En dos semanas el Covid-19 detonó la crisis política más seria que enfrentó hasta ahora el gobierno brasileño. Hoy, mientras los narcos cariocas establecen toques de queda para proteger a los favelados, el presidente aconseja que las iglesias se mantengan abiertas porque “son el último refugio para las personas”. Bolsonaro está en una encrucijada: no puede bajarse de su discurso radical pero es posible que acabe cediendo y anuncie medidas para contener la pandemia. Y que para entonces ya sea demasiado tarde. Facundo F. Barrio escribe desde Río de Janeiro.



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En la primera vuelta de las elecciones de 2018, Jair Bolsonaro obtuvo casi el 60 por ciento de los votos en Río de Janeiro. Fue el mejor resultado para un candidato presidencial en la historia del estado. Parecía imbatible: un engendro político al que no le entraban las balas. En aquel momento nadie habría podido imaginar que, un año y medio después, el presidente brasileño enfrentaría varios días seguidos de cacerolazos contra su figura en su propio bastión. Desde hace una semana, en las periferias de Río pero también en los barrios acomodados, miles de cariocas se asoman cada noche a las ventanas de sus departamentos, donde muchos cumplen con una cuarentena voluntaria recomendada por el gobierno del estado de Río, para escupir su rabia por la negación de Bolsonaro ante el coronavirus. Golpean ollas, gritan e insultan. ¡Fora, Bolsonaro! ¡Vai se foder, Bolsonaro! En cuestión de días, la nueva pandemia mundial desató la crisis política más seria sufrida hasta ahora por el bolsonarismo.

 

Hay una percepción general creciente de que Bolsonaro es incapaz de responder a esta emergencia. Aunque el presidente dice que no mira encuestas, la desconfianza social ante su gestión de la hecatombe sanitaria empieza a reflejarse en los sondeos de opinión. Según Datafolha, sólo el 35% de los brasileños cree que está actuando satisfactoriamente. “El jefe de Estado no ofrece una estrategia razonable ante lo que pronto será la crisis de salud pública más grave de la historia de Brasil y, tal vez, su mayor crisis económica –dice Oliver Stuenkel, politólogo, profesor e investigador de la Fundación Getúlio Vargas–. El gobierno ni siquiera puede articular un mensaje coherente: el ministro de Salud advierte que el escenario es alarmante y llama a quedarse en casa, pero dos horas después aparece el presidente y dice que hay que seguir con la vida normal”. Esas contradicciones dentro del propio gobierno son una constante en estos días. El ministro de Salud, Luiz Mandetta, comunica con aplomo y solvencia, se toma en serio el problema, pero parece no trabajar bajo la conducción de Bolsonaro sino a pesar de él.

 

Al menospreciar sistemáticamente el impacto del brote pandémico, el presidente brasileño eligió un camino que no contempla la marcha atrás. Si por eso pierde el apoyo de quienes fueron sus votantes ocasionales –aquellos que lo votaron para castigar al Partido de los Trabajadores, o con la expectativa de alguna mejora económica, o simplemente porque les caía simpático aquel candidato bravucón–, entonces dependerá cada vez más del respaldo del núcleo duro fanático del bolsonarismo que confía más en las cadenas de WhatsApp que en las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Según Stuenkel, para mantener el apoyo de esos sectores, Bolsonaro ya no puede bajarse de su discurso radical: “Reconocer que se equivocó, que la situación es grave, le implicaría un riesgo político: el presidente contribuyó a generar un pensamiento en un segmento de la población que ya ni él mismo puede controlar”.

 

En los círculos de poder también se olfatea que el presidente pierde rápidamente su capital político y que se expone a su peor momento desde que asumió. Su manejo errático y enervado de la crisis lo deja en un estado de aislamiento político que puede ser letal para su presidencia. Los grandes medios lo describen como una amenaza para la salud pública. Los gobernadores de San Pablo y Río, João Doria (PSDB) y Wilson Witzel (PSC), ganan protagonismo a costa de la impericia de Bolsonaro y se proyectan como sus dos nuevos rivales más fuertes. Los principales líderes parlamentarios salen a contradecirlo cada vez que habla. Hasta su vicepresidente, el influyente general Hamilton Mourão, lo corrigió públicamente. La oposición ya fantasea con un impeachment, por ahora improbable. Por ahora.

 

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La conferencia de prensa en el Palacio de Planalto acaba de terminar, pero Jair Bolsonaro siempre tiene algo más para decir. Es viernes 20 de marzo de 2020 y hay cerca de mil casos confirmados de coronavirus en Brasil, diez veces más que hace una semana. Las autoridades sanitarias prevén un colapso del sistema nacional de salud para dentro de menos de un mes. Los países vecinos ya consideran a Brasil como zona de riesgo. Un periodista le pregunta al presidente por qué se niega a mostrar los resultados de los tests que él mismo se hizo para saber si está infectado: más de 20 miembros de una comitiva que lo acompañó hace poco en un viaje internacional dieron positivo. Bolsonaro no contesta; deja que lo haga su ministro de Salud, que aduce razones de “intimidad” y con eso da por finalizada la ronda de preguntas. El ministro se levanta, una asistente agradece a los periodistas, pero Bolsonaro permanece en su silla, se quita torpemente el barbijo de la boca, gesticula, agarra el micrófono, siempre tiene algo más para decir:

 

—Después de un cuchillazo, una gripecita no me va a voltear.

 

Cada vez que puede, el presidente brasileño recuerda aquel incidente de la campaña electoral en el que recibió una puñalada en el abdomen, como si ese fuera su mito de origen. Desde el primer día en el poder, Bolsonaro se manejó con una filosofía del discurso público desconcertante, corrosiva, cuya peligrosidad queda ahora más expuesta que nunca cada vez que habla de la pandemia.

 

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El 9 de marzo, con 38 casos positivos de Covid-19 en Brasil, Bolsonaro declaró: “El poder destructivo de este virus está exagerado”. El 15 de marzo, con 195 positivos: “Muchos se contagiarán sin importar los cuidados que tomen. No podemos entrar en una neurosis como si esto fuera el fin del mundo”. El 16 de marzo, con 234 positivos y después de abrazarse y besarse con simpatizantes a los que había convocado a manifestarse en apoyo a su gobierno, pese a las indicaciones de la OMS: “Fue impresionante lo que ocurrió en las calles, incluso con toda esta exageración”. El 17 de marzo, con 291 positivos y el primer muerto, y luego de anunciar que organizaría una “fiestita tradicional” para su cumpleaños: “No hay que entrar en histeria. El país estará libre del virus cuando un cierto número de personas se hayan infectado y hayan creado anticuerpos que sirvan como barrera”. El 22 de marzo, con 1546 positivos, 25 muertos y una proyección que le augura a Brasil un escenario que puede resultar tan desolador como los de Italia o Irán dentro de algunas semanas: “Hay un alarmismo enorme. Algunos dicen que voy a contramano, pero yo estoy tranquilo: hago lo que creo que debe hacerse”.

 

Lo que cree que debe hacerse: apenas en la última semana, Bolsonaro lanzó un decreto que autorizaba a los empresarios a suspender trabajadores por hasta cuatro meses sin goce de sueldo, y pocas horas después, ante el rechazo de todo el arco político, dio marcha atrás con la excusa de que lo había firmado sin leerlo; mandó a los laboratorios del Ejército a intensificar la producción de cloroquina, un fármaco cuya efectividad contra el coronavirus no está comprobada; incluyó a las iglesias y templos en la lista de servicios esenciales que no pueden interrumpirse, porque “son el último refugio para las personas”; y dedicó gran parte de sus apariciones públicas a desautorizar a los gobernadores de San Pablo y Río de Janeiro, que tomaron medidas más drásticas y restrictivas que el gobierno federal para prevenir mayores estragos de la pandemia. 

 

Y luego está lo que Bolsonaro cree que no debe hacerse: al cierre de esta nota, el presidente brasileño aún no había declarado la cuarentena obligatoria a nivel nacional ni había cerrado totalmente las fronteras aéreas de Brasil, como sí lo habían hecho ya la mayoría de los gobiernos de la región. Las experiencias previas de los países asiáticos y europeos en el combate contra la pandemia muestran que el timing de las medidas y del mensaje oficial es tan vital como las propias medidas y el propio mensaje. En Italia, por ejemplo, ahora rigen algunas de las normas de excepción más duras del mundo, pero las autoridades las evitaron durante la etapa inicial del brote para preservar la economía. Ahora los italianos corren al coronavirus desde atrás: con 74386 positivos y 7503 muertos por la pandemia, su sistema de salud enfrenta su peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.

 

Es posible que Bolsonaro acabe cediendo. Es posible que, de aquí a algunos días, si la situación en Brasil se torna insostenible, termine aplicando las medidas de contención y prevención que despreció hasta ahora. Y es posible –probable– que para entonces ya sea demasiado tarde.

 

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Domingo 22 de marzo, siete de la mañana. Los vecinos de Tijuca, un barrio de clase media en la Zona Norte de Río de Janeiro, permanecen en sus casas por recomendación del gobierno estadual. Algunos están consternados: ayer murió un joven de 27 años con diagnóstico de coronavirus en el hospital del barrio. Otros se abrazan a la conspiranoia. Un hombre de unos 50 años abre de par en par la ventana de su departamento, coloca un parlante, lo apunta hacia el pulmón de la manzana, le conecta un micrófono y empieza a gritar:

 

—¡Despierten todos! ¡Despierten! ¡El coronavirus no existe! ¡La pandemia no existe! ¡El pueblo brasileño será dominado por China! ¡Que viva nuestro presidente! ¡Que viva Jair Bolsonaro!

 

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El comportamiento de Bolsonaro ante la pandemia encierra una paradoja: contra lo que cabría esperar de un gobierno autoritario, con tendencia a la solución policial, el presidente brasileño actúa más parecido a un liberal que prioriza las libertades civiles e individuales y el pulso de los mercados por encima de la salud pública. La paradoja, a su vez, encierra un peligro: ¿qué ocurriría si Bolsonaro finalmente decidiera aplicar las medidas de restricción y control social que se le reclaman? ¿Qué formas concretas adoptarían esas medidas en este Brasil? 

 

Débora Diniz, antropóloga, investigadora y profesora de la Universidad de Brasilia, propone mirar hacia otras latitudes para imaginar la respuesta. “Es cierto que Bolsonaro tiene el espejo de Trump para mirarse, pero ese es sólo un costado del triángulo –dice–. También tiene, por ejemplo, el del primer ministro húngaro Viktor Orbán. Cuando las medidas de contención de la pandemia, razonables en términos de mitigación del virus, son implementadas por gobiernos autoritarios como el de Hungría, éstas pueden convertirse en instrumentos de fragilización del tejido social, de silenciamiento; en herramientas para la imposición de un orden del miedo”. Orbán, un excéntrico de extrema derecha que tiene una excelente relación con Bolsonaro, impulsa un proyecto de ley que le permitiría extender por tiempo indeterminado, y sin necesidad de recurrir al Parlamento, el estado de excepción que rige actualmente y que le confiere poderes casi autocráticos para lidiar con el coronavirus. El proyecto habilitaría a Orban a gobernar por decreto y a establecer penas de hasta ocho años de cárcel para quienes incumplan las órdenes de aislamiento, e incluso para quienes difundan “falsedades” que, a criterio del gobierno, causen alarma pública o dificulten los esfuerzos oficiales para contener la pandemia.

 

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Lunes 23 de marzo. Cae la noche en Cidade de Deus, una de las mayores favelas de la Zona Oeste de Río de Janeiro, donde ya hay 19 casos sospechosos de coronavirus. Los miembros de una banda narco que opera en el área recorren las calles en una camioneta. Desde adentro del vehículo, alguien anuncia por altoparlante:

 

—Vamos a hacer toque de queda porque nadie se está tomando esto en serio. Cualquiera que circule por la calle recibirá un correctivo y servirá como ejemplo. Mejor quédense en el molde en sus casas. Están avisados.

 

En las últimas horas, mensajes parecidos empezaron a llegar por vía de las redes sociales a los habitantes de otras favelas y comunidades de la Zona Oeste:

 

—¡Atención a los vecinos de Rio das Pedras, Muzema y Tijuquinha! Toque de queda a partir de hoy a las 20 horas. Quien sea visto en la calle después de ese horario va a aprender a respetar al prójimo. Queremos lo mejor para la población. Si el gobierno es incapaz de dar soluciones, el crimen organizado resuelve.

 

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Cleonice Gonçalves murió sin saber que tenía coronavirus. Su muestra llegó al laboratorio cuando su familia ya la había enterrado en el cementerio de Miguel Pereira, un municipio de 25 mil habitantes en el área metropolitana de Río de Janeiro. Fue la primera muerta por el virus en el estado carioca. Tenía 63 años, diabetes e hipertensión. Trabajaba como empleada doméstica. Dormía cuatro veces por semana en la casa de su jefa en Leblon, el barrio más caro del país. Durante el carnaval, la patrona se fue de vacaciones a Italia. A su regreso se sintió mal y se hizo el test de Covid-19. Mientras esperaba los resultados le ordenó a Cleonice que volviera a trabajar, pero no le avisó que creía haberse infectado en Europa. La contagió. La señora se curó pronto. El 16 de marzo, Cleonice llegó al hospital de Pereira con ardores en el vientre. Los médicos le hicieron los exámenes de rutina previstos para una persona mayor, diabética e hipertensa. Cuando Cleonice empezó a sentir cierta dificultad para respirar, comprobaron con una tomografía que tenía los pulmones congestionados. Aún así, pasó la noche en el hospital sin que la entubaran porque no había ningún dato de contexto que hiciera pensar en coronavirus. Al día siguiente su cuadro clínico ya era grave. Esa mañana, la patrona por fin llamó al municipio de Pereira para informar que había dado positivo de Covid-19. Recién entonces los médicos le aplicaron a Cleonice el protocolo para casos probables de coronavirus: la aislaron, la sedaron, la conectaron a un respirador mecánico. Murió ese mismo día.

 

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Hay quienes dicen o escriben que afirmar que el Covid-19 es un virus diseminado por los sectores pudientes que afectará sobre todo a los pobres es una lectura demasiado obvia y lineal. A veces, sin embargo, la realidad es obvia y lineal. En Brasil, el país más desigual de Latinoamérica (según el último Panorama Social de la CEPAL), quienes están expuestos a recibir el peor impacto de la pandemia son los y las Cleonices. El colapso en puerta del sistema de salud se solapa con las vulnerabilidades estructurales de los sectores empobrecidos. En Brasil, los trabajadores informales representan más del 40 por ciento del mercado laboral: unas 38 millones de personas para las que hacer cuarentena voluntaria equivaldría a perder sus ingresos de un día para el otro. No hay ninguna disposición oficial que los proteja como para que se queden en sus casas. 

 

Para aquellos que además viven en las favelas y cortiços precarios de todo el país, el panorama es aún más inquietante. Una orientación tan simple para prevenir el Covid-19 como lavarse las manos es un problema para 35 millones de brasileños que no cuentan con agua potable y a veces ni siquiera con agua corriente. El alcohol en gel sería una alternativa viable si no fuera por lo que cuesta. Y el aislamiento es directamente una utopía. La superpoblación y el hacinamiento son la condición de vida en los barrios marginales y las periferias brasileñas, cuya particular espacialidad expone aún más brutalmente la diferencia social: en Brasil, y en especial en Río de Janeiro, las favelas y comunidades, nacidas como ocupaciones espontáneas del ámbito urbano, se ubican a menudo pegadas a las zonas más acomodadas de las ciudades, en lo alto de los morros, desde donde pueden verse los caserones de los ricos.

 

***

 

Martes 24 de marzo. El ministerio de Salud actualizó esta mañana el número de casos confirmados de coronavirus en Brasil: 2201 positivos y 46 muertos. Son las ocho y media de la noche y los bares de la avenida Voluntários da Pátria, Botafogo, Zona Sur de Río de Janeiro, bajaron las persianas y quedaron desiertos: un decreto del gobierno municipal obligó al cierre de todos los comercios no esenciales desde hoy. Ahora, en la avenida, como en el resto de la ciudad, como cada noche a esta misma hora desde hace varios días, empiezan a sentirse las cacerolas. Mientras el ruido metálico baja desde las ventanas de los edificios, un par de personas se detienen en la puerta de una farmacia: adentro hay un televisor encendido. En cadena nacional, en un discurso grabado de poco más de cinco minutos, repleto de cortes de edición entre frase y frase, Jair Messias Bolsonaro le habla, una vez más, al país:

 

—…un escenario perfecto, potenciado por los medios, para que una verdadera histeria se esparciera por la nación. El virus llegó, lo estamos enfrentando y en breve pasará. La vida debe continuar. Debemos volver a la normalidad. Algunas autoridades estaduales y municipales deben abandonar el concepto de tierra arrasada: la prohibición de transportes, el cierre de comercios, el confinamiento masivo. Lo que pasó en el mundo muestra que el riesgo es para los mayores de 60 años. ¿Entonces por qué cerrar las escuelas? Son extraños los casos fatales de personas sanas con menos de 40 años. El 90% de nosotros no manifestaremos ningún síntoma si nos contagiamos. En mi caso particular, por mi historial de atleta, si me contagiara el virus no tendría por qué preocuparme. No sentiría nada. A lo sumo me agarraría una gripecita. O un resfriadito.

 


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