La primera pandemia de la historia de la humanidad habría sucedido hace cinco mil años. Sus causas tienen algunos puntos en común con la actual: el contacto con animales, el crecimiento de rutas comerciales y su impacto crítico en las grandes concentraciones humanas. Hoy, al igual que ayer, seguimos enfrentando la misma bomba de tiempo, el surgimiento de epidemias sin tratamientos inmediatos para combatirlas. Enfrentar ese futuro depende en gran medida de repensar el modo en que interactuamos con la naturaleza y el ambiente, del fortalecimiento de la salud pública y la limitación del lucro privado.



¿Cómo será recordado 2020? ¿Qué marca dejará en la historia? La pandemia de COVID-19 es un evento histórico inédito por la rapidez de propagación, el alcance global y sus efectos socio-económicos y políticos. Sin embargo, las pandemias nos acompañan desde la prehistoria: acabaron con la vida de cientos de millones de personas a lo largo del tiempo, y han tenido y probablemente seguirán teniendo efectos profundos sobre el curso de la historia.

 

Hace poco más de un año fue noticia el descubrimiento de lo que habría sido la primera pandemia de la historia de la humanidad: un brote de peste hace cerca de 5000 años, sobre el final de la Edad de Piedra, que habría afectado a todo Eurasia. El causante, la bacteria patógena Yersinia pestis, la misma que miles de años más tarde aniquiló a la mitad de la población europea en el siglo XIV en el suceso que conocemos como la peste negra. Varias cuestiones permiten vincular dicha pandemia con la actual, y con muchas otras a lo largo de la historia: el avance de la civilización, la tecnología y nuestra relación con la naturaleza, el consumo y tráfico de animales, el hacinamiento en grandes centros urbanos, las desigualdades sociales y el desarrollo de rutas comerciales que globalizan las epidemias.

 

Durante el período que corresponde al final de la Edad de Piedra surgieron en Europa los primeros grandes asentamientos humanos, que podían reunir hasta 20.000 habitantes. Es probable que tales aglomeraciones resultaran poco compatibles con la existencia de condiciones de higiene adecuadas: aún no se habían desarrollado sistemas de cloacas, agua corriente, o de gestión de los residuos. A esto se le suma la evidencia arqueológica que muestra la presencia de animales domesticados (e.g., ganado) y permite inferir que otros como roedores o insectos habrían estado también en contacto íntimo con dichas poblaciones.

 

Estas condiciones son el caldo de cultivo ideal para la proliferación de patógenos y el surgimiento de epidemias. Primero, porque tanto los humanos como estos animales al salir de sus entornos y ecosistemas naturales quedan expuestos a diferentes condiciones de estrés -hambre, dietas poco variadas, hacinamiento-, lo cual debilita el sistema inmunológico y aumenta la susceptibilidad a enfermedades. Segundo, porque especies que en otras condiciones no entrarían en contacto súbitamente pueden intercambiar microorganismos, muchos de los cuales son inocuos para sus hospedadores naturales pero dañinos para las especies con las que nunca antes se habían encontrado. Este proceso es conocido con el nombre de zoonosis y estuvo en boca de periodistas, científicos, políticos y distintos actores de la vida social en los últimos meses. No es para menos: la zoonosis es el origen más probable de las pandemias de SIDA y de COVID-19. Además, existen un gran número de enfermedades zoonóticas como el dengue, la fiebre amarilla, el hantavirus, la rabia y la toxoplasmosis.

 

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Por otro lado, durante ese período se introdujeron grandes innovaciones tecnológicas como la metalurgia, la rueda y los carruajes tirados por animales. Esto permitió que se trazaran las primeras rutas comerciales entre poblaciones separadas por miles de kilómetros y que el movimiento de personas entre territorios se volviera mucho más frecuente. Es decir, por primera vez en la historia de la humanidad se dieron las condiciones ideales para el surgimiento de una epidemia y su dispersión a gran escala. Por primera vez en la historia una epidemia pudo devenir en pandemia. La evidencia arqueológica y genética muestra que, repentinamente, cepas muy similares de Yersinia pestis emergieron, se expandieron e infectaron a poblaciones contemporáneas de Europa y Eurasia pertenecientes a culturas diferentes y, a priori, inconexas.

 

La actual pandemia, cuyo agente responsable es el SARS-CoV-2, presenta muchos paralelismos con estos sucesos: su plausible origen zoonótico a partir del murciélago y del pangolín, uno de los mamíferos más traficados del mundo; su globalización a través del tránsito internacional e intercontinental y su impacto más acentuado en las grandes megaurbes del mundo. Los determinantes antropogénicos cumplen un rol fundamental en la primera y en la actual pandemia. De hecho, muchas crisis ecológicas actuales pueden explicarse en gran medida por razones antropogénicas. Por ejemplo, en la actualidad existe una enfermedad fúngica, la quitridiomicosis, que es ignorada por los medios y la opinión pública aunque se trate de la más destructiva de la que se tenga registro. Ya produjo la extinción de 90 especies de anfibios y ha puesto en jaque a más de 500 (una de cada 16 especies de anfibios conocidas hasta el momento). La enfermedad es producida por dos especies de hongos, descubiertos en 1998 y en 2013, que también parecen ser originarios de regiones muy acotadas de Asia. Estos hongos, al igual que el SARS-CoV-2, no matan rápidamente, lo cual permite su efectiva diseminación. La principal o única razón de la emergencia y expansión de este destructivo patógeno fue, una vez más, el tráfico de especies animales, el mercado mundial y la globalización descontrolada. Sin embargo, aunque mucho más letal que el SARS-CoV-2, poco se ha hecho hasta el momento para mitigar el avance de esta pandemia silenciosa cuyo impacto llegará cuando ya sea demasiado tarde.

 

Muchos expertos coinciden en que la alteración e impacto masivo producido por nuestra especie sobre el planeta es y será de tal envergadura que representará una Era geológica en sí misma, para la cual se ha propuesto el nombre Antropoceno. Una de las consecuencias esperables de esta Era es la posible sexta extinción masiva de especies, comparable a las otras cinco que sufrió nuestro planeta a lo largo de los últimos 450 millones de años (que en cada caso acabaron con más del 75% de las especies del planeta). El calentamiento global y la devastación de ecosistemas serían sin dudas las principales causas de este desenlace, pero las epidemias y pandemias también formarían parte de este cóctel mortal. Esto no es ciencia ficción ni futurismo barato.

 

La devastación producida por todas estas crisis exacerba la condición crítica de quienes se encuentran en situaciones más desfavorables. Así como la epidemia de fiebre amarilla acabó literalmente con buena parte de la población afrodescendiente, la más pobre en la Buenos Aires del siglo XIX, las condiciones de hacinamiento actual y la falta de acceso al agua, a los servicios básicos y en especial a la salud en las villas y barrios humildes se vuelven letales en combinación con los patógenos y en particular con el virus causante de la COVID-19. Mientras tanto, la actual pandemia saca a relucir una vez más las injusticias del mundo actual: en un año de devastación económica y social, un puñado de empresas que ya eran vastamente rentables, incluyendo farmacéuticas, revalorizan sus acciones o reciben beneficios económicos complementarios con cifras que podrían mitigar todos los efectos aniquiladores de la pandemia a nivel mundial.

 

Pese a la importancia del componente antropogénico en cuanto a su modo de producir y de relacionarse con la naturaleza, los microorganismos reciben más atención cuando hay que buscar responsables o culpables del origen y progresión de epidemias y pandemias. Los microorganismos fueron recién descubiertos en el siglo XVII. Y hubo que esperar doscientos años más para la teoría microbiana de la enfermedad, la cual postula que los microorganismos son los causantes de las enfermedades infecciosas. Desde entonces, los microorganismos pasaron a ser sinónimos de enfermedad y un “enemigo” a combatir, una concepción que ha perdurado y proliferado hasta nuestros días. Desde esta perspectiva, pareceríamos estar condenados a una guerra eterna entre la especie humana, los microorganismos y los virus. Sin embargo, son concepciones herederas de una exégesis bélica del mundo, como así también de interpretaciones de la selección natural darwiniana en términos de la “ley del más fuerte”, en la que se concibe que la competencia a muerte entre especies es el motor de la evolución. 

 

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En contraste, el trabajo de una serie de naturalistas y biólogas/os, tales como Pedro Kropotkin, Stephen Jay Gould y Lynn Margulis, nos permite interpretar la evolución de otra manera y plantear que la cooperación, la colaboración y el apoyo mutuo entre especies son también importantes motores de la evolución. El desarrollo de las ciencias naturales, y en particular de la biología, nos ha permitido avanzar en este campo y aportar evidencia en línea con esa idea. En la última década, nuevos desarrollos tecnológicos como la secuenciación masiva de ADN permitieron descubrir que, en realidad, convivimos con trillones de microorganismos esenciales para nuestra supervivencia y que son muy pocos los que pueden producir enfermedades.

 

Hoy sabemos que un universo extremadamente diverso de especies bacterianas sostienen los ecosistemas, las fuentes directas o indirectas de los nutrientes que consumimos y de parte del oxígeno que respiramos, son agentes biorremediadores de lagos, ríos y suelos contaminados, y también el principal componente de nuestra flora intestinal, donde cumplen roles simbióticos esenciales para nuestra supervivencia (absorción de nutrientes, protección contra patógenos, maduración del sistema inmune, por mencionar solo algunas). De manera similar, si bien algunos virus son parásitos intracelulares obligados y pueden ocasionar la muerte del hospedador, muchos otros se convierten en pasajeros simbióticos no agresivos y han incluso contribuido a la evolución y supervivencia de las especies.

 

Con el tiempo hemos aprendido mucho acerca de porqué nos enferman algunos microorganismos e incluso cómo superar estas enfermedades. El descubrimiento de los antibióticos en 1928 permitió tratar infecciones asociadas a bacterias y hongos. Este fue uno de los mayores hitos de la historia de la biomedicina. La tercera gran pandemia de peste negra y un buen número de enfermedades contemporáneas fueron controladas por los antibióticos y gracias a ellos se salvaron un incalculable número de vidas. La producción científica y los desarrollos tecnológicos (como vacunas y antibióticos) fueron, en distintos momentos de la historia, la llave para importantes mejoras en la calidad de vida de la sociedad.

 

La capacidad de resolver un gran número de problemas, así como de mejorar y cambiar nuestro estilo de vida, permitió a la ciencia crecer en confianza. Pero junto a ella apareció cierta arrogancia, la ilusión de tener las cosas bajo control y de que podemos hacer frente a cualquier obstáculo sobre la base de presuntas soluciones tecnológicas. Los antibióticos, por ejemplo, nos dieron la sensación de haber resuelto uno de los principales problemas sanitarios de la historia. Sin embargo, su uso indiscriminado en humanos y en animales de ganado -asociado al lucro de la industria farmacéutica y agropecuaria- ocasionó que a tan sólo 90 años de la implementación inicial de la penicilina, nos enfrentemos a una inminente bomba de tiempo: la emergencia de nuevas cepas bacterianas resistentes a múltiples tipos de antibióticos y la posibilidad del resurgimiento de epidemias y pandemias como las que sufrió la humanidad en el pasado, sin tratamientos inmediatos que puedan combatirlas.

 

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Algunos de los pronósticos más pesimistas, aunque no por ello menos realistas, auguran que las enfermedades infecciosas bacterianas podrían ser una de las principales causas de muerte para 2050. Si eso ocurre, la era de los antibióticos no habrá sido más que un suspiro en nuestra larga historia de pandemias. Esto no es un caso excepcional, sino un buen ejemplo de los problemas que surgen cuando una tecnología apenas descubierta se implementa masivamente, fogoneada por intereses corporativos, sin una comprensión cabal de sus posibles efectos a largo plazo. 

 

En este sentido, la pandemia de SARS-CoV-2 también muestra la importancia de tomar medidas para apuntalar la salud pública y limitar su lucro privado. El fortalecimiento y articulación de una política de producción pública de medicamentos y vacunas nos permitiría no solo tener independencia respecto de los intereses de las grandes corporaciones farmacéuticas, sino apuntalar la noción de una salud entendida como derecho y no como negocio. En el contexto de enfermedades endémicas como la del chagas o el hantavirus, nos permitiría tener autonomía para el desarrollo de terapias locales específicas. En el contexto de una pandemia como la actual, además, nos aseguraría el poder contar con stock de medicamentos y vacunas ante la enorme demanda a nivel mundial. 

 

Por último, además de la necesidad de contar con la capacidad de producir medicamentos y vacunas de manera pública, urge comprender la importancia de fortalecer una ciencia y una producción de conocimiento que no sólo den respuesta ante crisis sanitarias y epidemiológicas como las actuales, sino que puedan anticiparse y analizar también los factores socioambientales que dan origen a ésta u otras epidemias, como la del dengue. Es esencial reconocer al ambiente como un sistema complejo del cual los seres humanos formamos parte y en el cual el producto de nuestra tecnociencia tiene un impacto considerable. En tanto y en cuanto sigamos cosificando cuerpos, territorios y bienes comunes, en la medida en que sigamos considerándolos como recursos naturales dispuestos para ser consumidos y sacrificados a nuestro antojo, nuestros problemas no solo no terminarán, sino que probablemente irán en aumento.

 

En lugar de las presuntas soluciones mágicas, de los parches que se nos presentan para aplacar los síntomas de nuestros cuerpos y territorios enfermos, serán necesarios otro tipo de cambios, más complejos y profundos. El desarrollo tecnológico no puede estar desvinculado de los saberes y las necesidades populares. En este momento, en el que a las epidemias y pandemias se le suman el cambio climático, la contaminación de nuestros territorios y los incendios forestales masivos, cobra relevancia la necesidad de un análisis profundo y multidisciplinario que caracterice las condiciones ambientales, las actividades humanas, y los modos de vida y producción que propician el surgimiento de estas calamidades. En esa reflexión tendremos que pensar alternativas sustentables al futuro que se proyecta en el horizonte. 

 


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