La serie de Luis Miguel es el último fenómeno de Netflix. Tanto que revivió al artista: sus shows son más caros, hay fiestas y eventos temáticos y sus canciones multiplicaron las reproducciones en Spotify. El gran tema de la novela es la desaparición de Marcela, su madre, y el padecimiento de una familia sometida a la violencia de un varón machista que explota sin límites a su hijo. Malvina Silba y Carolina Spataro analizan esta relectura de la vida de Luismi que se da en tiempos de feminismo expandido: la lupa violeta que visibiliza las violencias.



La historia del padecimiento de una familia sometida a la violencia de un varón machista que explota sin límites a su hijo mayor y desdibuja la vida del resto. La historia de unos hijos que de un día para otro caen en la cuenta de que su madre ha desaparecido y no hay forma de saber de ella, dónde buscarla, qué pistas seguir o a quién recurrir en busca de ayuda genuina y efectiva.

 

Esta historia que cuenta Luis Miguel: la serie, ¿fue contada siempre así?

 

Quienes seguimos la vida de Luis Miguel desde el comienzo de su carrera, leímos en las revistas que Marcela Basteri, sonriente en las fotos, era una mujer misteriosa que lo había abandonado sin dejar rastros. Se decía de todo: que no quería a sus hijos, que prefirió una vida sin ataduras, que se fue otro hombre, que era una loca, etc.

 

Luis Rey desoye a su mujer, la maltrata e incluso la deja de lado en decisiones importantes de la vida de su hijo. Marcela no siempre se queda callada, a veces le responde, lo cuestiona. En la serie de Netflix aparecen escenas de lo que hoy claramente interpretaríamos como violencia machista.

 

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Marcela desaparece en 1986 y nunca más se sabe de ella. El entramado familiar violento en el que se inscribe esa desaparición y que se muestra en la serie es la versión autorizada por el artista y se basa en la investigación periodística de Javier León Herrera en el libro Luis mi rey del año 1997. En una edición revisada y ampliada de aquel libro, y editada por Aguilar este año, el periodista español afirma: “La historia de Luis Miguel es la historia de un hombre marcado por su pasado, un drama humano en la trastienda de una leyenda que conforme avanza el paso de los años, siente la desmotivación propia de la inestabilidad emocional que le persigue. Un hombre solo, un ídolo que no confía en nadie y que avanza hacia adelante, forjando y alimentando su leyenda, con un final que nadie sería capaz de aventurar”.

 

León Herrera asegura que Marcela murió por causas no naturales, y desliza que Luis Rey tuvo responsabilidad en ese hecho. Diversos medios argentinos han querido instalar la idea de que Marcela estaba en Argentina, viviendo como una indigente por las calles de San Telmo. Los programas de espectáculo dedicaron horas al tema y el de Luis Ventura, Secretos verdaderos, publicó una supuesta denuncia presentada en estos días en la Argentina por primas de Luis Miguel a raíz de la desaparición de Marcela. El hermetismo de su hijo más famoso lo preserva de la exposición a semejante violación a su intimidad, al tiempo que habilita a que las “versiones oficiales” sean tantas que esa incertidumbre solo logra alimentar el morbo y las especulaciones. Cuando Luis Miguel asiste al programa de Verónica Castro, escena que aparece en la serie, y recibe al aire la llamada de su hermano Alejandro, obligado por el padre a estudiar en Miami, el artista agradece a su familia y afirma “Mis padres están en Europa… mi padre en España y mi madre en Italia…”, y esa afirmación, sincera o no, se vuelve esperanza y contradicción al mismo tiempo, por no saber si en efecto para ese entonces (1988) él sabía dónde estaba su madre, o si todo era, como gran parte de su vida, una escena más para el show.

 

¿Dónde está Marcela? La sospecha de su muerte existe hace tiempo. La diferencia es que hoy ese dato, que antes era planteado como un misterio, puede leerse en clave de la desaparición de una mujer en un contexto de violencia machista. Independientemente de las hipótesis del caso, hoy podemos hacer esa lectura porque vivimos en un tiempo de feminismo expandido: las lentes violetas llegaron más allá de los espacios de militancia habituales y se colaron en los programas de chimentos, las telenovelas, los programas de radio, los noticieros, la música popular, los relatos de las mujeres famosas, las mesas de café, las sobremesas familiares, las escuelas, las universidades, los sindicatos, y sigue la lista. Netflix y las biografías de los ídolos populares no han sido la excepción.

 

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Si esta serie se hubiera escrito hace diez años el foco hubiera sido otro. En este caso, la decisión fue visibilizar la violencia familiar colaborando con su desnaturalización. Las industrias culturales pueden multiplicar las lentes violetas para leer de otro modo la historia y así poder cambiarla.

 

El último capítulo de la serie se llama “No me puedes dejar así”, en clara alusión al hermoso tema homónimo de 1983. Quienes seguimos la historia con devoción decimos lo mismo. Queremos que nos cuenten más.

 

Queremos tanto a Luismi

 

 

¿Cómo se construye un ídolo popular? Y, sobre todo, a qué costos. Dejar la escuela, no tener una vida compartida con amigos, exigencias laborales desmedidas, negociar  con dueños de discográficas y diferentes personalidades de la farándula y la política del México. Esconder la nacionalidad. El crecimiento exponencial de ventas así como la presencia cada vez mayor de público en los shows fue vertiginoso. En pocos años Luis Miguel se convirtió en una fuente de riqueza incalculable. Y su padre lo sabía.

 

No todo lo que muestra la serie se reduce a la lógica comercial. Hay algunas experiencias emotivas, escasas pero significativas, en la transmisión del oficio que Luisito Rey encara con Luis Miguel. Dos escenas son destacables en el contexto de una trama que cuenta con pocos momentos amorosos en la vida familiar cotidiana: uno, cuando el padre le enseña a escuchar música en un grabador; el otro, cuando ya de adolescente Luis Miguel sufre cambios hormonales propios de la edad que le alteran la voz y cree que ya no va a poder cantar (porque su distinción de niño era cantar en un registro agudo) y su padre practica con él para ayudarle a encontrar su nuevo tono de voz[1]. El odio y el desprecio que Luis Miguel va sintiendo hacia su padre se complementan con testimonios públicos del cantante en relación al aprendizaje de la profesión y al vínculo tenso pero necesario con los medios de comunicación, acercamiento que el inició de la mano de Luisito Rey: “Mi padre me enseñó de pequeño: tienes que aprender a respetar al público, porque el público es el más importante. Y eso es lo que he hecho, le he dedicado mi vida a mi carrera”.

 

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Ya separados, y sin la fuente de riqueza que significaba su hijo, Luis Rey monta una empresa discográfica en una imponente oficina en España e intenta crear otro éxito: escucha grabaciones, realiza reuniones con posibles cantantes, diseña portadas, etc. A pesar de insistir una y otra vez, no lo logra. Si bien su habilidad para colocar a su hijo en el mercado mexicano primero y latinoamericano es evidente, no puede crear otra vez nada parecido al Sol de México. ¿Ese fracaso se debe sólo a que no encontró otra vez una voz tan privilegiada como la de su hijo, acompañado de un carisma único? Es probable, pero no sólo eso. Las lógicas comerciales, la difusión por los medios de comunicación, los contactos y la propaganda, es decir, el mercado, instala, en algunos casos, a ciertas figuras, pero no existe una fórmula mecánica. A veces no funciona. Ese todo que compone a un ídolo popular es más que la suma de las partes antes descriptas. El carisma, el azar, la interpelación específica en un momento histórico que un artista hace a sujetos que luego devienen como sus públicos fieles, no son posibles de descifrar ni programar en la oficina de una productora de música, de un canal de televisión ni de una investigación académica o periodística. Si fuera tan sencillo como lo creen quienes denostan a los públicos afirmando que éstos aceptan sin condiciones las lógicas del mercado, sería muy fácil producir Luis Migueles a cada paso.

 

¿Cómo fue posible que Luis Miguel perdure décadas en el mercado discográfico? ¿Cómo logró interpelar a públicos de diferentes generaciones y posiciones de clase? ¿Qué es lo que le sucedió a quienes se enamoraron de este artista? ¿Cómo se vinculaban con él? ¿Qué fibras subjetivas logró tocar? Todas estas cuestiones casi no aparecen en la serie, salvo en un capítulo en particular, en donde podemos acercarnos de alguna manera a la vida cotidiana de una fan mexicana en los años 90. Sin embargo, en estas semanas pudimos ver en las redes sociales mensajes que reivindicaban a la serie por su calidad, pero también, y muy especialmente, relatos de personas que vivieron una especie de vuelta al pasado con las canciones que aparecen en la serie: “este disco lo escuchábamos todos en casa cuando era chico”, “me recuerda a mi primera novia”, “siempre lo escuchábamos con mi mamá”, “ese disco salió el año que nació mi hija”, “reviví toda mi infancia”, “entré a mi casamiento con esa canción”, “volví a mi adolescencia”, etc. Estas y otras frases muestran el poder de la música para marcar los tiempos y acompañar ciclos vitales: recordamos la música por el momento de nuestra vida que acompañó, por el núcleo de personas que teníamos cerca cuando la escuchábamos, por los procesos personales que permitió procesar, por las sensaciones físicas que nos generan unos acordes y un timbre de voz en particular, por las letras que cantábamos hace tiempo y que aunque hiciera años que no las recordábamos llegan con la fuerza de lo familiar.  

 

 

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El viernes pasado, la edición semanal de la Fiesta Plop! tuvo una convocatoria específica: Luis Miguel. Si bien la mayoría de quienes asistieron eran parte del público habitual de esas fiestas, que está acostumbrado a eventos que se producen en torno a temas que generan un importante flujo de interacciones en las redes (también lo hicieron con Sandro en el momento en el que la serie estaba en el aire, así como con “13 reasons why” y otras), algunas personas se acercaron por la convocatoria específica de esta semana. Un grupo de mujeres de entre 35 y 40 años que comparten oficina contaba que habían armado un chat específico de la serie titulado “Micky” en el que comentaban semanalmente la serie. “Tuve que verla porque sino me sacaban del chat”, dijo entre risas una de ellas. No todas seguían la carrera de Luis Miguel ni eran fans, pero sí se vieron convocadas por una serie que las conmovió profundamente.

 

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Dentro de la fiesta, las canciones de Micky que aparecían mechadas con las de pop actual, iban calentando motores para lo que sería el show central: una banda tributo a Luis Miguel que cantó durante una hora y media sus éxitos bailables más conocidos. La noche tuvo un momento de éxtasis específico cuando sonó “La incondicional”: algunas personas se abrazaron, otras se agarraron de la mano, unas parejas se besaban y una joven con vincha verde que decía “Luismi” y un corazón rojo de cartulina en la mano cantaba en primera fila a los gritos cada una de las estrofas del himno de Micky. En ese momento todo fue emoción y canto colectivo Esta canción, compuesta por Juan Carlos Calderón e interpretada por Luis Miguel, lanzada en México en 1989 y cantada por miles de personas de diferentes generaciones en el mundo, fue coreada con emoción por un público sub 25 producto de una nueva vuelta a partir del éxito de “Luis Miguel: la serie”. Las vidas de una canción como ésta son muchas y sus contextos de escucha no son siempre previsibles.

 

Las redes multiplicaron exponencialmente el fenómeno Micky y habilitaron demandas específicas. El último capítulo se transmitió en vivo en diferentes espacios: Centro Cultural Matienzo y en Margen del Mundo- Multiespacio audiovisual. También se están organizando fiestas y encuentros temáticos para los próximos días.

Y, probablemente, si Luis Miguel viniera pronto a la Argentina vendería muchas más entradas que las que hubiera vendido hace tan sólo seis meses.

 

¿Todo esto se lo debemos a Netflix? En parte sí. La serie le habilitó una nueva vida artística a Luis Miguel. Pero a no confundir: los fenómenos de masas no se producen de un día para el otro ni se despiertan sólo por el estimulo de una buena serie. Es necesario que exista un vínculo previo, una memoria afectiva, una experiencia que funcione de plataforma, algo nos coloque en una especie de estado de latencia. Luis Miguel había dejado una huella hace tiempo en quienes lo seguimos desde el comienzo de su carrera y también en las personas que aprendieron a quererlo en contextos de escucha específicos y de la mano de sus entornos afectivos más cercanos. Ahí debe buscarse la respuesta a lo que está sucediendo en estas semanas.

 

Soy como quiero ser

 

¿Cuánto de lo que se cuenta en los 13 capítulos nos ayuda a comprender, justificar y redimir al artista mexicano más exitoso de todos los tiempos? ¿Cuánta identificación podemos sentir con su dolor por la desaparición de su madre y el aprovechamiento de su padre? ¿Alcanza ese calvario que se cuenta para dimensionar los costos emocionales de una vida dual, plagada de éxitos, dinero, fama, poder, mujeres, desamor, estafas y tormentos psicológicos?

 

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Tal como señala Gabriela Wiener en una nota publicada en Anfibia, “La decisión de Luis Miguel de autorizar su biografía audiovisual ha revolucionado la manera en que una celebridad se cuenta. Es Netflix interviniendo en el fenómeno fan: el ídolo se salta los intermediarios y vuelve a tener el control de su vida privada, de sus secretos, pero ahora utiliza la plataforma digital para ir soltando en tiempo real, por capítulos, las verdades que hace años persiguen los periodistas de espectáculos”. Durante largos años de su carrera las preguntas sobre su vida personal, desde la relación con su primera hija, su vínculo con las mujeres y el paradero de su madre, se colaron en cualquiera de los intercambios que tenía con los medios de comunicación.Su incomodidad era evidente y las respuestas solían ser breves y poco amigables.La posibilidad controlar el tiempo y el modo en el que esa información tan sensible iba a aparecer en la serie lepermitió cambiar el eje: ahora es él el que quiere contar sobre su vida y decide cómo hacerlo.

 

La serie relanzó la carrera del artista después de años en que las únicas noticias que circulaban por las redes sociales y la prensa lo vinculaban a adicciones, excesos y demandas millonarias por incumplimientos de sus obligaciones contractuales. Una de esas situaciones se hizo viral en 2015, a partir del discurso en pleno recital de uno de los organizadores de un show en México, quien le dice al público sin medias tintas: “El artista Luis Miguel se metió a su cuarto, pidió botellas de alcohol y se está emborrachando… No ha tenido ni la decencia de cancelar”[2].

La ambientación, el vestuario y el parecido, no sólo físico sino también vocal de las tres versiones del cantante (de niño, el adolescente y el de la primera adultez, Izan Llunas, Luis de la Rosa y Diego Bonetta que graban cada una de las canciones emitidas durante la serie, le otorgan a la historia no solo una alta credibilidad, sino que muestran el cuidado y la calidad de la producción en sus diferentes dimensiones. Luis Miguel de niño es el nieto de Dyango, otro importante ídolo popular de la música popular hispanohablante, guiño que la producción le hace a su público. Por su parte, el minucioso trabajo de Diego Boneta, el esfuerzo por construir un personaje veraz y auténtico a la vez -incluyendo la marca personalísima de los dientes levemente separados del artista- genera que hoy se identifique a Luismi con su rostro y su espléndida sonrisa. “Ahora hay que armar el club de fans de Boneta!”, podía leerse en estos días en las redes. Probablemente el logro de ese parecido físico y gestual vino a dar respuesta a algo que sus fans extrañamos durante largo tiempo, dado la escasa aparición mediática de Luis Miguel, el original, en los últimos años.

 

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¿Culpable o no?

 

La trama no tiene nada que envidiarle a los clásicos melodramas mexicanos, organizados en torno a los conflictos familiares y donde los buenos y malos son fácilmente identificables. Se construye en dos tiempos históricos que se van intercalando con mucho cuidado en cada uno de los capítulos: uno que comienza en la primera infancia del artista, momento en el que el padre advierte el diamante en bruto que tiene en su casa, y otra que trascurre cuando Luis Miguel ya es un artista consagrado y está a punto de cumplir la mayoría de edad, lo que lo habilitaría a la independencia económica, artística y personal.

 

Su padre se metía en todo.

 

Desde su iniciación sexual, cuando dejó a Luismi con una trabajadora sexual en una habitación; hasta cuando obliga a su hijo a abandonar a su novia. Lo que fue uno de los momentos más dolorosos de su juventud y que motivó la interpretación desgarradora que aparece en la serie de “Culpable o no”. A sus fans esa canción se nos ha hecho carne y dolor compartido, porque, digámoslo, somos una generación que se ha criado sabiendo con certeza que el amor duele, que la infidelidad es difícil de perdonar y que una buena canción dramática nos puede ayudar a procesar un sufrimiento que sabemos propio pero que es más fácil de tramitar colectivamente en compañía de una canción de Luis Miguel.

 

[1] Según ciertos medios de comunicación, ese dato forma parte de las licencias creativas que la producción y los guionistas se tomaron, ya que el cantante parece haber afirmado que nunca tuvo problemas con la voz. Este y otros detalles, en base a estas mismas fuentes, estarían poniendo en duda la autorización del artista para la segunda temporada. https://www.lmneuquen.com/enojado-luis-miguel-podria-cancelar-su-serie-netflix-n598364

[2] https://www.youtube.com/watch?v=j9CCdFxVQWE


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