El procesamiento de Daniel Santoro reabre el debate sobre el vínculo entre el periodismo y las fuentes. Qué puede pasar cuando ese intercambio se convierte en una espiral rápida y peligrosa, el rating les gana a la rigurosidad y a la ética, los informantes se convierten en dealers y el periodista se vuelve cómplice de los delitos de coacción y extorsión.



“Hola chorro amoral que te afanaste hasta la comida de los pibes. ¿Nos tomamos un café que necesito chequear unos datos aunque la sola idea me revuelva el estómago?”

 

No sé cuál sería la respuesta de la fuente porque jamás lo planteé así. Aunque pude haberlo pensado más de una vez en mis más de dos décadas en esta profesión. La fuente no es una entelequia amorfa que nos provee información por telequinesis. Tiene nombre, rostro, historia, personalidad más o menos afable. A veces trayectoria; otras currículum. Y en mucho casos un poco de cada.

 

A menos que alguno tenga el don de generar confianza inmediata, la relación con las fuentes se construye. Y esa construcción, como cualquier relación, es de a dos. Y suele perpetuarse en el tiempo para la persecución de distintos objetivos. Puesto así, casi parece el artículo del Código Penal que describe una asociación ilícita. Pero todavía no llegamos al capítulo criminal de esta historia. En general en la mayoría de nuestras biografías ese capítulo no existe. Aunque hay excepciones.

 

Necesitamos a las fuentes. Necesito que elijan que ese café sea conmigo y no con otro colega. O por lo menos que de esa mesa de café por la que pasaron otros yo me lleve algo distinto. Nuevo. Mejor. Para que mi nota sea distinta. Nueva. Mejor. ¿Y cómo lo hago? No diciéndole lo mucho que me desagrada ese encuentro. Eso seguro. Y ahí entra en juego la seducción y el riesgo de no saberlo jugar. Mantener cercanía, el llamado por el cumpleaños, una foto compartida… Ni siquiera encariñarse con las fuentes tiene reproche penal. Si fuese así, ya varios de nosotros, los y las periodistas, habríamos pasado varias veces por el pianito de un juzgado acusados de algún tipo de delito. 

 

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Nada de ésto es lo que se evaluó en la causa de Dolores que lleva adelante el juez Ramos Padilla conocida como “D’Alessio” y en la que se investiga el accionar de una red de espionaje. El magistrado lo dejó en claro en un extenso escrito que leyeron muchos menos que los que lo criticaron como si lo hubiesen estudiado en profundidad. No hubo una sanción a la relación entre los periodistas y sus fuentes ni se indagó sobre las mismas. Decenas de colegas mantuvieron contactos más o menos cercanos con el falso abogado Marcelo D’Alessio. No se criminalizó esa mutua necesidad entre unos y otros. Breve: se acreditaron conductas concomitantes y funcionales de un periodista funcional a los planes de la banda que el falso abogado integraba.

 

Aún así el debate está servido. Y no sobra la voracidad de lanzarse sobre este banquete. Como si se tratase de un tema tabú. ¿Las fuentes usan a los periodistas? Sí. Tanto como nosotros a ellas. A veces, a favor de causas sociales compartidas. Si las fuentes se ven favorecidas por lo que vayamos a publicar o a dar a conocer, ¿significa que nos están operando? Y en este punto empezamos a escandalizarnos con pretendida ingenuidad. ¿Por qué alguien que posee información valiosa quiere compartirla? ¿Por un acto de patriotismo? ¿Remordimiento? No. Somos todos adultos, a esta altura el planteo es hasta irrespetuoso. De una manera u otra las fuentes se van a ver beneficiadas: porque la información daña a su adversario político, porque quedaron afuera de un negocio, porque buscan mandar un mensaje. Podría ocupar todos los caracteres que faltan enumerando razones. Pero no es el eje de la discusión. Si el hecho existió, si nos tomamos el trabajo de corroborarlo, de encontrar pruebas que acrediten que esa fuente no miente, ¿dejamos de publicarlo porque las razones no son nobles? No, otra vez no. A menos que todo eso sea parte de un negocio del que participemos de manera consciente. Que seamos el vehículo para ejecutar una extorsión. Pero, otra vez, esa es la excepción, nunca la regla. El problema no radica ahí.

 

Los periodistas dudamos por default. Dudo, luego escribo. El problema es cuando, ante la fuente, la duda se hace laxa y la confianza ciega. Y la vanidad tiene mucho que ver: a mayor exposición, mayor debilidad ante esas fuentes que huelen la necesidad de figurar como si se tratase de una adicción. Y entonces dejan de ser fuentes para ser dealers de adictos que no soportan la abstinencia. La espiral es rápida y peligrosa. Más tapas, más primicias, más último momento. Dame dos. Dame diez. Dame más. Y una vez que se detona el mecanismo adictivo la fuente ya no es fuente. Y lo sabe. Sabe que no se va a chequear lo que cuenta, sabe que ya bajaron los niveles de rigurosidad. Que el apremio carcome la mirada crítica. Y cuando la fuente deja de ser fuente el periodista deja de ser periodista. Y no porque sea más o menos amigo. No seamos ingenuos. 

 

Un gran amigo y mejor periodista solía hacer pedazos mi excitación ante la información de un fallo inminente que yo quería adelantar con una pregunta simple: “¿Está firmado?”. Y yo lo odiaba porque la respuesta era “no”. No estaba firmado pero me lo había contado la persona que lo tenía que firmar. Y le preguntaba: ¿por qué me va a mentir? ¿Por qué no? Podría querer probar qué efecto tiene en la opinión pública la decisión que está por tomar. Y si resulta adversa, no tomarla. Y así, yo cumplía el papel de globo de ensayo. 

 

Lo que hoy se entiende como “fama” no ayuda en nada. Al contrario. Marea. Los periodistas a los que yo admiraba y admiro no eran ni son famosos porque buscaran la fama sino como consecuencia de su prestigio, solidez o genialidad. Y devotos de la rigurosidad y no del rating. Y en su mayoría se habían formado en redacciones y no en medios electrónicos. ¿Qué cambia? Todo. La palabra escrita tiene una entidad que no admite excusas. Lo escrito, escrito está. La palabra escrita es dura, da pelea, no deja que se la malinterprete.

 

Tuve siempre el privilegio de trabajar con maestros que pasaron de la gráfica a la radio o de la radio a la tele sin enloquecer. Son los mismos que eran. No buscaron adelgazar para ajustarse a los parámetros que exige un medio audiovisual, no disimularon calvicies con tratamientos o se tiñeron para dar mejor en cámara. Eran y son periodistas sin pudor para expresar sus dudas una y otra vez hasta obtener una respuesta. Maestros y maestras que no sintieron que los define un autógrafo más o un pedido de selfie menos, que no vivieron como una conquista que el dueño de un bar los invitara con el café, que convivieron con esa “fama” que crecía con ellos, pero siempre conscientes de que podían vivir sin ella. Es más, algunos padeciéndola sin falsa humildad y con profunda angustia. Ellos y ellas difícilmente caigan en la tentación de consumir lo que sea a cualquier costo por un minuto más de aire. 

 

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Y he tenido también el extraño privilegio de ver el recorrido contrario; ese que prepara la pista para que los dealers disfrazados de fuentes olfateen la desesperación. Y el “todo por una primicia” deja de ser parte del relato heroico y romántico de una profesión que se convierte en cualquier cosa menos periodismo. Y cabe preguntarnos después de cuántas veces de convencerse de que el fin justifica los medios el periodista deja de ser víctima de un sistema perverso y pasa a ser cómplice. Partícipe necesario. Que triste y peligroso rol.

 


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