Hace 15 años Vladimir Putin se hizo cargo de una Rusia desmoralizada y pobre, el país más grande de la tierra que une dos mundos: Oriente y Occidente, cristianismo e islamismo. Hinde Pomeraniec, autora de “Rusos”, analiza su lucha por restablecer el orgullo nacional y su relación con otras potencias ¿Podrá gobernar hasta 2028, como pretende? ¿Cómo logra el liderazgo de un pueblo tan vasto, la persona que pretende seducir a sus ciudadanos pero también se arrodilla y domina a cachorros y delfines?



“Los gobernantes rusos más exitosos fueron siempre aquellos en los que se combinaban cualidades de criminales y estadistas”, escribió el general Pavel Sudoplatov en su jugosa autobiografía, “Operaciones Especiales”. El célebre espía soviético, el mismo que entre sus grandes aportes a la Revolución organizó el asesinato de León Trotsky en México, conocía en profundidad la casta dirigente de su país y pudo, sobre el final de su vida, definir en pocas palabras dónde radicaban las razones del éxito de masas para un político. Sudoplatov murió en 1996 y no llegó a conocer a Vladimir Putin, quien asomó las narices al poder a nivel nacional recién en 1999. Sin embargo, no hay que ser muy audaz para sostener que, de haberlo conocido, el gran jefe de inteligencia habría confirmado definitivamente su singular teoría del liderazgo ruso.

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Hay dos versiones acerca de la llegada de Vladimir Putin al poder máximo en Rusia, quince años atrás. Una dice que fue pavimentando ese camino a través de capital político, primero desde su lugar como director de los servicios secretos, pero también, luego del colapso de la URSS, como vicealcalde y responsable comercial y de relaciones exteriores de San Petersburgo, su ciudad natal, en el comienzo mismo del proceso de desovietización. Es decir, cuando el país entero se abrazaba al capitalismo con devoción. La otra versión sostiene que hubo más de azar. Y de un buen trabajo de relaciones públicas con la familia de Boris Yeltsin en esa ruta que condujo a Putin primero al cargo de primer ministro. Y luego a candidato a presidente para suceder a un Yeltsin desgastado y derruido físicamente, un año después del colapso económico que dejó a Rusia de rodillas ante el mundo. Pueden ser válidas ambas teorías. Incluso si el hombre hubiera sido simplemente un pícaro en el lugar y en el momento justo, habría que reconocerle que hizo valer esa picardía como ambición política superior: tener la voluntad de hacerse cargo de un país desmoralizado, desacreditado internacionalmente y con las arcas vacías requiere no solo orgullo nacional sino una valentía al borde de la desmesura. Levantar Rusia era una tarea para un temerario o para un ambicioso sin límites.

 

Su relación laboral previa con los servicios de inteligencia y con todas las fuerzas de seguridad fueron de gran ayuda para dominar todos los escenarios y lograr un poder omnímodo a través de presiones salvajes a los empresarios –los llamados oligarcas, beneficiarios de las privatizaciones amistosas de Yeltsin-, el control de toda forma de crítica y protesta, la compra y la creación de medios y las limitaciones salvajes y hasta criminales de investigaciones de personas y organismos vinculados a los derechos humanos. “Sé que esto va a terminar mal”, llegó a decirle la periodista e investigadora Anna Politkovskaya a una amiga, semanas antes de ser ejecutada por un sicario en el ascensor de su edificio moscovita, un sábado a la tarde de 2006, más exactamente el 7 de octubre, fecha de cumpleaños de Putin. “Sé que no voy a morir en mi cama”, vaticinó. Politkovskaya fue una crítica durísima del gobierno y la figura de Putin, básicamente por la actuación de las fuerzas militares en Chechenia. Su figura adquirió magnitud internacional luego de su asesinato. Putin encontró una poco sutil forma de descalificarla y despegarse de esa muerte al decir que ella le hacía más daño muerta que viva. Esa práctica, la de minimizar la relevancia del asesinado, se repetiría años después con otra víctima: el político opositor Boris Nemtsov, acribillado a pasos del Kremlin un viernes por la noche, a fines de febrero último. “No era un político popular”, dijo a la prensa su vocero Dmitri Peskov respetando el estilo inclemente del jefe. “Era apenas más conocido que un ciudadano promedio”.

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La sensibilidad no parece un atributo del estratega Putin. Pudo  observarse durante las tragedias del submarino Kursk y las tomas de rehenes por parte de terroristas chechenos en el teatro Dubrovka de Moscú y la escuela de Beslán, Osetia del Norte, que costaron la vida de cientos de personas. No lo había sido tampoco ante el escándalo por los abusos de sus hombres sobre la población civil en Chechenia y tampoco ante los diferentes hechos criminales que se fueron llevando una a una las vidas de abogados, defensores de derechos humanos y políticos. Con solo estar detrás de las noticias, se sabe que el trámite judicial que sigue a estos crímenes tiene un patrón: en primer lugar, rápidamente se encuentra al ejecutor o a los ejecutores, cuyas figuras generalmente coinciden con los motivos de la muerte que el gobierno esgrime desde un primer momento. Se suceden luego larguísimos e intrincados procesos judiciales, siempre amañados, siembre turbios y desgastantes para los familiares de las víctimas y también para la prensa. Finalmente, nunca se da con los autores intelectuales de esas muertes violentas. Me permito corregirme: la sensibilidad solo parece como atributo en Putin cuando le acercan alguna mascota de cualquier clase. Ahí sí, toda su capacidad de amor estalla y las fotos recorren el mundo. Son archi conocidas las que involucran a grandes animales: osos, tigres enormes. En otras, sostiene un pollito amarillo en una mano. Acaricia un delfín. A un tigre bebé. Hace upa a un cachorro perruno. Besa el hocico de un caballo. Le da la mamadera a un ternero.

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Desde hace 15 años, Vladimir Putin gobierna el país más grande de la tierra, en donde las diferencias internas entre los 143 millones de habitantes que lo pueblan son más que los 9 husos horarios con los que se rigen. Se trata de un país desafiante por donde se lo mire, que une dos mundos físicos y culturales: Oriente y Occidente, en donde conviven cristianismo e islamismo. En donde, todavía, y pese a la riqueza de los años anteriores basada en los precios de las materias primas, la expectativa de vida en los hombres es de 63 años (en las mujeres crece a 75) porque el alcohol hace estragos, las condiciones de vida en las regiones más extremas son casi perversas y la salud no parece una prioridad. Un país difícil de domar que, sin embargo, Putin mantuvo domado a fuerza de autoridad, control estatal y enorme carisma durante largo tiempo. Para precisar: durante los muchos años en los que el gas y el petróleo sirvieron como fuerza de extorsión para que Occidente no pasara el límite de la retórica al cuestionar a Putin y las sanciones económicas solo fueran parte de un arsenal discursivo. Lo que no consiguió la guerra modesta de unos días con Georgia por las regiones de Abjazia y Osetia del Sur en 2008 finalmente lo consiguió la anexión (“recuperación” dicen los rusos) de Crimea en 2014: con los precios del petróleo por el subsuelo, Putin ya no podía presionar;no tenía las herramientas económicas para hacerlo.

 

Una curiosidad que vale la pena recordar. Pocos meses antes de que se tensara la situación en Ucrania, Putin había irrumpido como inesperado adalid de la paz evitando la guerra en Siria que EE.UU. y sus aliados estaban por lanzar en cualquier momento. Durante ese período en modo zen on, Putin ganó créditos reales y simbólicos inimaginables, dejando al propio Obama con estampa guerrera girando en falso.

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Duró poco.

 

Desde un principio, el presidente ruso se ocupó de restaurar el orgullo ruso herido y demostrarle a EEUU y al resto de las potencias que Rusia no era un país de segundo orden. Y lo consiguió: si no ganó respeto logró al menos ser temido y que siempre prefirieran tenerlo de su lado. Tal vez la mayor expresión de ese vínculo fue el ingreso de Rusia al  G7, el grupo de las potencias de peso político y económico del mundo. La relevancia que le otorgaron los precios del gas y del petróleo contribuyó enormemente. No es casual que hoy, cuando los precios se desplomaron, se asista al peor momento de Putin en la consideración de los dueños de Occidente. Rusia ya no participa de las reuniones del G7.

 

Algo muy interesante de observar es el desarrollo de las relaciones de Putin con diferentes gobernantes latinoamericanos de la línea llamada progresista, una mezcla extraña de simpatías personales, confusión ideológica y estrategia política de riesgo que podría simplificarse con la frase “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Como si para poder estar en sintonía con él, los líderes regionales debieran poner entre paréntesis sus leyes sociales reaccionarias, su capitalismo de amigos, su concepción autoritaria del poder y su manejo discrecional de los medios para únicamente resaltar el pasado comunista y la fortaleza de su enfrentamiento con Estados Unidos y las potencias occidentales. En el camino de tamaña amistad –porque no solo hubo y hay relaciones comerciales entre nuestros países y Rusia sino declamada admiración- solo resta mirar para otro lado, por ejemplo, ante lo que fue el fraterno cariño de Putin por el ex premier italiano Silvio Berlusconi o ante las actuales denuncias de financiamiento del Frente Nacional de Francia, el partido de ultraderecha de la familia Le Pen.  

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Ocurrió hace algunas semanas. La periodista de The New York Times observó la escena con cierta sorpresa y, seguramente, con esa consideración primermundista con que se excusan determinadas situaciones en culturas lejanas, “excéntricas”. Ella había viajado hasta Yasnaya Polyana, donde se encuentra la vieja casa de León Tolstoi -hoy convertida en museo- para entrevistar a Vladimir, el tataranieto del autor de Guerra y Paz y director del museo. Vladimir Tolstoi (52) es además, uno de los grandes asesores culturales del gobierno ruso, gran favorito de Putin y algo así como el rostro amable de la cultura rusa para medios extranjeros.

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Es un intelectual, heredero de una de las plumas más relevantes de la historia de la literatura; un hombre que dice no acordar con la censura de ningún tipo, feroz contradicción en un país cuyas expresiones son controladas por leyes y prácticas diversas y en donde la opinión hegemónica proviene de una única dirección: el Kremlin. Un país en donde las integrantes de un grupo punk terminaron en la cárcel por manifestarse en una iglesia (los vínculos de Putin con la Iglesia Ortodoxa tiene mucho peso en la construcción de su figura) y en el cual la manipulación informativa es política de estado. Era el final de la tarde cuando la periodista y Tolstoi estaban ingresando al edificio y un grupo de empleadas que se retiraba de regreso a sus casas le daba las buenas noches al director con entusiasmo casi infantil. “¡Mándele saludos a nuestro zar!”, pidió una de ellas. Tolstoi sonrió ligero, tal vez acostumbrado a esas comparaciones. La periodista apuntó en su libreta y luego describió en su artículo la escena como “amistosa y feudal”.

 

 

Para Vladislav Surkov, el hombre que lo ha asistido codo a codo en muchas de sus decisiones y también en sus cambios de imagen, Putin es el “príncipe azul que llegó para salvar a Rusia”. Tal vez sea en esos picos de exageración cuando, desde afuera, cueste más entender cierta concepción del poder, una herencia religiosa y arcaica, pero profundamente viva. El líder será siempre el mejor de todos nosotros, parecen decir. A propósito de este endiosamiento de Putin, el argentino Claudio Ingerflom – uno de los mayores estudiosos académicos de la historia rusa- recientemente buscaba explicarlo en una entrevista con la Revista Ñ: “Llama la atención la religiosidad evidente en la fabricación de su imagen, su carisma y del culto de su cuerpo físico: inclusive dirigentes de primer nivel en el Estado ruso han llamado a Putin ‘el salvador enviado por Dios’, algo inimaginable en nuestros regímenes políticos. (…) La paradoja es el hecho de que hoy asistimos a una legitimación religiosa del poder, una construcción de un carisma personal de naturaleza religiosa y una justificación de las acciones del poder que reactualizan conceptos, argumentos y tácticas del pasado tanto zarista como comunista, acciones que están en completa contradicción con la modernidad política, al mismo tiempo que se expande el capitalismo en su versión más salvaje”.

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Lo vi de cerca una sola vez. De bastante cerca; tanto que los nervios me apuraron y cuando me dispuse a sacar la foto apenas si conseguí inmortalizar su nuca, absolutamente reconocible, por otra parte. Fue en Westerplatte, al norte de Polonia, donde tuvo lugar la batalla que disparó la Segunda Guerra Mundial, y cuando se cumplían 70 años de esa fecha. Estaba ahí como periodista: un rato antes había escuchado su discurso formal, breve, seco, en ruso, y luego cubrí la conferencia de prensa conjunta que dio con el entonces primer ministro polaco, Donald Tusk. Todo lo que había visto durante años en fotos y videos se reprodujo entonces en vivo durante esos momentos: sus ojos helados y que de vez en cuando miran al techo o a la nada, su boca apretada, su hablar cerrado, su constante gesto de displicencia. Su respuesta airada a alguna pregunta en ruso de algún corresponsal extranjero, sus manos sobre los apoyabrazos del sillón, un leve tamborileo de dedos. La marca misma de la impaciencia ante la mirada de los otros.

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Quince años -y varios muertos y presos y enjuiciados y prohibidos- después de llegar al poder, el presidente Vladimir Putin enfrenta un escenario incierto y de riesgo para su plan de seguir gobernando hasta el 2028. Las sanciones impuestas por Occidente luego de la anexión de Crimea y el apoyo militar y económico (pero nunca reconocido) a los ejércitos irregulares pro rusos del Este ucraniano, sumados a la baja histórica de los precios de los hidrocarburos, lo han puesto en situación de debilidad. Decir que está contra las cuerdas no sería justo con él, con sus antecedentes históricos como líder y con sus ambiciones.

 

El Occidente que levanta el dedo y enseña democracia viene reconociendo que las sanciones económicas solo conducen a los países castigados a la pobreza y al endurecimiento ideológico, como ha quedado demostrado con Cuba y también se está viendo con Irán. Por estos días, el juego de Putin apunta a fisurar el bloque europeo intentando negociaciones bilaterales con países decepcionados con la UE.

 

Es tiempo de esperar el próximo movimiento del tablero pero, claro, lo saben todos: los rusos siempre han sido brillantes jugadores de ajedrez.


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