¿Qué más se puede decir sobre la cacería de la concejala favelada, negra y feminista? ¿Cómo leer estos asesinatos indescriptibles desde la perspectiva de los derechos humanos? Su muerte desnuda a un Estado que perpetúa el aparato de la dictadura y hace desaparecer a quienes lo contradicen. La segunda muerte de Marielle Franco a través de las fake news. Y el poder que ganó por representar a una población históricamente marginalizada de la política.



Traducción del portugués: Micaela Cuesta. Revisión: Mariana de Gainza. Fotos Mídia Ninja.

 

 

“Furou o asfalto, o tédio, o nojo e o ódio”

Carlos Drummond de Andrade

 

 

La voz de Marielle Franco: ¿un autoretrato?

 

“Las mujeres negras, habitantes de las periferias y favelas, son activas en los escenarios políticos, culturales y artísticos de la ciudad. Aun cuando la lucha/activismo/militancia por ellas  protagonizada esté en un comienzo relacionada con las cuestiones locales e íntimamente “linkeada” a las condiciones objetivas y subjetivas de sus vidas en el territorio, conquistan dimensiones fundamentales para avanzar sobre las condiciones locales, impactando en toda la ciudad. En este sentido, existen muchas mujeres faveladas que se destacan y traspasan, con acciones y representaciones, el ambiente que predomina en sus vidas. Este fenómeno, a su vez, no está determinado por cuestiones estrictamente individuales, por tratarse de seres iluminadas o especiales, sino por una cuestión de trayectorias, encuentros, percepciones de sí, del otro, oportunidades, articulaciones e intervenciones en las cuestiones sociales. Y, con énfasis afirmativo, tal fenómeno, que se encontraba en ascenso en el momento pre golpe, trae, para la izquierda, el desafío de mantener ese crecimiento para superar la ola conservadora que predomina hoy en el país”, dijo Marielle Franco.

 

¿Un auto-retrato? Sí y no. Sí, porque Marielle Franco es “hija de la Maré”, como solía decir, alguien cuya trayectoria fue marcada en su juventud por la muerte de una amiga por una bala perdida. Un recorrido de violencia social, política y cultural vivido en la carne que transformó la percepción de sí como mujer, negra, lesbiana, madre a los 19 años de una niña, y que luchó mucho para graduarse como socióloga y concluir su maestría, justamente para criticar la reducción de un problema histórico-político y social a una única cuestión, la “pacificación” (término usado para designar la política de ocupación de las UPPs –Unidade de Polícia Pacificadora– en las favelas, luego de gigantescas y espectaculares incursiones militares de guerra en el interior de la ciudad, en nombre de la seguridad y de la paz).

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La trayectoria de vida de Marielle Franco es la misma narrativa del fenómeno del activismo y la militancia en la favela que ella describe y que, hasta 2016, tenía un “énfasis afirmativo que se encontraba en ascenso en el momento pre golpe”: junto con articulaciones y movilizaciones sociales y políticas de la periferia, de las mujeres negras, de los movimientos LGBT, Marielle se dedicó incansablemente a defender los derechos humanos y la justicia social, yendo más allá de la dimensión individual o local, volviéndose representante enraizada y portavoz de toda una población de las favelas que lucha por una ciudad más justa y democrática, obteniendo la quinta mayor votación para concejal de la ciudad de Rio de Janeiro.

 

Precisamente por este motivo podríamos decir que no, que el texto arriba citado no es un autorretrato: él describe y reivindica la existencia de millones de Marielles, mujeres negras de la periferia que, desde la esclavitud del período colonial, se organizan y luchan por el reconocimiento y la visibilidad de su propia manifestación y movilización, y que, incluso después de la redemocratización brasileña, todavía sufren por políticas de invisibilización (como si no existiesen), de marginalización social (como si fuesen delincuentes), de silenciamiento (como si fuesen mudas), en un proceso continuo de destitución de derechos sociales y exclusión de la ciudadanía propiamente dicha.

 

Desde 2016, estamos viviendo el post golpe. También fue una mujer, representante de la clase trabajadora y electa por más de 50 millones de votos, la que resultó destituida ilegítimamente del cargo político más alto del país, y la presidencia es ahora ejercida por hombres blancos que usurpan el poder en defensa de antiguas y autoritarias oligarquías, con la marca contradictoria, no obstante, de defender también intereses financieros y de multinacionales contrarios a algunos de los propios sectores de origen de los golpistas, sobre todo del comercio y de la industria, promoviendo la desestructuración de los sectores productivos con una velocidad jamás vista, y causando un efecto proporcionalmente acelerado de crecimiento del desempleo y retorno de la miseria y el hambre. Vivimos un momento de destrucción y progresivo aniquilamiento de los pocos derechos sociales, laborales, políticos y civiles que fueron histórica y arduamente conquistados por tantas Marielles.

 

14 de marzo de 2018: Marielle Franco no fue víctima de una bala perdida. Fueron 9 tiros dirigidos al auto donde ella estaba, 4 certeros en su cabeza, tiros de ejecución tan precisos como dignos del entrenamiento de una elite profesional. Y como ella dice en su propio texto, no se trata de asesinar y callar a una mujer “iluminada o especial”, sino también a las múltiples articulaciones y movilizaciones que volvieron visibles a las mujeres negras de las periferias y favelas, miles de Marielles Franco y Margaridas Alves[1], todo el activismo, la militancia y la lucha que traspasan los límites del pequeño territorio habilitado por los dueños del poder, aquel espacio socialmente marginado y políticamente periférico de una ciudad que, a tono con la “ola conservadora que hoy domina el país”, se encuentra bajo intervención militar.

 

Una flor rompió el asfalto

En un libro publicado recientemente, Marilena Chaui recupera un artículo anterior a la Constitución de 1988 (que marca el fin de la dictadura cívico-militar), o sea, un texto del periodo conocido por la famosa Amnistía brasileña, acuerdo por el cual fueron perdonados tanto los crímenes y asesinatos de los militares y civiles golpistas de 1964 como los de aquellos que lucharon contra la dictadura militar y por la democracia brasileña. En un momento caracterizado por la movilización preconstituyente, en 1983, Marilena analiza el proceso de “marginalización de los sectores populares” y afirma que, para comprender ese fenómeno, tendríamos que preguntarnos “por qué en los partidos políticos nunca se establece una relación de representación propiamente dicha, siendo que en los partidos conservadores y burocráticos la relación representante-representado es de tipo clientelar, mientras que en los partidos progresistas es tutelar, de tal manera que la paridad o igualdad, fundamento de la representación, se convierte en jerarquía, favor, o subordinación”. [2]

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Casi 50 años después, al denunciar el escenario del nuevo golpe en el que vivimos, insubordinable y sin admitir tutelas o clientelismos, la trayectoria de Marielle constituyó un liderazgo que caracterizaba la representación política en su sentido profundo, tal como la defendía Marilena Chaui; y reconociendo la urgencia y dado su lugar destacado en la lucha contra la multiplicación indiscriminada de la violencia en las favelas, dejó sentada públicamente su posición contra la intervención federal militar en Rio de Janeiro. Una vez más, Marielle demostró haberse interrogado y haber comprendido cabalmente el proceso de marginalización política de los sectores populares, en un texto que ella misma tituló “Cuando una flor rompe el asfalto”: 

 

“A contramano de un camino pavimentado por el descreimiento o por la mismidad, en este periodo golpista, otros elementos pulsan en la ciudad carioca con caracterizaciones distintas a las predominantes en el orden nacional. La elección histórica, con 46 mil votos, de una concejal favelada, negra y feminista, que asume una posición política de izquierda, es una contradicción en el ambiente del golpe. (…) El gobierno ilegítimo, autoritario y conservador amplía las fuerzas de las elites políticas y económicas en el poder. Existe, por lo tanto, en este momento, una intensificación de la represión policial de las manifestaciones populares, así como un crecimiento del discurso de la guerra contra las drogas que impactan en el corazón de las periferias. Las contrarreformas laboral y jubilatoria son otros ejemplos de las embestidas orientadas a destruir los derechos.”[3]

 

A poco de su asesinato, y luego de la catarata de textos, testimonios, homenajes, demostraciones en el ámbito nacional e internacional, ¿qué más podríamos decir sobre el hecho o sobre lo que su asesinato representa en Brasil?

 

A pesar de que el derecho penal considera como un crimen imposible matar dos veces a la misma muerta, somos testigos de una instantánea superación de la realidad jurídica. A menos de una semana de su ejecución, se dio un inmenso y estruendoso movimiento de ataque a su historia, en los términos de una “disputa de narrativas” sobre lo ocurrido. Más que versiones distintas sobre un crimen, o que la competencia en torno a una imagen, es más adecuado reconocer aquí una tentativa frustrada de diezmar su memoria. Una segunda muerte para Marielle Franco.  

 

La muerte de la muerte y los enemigos de Estado

De los distintos ataques a la historia de la concejal Marielle y a sus representados, podemos destacar los tres ejes de los “debates” que siguieron al 14 de marzo: el primero se orientaba directamente a su imagen, usando “fakes news” (denunciando que fue elegida por una facción criminal –el Comando Vermelho–; que fue madre menor de edad, a los 16 años; que estaba casada con un jefe del tráfico de drogas carioca, y que fue asesinada por disputas entre comandos de facciones criminales); el segundo apuntaba directamente a la izquierda, acusando a los afiliados de su partido (PSOL) de utilizar el asesinato para fines electorales; mientras que una tercera serie de agresiones se dirigía a todos los que lamentaban su muerte, cuestionando el luto por esa muerte en particular, cuando solo era una más de una lista que no para de crecer (¿por qué no llorar por todas las otras fatalidades derivadas de la violencia urbana?).

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Podríamos decir mucho sobre el carácter moralista, racista, machista, elitista de esas manifestaciones. O tratar de desmontar las lecturas estadísticas que se hicieron de las muertes de negros y negras en las favelas, para evidenciar la tentativa de diluir el carácter político del asesinato de Marielle, buscando tanto apartar la hipótesis de la ejecución sumaria por parte de fuerzas oficiales, como instalar el discurso de que esa muerte resulta de la violencia urbana de Rio de Janeiro,  justificándose aun más la intervención militar-federal del Estado (línea asumida por los grandes medios).

 

Hasta el momento, un equipo de abogados y abogadas formado para recibir tales denuncias registraron, en una semana, 14.235 acusaciones de calumnias, difamaciones y falsas imputaciones de crímenes. En la página del Movimiento Brasil Livre, en Facebook, recibió 44 mil “likes” y fue compartida  más de 33 mil veces una nota cuyo título era: “Jueza quiebra el relato del PSOL, dice que Marielle se involucraba con delincuentes y que es un ‘cadáver común’”.

 

¿Por qué en el caso de Marielle es necesario matarla dos veces? ¿Por qué, igual que en los casos de asesinatos de ciudadanos comunes por la policía en las favelas de Rio de Janeiro y de otras capitales, es necesario descalificar a la víctima, señalándola como “delincuente”? ¿Qué es lo que esta disputa de narrativas y falsas legitimaciones escamotean en el debate público, más allá de la etiqueta “defensor de delincuentes” (que la derecha usa para designar a los movimientos de izquierda) o de consignas como “derechos humanos para humanos derechos” (con las que la derecha transforma la lucha por los derechos en privilegio exclusivo de una clase)?

 

El asesinato de Margarida Alves, la falsa acusación de corrupción a Lula, la falsa discusión sobre la inoperancia administrativa de Dilma, la falsa imagen de pertenencia a  una asociación delictiva de Marielle Franco. Si no se denuncian esos hechos, se perpetúa el proceso de marginalización política de los sectores populares, en la continuidad de su criminalización cuando adquieren visibilidad y representatividad política.

 

El recrudecimiento de tales absurdos puede ser también interpretado desde la perspectiva de las elecciones municipales de 2016, de las que Marielle participó. Ella fue la 5a concejal más votada, mientras que el 1o lugar fue conquistado por el concejal Carlos Bolsonaro (hijo de Jair Bolsonaro, diputado que votó por el impeachment de la presidenta electa, homenajeando abiertamente al Coronel Brilhante Ustra, el conocido torturador de Dilma Roussef durante la dictadura), con 106.657 votos. La consigna de su mandato, según la Cámara de Consejales, es el reconocimiento de que “los mayores problemas de la ciudad de Rio de Janeiro son la miseria y la violencia. Para combatirlas, se considera necesario una política de control de la natalidad y la reducción de la edad de minoridad penal, propuestas presentadas por su padre en Brasilia”.

 

Si nos preguntáramos qué es lo que quedó desde el golpe militar del ‘64 hasta hoy, pasados 50 años del Acto Institucional No. 5 (el AI-5 permitió la prisión sin prueba o proceso de cualquier sospechoso de ser “subversivo” e inauguró el período sangriento y violento de la dictadura cívico-militar), sabemos que queda lo que el silencio y las memorias prohibidas nos dejan. Pero queda también, más allá de sus silencios y del ocultamiento simbólico y literal de los cadáveres, un aparato jurídico e institucional. Aparato que es extremadamente activo y eficaz.

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Fue necesaria la lucha de 23 años y la elección de una presidenta mujer, representante de la clase trabajadora, que en la juventud fue acusada de subversiva y presa, que sufrió duramente la tortura, todas consecuencias directas del AI-5, para que, y recién en el 2011, una Comisión Nacional de la Verdad pudiese ser finalmente instituida para investigar los graves crímenes y asesinatos cometidos por la dictadura. El informe de la CNV, al fin y al cabo, pone en jaque los efectos de la Amnistía nacional que mantenían a Brasil como el único país de América Latina en el cual que torturadores y asesinos nunca fueron juzgados. Es necesario decir aquí que todas las recomendaciones del Informe de la CNV fueron archivadas.

 

Entre las distintas recomendaciones dos se destacan ante los hechos actuales: la recomendación de derogación de la Ley de Seguridad Nacional y la de desmilitarización de las policías militares estaduales. Las sugerencias buscan precisamente combatir la idea de que aquellos que deben ser considerados como ciudadanos, sean perseguidos como enemigos de Estado.

 

Ahora bien, justamente el Ejército y las Fuerzas Armadas siguen el principio de guerra según el cual el “otro” es enemigo de Estado. ¿Pero quién es este “otro”? Lo espantoso, como diría Modesto Carone sobre Kafka es que lo espantoso no espanta más: en una entrevista con el  Brasiliense en 20/02/2018, el ministro de justicia afirmó:

 

“Usted no sabe quién es el enemigo, la lucha se da en cualquier punto del territorio nacional. No se sabe qué armas usarán, cuántos vendrán. (…) En la guerra asimétrica, usted no tiene territorio, cualquiera puede ser enemigo no tiene uniforme, no sabe cuál es el arma. Usted está preparado contra todo y contra todos, todo el tiempo. (…) Tiene 1,1 millones de cariocas viviendo en zonas de favelas, de peligro. De ese 1,1 millones, ¿Cómo saber quien forma parte de su equipo y quien está en contra? No lo sabe. Usted ve a una niña bonita, de 12 años de edad, entrando en una escuela pública, no sabe que es lo que va a hacer ella después de la escuela. Es muy complicado.”

 

Precisamos reflexionar acerca de cuál es la relación entre la memoria social producida (y la que fue borrada) desde la dictadura, la actual intervención militar en Rio de Janeiro y el intento perverso de diezmar la memoria de Marielle. Precisamos entender por qué la dictadura se perpetúa no solo simbólicamente, sino también de manera concreta por medio de determinados aparatos jurídico-políticos. La negación es la marca de esa manera brasileña de lidiar con la violencia[4]. La negación de los agentes de represión, los oficiales de las Fuerzas Armadas, de que la tortura, la muerte y la “desaparición” de los opositores del Estado era una política institucionalizada. La negación de que hubo crímenes. Crímenes de lesa humanidad. Crímenes indescriptibles según la Declaración universal de los derechos del hombre.

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Ahora bien, esa manera impuesta por las elites brasileñas, esa manera negativa de relacionarse con nuestra historia, explica, en parte, por qué la memoria social construída o aquella que los más jóvenes tienen del período de la dictadura cívico-militar es la memoria no de una agresión al cuerpo social, no es la memoria de una violencia en el seno de la sociedad, que permea a todas las relaciones, sumergiendo a las personas en una atmósfera sombría donde impera el miedo y el terror, donde rige la más profunda inseguridad.

 

El aparato fue tan eficaz en el borramiento de la memoria y la verdad que somos testigos de su expresión en números electorales en la contienda electoral para concejales de Rio de Janeiro de la que participó Marielle. Carlos Bolsonaro jamás sería el candidato más votado si no fuera por el borramiento institucionalizado de la memoria colectiva de los que lucharon por construir la esperanza por la democracia, un olvido que produce el no reconocimiento del recuerdo del terror absoluto que se experimentaba en el periodo de la dictadura. Si este instrumento no hubiera sido tan eficaz por tanto tiempo, nadie reclamaría la vuelta del régimen militar ni defendería al Coronel Brilhante Ustra públicamente, sin riesgo de prisión por apología al delito.

 

En el “Informex n. 5”, artículo titulado “La palabra oficial del Ejército”, difundido por el  Centro de Comunicación Social del Ejército, datado de 16 de febrero de 2018, que trató la intervención federal militar en la seguridad pública del estado de Río de Janeiro, el comandante del Ejército, general Eduardo Villa Boas, afirmaba textualmente que “de cara a la gravedad de la crisis, entiende que la solución exigirá compromiso, sinergia y sacrificio de los poderes constitucionales, las instituciones y, eventualmente, de la población”.

 

En efecto, hubo un compromiso de diversos poderes para imponer la intervención militar en Río de Janeiro. En efecto, los poderes constitucionales democráticamente instituidos fueron sacrificados. En efecto, la población de las favelas viene siendo sacrificada. En efecto, Marielle era representante y portavoz contraria a la intervención militar y denunciaba la intensificación de los sacrificios vividos por la población marginalizada y criminalizada. En efecto, Marielle hizo pública la truculencia del 41 Batallón de la Policía Militar. En efecto, Marielle fue sumariamente ejecutada. En efecto, es también conocida otra afirmación del mismo general Villas Boas sobre la intervención militar en Río de Janeiro en reunión del Consejo de la República realizada en febrero del 2018: “que los militares necesitan tener garantías para actuar sin correr el riesgo de que surja una nueva Comisión de la Verdad.”[5]

 

El brazo armado que asesinó a Marielle Franco y a Anderson Gomes y la avalancha del discurso de odio difamatorios contra su memoria integran un único y mismo movimiento de complicidad cuando se trata de silenciar a aquellos que osan intentar reescribir el otro lado de la historia, a favor de la población de la Maré, y en contra de la moda conservadora que marginaliza y criminaliza cualquier intento de fortalecimiento de los movimientos políticos de la periferia.

 

Se crean así peligrosos enemigos de Estado, representantes de los “marginales y los bandidos”: como negros, pobres, favelados, mendigos, defensores de los derechos humanos, de los derechos de las mujeres y del aborto, gays y lesbianas. Todos delincuentes, tan delincuentes como Comando Vermelho, los traficantes, y las milicias. Todos harina del mismo costal. No se llora la muerte del delincuente, pues su extinción garantiza el éxito del mantenimiento del orden y de la seguridad pública, de las personas de bien, finalidad última de la intervención federal militar en Río de Janeiro. Por todo esto, los representantes eminentes de los enemigos de Estado deben morir. La primera vez, se los matan. La segunda vez, se los borra de la memoria social.

 

Y para no decir que no hablé de las flores…

Considerado uno de los textos fundantes de la democracia occidental, la oración fúnebre de Pericles a los muertos de la guerra del Peloponeso en la Grecia antigua se volvió un marco de referencia en la historia de un pueblo que construyó su memoria sobre la exaltación de la imagen de sus guerreros muertos en combate en la defensa de los valores de una sociedad libre y democrática.

 

Ninguna sociedad puede sobrevivir democráticamente con el borramiento institucionalizado de la memoria de las luchas y conquistas que la hacen posible, la deconstrucción de su verdadera historia y criminalización de aquellas que lucharon con nombres propios: nuestras Margaridas Alves y Marielles Franco. Es preciso, aun así, recordar, en la voz activa y viva de Marielle Franco que citamos al inicio de este texto: “existen muchas mujeres faveladas que se destacan y traspasan, con acciones y representaciones, el ambiente que predomina en sus vidas”. Por ellas y cada una de ellas, y también por aquellas que aún no encontraron el camino que les posibilite la toma de conciencia de sí como mujeres negras y faveladas, Marielle construyó el lema de campaña sobre la expresión ubuntu que en la cultura xhosa significa “yo soy porque nosotros somos”. En todas las flores. Que perforen el asfalto! Marielle Franco, presente!

 

[1] Margarida Alves, lavradora, líder sindical, presidenta do Sindicato dos Trabalhadores Rurais de Alagoa Grande, na Paraíba, que participava da luta pela reforma agrária no Brasil, foi brutalmente assassinada na porta da sua casa, em frente ao seu marido e filhos, com tiros de escopeta calibre 12 na cabeça, em 1983. Cf. Chaui, Marilena – “O assassinato de Margarida Alves” in Sobre a violência, ed. Autêntica, 2017, p.83.

[2] Chaui, Marilena – “As populações periféricas e marginalizadas” in Sobre a violência, ed. Autêntica, 2017, pp. 94-95, texto originalmente proferido em conferência realizada em 1983.

[3] Franco, Marielle – “A emergência da vida para superar o anestesiamento social frente à retirada de direitos: o momento pós golpe pelo olhar de uma feminista, negra, favelada” in Tem saída? Ensaios críticos sobre o Brasil Editora Zouk, 2017, p.94

[4] E recomendamos uma das análises mais contundentes sobre esta negação: Chaui, Marilena – “O mito da não violência brasileira” in Sobre a violência, Ed. Autêntica, 2017

[5] cf. matéria de Caroline Bauer, no blog Sul 21, em 20/02/2018.


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