En todos los ámbitos de la vida las personas suelen ser científicas y mágicas al mismo tiempo, sin contradicción: las mayorías que van al curandero o a terapias alternativas también van al médico y los buscadores de OVNIS defienden la física de Newton. Si la ciencia no se explica por sí misma, sino en su producción, circulación y usos sociales, ¿por qué deberíamos entonces abandonar el proyecto del estudio de las creencias? ¿O solo usar las ciencias para criticar las creencias falsas? El académico Nicolás Viotti explora los sentidos de las investigaciones en ciencias naturales y sociales, el cientificismo y las creencias: ¿Quién vive todo el tiempo en función de la ciencia?



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Que el mundo está fuera de quicio no es una novedad. Pero la incertidumbre parece crecer de modo exponencial: todo se vuelve discutible y casi cualquier cosa puede ponerse en duda. El término posverdad está de moda y uno debería preguntarse: ¿en qué momento hubo tanta verdad para creer que ahora hay una posverdad? Tal vez nunca creímos demasiado en lo verdadero, aunque siempre fuimos creyentes. Mientras, en Estados Unidos y Europa pero también en América Latina se hacen virales movimientos caricaturescos como los reivindicadores de la tierra plana o quienes aseguran que la llegada a la luna fue una puesta teatral de la NASA. Más preocupantes son el creacionismo de fundamentalistas cristianos que desconfían de la “ideología evolucionista”; los movimientos anti-vacuna cercanos al ideario de la espiritualidad Nueva Era que dudan de la eficacia de la salud pública; quienes aseveran que el calentamiento global es pura “ideología ecologista” o los negacionistas que están convencidos de que la segregación racial, de género y de clase es pura “opinión”. La duda se cierne por igual sobre las certezas de la naturaleza y la sociedad.

 

Las ciencias naturales y sociales parecen no dar abasto en sus argumentos a favor de los beneficios de la teoría de la evolución, la vacunación masiva, el alerta ecológico o las políticas de integración. Pero no es suficiente. La culpa, dicen, la tiene el irracionalismo de gente que reniega de la ciencia y de la democracia, que vive en la ignorancia y que no se amolda al pensamiento científico y a la racionalidad liberal. Parte de la culpa la tienen también las “filosofías relativistas” o una corriente de las ciencias sociales que pone en el mismo nivel a las ciencias y las pseudociencias, la república y el populismo, la razón y la emoción, la verdad y la creencia.

 

¿Deberíamos entonces abandonar el proyecto del estudio de las creencias? Si ya sabemos de antemano que son falsas, ¿por qué valdría la pena seguir apostando a entenderlas?

 

Ciencias sociales y “falsas creencias”

 

Pensamos de modo abstracto y binario. Frente al escenario de diversificación de la evidencia y pluralización de la creencia parecería haber sólo dos alternativas que se convierten en dos callejones sin salida, que se repiten como un loop y hasta pueden combinarse sin contradecirse.

 

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Una es la reafirmación de los variados irracionalismos como si fueran una respuesta contestataria a la racionalidad hegemónica. ¡No es razón, es emoción! ¡Es un sentimiento! ¡Todo depende de mi punto de vista! Las derivas de estos movimientos pueden tener un tono contracultural, como por ejemplo los anti-vacunas, o incluso ser explícitamente conservadores como quienes suponen que el calentamiento global es una invención. Tal vez parte de esta incerteza permanente tenga que ver con la flexibilidad del individualismo contemporáneo, que atraviesa experiencias de autonomización tan diversas a primera vista como la que acompaña la exclamación de una corriente del feminismo actual (¡mi cuerpo es mío!) o la de las iglesias fundamentalistas cristianas que buscan reconocimiento público a su ideología neo-conservadora (¡el Estado laico nos persigue!).

 

La segunda es el cientificismo, una reafirmación de la racionalidad instrumental como si fuese la única y la mejor posible. El cientificismo no es la ciencia, un recurso de conocimiento basado en la construcción de evidencias plausibles, rigurosidad y sobre todo un horizonte de reflexividad sobre la propia práctica. El cientificismo es la caricatura de la ciencia y, en sus peores versiones, una metafísica naturalista o social en la que la complejidad es reducida a correlaciones más o menos simples. Ejemplos de ello hay a montones. Economicismos varios que explican una guerra solo por una crisis en las tasas de interés, sociologismos ramplones que argumentan que la dominación de clase se entiende solo por el imperialismo norteamericano o, los más de moda, biologicismos toscos que explican la religión por la evolución cerebral y procesos neuronales. Aclaremos algo: esto no quiere decir que no haya factores económicos en las guerras, ni que el imperialismo norteamericano no sea un elemento crucial de la subordinación, ni que se desconozca un principio biológico en la conducta simbólica de los homínidos, simplemente que una explicación científica debería ser sinónimo de complejidad. No siempre aquellos aspectos son los únicos que explican el proceso que se quiere entender y tal vez tampoco sean los más centrales para responder esas preguntas.

 

El cientificismo proyecta moralmente al conocimiento científico (sobre todo el de las ciencias naturales pero no exclusivamente) como un estilo de vida superior a otros. Así, quienes no viven en la lógica de la racionalidad científica son anormales, incultos, primitivos o simplemente estúpidos.

 

¿Pero quién vive todo el tiempo en función de la ciencia? Hasta un biólogo molecular vive prácticamente sin usar la ciencia en su vida cotidiana: toma un ascensor sin saber como funciona el sistema de poleas, se sube a un puente sin hacer cálculos de resistencia de materiales, pero también vota, se enamora o puede creer en Dios o en la astrología sin dejar de ser un gran biólogo molecular. El cientificismo es un modo de vida, una ideología, no es la ciencia que es mucho más acotada, banal y específica.

 

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El irracionalismo contemporáneo es problemático, pero el cientificismo también lo es: minimiza la posibilidad de entender otros modos de pensar, creer y hacer a una condena abstracta. ¿La ciencia natural o social debe reducirse a criticar las “creencias falsas”? ¿ Es su función denunciar la ignorancia, la ineptitud, la manipulación o la incultura?

 

Desde hace más de un siglo las ciencias sociales brindan herramientas para reflexionar sobre los modos de construcción de la creencia, un término que no deja de ser problemático en la medida en que parecería delimitar un campo ficcional, irreal, arbitrario, cuando en la vida práctica las personas lo viven como real. Considerar parte de esa corriente como un aporte al relativismo o a la deslegitimación del saber científico es tan equivocado como suponer que la crítica al autoritarismo del socialismo real es “hacerle el juego capitalismo” o que mostrar los riesgos de la energía nuclear es abandonar el progreso tecnológico. Es difícil salir del binarismo.

 

Cuando emerge el cientificismo, que siempre está latente, pide un chivo expiatorio y suele batirse contra una parte importante de las ciencias sociales por estudiar cosas sin importancia, dicen, sin interés ni utilidad. Existen ejemplos diversos de esa obligación de utilidad restrictiva: una agenda crítica más o menos esquemática reserva a las ciencias sociales únicamente la denuncia de relaciones de dominación, la opresión y la manipulación. Si no hace eso se la acusa de posmoderna o relativista. Otra más tosca directamente siembra un manto de desconfianza sobre las ciencias sociales como un todo, como si fueran un sinónimo de ideología, pidiendo “datos duros” y “rigurosidad”. Un ejemplo de ello se dio hace algunos años cuando en un contexto de fuerte cuestionamiento público de la política científica expansiva de la última década se pedía, en medios masivos y las redes, “ciencia en serio” y se ridiculizaban importantes líneas de investigación, muchas dedicadas a procesos de construcción simbólica o vinculadas a la construcción social de las creencias. En su gran mayoría eran investigaciones hechas con datos cuidados, muy rigurosas y con criterios de utilidad que no dependen de la investigación en sí, sino de una falta abismal de imaginación en el diseño de política pública.

 

El relativismo de las creencias en las ciencias sociales es un recurso de investigación, no es un problema metafísico o filosófico. Es parte de una mirada empírica que radicaliza el punto de vista de los otros para entenderlo mejor. Al mismo tiempo tiene una función moral y política: profundizar la convivencia democrática. Es muy diferente del prejuicio habitual que confunde relativismo epistemológico con relativismo moral. El recurso de suspender nuestras certezas para entender las certezas de los otros no implica des-jerarquizar qué es deseable para el bien común. Todo lo contrario, relativiza los puntos de vista para consolidar un valor democrático. Ese es el trabajo de las ciencias sociales que analizan las creencias, los saberes, los modos de conocimiento o las construcciones sociales de las certezas como un proceso empírico. No como algo que debería ser, sino como algo que es. Y ello incluye tanto un interés por los colectivos indígenas, campesinos, del mundo popular urbano, religiosos o incluso políticos y científico-técnicos.

 

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Este proyecto está muy lejos de ser cómplice del relativismo moral o del llamado irracionalismo posmoderno. Si tuviésemos que resumir algunos de sus principios serían historizar las relaciones entre saberes y creencias, dar cuenta de las relaciones de poder entre ellas, mostrar cómo conviven y se superponen en la vida cotidiana y mostrar como la propia lógica de la creencia se encuentra incluso donde se insiste en declarar la verdad y la evidencia más científica.   

 

Historizar saberes, creencias y modos de construcción de la certeza, científica y no científica, resulta clave. Ayuda a entender mejor la génesis de las fronteras contemporáneas y no reproducir la fantasía de un progreso de la ciencia o de la república liberal como un devenir de la razón o del “genio occidental” como el desarrollo evolutivo más alto de la especie humana.

 

Analizar las formas de reproducción y regulación de algunos saberes, creencias y formas de evidencia en el mundo público es importante por su lugar en la construcción de relaciones de poder entre naciones, clases, grupos étnicos y géneros en diferentes contextos y espacios. También es clave para entender cómo algunas creencias se hacen centrales y otras periféricas o subordinadas. Por ejemplo, reivindicar y valorar la biomedicina no necesariamente supone evitar que, al mismo tiempo, su consolidación pública tenga en Argentina una alianza con el catolicismo secularizado y una persecución a otros modos de gestión del cuerpo y la persona considerados “mágicos”, propios de negros, indios e inmigrantes ignorantes, pobres y “sin cultura”. No casualmente los mismos a los que se acusa como irracionales votantes del populismo de izquierda o derecha.

 

Mostrar cómo desde la vida cotidiana, a diferencia de los mundos públicos, las creencias y saberes funcionan por yuxtaposición, proliferación y multiplicidad es otra de las tareas posibles del análisis social. Es importante mostrar la diversidad y la cohabitación de creencias, saberes y modos de conocimiento en la vida práctica: en todos los ámbitos las personas suelen ser científicas y mágicas al mismo tiempo, sin contradicción. Como han mostrado muchas investigadoras e investigadores en ciencias sociales, las mayorías que van al curandero o a terapias alternativas también van al médico cuando lo necesitan; los buscadores de OVNIS defienden la física de Newton e incluso, en un contexto de deterioro evidente del bienestar general y de ciudadanía de baja intensidad, un porcentaje de votantes pueden seguir eligiendo a Macri y pueden hacerlo defendiendo los valores democráticos, la educación y la salud pública.

 

Si estos aspectos son importantes por la construcción de un horizonte democrático y plural, es decir que tienen como valor moral la diversidad de modos de conocimiento por sobre la reducción a uno solo, un último aspecto del proyecto de las ciencias sociales que estudian la construcción de la creencia es clave: analizar a la ciencia y la racionalidad utilitaria como una creencia.

 

La ciencia no se explica por sí misma, sino en su producción, circulación y usos sociales. Por lo tanto es crucial el análisis de cómo los hechos científicos se hacen públicos, cómo además de ser un modo muy particular de producir conocimiento el trabajo científico-técnico es también parte de creencias públicas. Pero sobre todo, este análisis debería explicar que las verdades científicas no caen por su propio peso o que están destinadas por su sola realidad a imponerse socialmente. La verdad es una disputa, pero también se hace públicamente, tiene que ganar una batalla. La ciencia no triunfa por su propia racionalidad, necesita de la creencia en ella misma como la creencia en la Virgen necesita la foto, el registro y la huella empírica de la aparición. La ciencia no existe sólo en los laboratorios y en los congresos, tampoco en la fantasía del genio loco que grita Eureka! Se hace en espacios públicos, en los medios masivos, en la prensa gráfica, en las redes sociales, en la vida cotidiana. La ciencia siempre desborda sus límites y necesita procesos sociales de consolidación: tiene que convencer, tiene que ser avalada por una cultura común, por instituciones en las que se pueda confiar y por modos de mediación y de difusión pública.

 

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La verdad no está de nuestro lado

 

Cada vez es más es necesario disputar el espacio público para que los “hechos científicos” y su evidencia se impongan. Si alguna vez lo hicieron por sí solos, algo que tampoco ocurrió de modo absoluto, ahora conviven con viejas y nuevas formas de conocimiento que siguen otros criterios de validación.

 

La evidencia es un campo de lucha cada vez más agresivo en donde el dato duro permite ganar debates, imponer argumentos y, eventualmente, avalar políticas públicas. Como una magia moderna, la racionalidad utilitaria y la ciencia poseen también una zona de creencia y de necesidad de confianza social.

 

No son los buscadores de platos voladores y de misterios incomprobables quienes más exageran la rigurosidad de su método científico e hiper-performan a la cientificidad como un criterio de legitimidad. En esa zona borrosa entre ciencia y misterio puede verse con más claridad esa función social de la cientificidad, que se extiende sobre los grandes debates públicos como la salud, la economía e incluso las relaciones de género.

 

El campo de la salud y el bienestar abunda en criterios terapéuticos “científicamente probados”. Ello parece ser así desde los tónicos curativos de principio de siglo XX hasta los instructores de yoga y meditación actuales que han abandonado el tono espiritual y buscan el aval de investigaciones de las neurociencias o de estudios a doble ciego para mostrar las ventajas de la práctica. En la psicología los modelos cognitivos-conductuales “basados en la evidencia” disputan al psicoanálisis la legitimidad del tratamiento, acusando a los seguidores tercos de Freud de poco más que brujos contemporáneos. En todos los casos la evidencia empírica de la estadística o de estudios clínicos es la base de una legitimidad que tiene que negociar permanentemente resultados en un contexto sinuoso e indeterminado. Al fin y al cabo, el mundo del bienestar personal no es la mecánica de Newton, sino una zona gris con un alto grado de incertidumbre.

 

¿Qué decir entonces del mundo de la economía? Trabajos cruciales hechos en la última década han mostrado el carácter performativo, es decir constitutivo de la realidad, de los expertos económicos. Particularmente el caso de Argentina ha sido paradigmático durante la década de 1990 y fue excelentemente estudiado por sociólogas y sociólogos locales. Un personaje singular de los medios argentinos, Javier Milei, condensa toda la “cientificidad” de la economía neoliberal en disputas caricaturescas contra las ideas de John M. Keynes bajo el lema: ¡eso no es científico!

 

Hasta el debate sobre el género tiene su versión cientificista de la mano de la filósofa Roxana Kreimer, que milita el “feminismo científico” y asevera que el patriarcado no existe y que los “datos duros” de la estadística y la genética muestran que la brecha salarial, el techo de cristal y la desigualdad de género son una invención de un feminismo perezoso e ideológico que no se preocupa por la investigación. Paradojalmente, su éxito relativo en los medios argentinos tiene más que ver con el eco que genera en una disputa ideológica agitada por la paranoia anti feminista que con problemáticas científicas reales. El mantra de los “datos duros” sin ningún tipo de problematización de las preguntas de investigación que enuncia suena más a una oración religiosa del naturalismo biológico que a una sincera mirada integrada entre factores biológicos, sociales y de poder que desde hace décadas investigadoras e investigadores en biología y ciencias sociales vienen desarrollando.

 

Por todo esto, sería bueno tener más investigación sobre los modos efectivos en que las creencias circulan porque sólo a partir de ellas podremos entender y diseñar mejores recursos de difundir la ciencia que debemos defender.

Salvo excepciones, no vivimos de acuerdo con la racionalidad científica todo el tiempo y es necesario incorporar otros modos de pensar y vivir el conocimiento que no sean científicos. Eso debería ser parte de una verdadera democracia que no se limite a tolerar la pluralidad de creencias, sino a convivir en una multiplicidad de mundos.

 

El mayor riesgo no está en la astrología, el curanderismo o la religión, que de algún modo en su mayoría se mantienen como modos de conocimiento menores y minoritarios. Mas controvertido nos parece la lógica cientificista que es utilizada como recurso de legitimación de los proyectos más hostiles al bien común. Tanto terraplanistas, anti-vacunas o cuestionadores del cambio climático, así como negacionistas de la subordinación de clase, género y del racismo contemporáneo, no son muy diferentes a los economistas neoliberales. Todos alegan “cientificidad” y aportan “evidencias”.

 

Esos modos de cientificismo son consecuencia del individualismo neoliberal que trae consigo la diversificación de las certezas (que es también el del crecimiento de la incertidumbre) pero no para la convivencia democrática de creencias, sino los de una creencia eficaz con criterios de evidencia que se pretenden “científicos” .

 

Los modos complejos de construir conocimiento científico en el mejor sentido del término necesitan de una articulación seria entre naturaleza-sociedad y una reflexión sobre sus modos de circulación. Ni en las ciencias sociales ni en las ciencias naturales podemos seguir confiando en la idea abstracta de que la verdad, como el tiempo, esté de nuestro lado.


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