La Cátedra Coetzee, Literaturas del Sur, nos propone salir de nuestro histórico corredor con el Norte y establecer relaciones laterales entre pueblos y países que comparten visiones, posturas e historias similares, como Argentina, Australia y Sudáfrica. Poner el mapa al revés para dar vuelta la manera en que nos percibimos. Un repaso por las dos experiencias de los últimos dos seminarios, y un anticipo del próximo, con las visitas de la escritora Delia Falconer y del catedrático Ivor Indyk, en abril de 2016.



La primera vez que vi un mapamundi dado vuelta fue en la universidad de Luisiana, en la oficina de un profesor de lingüística especializado en Latinoamérica. Había ido a su despacho a darle un mensaje, pero al entrar me quedé mudo ante el mapamundi gigante con el hemisferio sur en la parte de arriba que colgaba detrás de su escritorio. Nunca había visto un mapa similar, ni tampoco (debo reconocer) lo había imaginado. Sudáfrica estaba más cerca de Argentina que España, el norte de Brasil casi tocaba África Occidental, una línea recta conectaba el sur de Australia, Ciudad del Cabo y Buenos Aires. El mundo se había dado vuelta, detalles que habían existido siempre me saltaban a la vista por primera vez y esa visión diametralmente distinta del planeta me dejó tan entusiasmado como perplejo. Casi treinta años más tarde, ese mapa al revés regresó a mi mente durante un debate que la Cátedra Coetzee-Literaturas del Sur de la UNSAM organizó en el Malba como cierre de su primer seminario en Buenos Aires.

 

Coordinado por el premio Nobel J. M. Coetzee, en el debate participaban dos escritores australianos (Nicholas Jose y Gail Jones, que acaban de impartir en la UNSAM el primer seminario de la cátedra sobre literatura de su país) y dos argentinos (Tununa Mercado y Luis Chitarrroni). Sabía que Coetzee se limitaría a hacer las preguntas y moderar las discusiones, pero de todas maneras mi razón principal para estar ahí era escucharlo a él. Mi admiración por el premio Nobel sudafricano es rayana en lo preocupante: he leído casi todos sus libros, algunos tres o cuatro veces, y las mañanas que no logro escribir mis historias traduzco algún pasaje de sus novelas para destrabarme. Pero cuando Coetzee comenzó a explicar el porqué de la cátedra Literaturas del Sur, las razones que sustentaban el proyecto hicieron virar mi foco de atención al igual que aquel mapamundi en Luisiana. La cátedra buscaba generar un diálogo sin intermediarios entre países que por razones de historia y geografía, entre otras tantas, comparten características esenciales.

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En el caso particular de Australia, Sudáfrica y Argentina, las relaciones con sus territorios interiores -llámese Outback, Karoo o Desierto- están igualmente teñidas de exotismo y temor, marcadas por la necesidad de conquista, infectadas por la negación, el exterminio o el sometimiento de sus habitantes originarios. Hecho que encuentra un paralelo casi perfecto en el rugby, deporte que nos cruza a todos con una impronta de violencia (y dominación) de las clases altas (y dominantes) quienes, paradójicamente, han sido pioneras en asumir la geografía en común al organizar -desde 1996 entre Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda con la incorporación de Argentina en 2012- torneos entre equipos del hemisferio sur a fin de jugar cuando quieran y sin tener que cambiar de estación. Y hablando de estaciones, no nos olvidemos de nuestra sincronía de equinoccios y solsticios, y de que todos, sea en una playa de Sidney, en una plaza de Ciudad del Cabo o en una terraza de Buenos Aires, recibimos el Nuevo Año en mangas cortas y pasados de calor. Y hay más puntos en común. A través de la historia, las luchas de estas tres ex colonias para forjar una identidad nacional han sido similares, así como el amor-odio que impregna las relaciones con sus metrópolis. Y quizá lo más importante, por nuestra condición de países del Sur -más allá de las mutaciones en significado y escala que el concepto Sur haya tenido en el tiempo-, hemos estado siempre mirando al Norte y nuestras comunicaciones han sido mediadas por el Norte. ¿Por qué no existen (o dejaron de existir) vuelos directos desde Argentina a África o a Australia? ¿Por qué los libros de autores australianos o sudafricanos se publican primero Inglaterra, se traducen después en España para más tarde llegar a Buenos Aires? El Norte tercia nuestras relaciones, decide lo que tenemos que hablar, y de algún modo nos indica cuándo y cómo hacerlo.

 

Reclinado contra el asiento del auditorio del Malba, mientras escuchaba el intercambio de opiniones y experiencias entre los escritores australianos y argentinos, me vinieron a la mente Ian y Arthur, amigos de Australia y Sudáfrica respectivamente, con quienes a través de los años he compartido interminables horas de charla y cerveza. Regresaron los recuerdos de Ian sobre la sheep station que visitaba de chico, tan similares a los míos de la estancia de mis abuelos en Santa Cruz, la manera en que nuestras historias duplicaban la amplitud del territorio, el aislamiento de los estancieros y hasta los tanques de agua construidos con chapas de zinc pintadas de rojo. Me acordé de la adolescencia de Arthur en Grahamstown, en el Cabo Oriental, de ese secundario al que asistía pupilo aunque vivía en la misma ciudad y lo diferente que había sido al mío en un colegio salesiano de la Patagonia.

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Con Ian y Arthur habíamos narrado nuestras geografías, nuestras familias y amigos, nuestras frustraciones y sueños y así, entre similitudes y contrastes, habíamos llegado a saber el uno del otro, a tomarnos cariño. Comprendí entonces que la Cátedra Coetzee buscaba algo muy parecido a través de la literatura, considerando que leer, según Bolaño, es “como hablar con un amigo, como exponer tus ideas, como escuchar las ideas de los otros, como escuchar música, como contemplar un paisaje, como salir a dar un paseo por la playa…”.  Leernos los unos y los otros nos lleva a conocernos, a generar afectos, a desarrollar el deseo de cooperar y eso nos hace más grandes y mejores. Salí de la charla entusiasmando y decidido a inscribirme en el siguiente seminario que se realizaría unos meses después.

 

El segundo seminario estuvo a cargo de los escritores sudafricanos Zoë Wicomb e Ivan Vladislavić y sobrevoló la literatura de ese país desde el inicio del apartheid, en 1948, a través de los años de resistencia y los posteriores a su caída en 1994. Ni siquiera hizo falta comenzar las clases para apreciar la potencialidad y la ambición del proyecto Literaturas del Sur, ya la lista de lecturas lo ponía en evidencia así como también mostraba los obstáculos a enfrentar. Junto con cuentos, poemas y reportajes, las seis novelas seleccionadas eran un viaje por las tierras rojo sangre de la aldea de Ndotsheni, los inquilinatos malolientes del Distrito Seis de Ciudad del Cabo, los cielos violetas a los que cantan los grillos de Natal y las pilas de basura y colchones podridos en los barrios bajos de Johanesburgo (que en mi mente se reflejaban en las lomas misioneras, en las villas de emergencia del gran Buenos Aires, en los cielos de mi querida Patagonia y en las parvas de basura a los costados de las autopistas urbanas). De la mano del entrañable reverendo Stephen Kumalo, en Llanto por la tierra amada; del enojo de Adonis en A Walk in the Night; de la confundida Maureen en una Sudáfrica distópica tomada a la fuerza por la mayoría negra en La gente de July; de las ambigüedades morales de David Lurie y del sacrificio aceptado por su hija Lucy, en Desgracia, las lecturas atravesaban psiquis sudafricanas que desafiaban, subvertían e incluso jugaban con los estereotipos de los blancos salvadores teñidos de condescendencia, de los perpetradores de los peores crímenes raciales, de los nacidos culpables dispuestos a cualquier sacrificio para redimir pecados del pasado, y también por las de los negros resignados, de los combativos y de los que se permiten mirar al futuro como una utopía. La lista de lecturas proponía un recorrido descarnado por las luces y sombras más significativas de Sudáfrica, a través de su geografía contrastante, en compañía de ese complejo crisol forjado a través de los siglos por colonos holandeses e ingleses, esclavos de Oriente y pueblos originarios de África. Pero esa misma lista que pretendía mostrarnos en dos semanas una complejidad sudafricana que un viajero avezado necesitaría meses o años para desentrañar, también hizo patente hasta qué punto la mediación del Norte limita el rango de nuestras relaciones.

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Únicamente tres de las seis novelas seleccionadas han sido traducidas al castellano (ibérico), y sólo una de ellas (Desgracia, de J. M. Coetzee) estaba disponible en las librerías de Buenos Aires.  Ninguna de las otras, ni tampoco los cuentos, poemas o reportajes que completaban la lista, puede ser leída por alguien que no entienda inglés. A la luz de esta restricción, el seminario analizó pasajes de cada novela, que estuvieron disponibles en inglés y también en castellano, sea en las traducciones ya publicadas o en las que realizó especialmente la cátedra. La propuesta permitió llevar adelante las clases, pero sólo quienes podíamos leer en idioma original y tuvimos acceso a los libros enteros (yo ya tenía una copia de Desgracia y las demás novelas las bajé a un kindle) fuimos capaces de apreciar la amplitud real del seminario. Qué se publica y qué se traduce seguirá siendo decidido por países del Norte a menos que hagamos algo, y en eso la cátedra también está marcando un camino. En el último año la UNSAM ha traducido y publicado Rostro Original, de Nicholas Jose, y Cinco Campanas, Gail Jones (ambos autores australianos a cargo del primer seminario) y Miradas, un grupo de cuentos de Zoë Wicomb e Ivan Vladislavić (sudafricanos a cargo del segundo). Un inicio tenue, que debería propagarse.

 

Más allá del difícil acceso a los textos, una vez iniciadas las clases quedó expuesta la siguiente barrera. En el discurso de apertura del segundo seminario, Coetzee leyó un párrafo en castellano en el que pedía disculpas por no hablar español. Si bien cada vez son más las excepciones-como el impecable castellano de Stuart, el poeta australiano que terminó sentado a mi lado en el seminario, o el de mis amigos Ian y Arthur-, el desconocimiento del español en los países angloparlantes, más aún en los periféricos del ex imperio británico, es una realidad reconocida por todos. Y después del idioma vienen las diferencias de cultura y de historias nacionales que condicionan la comunicación de una manera más sutil y por lo tanto más compleja. En una coreografía que se aprende a prueba y error, con mis amigos Ian y Arthur fuimos descubriendo de a poco las cosas que podíamos dar por sobreentendidas y las que no,  la cantidad de contexto que había que agregar a cualquier comentario para volverlo relevante. Es un camino arduo pero esperanzador porque con el tiempo y el mayor conocimiento mutuo esas barreras comienzan a desaparecer y la conversación se vuelve exponencialmente más interesante. La literatura, con su inconmensurable poder para contar, emocionar y expandir, es la herramienta ideal para profundizar la cercanía y el conocimiento entre culturas.

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Al fomentar el diálogo Sur-Sur, la Cátedra Coetzee nos propone salirnos de nuestro histórico corredor con el Norte y establecer relaciones laterales entre pueblos y países que comparten visiones, posturas e historias similares. Nos invita también a abandonar el juego de intermediación dirigido por ese Norte y mirarnos de frente, hablar sin intermediarios, venciendo los obstáculos que nos lo dificultan. En otras palabras, poner el mapa al revés para dar vuelta la manera en que nos percibimos y nos relacionamos. Con las visitas de la escritora Delia Falconer y del catedrático Ivor Indyk, ambos de Australia, en abril de 2016 se realizará el tercer seminario de la UNSAM, acompañado por la publicación en castellano de un libro de cada uno de ellos. Una nueva oportunidad para seguir construyendo puentes que traspasen las limitaciones de espacio y de tiempo, que atraviesen los muros de ayer y de hoy. Puentes montados sobre el andamiaje de la literatura, quizá uno de los vehículos más fuertes de amor y solidaridad que la humanidad conoce.


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