Que la ultraderecha no haya arrasado en las elecciones europeas no es una buena noticia. Porque, igual, creció casi un 100% en los últimos 5 años y su discurso de odio se convirtió en la cuarta fuerza del parlamento europeo. “La ultraderecha no es un cisne negro, impredecible. Lo que puede convertirse en un verdadero riesgo es subestimarla”, escribe Franco Delle Donne.



La primera gran conclusión que se desprende del resultado de las elecciones europeas 2019 es la crisis de los partidos mayoritarios que sufren en casi todos los países de la Unión. Tanto las formaciones de centroderecha como las de centroizquierda han perdido caudal electoral, y por ende banca. Esto significa algo impensado hace apenas unos años: juntos ya no consiguen superar el 50% de la eurocámara.

 

No obstante, el debate del impacto de estas elecciones se ha posicionado en otro eje: las fuerzas ultraderechistas no han conseguido un resultado que les permita avanzar con la destrucción del proyecto europeo. El alivio es grande ya que, en función de las expectativas, un 23% de las bancas en manos de los radicales de derecha no es para preocuparse. El interrogante, sin embargo, es si ese análisis es acertado o se trata de una racionalización de un deseo mucho más profundo: el deseo de ver una Europa tolerante, plural y democrática dándole la espalda a la Europa del odio, del miedo y del egoísmo. Tal vez el riesgo no sea la ultraderecha en sí y su crecimiento sostenido a lo largo de los años. Tal vez el verdadero riesgo para el proyecto europeo consiste en la subestimación del fenómeno.

 

El sesgo de confirmación

Las fotos de Matteo Salvini frente a la multitud de italianos reunidos en la plaza de Milano impresiona. Lo flanquean los líderes de una decena de formaciones ultraderechistas de varios rincones de Europa. Alemanes, austríacos, belgas, finlandeses, franceses, holandeses y varios más han respondido a la invitación del ministro del Interior italiano y han acudido a cerrar la campaña con un mensaje para todo Europa: “Basta de Europa“. La imagen es brutal ya que, para muchos, revive el pasaje más negro de la historia del continente. Al menos la del Siglo XX. La pesadilla se vuelve realidad y, una vez más, somos testígos del poder de una imagen. Los medios la reproducen y de pronto pasamos a estar amenazados como nunca antes. La ultraderecha vuelve al poder en todo su esplendor. Tenemos miedo.

 

El plan de Salvini ha funcionado. Él sólo necesitaba reforzar su centralidad. Refrendar su condición de líder de un modelo alternativo al actual. Posicionarse como continental. Mensajes que tiene como destinatario principal a sus electores, los italianos. Esos son los que importan. Al menos para él.

 

Sin embargo, la imagen cobra mayor dimensión. Su propagación a través de los medios genera expectativas electorales desmedidas. La fuerza de Salvini y sus aliados recibirán un apoyo mayúsculo. Posiblemente, lograrán el 33% de los diputados, el número mágico, aquel que precisan para bloquear la Eurocámara.

 

Cualquier analista con un mínimo conocimiento de las proyecciones serias sobre la distribución de bancas sabía que estas expectativas eran exageradas. Y, por consiguiente, cualquier análisis derivado de ellas es falso. Se trata de un sesgo que en la psicología cognitiva se conoce como sesgo de confirmación. Ocurre cuando la mente se enfoca sólo en aquella información que confirma lo que se pensaba previamente. En este caso, la información disponible, es decir las fuerzas ultraderechistas llegando a apenas el 23% de los escaños, se convierte en la materia prima para satisfacer una creencia previa, optimista, proeuropeísta: Europa le dará la espalda a los mensajeros del odio. Una lógica que genera aún más alivio tras el miedo despertado por la jugada de Salvini.

 

 

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¿Se pinchó la ultraderecha?

Actualmente los partidos que se unieron a la alianza organizada por Salvini suman 36 bancas. Luego de las elecciones del 26 de mayo pasarán a tener 73. Un crecimiento de casi el 100% que los ubica como la cuarta fuerza del Parlamento Europeo por detrás de conservadores, progresistas y liberales.

 

La Lega, la formación política del italiano, es la base de la alianza. Obtuvo una amplia victoria al superar el 34% de los votos, lo que representa una subida de 28 puntos porcentuales respecto de 2014. El segundo componente relevante de este grupo lo constituye Rassemblement National (RN), el partido de Marine Le Pen, que se impuso a la fuerza del presidente francés Emmanuel Macron con el 23% de los sufragios (-1,3).

 

Italianos y franceses juntos representan dos tercios de las bancas de esta alianza que complementan los alemanes de Alternative für Deutschland (AfD), el FPÖ de Austria, los separatistas belgas de Vlaams Belang, el debutante SPD de República Checa, el EKRE de Estonia, los ultras finlandeses del PS y los populares de Dinamarca (DF). Todos estos partidos lograron más del 10% de los votos en sus respectivos países.

 

El grupo podría verse aumentado en caso de que otros sectores decidan plegarse, como por ejemplo el partido gobernante den Hungría Fidesz/KDNP del presidente Viktor Orbán, que ganó la elección con más del 50% de los votos y aportaría 13 bancas. La relación de Orbán con el Partido Popular Europeo (EPP) se ha deteriorado enormemente y su salida es muy probable. Salvini y el líder húngaro comparten posiciones respecto al tema migratorio y ya se han mostrado juntos en público.

 

Sin embargo, los salvinistas no son los únicos defensores de las ideas ultraderechistas que tendrán un lugar en el próximo parlamento. Existen otras fuerzas que con diferentes matices poseen visiones similares con respecto al nacionalismo, el euroescepticismo, el combate de la inmigración y del Islam, los valores ultraconservadores en relación a la familia, el rol de la mujer y la homosexualidad. Movimientos que refuerzan el discurso de la antipolítica, la denostación de los partidos tradicionales, las críticas a otras instituciones como la Justicia, o incluso el propio poder Legislativo, el desprecio por el rol de la prensa y, en algunos casos, hasta su persecución y silenciamiento.

 

Este compendio de valores y posiciones es transmitido mediante un discurso reduccionista que no hace más que desarrollar narrativas coherentes y, posiblemente, creíbles, pero que a la vez son fruto de la manipulación deliberada de datos y del uso de prejuicios y miedos latentes en ciertos sectores de la sociedad. Formaciones como el Brexit Party, Vox, FvD, Fratelli d´Italia o los demócratas suecos (SD) son algunos ejemplos.

 

Este discurso del odio estará presente en la Eurocámara. En total reunirán unos 170 eurodiputados, es decir un 23% del recinto. Justamente el número que indicaban las proyecciones desde hacía varias semanas. En 2014 sumaban unos 124 escaños.

 

De los 28 países que componen la Unión sólo cuatro no poseen fuerzas ultraderechistas relevantes: Portugal, Irlanda, Malta y Rumania. En relación a la última elección de 2014, la extrema derecha creció en 17 de los 24 países restantes. Apenas en siete perdieron caudal electoral, entre ellos, el RN de Le Pen que cayó 1,3 puntos porcentuales pero que, como se ha mencionado, ganó la elección en su territorio.

 

Es cierto que en relación a las enormes expectativas generadas por la foto de Salvini y sus amigos europeos en Milano el 23% de los escaños no parece mucho. Está claro que no hay una revolución ultraderechista en proceso, ni que tomarán el poder destruyendo el proyecto europeo en cuestión de días.

 

Sin embargo, esas expectativas eran infundadas. El hecho de que 1 de cada 4 eurodiputados piense que la Unión Europea es un error, que perjudica a sus países y a sus habitantes, que Europa está siendo “invadida“, que la inmigración es “un asalto al sistema social“ o que la mujer debe quedarse en casa educando a los hijos y lavando la ropa, representa un verdadero retroceso en relación a consensos sociales que parecían intocables.

 

La ultraderecha no ha tomado el poder, pero ha crecido y lo viene haciendo desde hace bastante tiempo. Si tenemos en cuenta que en 1989 los ultraderechistas eran apenas un minúsculo grupo de 17 eurodiputados liderados por Jean-Marie Le Pen, los números actuales impresionan.

 

¿Dónde se oculta el verdadero riesgo?

Nassim Nicholas Taleb afirma que el peligro de un cisne negro no reside en el daño que pueda causar sino en su impacto por la falta de preparación. La ultraderecha no es un cisne negro, ni es impredecible, ni es desconocida. Sin embargo, su subestimación puede convertirse en un verdadero riesgo.

 

No se trata de poner el foco en ella, de otorgarle centralidad en el debate político, de incorporar sus temas y sus frames a la agenda. Eso sería hacerle un favor. Al contrario, la tarea consiste en entender el fenómeno, sus dimensiones, sus causas y su posible impacto sin caer en valoraciones superficiales ni efectistas. Un resultado electoral como el de las europeas no es la única medida para entender el lugar que ocupa hoy la ultraderecha en la región. Considerarlo así no es sólo un error, sino una irresponsabilidad.

 

Su fuerza no radica en su presencia en el Parlamento Europeo. Su poder de fuego real se encuentra en sus propios países. El triunfo de Salvini en las europeas, los 28 eurodiputados y la alianza internacional que ha creado no son fines en sí mismos. Son apenas las herramientas con las que el líder italiano construye su imagen. Son el escalón previo para dejar caer al gobierno actual y, tras nuevas elecciones, convertirse efectivamente en el Primo Ministro de Italia. Lo mismo busca Marine Le Pen en Francia, Baudet en Holanda y Farage en Reino Unido. Eso que ya lograron Orban y el PiS en Hungría y Polonia respectivamente.

 

Los ultraderechistas no precisan de un grupo parlamentario en Bruselas para avanzar en sus objetivos. Creerlo sería pretender que para ellos la Unión Europea es importante. Y nada está más lejos de eso. El intento por socavar la legitimidad del proyecto europeo nunca tendrá su epicentro en el Europarlamento, sino que lo llevarán a cabo desde sus respectivos ejecutivos nacionales.

 

 

 

 


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