Un útero que no desea maternar; un glande que prefiere ser clítoris; una boca que solo ríe si la tapa una mano; un cuerpo que paga para ser eterno; una piel que se siente honesta cuando baila Carmina Burana. Anfibia Papel es un Cuerpo de relatos que traspasan límites y generan fogonazos de sentido desconocidos. Los 15 autores convocados para esta antología se tomaron en serio la invitación. Escribieron textos contundentes sobre la disociación mente-cuerpo, el borramiento que supone vivir tras las pantallas y la libertad incómoda que produce la razón subordinada a vísceras, dolor o caricias. Una reseña de Julián Gorodischer.



 

“Cuánto les molesta que no sepan dónde encasillarnos” (Carolina Unrein, “La carne más barata”)

 

El nuevo libro de Anfibia Papel avanza al ritmo de respiraciones entrecortadas y ojos en estado de alerta. Es una posible literatura de viaje, pero aquí el traslado se da hacia una dimensión invisibilizada por el discurso médico pero también por el esteticismo ornamental de la publicidad y el sistema de estrellas. 

 

En esta antología, los quince escritores y los doce ilustradores que participan se tomaron en serio la oportunidad de decir algo consistente sobre –por ejemplo- la escisión “mente-cuerpo”, la ubicuidad y la inercia que caracterizan a nuestros organismos contemporáneos. En el camino, el coro multiforme, corpóreo, representativo –en cada relato- da testimonio: ésta es la hora –fruto de la Época– de entregar el cuerpo a “una plenitud del tamaño de tomar un poco de sol o de tirarse en paracaídas”, como escribe Gabriela Cabezón Cámara, en Un paraíso en las entrañas de la humanidad.  

 

Aquí se producen raras osadías como la aceptación de un retiro prematuro para el hombre exitoso de Piedras en el camino –de Juan Forn- o el permiso para explorar una abyección hecha de pedos y caca en el más allá de lo nombrable del relato de María Moreno. Como impulsada por Witold Gombrowicz y Osvaldo Lamborghini-, la autora de Black Out cierra un anti-canon temático-nacional que, fiel al “estilo Moreno”, surfea entre la auto-ficción, el ensayo literario y retazos de biografías de escritores notables y lúmpenes.

 

Cuerpo es una montaña rusa de vivencias extremas y modificaciones subjetivas tan radicalmente transformadoras que solo ocurren como resultado de un rozar la muerte (Forn), una cirugía de reasignación genital (Unrein) y la finalización del duelo por la muerte del padre (Cabezón Cámara). Éste –en su conjunto- es el cuerpo que deriva de una frase: “Pronto, pronto voy a morirme y van a morirse los que me conocieron” (Lamberti). Y la idea se potencia en el texto Chueca, de Katya Adaui: el post-operatorio infernal lleva a redescubrir músculos de acuerdo a nuevos dolores; esa intensidad de las sensaciones abre camino a cambios trascendentales. 

 

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Estos escritos componen un cuerpo-manifiesto, quizás como reacción al borramiento al que lo somete la vida cotidiana maniatada por pantallas y dispositivos tecnológicos, ese suero que naturaliza las ausencias, el debilitamiento de los vínculos, la idealización del cuerpo deseado y las no-distancias mediatizadas. Como respuesta a ese contexto, el cuerpo literario del libro de Anfibia se hace presente, también, en las fantasías que lo niegan o subsumen a la razón (los textos de Paula Sibilia y Flavia Costa), porque ante su falta se hace más notoria la nostalgia de lo que nunca existió.

 

En falta y en pugna

 

Gabriela Cabezón Cámara revisa las figuraciones del cuerpo en la memoria de un padre moribundo que en el último derrotero mental regresa a “la vida hermosa del cuerpo que juega y va de acá para allá (…)”. La imagen de paraíso se asocia al perro y el amigo de la infancia, con un brillo y una libertad que se pierde junto con “los horarios, las poses, el ritmo cruel”. Ilustrado por Vero Escalante, el bucolismo impregna la asociación libre en torno a una belleza contrastante con la cama en la que el hombre muere. Conmueven las imágenes de naturaleza de la espléndida zona de infancia combinadas con el cuerpo viejo y roto reunidas en un mítico “prado repleto de luciérnagas”.  

 

La naturaleza, en cambio, es una noche negra capaz de exacerbar los sentidos en Sueños híbridos, el relato de Agustina Bazterrica. En un rito de pasaje profundamente auto-reflexivo, el personaje -arrojado al vacío de La Intemperie- derriba “las barreras de su humanidad”. Deja de ser uno para percibir un pulso de lo universal intemporal. Empieza a habitar los límites de lo no humano; se transfigura para devenir en corriente de tiempo y espacio despegados de “su” ser. 

 

En Piedras en el camino –de Juan Forn-, el sueño de la casita junto al mar y la vida sin obligaciones es el resultado de un páncreas que duele y va marcando, con sus puntadas, los cambios en el estilo de vida. Cuerpo es un fresco de antihéroes que transmutan en seres anfibios, convirtiendo a una posible derrota en el salto al espacio anhelado. Lo relatan en monólogos, asociaciones libres, diálogos y confesiones en escrituras vibrantes que –en muchos de los casos- logran resignificar matices de la realidad a través del lenguaje.

 

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Culo, dientes, pene

 

Entre los restos –de su abuelo- trasladados de un cajón a una urna y la subjetividad desbocada y digresiva de un cuarentón tragicómico que ve en cada lunar un cáncer, el personaje del texto de Luciano Lamberti –en negro sobre blanco, también en el dibujo de Martín Ayerbe- pasa revista a un posible cuerpo de escritor. La espalda, encorvada; el astigmatismo; la sensación hecha acto, ante los restos del abuelo, de que está en proceso de morirse. Entre el agónico mirarse como tragedia de finitud y la auto-parodia de un monólogo posible de stand-up, hay un proceso de aceptación a través del humor: El peso de un puñado de arena es un efectivo retrato de hombre todavía joven que está a punto de dejar de serlo. No le hace falta plantar marcas de época (de los ’80 o los ’90) para generar empatía porque lo que está en primer plano es la exhibición de cicatrices como orgullo de vida vivida.

 

Con frecuencia, el hilo común de estas historias es algo muy concreto amplificado; una parte monopoliza el quantum energético, como el útero de la historia de la española Marina Perezagua. Ha decidido, el útero, no dar su calor a los embriones que su portadora había decidido congelar por si alguna vez se decidía a ser madre. Por eso ahora, esos embriones dormirán “en los hielos perpetuos del nitrógeno líquido”. “No oleréis la hierba ni el asfalto…, pero tampoco conoceréis el deseo”, invoca en primera persona a lo inánime, en lamentación culposa por no acceder –su útero rechaza la idea con espasmos- a darles curso vital.   

 

Postergar o cancelar la maternidad, o reasignarse un género: Perezagua y Carolina Unrein sacan a “los casos” de su individualidad e implican –como define Unrein- una revolución: sentirse acordes al propio deseo. Y a la vez, rebelarse a un mandato que siempre está ligado al mundo de lo masculino (el “padre-aún-no-padre”, en Perezagua; “el arquetipo de varón cis heterosexual”, en Unrein), y al que se puede renunciar a través del plano detalle a una parte del cuerpo nuevo: “un clítoris –escribe en su diario íntimo- que antes de serlo fue glande”. 

 

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Y están los dientes y la boca sangrante del cuento de Diego Zúñiga, el autor chileno que llena de coyuntura urgente al libro. El autor incrusta entre estas tramas atemporales el hoy del momento histórico, iluminando desde la atención a una parte del cuerpo un sistema desigual de “clase, privilegios, exclusiones e incomodidades”, según escribe en Historias que cuentan mis dientes. Anécdotas de los viajes de infancia a ver a un dentista en Tacna (Perú) para evitar la deuda que significaría tratarse en Chile y la deconstrucción de un gesto familiar traspasado entre generaciones (taparse la boca al reír) sirven al autor de Niños héroes para articular un texto que, cuando empieza a ponerse emotivo, infiltra la consigna por un Chile más igualitario y humanitario, sin la cual hoy parece imposible referirse al país trasandino.

 

Orgullo de la deformidad

 

A diferencia de una publicación homogénea o una antología temática de relatos (sobre fútbol, tango, sexo, etcétera), Cuerpo es disruptivo desde sus formas: muchas veces, experimenta con los géneros y hace dialogar horizontalmente al texto con la ilustración .  

 

En esta nebulosa de imágenes deformes, de Cynthia Rimsky, hace que el acto de mirar se oriente a iluminar un momento de la experiencia. En la combinación de una patología en los ojos de la narradora y su imaginación literaria hay una mutua determinación intercambiable. Conviven la vivencia personal, la obra producida y el diagnóstico patologizador en un marco despegado del realismo, donde lo imaginado y el hecho difuminan sus límites.

 

En el texto de Mariano Blatt –con obras de Guillermo Lizarzuay- imaginación y cuerpo compiten por el control del deseo, y siempre la primera triunfa, en primacía de la representación sobre la materia. María Moreno –junto a su complementario ilustrador Francisco Roca- navega imágenes y palabras alrededor del ano, sobrevolando la escatología con su fineza característica y anti-hétero patriarcal, y el plateado metálico de los círculos de Roca compensa la incursión húmeda de la prosa en tantos surcos y mucosas.

 

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En las páginas de Cuerpo, la palabra se desentumece de previsibilidades. Entonces Cristian Alarcón propone –retomando su ejercicio de la poesía en la adolescencia- un poema que se constituye como una corriente de conciencia retrospectiva sobre el momento en que su personaje se hizo consciente del cuerpo como motor de felicidad. Había sido inyectado ocho veces con hormonas para borrar la voz y los modales finos. Hasta que, en una clase de teatro, bailando Carmina Burana se reencontró con el goce físico. Así trascendió la normalización familiar-médico-hormonal y rebeló la femenina suavidad en un hombre de su signo defectuoso.

 

Solo donde se acaban la inhibición, la elipsis y las especulaciones –y el cuerpo se reconcilia con sus excrecencias y sus condenas-, es posible vivenciar una carne que no se subordina a la razón. Cuerpo produce un efecto liberador sobre maricas tapados, señoras normales, hijos sin permiso para ser felices, padres que clonan a sus propios padres, todos –por fin- identificados con la auto-promoción. Pero tampoco esto es una galería de fenómenos o seres deformes para la condescendencia de las ánimas bien pensantes. Estos relatos pueden producir asco y vergüenza traspasando límites, lo cual genera fogonazos de sentido desconocido.

 

Aquí no hay solamente desmesura, obsesión, fijación y recurrencia. No hay fetichismo porque el marco no se toma el trabajo de visualizar un fetiche más allá de lo que es considerado normal. Hay, sí, voces que tienen algo para decir (que se lo habían venido guardando); y lo dicen sin impostaciones y sin amaneramientos porque se entregan a una corriente de pulsión pasada al papel. Cuerpo es pura empatía y contacto entre un grupo de seres golpeados pero sobrevivientes y quienes los leen, que no son tan distintos.

 

 

 

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