

Respecto de los sectores expulsados, los trabajadores y trabajadoras de la economía popular, hay un nuevo desafío: no estamos hablando de desempleados que serán incorporados al trabajo formal. La tendencia de la economía capitalista mundial indica otra cosa. Si se sigue pensando a la economía popular como un problema de política social que el Estado resuelve de forma provisoria, y no como un problema de política económica, una nueva forma de trabajo que llegó para quedarse y redefine el rol del Estado y del mercado para la resolución de las condiciones de vida del pueblo, se está pensando en la Argentina del pleno empleo que a esta altura, funciona como un cuento de hadas para dormir al niño peronista que vive en el alma de las organizaciones políticas.

 

Verónica Gago (2010) sostiene que el neoliberalismo no sólo viene “de arriba” y es encarnado por grandes actores que, además, compartirían el rasgo común de ser anti-Estado y pro-mercado sino que también existe un “neoliberalismo desde abajo”. Al contrario de lo que parece a primera vista, este neoliberalismo desde abajo supone formas de resistencia a la desposesión: el desarrollo de lógicas económicas flexibles para reorganizar el espacio y el tiempo de la ciudad, los negocios, las políticas y que despliega una disputa por la idea progreso, en su acepción puramente acumulativa y lineal. Esas lógicas son, para la autora, la trama de ciertas economías populares que con una pragmática vitalista han desarrollado un tipo de cálculo que no coincide exactamente con el homo economicus fantaseado y realizado por la imaginación liberal y sus doctrinarios sino que, al contrario, resisten a lógicas desposesivas, extractivas y expulsivas cada vez más veloces y violentas.

 

La economía popular resiste a la desposesión y propone otra forma de organización sindical de los trabajadores y otra forma de pensar la relación entre capital y trabajo, que no depende pura y exclusivamente de la dinámica del mercado sino de una disputa abierta por la orientación del Estado.

 

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3.El mito de “la clase media”: subjetividades en la hipermodernidad

 

El debate acerca de los sectores medios aparece siempre de formas extrañas en el ámbito público. O bien en la forma de la vieja distinción social de la Argentina pre-neoliberal entre trabajadores y “clase media”. O bien para resaltar el carácter “individualista” y “oligárquico” de “la clase media” que sería un conjunto existente de personas, minoritarias socialmente, pero de poderes extraordinarios para orientar los destinos de la Patria.

 

La clase media no existe. O, mejor dicho, los trabajadores y trabajadoras que se autoperciben de la clase media tienen condiciones estructurales de precariedad, fueron beneficiados con la ampliación del consumo, pero no tienen derechos laborales y están subordinados a procesos cada vez más amplios de desposesión. El umbral de derechos de las clases medias de hoy está por debajo del que tenía la clase obrera peronista con su casa y su paritaria. La guerra simbólica de algunos sectores políticos contra “la clase media” de la vieja Argentina peronista niega la existencia de una clase trabajadora a la que no se logró convencer políticamente y atraviesa procesos de subjetivación en esta etapa del capitalismo que tiene por objetivo único hacerla consumir.

 

Hernán Vanoli (2016) sostiene que el proceso de incorporación a las clases medias en América Latina durante los últimos quince años implicó nuevas actitudes generales hacia el consumo de esos sectores presentes “entre el 5% más rico y el 5% más pobre de la población”. Eso significa, según el autor, que las nuevas clases medias tuvieron una plebeyización de sus prácticas de consumo si se las compara con la antigua clase media que buscaba diferenciarse de lo plebeyo: en los últimos años ingresaron a la clase media cientos de miles. En esa apertura de las fronteras, nos encontramos con una porción inmensa de trabajadores y trabajadoras a quienes el capital expropia de lo que les corresponde por la vía indirecta del consumismo exacerbado de la vida urbana.

 

Sin dudas, estas transformaciones en el funcionamiento del capitalismo mundial también implicaron una resignificación en la subjetividad, los deseos y las formas de concebir el mundo de los sujetos sociales. Las revoluciones en el campo de la tecnología y la informática, los desplazamientos en los modos de acumulación del capital y la globalización en tanto meta-relato de horizonte político e ideológico, son algunas de las claves que explican los cambios en la forma de percibir y autopercibirse.

Si la primera revolución moderna se estructuraba bajo los paradigmas de la autonomía individual, los derechos humanos, los principios del mercado y el progreso tecnológico; todo cambia a partir de la década del ‘60. La segunda modernidad marca el final del siglo XX, con Estados que dejan de hacerse cargo de proveer trabajo, abandonan el ideal del pleno empleo y retroceden frente al avance del neoliberalismo. Una de las características principales de esta nueva etapa es que no se trata de un cambio en la sociedad sino de la sociedad entera.

 

(…) Es posible hablar de hipermodernidad en vez de modernidad: una aceleración de los tiempos con individuos que se apilan en centros urbanos y están cada vez más cerca físicamente pero, paradójicamente, están cada vez más lejos socialmente. Cuanto más valor le pone la sociedad a la noción de individualidad, más frágil se vuelve el individuo (Lipovetsky, 2006). Cuanto menos lugar tiene el desarrollo de esa individualidad en los proyectos emancipatorios, menos podemos conectar con los sujetos que existen aquí y ahora, con los procesos efectivos de subjetivación que los constituyen en su vida real. Para un progresismo moralista, la respuesta es que son esa “clase media” gorila que sólo piensa en sí misma. En los procesos de pauperización, la derecha responde con la misma mitología estructurante, y ataca a los pobres porque quieren zapatillas Nike, pantallas led, i-phones y ganar dinero sin mérito. Lo que no están viendo es que no hablamos de un sector, hablamos de una subjetividad expansiva, de época que, aunque sea por fuera de la dinámica del consumo, necesita afirmarse en algún lugar que le de cobijo.

 

4.El mito del partido único: ¿Y ahora quién podrá defendernos?

 

Los individuos viven una soledad en masa (Arendt, 2016). El sentido común hipermoderno es ahistórico y la ciudadanía ya no es el debate entre pares de los asuntos comunes sino que sitúa al individuo en un no lugar, una nebulosa que lo invita a retirarse del quehacer público para replegarse en sí mismo, en lo íntimo, en lo doméstico. No hay una mayoría social uniforme y constante, configurada en base a procesos sociales estables, sino una serie dispersa de sectores a convocar, transformar minorías diversas en nuevas mayorías. Una parte de asumir una política para el siglo xxi es entender que las luchas sectoriales, de la vida cotidiana (por alquileres y vivienda digna, por el derecho de los consumidores, por los servicios públicos, etc) son también -y fundamentalmente-, luchas contra las formas privilegiadas de acumulación que legitiman los sentidos comunes. Por otro lado, existen sujetos políticos que, sobre la base de luchas concretas, expresan de forma rotunda el nuevo carácter que adquiere la lucha de clases: los trabajadores y trabajadoras de la economía popular y los feminismos.

 

¿Acaso podemos organizar políticamente en estructuras estructuradas como lo eran los partidos y los viejos sindicatos únicos, a trabajadores y trabajadoras que se caracterizan por la dispersión, tanto en sus condiciones de trabajo como en sus prácticas de consumo? Si ya no habrá un partido que exprese a la clase fundamental, ¿de qué hablamos cuando hablamos de lucha de clases? Tenemos que pensar seriamente en cuál es el lugar que han tenido las luchas en el plano de la realización del valor. Los consumidores organizados contra las tarifas abusivas, los inquilinos organizados contra los alquileres impagables o la legislación injusta, han sido tratados en la cultura política argentina como sectores cuya lucha no tenía punto de acumulación, es decir, no disputaba poder. Al mismo tiempo, la vieja tradición de una democracia liberal que encausaba sus luchas exclusivamente en partidos y sindicatos, dejaba a estos procesos de organización huérfanos de legitimidad.

 

La centralidad de esas luchas en la actualidad es radical: son sujetos que confrontan con las formas de desposesión actuales que, además de seguir existiendo en el espacio de trabajo, se acrecientan en una cotidianeidad de financierización acelerada y una forma de organización social y cultural planificada para acrecentar el consumo. Son las formas de resistencia a la precarización estructural de la vida que propone el neoliberalismo hoy y las formas más eficientes de poner en peligro la realización del valor.

 

La lucha del movimiento feminista y la de los trabajadores y trabajadoras de la economía popular también adquiere radicalidad, pero desde otro punto de vista. Lejos de asignar una sobrevaloración romántica, ocurre que expresan puntos de acumulación ideológica que ningún otro sujeto había logrado expresar. Escapan a la vieja política (o a la política del viejo mundo) por donde se los mire: el rasgo fundamental de la economía popular es que surgió como resultado marginal de una economía de mercado que no puede resolver esas demandas básicas sin poner en riesgo su propia existencia. De igual modo, el programa mínimo del feminismo, que supone, por ejemplo, la distribución igualitaria de las tareas de cuidado, es decir, que se remunere el trabajo jamás remunerado, se da de lleno con el régimen de acumulación.

 

Las luchas que no eran político-partidarias o corporativas (es decir, expresión de los sindicatos tradicionales) jamás abandonaban el mote de periféricas o sectoriales. Hoy, en cambio, están demostrando ser los puntos de acumulación que condensan, a la vez, radicalidad con potencial anticapitalista, fuerza identitaria e interpelaciones al Estado para adquirir un rol que no es de subordinación respecto de la agenda neoliberal. El debate pendiente es qué las liga con un proyecto de poder.

 

 

 

Referencias bibliográficas:

Abal Medina, P. (2017) “Los movimientos obreros organizados de argentina”, en Abal Medina, P., Natalucci, A., Rosso, F. ¿Existe la clase obrera? Buenos Aires: Capital intelectual – Le Monde Diplomatique.

Arendt, H. (2016) La condición humana. Buenos Aires: Planeta.

Bauman, Z (2005). Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Beck, U (2002) La sociedad del riesgo global. Madrid: Siglo XXI.

Beck, U. (2007) Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización. Barcelona: Paidós.

Errejón, I.(2017) “Construcción de una nueva mayoría popular” [en línea], dirección URL: https://www.youtube.com/watch?v=144gxzohPD0.

Gago, V. (2010). La Razón Neoliberal. Economías Barrocas y Pragmática Popular. Buenos Aires: Tinta Limón.

Harvey, D. (2016a) “David Harvey Marx & Capital Lecture 1: Capital as Value in Motion” [en línea], dirección URL: http://davidharvey.org/2016/10/david-harvey-marx-capital-lecture-1-capital-value-motion/.

Harvey, D. (2016b) “Consolidando el poder”, en El Viejo Topo [en línea], dirección URL: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/consolidando-el-poder/.

Harvey, D. (2004) El nuevo imperialismo. Acumulación por desposesión. Madrid: Akal.

Linera, A. (2016) “La globalización ha muerto”, Página 12 [en línea], dirección URL: https://www.pagina12.com.ar/11761-la-globalizacion-ha-muerto.

Lipovetsky, G (2006) Los tiempos hipermodernos. Barcelona: Anagrama.

Vanoli, H. (2016) “La clase media ha muerto, que viva la clase media. Cine y representaciones del antagonismo en la Argentina kirchnerista”, en Vanoli, H., Semán, P., Trímboli, J. ¿Qué quiere la clase media? Buenos Aires: Capital intelectual – Le Monde Diplomatique.


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