Una vez más, al igual que en los últimos veinte años, se reeditó la polarización entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB). Dilma y Aecio Neves van al ballotage del 26 de octubre. Las razones por las que la presidenta bajó su performance electoral y el fracaso en las urnas del “huracán” Marina Silva, analizadas por la politóloga de la UNSAM María Laura Tagina. El escenario económico local, las aspiraciones de la nueva clase media y la dilución del efecto Lula.



¿Qué cambió entre 2010 a 2014 que explique una nueva victoria del PT en Brasil pero por bastante menor margen? Tres hipótesis: el escenario económico local, las aspiraciones de la nueva clase media, ensanchada por efecto de las políticas sociales del gobierno del PT, y la dilución del efecto Lula, que acompañó la primera candidatura de Dilma.

 

Los indicadores económicos han tenido una evolución desigual en los cuatro años de su mandato. La tasa de desempleo bajó del 6,8 al 5,2 %, al igual que la pobreza, que también disminuyó. La inflación media en cambio está hoy en el límite superior de las previsiones petistas; creció en promedio un 6,2% en lo que va de 2014, pero no es mucho más alta que en 2010, cuando alcanzó el 5,9%. La variable más crítica y que alarma al menos a los líderes de opinión brasileños es el bajo crecimiento económico. En verdad Brasil no ha crecido en los últimos dos trimestres y ello contrasta con las tasas del 7,5% de 2010.

 

En cuanto a las aspiraciones de la clase media emergente, que representa hoy el 50% del electorado brasileño, comenzaron a expresarse en las manifestaciones de junio de 2013. Reclamaban mejoras en la calidad de los servicios de transporte y rechazaban las grandes inversiones en infraestructura hechas para la copa del mundo, que no reflejaban las prioridades de los brasileños, todo teñido de un profundo rechazo a la política.

 

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Por último, pero no menos importante, Dilma comenzó a no ser vista como la heredera bendecida por Lula para continuar con su obra de gobierno. Crecieron sus detractores al interior del PT, que le reclaman haber dilapidado el capital político y la estabilidad económica construidos por el ex presidente. Y cuando la economía ya no va tan bien, los votantes se muestran menos tolerantes a los escándalos de corrupción, que desde el mensalao a la actualidad no cesan de salir a la luz, si bien el PSDB que gobierna en ocho estados ha tenidos también los suyos. El más reciente fue el escándalo de la petrolera estatal Petrobras, que alcanzó directamente a la presidenta, por haber sido ella Ministra de Minas y Energía entre 2003 y 2005.

 

El superclásico de Brasil

 

Ayer, una vez más, al igual que en los últimos veinte años, se reeditó la polarización entre el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), que durante dos décadas signó la política brasileña. Tal como se esperaba, la elección se definirá en la segunda vuelta el 26 de octubre. Hasta último momento, no se supo a quién enfrentaría a la actual presidenta Dilma Rousseff en su última batalla por la reelección presidencial. Resultó ser Aecio Neves que con el 34% de los votos, logró el segundo lugar y con ello su pase al ballotage.

 

Dilma resultó ser la “peor” ganadora en primera vuelta de las últimas cuatro elecciones. Obtuvo el 41,6% de los votos, contra el 46,9% de 2010, en tanto que Lula ganó con el 48,6% en 2006 y con el 46,4% en 2002. ¿Qué fue, entonces, lo que cambió en Brasil?

 

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Habrá que ver cómo se posiciona Dilma de cara a la segunda vuelta. En los últimos meses, a diferencia de otros presidentes de la región que no se arriesgan al maquillaje y al debate ao vivo, participó en cinco debates pre-electorales, como una más, sometida a las mismas reglas. Su actuación fue bastante meritoria para una presidenta que no se caracteriza por su habilidad para manejarse antes las cámaras, ni por su oratoria. “Gerente”, la llaman algunos de su mismo partido. Los economistas como ella, son los perfiles más difíciles de tallar para los asesores de campaña y expertos en imagen.

 

Aecio Neves también es economista. Pero sus dos períodos como gobernador de Minas Geráis, cuatro mandatos como diputado federal y ahora senador, le sirvieron para entender y aprender las reglas mediáticas. También se sometió a un intenso media training. Su abuelo, Tancredo Neves, primer presidente civil electo tras la dictadura militar y que falleció antes de asumir su mandato, le legó el animal político que lleva en los genes. Lo acompaña una imagen pública de bon vivant, que en algún punto va bien con los segmentos de electorado que lo apoyan, excepto el más conservador de su propio estado.

 

Lo más sorprendente de la elección fue el ascenso y la caída de Marina Silva; demasiado rápido incluso para el frenetismo eleccionario, que pasó de ser rechazada por el Tribunal Supremo Electoral a fines de 2013 para registrar su propio partido, a participar como la compañera de fórmula de Eduardo Campos del Partido Socialista Brasileño. En agosto, luego de que Campos, ex gobernador de Pernambuco y tercero en las encuestas, falleciera en un accidente de avión, Marina asumió la candidatura del PSB. Hasta hace cuatro días, según las encuestas, competiría con Dilma y le ganaría en el ballotage. Durante semanas creció por derecha y por izquierda, a expensas de sus dos principales competidores, pero sus propias inconsistencias no le permitieron sobrevivir al asedio que ambos le propiciaron por todas las vías a su alcance, en particular la publicidad televisiva del PT.

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Estrategias y recursos de campaña

 

Si bien la pugna entre Dilma y Marina no se dirimió sino hasta ayer en las urnas, se debatió voto a voto en los medios los días anteriores, cuando las encuestas las daban cabeza a cabeza en la intención de voto. Ambos equipos de campaña se concentraron en los debates televisivos y en el horario de propaganda gratuita pagado por el Estado. Aunque un tercio del tiempo en el aire está dividido igualmente entre los candidatos, el resto del tiempo se reparte entre los grupos políticos que conforman la coalición de partidos que apoya a cada candidato, según los diputados de cada uno. Dilma agrupó en total nueve organizaciones políticas detrás de su candidatura (diez minutos de propaganda emitida dos veces al día en hora pico). Campos había logrado una coalición de seis partidos, cinco de ellos pequeños (dos minutos). A Aecio sólo le quedaron 4 minutos.

 

Un estudio del IESP (Instituto de Estudos Sociais e Políticos) de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro, que analiza la portada de los tres principales diarios brasileños y el principal noticiero de la TV abierta, da cuenta de una cobertura fuertemente sesgada en contra de la candidata del PT a lo largo de toda la campaña electoral (y aún previa). Esto mismo sucedió cuando la reelección de Lula en 2006, y en medio del escándalo del mesalao, (las mensualidades pagadas a modo de soborno a varios diputados para que votaran a favor de los proyectos de interés del Poder Ejecutivo). Aquella vez, la evaluación que hicieron los votantes de los beneficios de las políticas petistas pudo más que la cobertura sesgada de los medios.

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Un estudio de Pedro Mundim, de la Universidade Federal de Minas Gerais, señala que en 2006 la cobertura mediática negativa no tuvo impacto en las intenciones de voto por Lula, ya que como candidato a la reelección ampliamente conocido por los electores, sus cuatro años de gobierno fueron más importantes que los contenidos mediáticos. En ese sentido la evaluación positiva de su gobierno funcionó como una protección contra la prensa, al igual que parece haber funcionado esta vez. Ello no significa que los medios no tengan ningún efecto en la decisión de los votantes en Brasil; más bien, parecen tener efectos asimétricos, al igual que sucede en otros países de la región. Depende de cuán conocidos son los candidatos, de cómo fue evaluada su experiencia previa de gobierno, de cuán fuerte es la identificación del electorado con los partidos que compiten, de la cantidad de fuentes de información disponible y de la cobertura mediática equilibrada o no, que hagan de cada campaña. De hecho los cambios en la intención de voto por Marina Silva dan cuenta de ello. Creció cuando subió su exposición al reemplazar a Campos como candidato, y fue decreciendo en la medida del asedio que le propiciaron sus dos principales competidores, vía la publicidad electoral y los debate televisivos, y de sus propias inconsistencias exhibidas también en el escenario de los medios.

 

Apoyos a los candidatos por nivel socioeconómico y región

 

Según la encuesta publicada por IBOPE el 2 de octubre, el porcentaje de brasileños que evalúa positivamente el gobierno de Dilma Rousseff es de 39%; los que consideran regular su administración son el 33%, en tanto que el 26% lo considera malo o muy malo. A la vez, la proporción de votantes que aprueba la forma en que Rousseff ha gobernado Brasil es de 50% y los que la desaprueban son el 43%. Esto significa que Dilma recoge un apoyo algo mayor que el conjunto de su gobierno: aprueban su gestión cinco de cada diez, contra cuatro de cada diez que evalúan positivamente a todo su gabinete.

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Datafolha, otra de las encuestadoras importantes de Brasil, señala que el índice de aprobación más alto para la gestión de PT se produce entre los más pobres (48%) y disminuye a medida que uno se mueve hacia el polo opuesto, siendo del 22% en la clase alta, según datos del 3 de octubre. Lo contrario se da con la de desaprobación, que es del 46% en la clase alta y el 15% entre los excluidos. En cuanto a la geografía del voto, Dilma lideraba la intención de voto en todas las regiones del país, con una amplia ventaja en las más desiguales del norte y nordeste. Con respecto a la edad, los más estables en su apoyo han sido los 60 años y más, y los más inestables los más jóvenes (entre 16 y 24 años), socializados durante los gobiernos del PT y sin recuerdos de los gobiernos previos.

 

Aecio cosechaba sus mayores apoyos en la región sur, al tiempo que estaba empatado con Marina en el centro-oeste y el sudeste. Su nivel de rechazo es parejo en todos los segmentos socioeconómicos, alcanzando un máximo del 23% entre los excluidos. Es el preferido por las clases alta y media alta, entre las cuales supera en intención de voto a la presidente. En este último segmento logró superar a Marina Silva sobre el final de la campaña.

 

En cuanto a Marina llegó al día de la elección superada en intención de voto en todos los segmentos socioeconómicos, si bien con mayor aceptación en la clase media alta, que en algún momento vio en ella un camino posible para desplazar al PT de Palacio del Planalto (nuestra casa rosada). Fue siempre la favorita en cambio entre los evangélicos, su grupo más fiel a lo largo de toda la campaña. A la vez, es rechazada por el 25% de los brasileños, variando poco estas tasas entre las clases sociales, con la excepción de la clase excluida, que alcanza el 30%. Su mejor desempeño se daba en las regiones centro-oeste y sud-este, si bien a mediados de septiembre contaba con una amplia ventaja en el estado de São Paulo, la región más poblada del país con unos 45 millones de habitantes (equivalente a la de toda España y superior a la de Argentina), y en general en las grandes ciudades como Río.

 

Pronósticos y desafíos a futuro

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Una impresión que dejó esta campaña es que el bipartidismo a nivel presidencial, consolidado luego de dos décadas de polarización electoral entre el PT y el PSDB, no sería tan sólido. Las intenciones de voto que encumbraron primero a Rousseff, se desplazaron hacia mitad de septiembre en favor de Marina y volvieron a entronizar a la presidente en los días previos a la elección: al menos una porción importante del electorado no es cautiva de ninguna fuerza política y está dispuesta a cambiar su voto, incluso a votar estratégicamente.

 

Más allá de las estadísticas, es buena noticia que las dos candidatas que encabezaron las intenciones de voto durante buena parte de la campaña son mujeres. Esto es inédito en el escenario latinoamericano e, incluso también, mundial. Sobre todo si se tiene en cuenta la envergadura y la gravitación regional y mundial de Brasil. También es una novedad que las dos compitieran por partidos ubicados a la izquierda del espectro ideológico, si bien las propuestas de Marina Silva dejaron descolocados a más de un dirigente del PSB. No tanto por su discurso en favor de una “nueva política”, sino más bien por sus afirmaciones en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, su propuesta de incluir a “los mejores” sin importar su proveniencia partidaria, sus afirmaciones de que la razón no es patrimonio absoluto ni de la “izquierda ni de la derecha”, y sus propuestas en favor de la autonomía al Banco Central.

 

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Las últimas encuestas pronostican la reelección de Dilma. Quien que gane en la segunda vuelta tendrá desafíos propios y comunes que afrontar. De ser reelegida en el segundo turno, Dilma tendrá que dar respuesta a las demandas de la nueva clase media y superar el contexto de estancamiento económico que jaquea los beneficios de las políticas de sociales. Tendrá que cumplir con los compromisos que asumió en las últimas semanas de campaña, cuando Silva le robaba apoyos, y prometió profundizar las políticas de inclusión y protección social. En cuanto a los desafíos comunes, están los límites que exhibe el presidencialismo de coalición, y el problema del exceso de partidos y la facilidad para crearlos.

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Lo más probable es que el electorado que apoyó a Marina vote dividido. No es descabellado pensar que los partidarios del PSB se vuelquen ahora por la presidente Dilma; al fin y al cabo fueron sus aliados en el Congreso durante todo su primer gobierno. Y a la vez que los votantes fieles de Marina se dividan entre la abstención (o el voto en blanco nulo) y el apoyo al candidato del PSDB, según sea que prioricen su empatía con el programa económico del candidato, o su rechazo por los valores morales y políticos que éste representa. De acuerdo a la última encuesta de IBOPE la mitad de los votantes de Marina Silva votaría por Aecio (51%), en tanto que un 22% apoyaría a Dilma y un 18% votaría blanco o nulo. El 8% restante no había decidido aún su voto cuando se realizó la encuesta. De mantenerse esta configuración de apoyos, un 10,5% de los votos serían transferidos a Aecio, que reuniría así un 44% de apoyo, al tiempo que Dilma sumaría un 4,6%, acercándola al 46%. Como la política no es matemática, el resultado final dependerá mucho de lo que suceda en estas tres semanas que nos separan de la próxima elección, que por ahora tiene un final abierto.

 

Este agónico último mes y medio de campaña dejó en claro que ningún partido, ni candidato tiene la vaca atada. El 1 de enero, cuando asuma el próximo presidente, faltarán solo 15 días para que se cumplan los 30 años de la vuelta de la democracia en Brasil. Será entonces una buena fecha para festejar y revisar los pendientes de cara a los próximos 30 años


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