El aislamiento social chino ante el Coronavirus generó un parate en la demanda de hidrocarburos y aceleró una crisis: el mundo necesita cada vez menos petróleo y encima se desató una guerra de precios entre rusos y sauditas. Pensar en el fin de Vaca Muerta es una buena noticia para el ambiente y la salud pública. Pero desafía al gobierno argentino a activar nuevos modelos de desarrollo al tiempo que puede ser un desastre para la economía: gran parte de la plata de la deuda con el FMI fue destinada a la burbuja de esta producción. Por eso Marina Aizen dice que el petróleo es como una ideología que te hace sentir cerca del desarrollo, a pesar de todo.



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Para el mercado de gas y petróleo, donde el Coronavirus causó verdaderos estragos, no habrá vacuna. Todo empezó cuando China, el motor de la economía mundial, dejó de consumir energía cuando entró en cuarentena. La parálisis se extendió con la epidemia expandiéndose de Este a Oeste como las fichas de un dominó en picada. Se recrudeció, sin embargo, cuando el intrigante príncipe saudita Mohammed Bin Salman, conocido como MBS, desafió al presidente ruso Vladimir Putin en una puja por los números de producción, que hizo caer el precio del barril de crudo un 20% en apenas un rato. Esta situación dejó a los frackers (productores de shale) de los Estados Unidos, a los que nuestras petroleras tanto querían emular, contra las cuerdas del K.O. Y de la noche a la mañana, la Argentina también se encontró ante una encrucijada: ¿qué modelo de desarrollo adoptar en un mundo tan inestable, con una atmósfera que se calienta peligrosamente?

 

Según la consultora Wood Mackensie, no había habido un shock tan grande en el mercado internacional de crudo desde la crisis hipotecaria de 2008, que mandó a Estados Unidos, Europa y América latina a una cruel recesión. 

 

El patógeno venido de la China tiene al mundo entero viviendo una realidad distópica, enfermo, paralizado y sin movimiento. Encima, sobra el petróleo en el mundo. Y sobra el gas. En realidad, sobraban ambos antes de la crisis del coronavirus, y ahora, sobran todavía más. “Los inventarios mundiales de petróleo se ampliarán en casi 1.400 millones de barriles entre marzo de 2020 y agosto de 2021”, escribió el banco Standard Chartered. Eso es el equivalente a 88.000 piletas olímpicas llena de petróleo, todas alineadas en fila, cubriendo la distancia que va de Nueva York a San Francisco.

 

Rusia y la OPEC, el cartel de países de productores de petróleo, habían tenido una alianza desde hace cinco años para regular los precios del mercado mundial, pero se hizo trizas justo en medio de la paralización que produjo el maldito virus. Arabia Saudita trató de convencer a Rusia de recortar la producción para retraer los precios. Pero Putin se negó atenderle el teléfono al Rey Salman, y entonces MBS, que es su hijo favorito y dueño de un temible poder en Ryad, se enojó. Despechado, el príncipe, que se porta como el personaje de la serie turca El Sultán, ordenó subir la producción en dos millones la cantidad de barriles diarios, en vez de bajarla. 

 

Hoy, tenemos una oferta en expansión justo cuando la demanda se contrae.

 

Pero los saudíes tienen espaldas para hacerlo porque pinchan el suelo y producen petróleo. Les cuesta 3 dólares el barril. En cambio, al resto del mundo le sale mucho más caro. Sobre todo, a los productores de los Estados Unidos, que hace una década vienen extrayendo gas y crudo de la llamada “roca madre” (shale), con una técnica muy violenta llamada fractura hidráulica o fracking. Los costos de Vaca Muerta son mayores que los de Estados Unidos. Acá se necesitan precios internacionales por encima de los 50 dólares: por lo menos. Por algo, las empresas le tiran del saco al Estado, pidiendo subsidios o precios diferenciales.

 

Los Estados Unidos se convirtieron en el primer productor mundial de petróleo, con 13 millones de barriles diarios, gracias al fracking, que inventaron productores independientes desligados de las grandes petroleras. Donald Trump destila orgullo patriótico con ésto. Con Vaca Muerta, que también requiere del fracking como método extractivo, a nuestros políticos les pasa lo mismo que a Trump, sin distinción de grieta. 

 

Pero hay un tema central que vuelve toda esta emotividad en superflua: hacer fractura hidráulica es muy caro (ni que hablar del costo ambiental, en el agua, la salud de las personas y en los derechos humanos). Los pozos son super productivos al principio, vomitan, pero al cabo de un año declinan rápidamente en un 70 por ciento o más. En cambio, con el petróleo convencional, la curva productiva cae sólo 10 por ciento el primer año. Por lo tanto, en los pozos no convencionales hay que volver a invertir. Mucho. 

 

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Además, ocurre otro fenómeno paradójico, que tiene que ver con una simple ley de mercado: a mayor abundancia de producto es menor su precio. Y para mantener la productividad del fracking, hay que invertir más de lo que se gana vendiendo el gas y el petróleo. Eso se llama flujo de caja negativo.

“El negocio del fracking nunca ha sido redituable en ningún lugar del mundo, incluyendo a los Estados Unidos. Ha habido un flujo de caja negativo ya por una década. Esto es cierto tanto para el petróleo como para el gas no convencional. Cuesta más hacer fracking de petróleo y gas que lo que se recupera al venderlo. No es un buen modelo de negocios gastar más de lo que vas a ganar”, dice Kathy Hipple, analista del Institute for Energy Economics and Financial Analisys (IEEFA).

 

Los frackers empezaron su revolución muy poco después de 2008, con las tasas de interés por el piso, gracias a la crisis hipotecaria. Tomaban deuda a lo loco y Wall Street estaba muy dispuesto a prestarles dinero. Después de todo, el petróleo es como una ideología: te hace sentir cerca del desarrollo, a pesar de que su combustión esté causando un cambio en el clima que está hundiendo al planeta en algo todavía más incierto de lo que nos está haciendo padecer el coronavirus. 

 

Ahora, los frackers tienen los vencimientos soplándoles en la nuca. Tienen alrededor de 86.000 millones de dólares de deuda madurando entre 2020 y 2024, según la calificadora de riesgo Moody’s. Miren la suerte de estos frackers: son nuestro espejo.

 

Aquí no tuvimos a Wall Street financiando la “revolución de Vaca Muerta”. En cambio, tuvimos al Estado argentino, que es peor porque es nuestra plata, no la de fondos especulativos. Mientras los gobiernos, los petroleros y sus lobistas en los medios vendían al yacimiento como “una fábrica de dólares”, como escribió el otro día el diario La Nación, quienes realmente ponían los billetes verdes éramos nosotros. 

 

Según datos del Instituto Mosconi, desde 2013 el Tesoro ha gastado USD 9.895 millones en subsidios. De la última partida del préstamo del FMI, 253 millones fueron a parar a las arcas de las empresas de gas que están bajo el régimen de subsidios de la bendita resolución 46/17 del ex ministro Juan José Aranguren. Fue el último regalo que les hizo Mauricio Macri antes de irse de la Casa Rosada.

 

“Arabia Saudita está intentando ganar market share (porción de mercado) porque puede producir a bajo costo, en particular entrando en China que con la crisis necesita ésto. La industria del shale va a perder muchísimo dinero”, advierte Jorge Viñuales, un profesor argentino radicado en la universidad de Cambridge. Hace unos años, Viñuales, oriundo de Olavarría, sacudió al mundo entero con una investigación que alertaba que una gran parte de la industria fósil se convertiría en un activo varado. Los activos varados son las grandes inversiones en infraestructura que de la noche a la mañana no valen nada. Cero. Pero ésto no será así para todo el mundo: zafarán los que puedan producir hidrocarburos baratos, como los saudíes. 

 

En su paper, Viñuales vaticinaba que una mezcla letal de sobreproducción y de mayor penetración de renovables iba a producir una burbuja en el mercado de combustibles global. ¿La estamos viendo explotar?

 

¿Quién va a querer darle plata a alguien que está en la quiebra? Los valores del gas son tan bajos, que muchas empresas, incluyendo a los grandes jugadores del mercado, ya han debido admitir que ciertas inversiones no se recuperarán jamás. A finales del 2019, Chevron tuvo que reconocer un pasivo de 11 mil millones de dólares en el Golfo de México. Por este tipo de cosas, es que todas las petroleras y las compañías que les prestan servicio, valen mucho menos. No sólo YPF, como llora la prensa vernácula. Los frackers, también. Chevron y Exxon perdieron 200 mil millones de dólares de valor bursátil sólo este año, según el diario Wall Street Journal.

 

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Todo esto tiene que ponernos a pensar. Kathy Hipple, que desde hace dos años mira con su ojo de águila a Vaca Muerta, sostiene que la Argentina debe reconsiderar la estrategia de desarrollo de querer ser un exportador neto de gas natural, como vienen soñando ya varias administraciones bajo premisas puramente ideológicas y desfasadas del mundo de hoy. 

 

“El riesgo de activos varados es muy real en cualquier desarrollo nuevo todo el mundo. El riesgo en Vaca Muerta de convertirse en un activo varado es muy real”, señala. “La tendencia mundial es que tanto el mercado de gas como el de petróleo están maduros. El petróleo y el gas representaban el 28 por ciento del S&P500 (un índice del mercado de valores de Nueva York) en los años 80. Ahora, está por debajo del 4 por ciento. Esta es una industria madura que está en declive, que cada vez es más pequeña. Se va a volver más pequeña aún en el futuro. Y las finanzas miran al futuro. El futuro no va a ser gas y petróleo por siempre y para siempre. Si bien el petróleo y el gas no se van a ir de un día para el otro, el futuro es más renovable como una porción mayor del sector energético en todo el mundo. El petróleo y el gas enfrentan una crisis existencial”, agrega.

 

Jorge Lapeña, que dirige el Instituto Mosconi, también dice que el nuevo escenario que parió el virus debería hacernos repensar Vaca Muerta. “Era  inexorable analizar a fondo la viabilidad del proyecto porque ya dio muestras claras de su insostenibilidad. Lo que hizo el coronavirus es acelerar los tiempos en una forma extraordinaria. Porque la caída de la actividad y el derrumbe de los precios del crudo demostraron de la noche a la mañana que la industria no puede soportar semejante escenario”.

 

Conociendo el paño de cómo son nuestros empresarios, Leandro Stanley, investigador del CEDES, añade un temor adicional: que una vez que haya un varamiento real de activos, le estén “reclamando al Estado para que se haga cargo de sus pérdidas”. Attenti que el lobby nunca cesa.

 


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