En junio de 2013 miles de brasileños tomaron las calles: lo que comenzó como protestas de jóvenes pidiendo mejoras en transporte y educación, derivó en cacerolazos con las consignas clásicas del antipopulismo global. En aquellos días, el discurso de un pastor evangélico ante una multitud sentó las bases de un programa de acción que hace cinco años parecía delirante y hoy es una realidad.



 

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I

Hay diversas retrospecciones que podrían ser hechas para tratar de comprender lo que ocurre hoy en Brasil. Una de esas retrospecciones nos remite a junio de 2013, el mes recordado por las manifestaciones que expresaron un malestar relativamente extendido con el gobierno de Dilma Rousseff. Quisiera resaltar algunos elementos pertenecientes a aquel escenario, sin el cual la situación de hoy no termina de entenderse.

 

El 6 de junio de 2013 ocurrió la primera de una serie de manifestaciones, impulsada por el movimiento Passe Livre en São Paulo, en protesta por el aumento del pasaje del transporte público. Esa manifestación se replicó a los pocos días, y se extendió por todas las grandes ciudades brasileñas, reuniendo a millones de personas. Las protestas en las calles brasileñas comenzaron como expresión de la insatisfacción de juventudes de izquierda con las condiciones de vida (el transporte, la educación, la salud) en las ciudades y en sus periferias pobres, como expresión de un deseo de ampliación de la democracia; señalando la contradicción entre la existencia palpable de esos problemas sociales irresueltos, y la orientación de inversiones y fondos públicos a la organización de los megaeventos deportivos –el mundial de fútbol, las olimpíadas– que iban a tener a Brasil como sede (“queremos una educación modelo FIFA”, era una de las consignas).

 

Pero esas manifestaciones multitudinarias transformaron rápidamente su composición, su estilo y su contenido, convirtiéndose en manifestaciones de clases medias urbanas “indignadas” por la corrupción. La transformación del tono mayoritario de las protestas puede ser indicado a través de un contraste puntual: el 17 de julio de 2013 ya no se manifestaba en la Avenida Paulista el malestar de una sensibilidad de izquierda o democrática, sino un sector fuertemente corporativo y elitista: los médicos, que protestaban contra el programa “Mais Médicos”, lanzado por el gobierno de Dilma como respuesta a las demandas relativas a la salud pública que se habían escuchado en junio. La contratación de médicos cubanos que trabajarían con medicina social en las regiones más pobres del país suscitó la indignación de ese sector de profesionales muy bien pagos, en cuyas consignas resonaron las palabras asociadas con un anti-comunismo genérico, que luego impregnaría al conjunto de las manifestaciones contra el gobierno del PT.

 

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Esta primera escena, entonces, pauta una división en las calles, donde en el traspaso del protagonismo del movimiento Passe Livre al movimiento Brasil Livre comenzaron a aparecer todos los temas y obsesiones de ese anti-populismo global (que grita contra los vagos que no quieren trabajar, contra los que reciben planes sociales, contra los que se roban la plata de “nuestros impuestos”), que derivaron en los pedidos de destitución y los cacerolazos, hasta el surgimiento de pequeños grupos que pedían un “golpe militar” para ordenar el país y acabar con la corrupción. Y si bien esa secuencia es incomprensible sin la retroalimentación que se produjo desde los medios y las redes sociales, la novedad que la derecha política supo percibir fue que los “indignados” constituían una base y una fuerza sobre la cual apoyarse en la lucha por el viraje hacia una profundización neoliberal.

 

II

La segunda escena que quiero resaltar de aquel junio de 2013 es otra manifestación enorme –esta vez, muy bien organizada– que ocurre el día 5 en la Explanada de los Ministerios de Brasilia. El orador es el pastor ultra-mediático de la Iglesia Pentecostal Asamblea de Dios, Silas Malafaia, que habla (o grita) para más de 50.000 personas. Su discurso teológico-político es una arenga desafiante. Dirigida al activismo: “Brasil es un Estado democrático de derecho, donde supuestamente todo el mundo puede ser criticado. Pero quien osa criticar las prácticas homosexuales pasa a ser llamado ‘homofóbico’. Quería avisarle al activismo gay que es la constitución de Brasil la que me ampara: nadie va a callarme”.

 

Dirigida al periodismo: “Señores de los medios, nosotros somos llamados fundamentalistas, pero queremos una prensa que sea libre hasta para hablar mal de nosotros. Escucho a esos ‘izquierdópatas’ que quieren el control de los medios para controlar el contenido. Creen que Brasil es Nicaragua, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina… Quieren un nuevo marco regulatorio para controlar los medios y para controlar el Estado y la sociedad: y quieren meterse con nosotros, con nuestra voz. ¡Pero la prensa de Brasil es libre, siempre será libre! Nosotros no vamos a callarnos, nadie va a callar nuestra voz. Para callar nuestra voz van a tener que romper la constitución de Brasil”.

 

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Dirigida al poder judicial: “En Brasil se está confundiendo la libertad con el libertinaje. Esto se va a convertir en una anarquía. Hay un candidato al Supremo Tribunal Federal que defiende el aborto; y sospecho que lo van a colocar allí para liberar delincuentes de la cárcel. Quiero avisarle al STF y a las autoridades: ¡el pueblo brasileño quiere ver a toda esa banda del ‘mensalão’ en la cárcel!”.

 

Dirigida a los legisladores: “Quiero dales un aviso a los diputados: si pretenden quitarle poder al Ministerio Público Fiscal, se van a dar un tiro en la cabeza, van a quedar sometidos al poder ejecutivo. Los mensaleros en el Congreso querían poner de rodillas al STF. Nosotros queremos un STF fuerte, independiente, y guardián de la Constitución!”

 

Al pastor le interesa mostrar, además, que su iglesia cuenta con una capacidad real de influencia: “Esta mañana, por presión nuestra, fue aprobado en comisión el ‘derecho del niño por nacer’” (cosa que dice mientras tiene al teléfono a Eduardo Cunha –presidente de la cámara de diputados e impulsor principal de la operación impeachment–, quien acaba de darle la noticia: “está aprobado, Pastor”). Termina su discurso con un balance de fuerzas y una declaración de intenciones: “Escuchen lo que les digo sobre esta manifestación: sólo las ‘directas ya’ colocaron más gente en la calle un día de semana en Brasilia. Ningún movimiento social colocó más de 50.000 un día semana […] Esto que estamos haciendo es un pequeño ensayo de ejercicio de nuestra ciudadanía […] ¡Volveremos a Brasilia, y seremos más! […] vamos a influenciar a esta nación […] ¡el pueblo de Dios, unido, jamás será vencido!” .

 

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III

La imagen que proyecta el discurso del pastor evangélico es la de un Brasil asediado por la plaga chavista. El virus de la destrucción de los valores tradicionales y el caos ya había tomado a la vecina Argentina (también gobernada por una mujer), cuyo congreso había aprobado dos leyes “demoníacas” -la ley de medios y el matrimonio igualitario-, y cuya justicia dio lugar a los juicios a los represores de la dictadura, encarnando una amenaza sólo latente en la Comisión de la Verdad lanzada por Dilma. Esa imagen, que convocaba a la fuerza reactiva de todas las derechas brasileñas, ilumina de un modo peculiar la secuencia de los acontecimientos posteriores. El éxito de la destitución impulsada por las principales figuras del PMDB (los presidentes de las dos cámaras, Eduardo Cunha y Renán Calheiros, ambos evangélicos) en alianza con el otro brazo del golpe, el PSDB mancomunado con el Poder Judicial; es decir, el éxito del impeachment llevado a cabo por la unión de las fuerzas conservadoras y las fuerzas liberales, con el apoyo fundamental de las Fuerzas Armadas, tiene su natural prosecución en los desarrollos de la operación Lava Jato y en el estrellato del nuevo salvador del país, el juez Moro, quien encarcela a Lula y prepara el escenario para la llegada del mesías Bolsonaro.

 

Sin embargo, lo que pretendo resaltar aquí es que aquel discurso de una jornada de junio de 2013 no expresaba una imaginación delirante, tomada por ímpetus fundamentalistas, sino una línea política asociada con una verdadera voluntad de poder y una efectiva acumulación de fuerzas. Hoy podemos decir que todos los puntos del programa del pastor Malafaia se cumplieron. Se desató la libertad para expresar la homofobia, el odio a la diversidad y a todas las minorías; esas minorías –según dijo Bolsonaro– tendrán que “adecuarse a lo que la mayoría disponga”, o atenerse a las consecuencias (que pueden incluir la muerte, como les sucedió a Marielle Franco y a Mestre Moa do Catendê).

 

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La Constitución ha protegido, de hecho, a los golpistas: la destitución fue legal, y el estado de derecho estuvo –como Malafaia pretendía– de su lado. Todos los sectores interpelados por su discurso cumplieron con el papel esperado: la mayoría de los legisladores, los miembros de todas las capas del poder judicial; el ministerio público fiscal y la policía federal tuvieron sus manos completamente libres para llevar hasta el final sus operaciones, y encarcelar a Lula. La prensa libre de Malafaia (los monopolios y las fakes news –como derecho absoluto para mentir y desinformar–) ganaron la batalla contra cualquier tímida sugerencia de regulación. Las leyes retrógradas siguen avanzando en el congreso; y se discute, en este momento, el cambio de la tipificación del terrorismo, para poder incluir dentro de esa denominación a los movimientos sociales y al activismo, que Bolsonaro señaló como “enemigos”. Y finalmente, acaba de cumplirse aquella promesa inquietante: “Volveremos a Brasilia, y seremos más”.

 

En definitiva, la derecha ganó en Brasil, a partir de 2013, en las calles y en todas instituciones, avanzando con un vaciamiento de la democracia que, para ser revertido, requerirá que las fuerzas populares brasileñas recuperen ciertas capacidades que el neofascismo triunfante en las elecciones –para la desdicha de toda América Latina– demostró tener: fuerza de movilización y de organización, presencia en las calles, lectura de la coyuntura y de los malestares sociales, dominio de las nuevas tecnologías de la comunicación y, sobre todo, proyección estratégica.

 

Fotos: Familia Bolsonaro, Alessandro Dias, Arolde de Oliveira.


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