Las manifestaciones “anti cuarentena” combinan el flamear de banderas celestes y blancas con el discurso de una Argentina productiva devorada década tras década por otra Argentina que la parasita. Pero en ellas también hay trayectorias y reclamos que no pueden leerse como un todo unificado: se mezclan pedidos por la defensa de la democracia, la épica de la resistencia contra la “infectadura”, pañuelos celestes y consignas contra el Nuevo Orden mundial y la ONU. Martín Vicente y Ezequiel Saferstein rastrean el porqué de los que van a las protestas para comprender cómo están cambiando las derechas.



A Santiago le gusta llegar solo a las protestas “anti cuarentena” que se convocan en el Obelisco desde fines de mayo. Suele llevar su bandera de la Juventud Católica Argentina y un pañuelo celeste al cuello. Allí intercambia mensajes, se cruza con amigos y conocidos de su parroquia, del movimiento Pro Vida y de asiduos a las misas por las “víctimas de la subversión”. No le gusta quedarse en un punto fijo: recorre la protesta, conversa, da entrevistas a quienes cubren el evento. El 9 de julio, día patrio, marchó con un grupo de su iglesia luego de compartir un almuerzo y celebrar una misa. Con ellos y junto a una amiga del grupo Equipo Republicano amarró carteles que reclamaban la independencia del Poder Judicial y pedían el fin de la corrupción kirchnerista.

 

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En su recorrido vio cómo un grupo de manifestantes golpeaba al comunicador Ezequiel Guazzora y lo defendió del linchamiento: la escena circuló una y otra vez por los medios de comunicación y las redes. Más tarde, varias cuentas de Twitter catalogaron la agresión como una operación y a Santiago como un infiltrado. La más notable fue la del diputado Fernando Iglesias, áspero portavoz de Juntos por el Cambio. El joven al que buscaron “escrachar” un ramillete de cuentas troll y el legislador, que actúa como una de ellas, lejos estaba de ser un quintacolumna: Santiago se identifica como liberal-conservador, reconoce su pertenencia al espacio de las derechas, votó al macrismo y milita por una convergencia de las diversas expresiones de ese universo, aunque tras el episodio siente que lo atacaron con “fuego aliado”.

 

Hay un fanatismo de parte de un sector del macrismo que sigue siendo igual que el kirchnerismo. Tienen también un ala dura en las bases que termina siendo tan fanática como La Cámpora.

 

En las manifestaciones opositoras que se suceden desde el inicio del gobierno del Frente de Todos, y que han adquirido mayor dureza con la cuarentena, se juegan problemáticas que exceden pero atraviesan a quienes, como Santiago, ganan la calle. La clave del fenómeno hay que buscarla semanas antes, e ir desde allí hacia problemáticas más amplias: Argentina es una sociedad engrietada. Pero no por la división que Jorge Lanata caracterizó como “la grieta” mientras la cavaba a fuerza de pala, sino por clivajes más densos, que no responden a caracterizaciones culturalmente fatalistas del “país del Boca-River”.

 

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En un marco hiperpolitizado donde el debate político es visible y altisonante, el lenguaje de parte de los comunicadores y de ciertos políticos replica el de las redes sociales, que se convirtieron en el espacio donde se arroja fraseología para audiencias redundantes y se sube la apuesta en torno a una visión liminar de la política. Por ello, es necesario acercarse a los fenómenos políticos con mesura, especialmente si se quiere aprehender los cambios que están experimentando las derechas. Lejos del bestiario que narran los analistas progres cuando estos sectores se manifiestan, hay en ellos un cosmos que es más interesante analíticamente (y responsable políticamente) comprender en sus propios términos. 

 

Los que mantienen al resto

 

El sábado 20 de junio convergieron manifestaciones sobre dos ejes: en el Obelisco porteño, militantes “anticuarentena” repitieron la convocatoria de sábados anteriores. En zonas rurales, pero con eje en el Monumento a la Bandera de Rosario, manifestantes apuntaron contra la intervención gubernamental de la cerealera Vicentín. Previamente, políticos, periodistas de distintos medios y activistas de redes sociales habían buscado unificarlas desde la oposición al gobierno nacional. Esa óptica describía la gestión de Alberto Fernández como un gobierno autoritario bajo etiquetas que iban desde la inflación de la terminología clásica, como populismo e incluso totalitarismo, a neologismos como el ya clásico “Argenzuela” y el reciente “infectadura”, que paulatinamente corren las barreras del vocabulario público y permiten articulaciones novedosas en torno suyo. 

 

Lejos de ser sólo un juego de palabras de escaso gusto lingüístico y nulo sentido politológico, la consigna “infectadura”, última en una cadena significante más amplia, funciona como vehículo de promoción de una serie de referentes opositores que se posicionan desde una épica de resistencia frente a un gobierno que caracterizan como autoritario, y como exposición de cómo un segmento del mapa político argentino lee la realidad desde una terminología progresivamente más inflamada.  

 

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En las marchas, si bien sobre el bajo profundo que hilvana antikirchnerismo y antiperonismo con un recuperado anticomunismo se oyeron voces extremas, circularon en gran medida pedidos institucionalistas resumibles en la defensa de la democracia y la república. Pañuelos celestes, carteles del “Sí se puede” cambiemita o identificaciones del Partido Libertario confluyeron con el aniversario de la muerte de Manuel Belgrano, lo que duplicó los sentidos de la simbología nacional en el flamear de banderas. Y, con ellas, la identidad entre nación y manifestación, entre la república y su otro

 

“La Pampa gringa” que narró el historiador Ezequiel Gallo, caracterizada por el vínculo entre la industriosidad laboriosa del hombre de campo, la modernización capitalista y el desarrollo nacional, se encadenó desde la transformación productiva de la segunda mitad de los años ’90 con una doble metamorfosis: la de los sectores vinculados al mundo agropecuario y la de las derechas argentinas. Ante las protestas contra la resolución 125 durante 2008, parte del tablero público se anotició de los enormes cambios pero, si bien por los medios circularon sociólogos especializados en el mundo rural, economistas dedicados al análisis del agronegocio y politólogos o historiadores que estudiaban las ideas y la politización de las derechas argentinas, primó la brocha gorda para caracterizar al “nuevo campo” y sus articulaciones políticas. Seguir el sufragio de las zonas agro-productivas muestra un fenómeno análogo al de las grandes urbes: un voto contrario al kirchnerismo, expresado tanto en diversas opciones de derecha como hacia el progresismo no kirchnerista. Esos números crecieron desde representar parte del 23 % de Elisa Carrió meses antes del estallido de marzo de 2008 a ser eje del triunfo presidencial de Cambiemos en 2015 y sostener su rocoso 40% en 2019. En ese proceso el voto se escoró progresivamente a la derecha. 

 

El sostén económico del kirchnerismo hacia sectores conurbanos, caracterizado por la articulación entre política social de contención, subsidios de diverso tenor y medidas que cruzaban la ampliación de derechos con la agenda de expansión estatal, se mostró incapaz de quebrar las duras vigas de la pobreza estructural, cuyas ramificaciones dependen sobremanera de la coyuntura. En paralelo, creció en los últimos años un diagnóstico que sacaba de eje aquellos datos, magnificaba sus números y entroncaba la estadística con la mitología clasista hasta narrar una Argentina que se dividiría entre “seis millones que trabajamos para mantener a los vagos que viven del Estado”. En las coberturas periodísticas de aquel sábado, la visión de un segmento que produce para que el Estado se lo quite y lo “regale” era corriente. Ese trazado coloca de un lado al sector privado y del otro al heterogéneo universo de trabajadores estatales de distintos rubros, empresarios o profesionales vinculados a las cadenas económicas del Estado, ciudadanos alcanzados por políticas sociales de diverso tenor (“planeros”) e incluso al grueso del universo político-estatal, compuesto por “la clase política” o “la familia judicial”. “Esto es populismo, lo único que hacen es dar planes sociales, planes de vivienda y cobrar impuestos a la clase media”. Frases como esta comenzaron a ser moneda corriente en las protestas de 2008, los cacerolazos de 2012 y se reiteran en las protestas “ciudadanas” de hoy.

 

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El discurso de una Argentina productiva devorada década tras década por otra Argentina que la parasita converge con la línea profunda del antipopulismo liberal-conservador y con los nuevos rostros de las derechas, sus anclajes político-partidarios, sus referentes intelectuales, culturales, mediáticos. Si bien esta dinámica no se agota en el universo de las derechas, es en ese marco de la geografía ideológica donde aparecen signos de atención. La figura del Estado que avanza sobre la propiedad privada es la consigna preferida de los libertarianos (que en una operación de pars pro toto se autodefinen liberales), y presenta variaciones que no niegan el rol estatal pero cuestionan la eficacia o transparencia del argentino. En esa trama discursiva y a propósito de la pandemia, Santiago dice:

 

Se puede hacer un recorte de diez puntos del producto tocando el gasto político y así equipás el tema sanitario y permitís que la gente vuelva  a la calle con precauciones. Desde el 83 el tamaño del Estado se multiplicó por tres y la pobreza por cuatro, no se soluciona con  un ´Estado presente´.

 

Una pragmática de derecha  

 

Diversos analistas indicaron que el gobierno de Cambiemos fracasó. Los datos económicos, el manejo institucional y la derrota en primera vuelta refuerzan esa idea, pero la sentencia debe ser complejizada. Cambiemos obtuvo la primera victoria nacional de un espacio de derecha desde la sanción de la ley Sáenz Peña en 1912, articulando sobre PRO una convergencia antipopulista en oposición al kirchnerismo. Luego, sostuvo un gran caudal de votos pese a una gestión que decepcionó incluso a fieles, ofreciendo la polarización como refuerzo identitario y abriéndose a las fuerzas que crecieron a su derecha. Así, los tonos posmo de PRO y el dificultoso republicanismo que ensayó Cambiemos fueron cediendo lugar a nuevas escenas. En ellas, “el feminista menos pensado” agitó pañuelos celestes “pro vida” mientras ganaban lugar las voces altisonantes de la coalición, bajo una reescritura de “la grieta” y un recorrido del pragmatismo a una derecha más explícita. Allí, la coalición se recostó sobre un doble núcleo duro que hoy representan, junto al ex presidente, Patricia Bullrich, Miguel Pichetto y voceros ríspidos como el propio Iglesias y Waldo Wolff. La misma Bullrich, elegida presidenta del PRO por Macri, articula esas dos siluetas: el ideario derechista áspero y la figura explosiva, una comunicadora ideal para un momento de vocabulario político descentrado e inflación terminológica, que contrasta (¿o se complementa?) con la fracción de la alianza con responsabilidades ejecutivas, con Horacio Rodríguez Larreta a la cabeza y gobernadores e intendentes que gestionan la cuarentena articulados con el oficialismo. 

 

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La historia de Santiago ilumina parte de las ideas a la derecha de PRO y la tensa relación con ese espacio. Cuando uno de los autores de esta nota, junto a una colega, lo conoció en el encuentro organizado por el Partido Demócrata en 2018, encontró un joven con formación universitaria y teológica que había hallado en los libros de Agustín Laje y Nicolás Márquez una representación de sus curiosidades políticas y culturales: desde el combate a la “ideología de género” y al feminismo hasta el abrazo a la causa “pro vida”, pasando por la revalorización de la visión militar sobre los setenta, con el antikirchnerismo como eje. 

 

Aun cuando gran parte del espacio liberal intentó despegarse de la marca de la última dictadura, por la tradición militar de sus abuelos paterno y materno, Santiago reivindica lo actuado por el gobierno dictatorial. En estos días Cecilia Pando, referente de esas posiciones, lo defendió enfáticamente del “escrache” virtual. Santiago militó en PRO desde 2013 hasta 2018, cuando el tratamiento de la ley de interrupción voluntaria del embarazo habilitada por Macri le marcó un límite. Aunque desencantado, no dejó de buscar su lugar en la derecha partidaria: asistió a eventos de agrupaciones que criticaban a Cambiemos por derecha, se interesó en el diputado Alfredo Olmedo y en Juan José Gómez Centurión, el candidato “celeste”, en cuyo frente NOS participó en la campaña de 2019. En esa elección fue precandidato a comunero por el Frente Federal Familia y Vida, una lista corta encabezada por el pastor Gabriel Ballerini, que se define “antagonista del progresocialismo”. Aunque no alcanzó el 1,5%, a Santiago no le dolió la magra performance, sino el amplio triunfo de la fórmula Fernández-Fernández sobre la de Macri-Pichetto. Tras un replanteo, volvió a PRO para militar en las generales.

 

No me quise quedar en mi casa. En las PASO voté a NOS y en las generales a Macri, con muchas dudas, pero en lo común acordábamos. El kirchnerismo es lo peor que hay, va por todo. Con Macri era más posible una oposición por derecha. 

 

Ese viraje realista le costó a Santiago amistades que tildaban al macrismo de ser un progresismo disfrazado. Pero no fue el único que cambió: en esa elección los votantes de derecha y antikirchneristas se inclinaron por Macri leyendo la contienda, como Santiago, como un “todo o nada”. Cuando se selló el triunfo de Alberto Fernández, se fue nuevamente de PRO.

 

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Fui al bunker, estuve triste por lo republicano. Ahora estoy libre. Cuando lleguen las elecciones, veré —dice. Ese recorrido con tensiones e idas y vueltas está enmarcado en un espacio de ideas y valores políticos cuyos límites, como en toda transacción política, aparecen negociables. El día que no exista más el peronismo no voy a tener que votar al menos malo. Nos pone en una posición muy difícil.

 

“Necesitamos liberales que respeten el derecho a la vida, conservadores que vean la tradición como un progreso y nacionalistas que no confundan amor a la patria con amor al Estado”: la consigna que Nicolás Márquez repite como proclama parece, por ahora, lejana para una articulación que no sea simplemente reactiva. 

 

Idealmente es el camino. Cuando hablamos de economía estamos de acuerdo, pero cuando se empiezan a meter cuestiones de la cultura, de la vida, del aborto, empiezan a salir chispas. Se decía que la izquierda no se junta y ahora entendemos, nos pasa lo mismo se lamenta Santiago.

 

La parábola de Santiago

 

En las protestas “anti cuarentena” la multiplicidad de reclamos, itinerarios políticos y cosmovisiones es tan heterogénea que no puede leerse como un todo unificado. Santiago habla con los medios para explicar por qué está allí.

 

Habla cada loco que está bueno que alguien pueda poner un poco de coherencia y sintetizar los temas, institucional, republicano y demás —aclara. Para Santiago, los sectores liberal-conservadores poseen una agenda más coherente que no es la misma de los “conspiracionistas—. Yo creo que hay un orden mundial, pero no creo que las antenas transmitan el virus y toda esa cosa. 

 

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La idea de Nuevo Orden Mundial, aunque las mayúsculas remitan a un proyecto sistemático, aparece como articuladora de reclamos, percepciones y teorías dispersas que exceden a las derechas: el 5G como tecnología de radiación y control social; la recuperada figura subterránea de la masonería; el virus inoculado en vacunas antigripales tal como lo menta la médica Chinda Brandolino; el plan de fundaciones de millonarios para, en complicidad con China y la OMS, controlar la libertad o destruir las raíces de la familia. 

 

Para Santiago es posible constatar el lazo entre la OMS, la ONU, las fundaciones cosmopolitas y los planes para limar las bases occidentales y cristianas de nuestras sociedades. Pero aclara que la política internacional es un universo separado de lo que sucede en el día a día de la gente.

 

Al comerciante no le importa quién financia la OMS, le interesa abrir su negocio para darle de comer a su familia. Creo que hay que ser prudente en eso dice—. La OMS y la ONU fomentan los bajos placeres, distribuyen el tema del homosexualismo y del feminismo. El coronel Seineldín hablaba de esta agenda cultural en los ochenta y todos le decían que estaba loco. Y estamos viendo lo que él anunció, con datos empíricos.

 

Santiago se apoya en su formación académica, en su bagaje ecléctico de fuentes y en la concepción del uso de datos que promueve la nueva derecha, ya que destaca que le gusta hablar con estadística: datos, no opinión. Y si la cita al militar ultra-nacionalista impacta en la voz de quien se reconoce liberal-conservador, un ideario que rechaza los chauvinismos, la historia de las derechas argentinas muestra que en determinados momentos del siglo XX las articulaciones se dieron a través de una lectura común sobre los peligros que acechaban por fuera. Esa dinámica, que se desarticuló desde la transición democrática hasta gran parte de la etapa kirchnerista que sucedió al quiebre de 2001, es la que en los últimos años ha comenzado a reformularse. Y allí la inflación terminológica juega un papel central. La convergencia sigue siendo difícil, pero está en el horizonte: bajo la lectura del kirchnerismo como populismo de izquierda, el anti-izquierdismo permite una agregación de diversas visiones e identidades, clave de articulación para una derecha ampliada. Un ecumenismo derechista donde convergen problemáticas estructurales, grandes líneas de sentido e interpretaciones subjetivas como las de Santiago.

 

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Pero las articulaciones de esta nueva derecha, a la vez, son problemáticas. Lejos de sólo combatir a sus fantasmas tradicionales, exacerbar el antikirchnerismo o promover la desobediencia de una medida político-sanitaria, en torno a esa discursividad inflamada también puede verse arrasada una derecha de tonos moderados como la que busca Santiago, como pudo verse el domingo 9. En ese sentido, su historia puede ser, también, una parábola.  

 


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