¿Dónde deben estar los archivos de García Márquez? ¿Quiénes deben clasificar y conservar sus manuscritos y papeles personales? Buena parte de la producción de los mejores escritores del mundo -Borges, Joyce, Faulkner, Hemingway- está en la Universidad de Texas en Austin, la misma que adquirió el archivo del escritor colombiano. Gabriela Polit, crítica literaria e investigadora de la UT, analiza la legitimidad de la custodia cultural y la polémica alrededor de esta última adquisición.



En Austin hierve mercurio. Un amparo a la memoria: la idea del mercurio hirviente es del viejo Melquíades que, a punto de morir, pide a José Arcadio Buendía que ponga el mineral a hervir por tres días porque él se ha hecho inmortal. Melquíades es el primer muerto de Macondo y también el hacedor de la inmortalidad de ese pueblo mágico. Cuando al viejo se le terminó de escurrir la vida, José Arcadio Buendía se opuso a enterrar su cuerpo y solo cuando su amigo entró en un horroroso estado de descomposición, aceptó meterlo bajo tierra. José Arcadio Buendía comprendió que mantener intactos a los inmortales es oficio de los vivos.

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Eso es lo que se viene a la cabeza por el revuelo que causó la llegada de los papeles de García Márquez a este vecindario. Lo describo: entre la avenida Red River (Río Colorado) al este del campo universitario, hasta la calle Guadalupe (los austinianos pronuncian Guadalup) hacia el oeste, están dos magníficos centros de investigación para los lectores del mundo, el Harry Ramson Center y la biblioteca LLILAS-Benson, dedicada a los estudios Latinoamericanos. Al atravesar de un edificio al otro en esta época del año, se ven los árboles que han perdido follaje, pero la temperatura es amable incluso cuando llega a sus niveles más bajos. Lo pesado empieza en mayo, cuando caminar de LLILAS-Benson hacia el Harry Ramson implica cargar con el peso del ardiente sol tejano que se pone de fiesta de trece y hasta catorce horas por día, alboroto que dura hasta septiembre. Lo mejor de Austin son los cielos naranja, los violetas resplandecientes de sus despertares y la nostalgia que viene con esos mismos colores al atardecer. Pero esa belleza no es suficiente para responder, ¿qué hizo a García Márquez caminar su inmortalidad hasta acá?


 

“Me han preguntado muchas veces si no pienso que el archivo debía haberse quedado en Colombia, como patrimonio nacional” me dice José Montelongo, quien ha dado más de una veintena de entrevistas desde el 1 de diciembre, cuando se publicó la noticia. Montelongo es experto en adquisiciones de la LLILAS-Benson y acompañó a Steve Enniss, director del Harry Ramson, a revisar el archivo en casa de la familia García Barcha en México. “Es una pregunta retórica”, comenta, “porque quienes te la hacen ya saben la respuesta”. Las contestaciones de Montelongo apuntaron siempre a una sola idea: la confianza. Así lo puso la nota de The Guardian, en el artículo que sacó a propósito de la llegada de García Márquez a Texas, porque para muchos la frase parecía un oxímoron. Para desentrañar la lógica de este viaje y desarticular ese oxímoron, hace falta entender en qué consiste la confianza, o mejor dicho, cómo funciona el arte de hervir mercurio.

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Cuando se entra a la sala de lectura –para hacerlo se requiere sacar una cuenta personal y mirar un video que demuestra al usuario el manejo de los archivos, trámites que se pueden hacer desde la computadora en casa– se ingresa a ese espacio sin tiempo que caracteriza los lugares donde están los inmortales. Esta vez la visita tiene por objetivo narrar el proceso de la búsqueda. Esta historia no cuenta la trama de una curiosidad intelectual, ni sigue la pregunta de la investigadora en pos de la Biblia de Gutenberg o los papeles de La divina comedia, los manuscritos de Joyce, los de Hemingway, los de Keats, los de Coetze, o los de tantos otros a quienes García Márquez ha venido a hacer compañía. Esta es una crónica que registra la simpleza del acceso al material disponible en el Harry Ramson. Inspirada en la inspiración del creador de Macondo, decido pedir los manuscritos de Faulkner. Son varias cajas, el bibliotecario, un hombre de barbas blancas largas como las de Whitman, trae la caja número uno fue la que pedí. La pone sobre una amplia repisa. De la caja puedo tomar una carpeta a la vez, hay trece. Agarro la primera y me la llevo hasta una mesa amplia y bien iluminada donde voy a hacer mi trabajo. Traigo conmigo un manojo de hojas amarillas y un lápiz, disponibles en el escritorio central para los investigadores. A mi lado una mujer pequeña toma fotos de papeles viejos escritos a mano, no distingo su autor o autora. Frente a mi un hombre entrado en años hunde sus ojos de azul profundo en un folder cuyas hojas están separadas por papel celofán transparente. No es la luz lo que nos une, sino el sosegado silencio de la lectura.

 

La primera carpeta tiene el manuscrito del cuento “The Leg”, en lápiz rojo en la parte superior derecha, escrito a mano dice, Twelfth story. Hay pocas correcciones y las que hay están en negro, hechas con esferográfico fino. Es inadmisible tan poca corrección para ser un borrador. Me sorprendo. Recorro una por una las páginas del manuscrito y siento en las letras los golpes del teclado del grande de Mississippi.  De pronto, como vigilando mi asombro, una frase me detiene: “You damned fool. Oh. You damned fool¡” Faulkner me susurra por dejarme llevar por el fetiche de lo auténtico. ¿Es esa acaso una de las formas de la inmortalidad?

 

En los años 50 y 60, Harry Ramson, bibliotecario y administrador de la Universidad de Texas, soñó en tener un centro de investigación para el arte y las humanidades. Aunque sabía que no podía competir con las viejas universidades del noreste que venían coleccionando libros antiguos y primeras ediciones desde hace casi un siglo, consiguió comprar una de las copias de la Biblia de Gutenberg. Pero él imaginó un archivo más amplio y empezó a coleccionar manuscritos, en muchos casos los de autores vivos. Concebir el acto creativo en su proceso íntegro, buscar y preservar ese proceso fue una genialidad y una innovación en el área de la bibliotecología. La perseverancia y el tesón de Ramson hicieron que hoy en día el centro que lleva su nombre sea uno de los más importantes del mundo y el quinto en este país. Más de diez mil personas visitan el centro al año, entre ellos, investigadores de más de veinticuatro países, muchos vienen con la ayuda de las ochenta becas que otorga el centro. La bibliotecología es un oficio que no solo tiene que ver con la preservación, sino también con el servicio. El arte de catalogar es hacer disponible el material. Estiman que la catalogación del legado de Gabo puede llevar cerca de dos años. La idea de digitalizarlo está entre los objetivos del centro.

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Solo entendido como la combinación de la preservación y el servicio un archivo es el lugar de los inmortales, de lo contrario es un cementerio.

 

“Ya hubiera querido yo haber hecho algo para que estos papeles llegaran hasta acá” me dice Enniss con una sonrisa cordial cuando lo entrevisto en su oficina, en el tercer piso del edificio sobre Guadalupe. “Yo no hice sino atender una llamada telefónica”. La primera vez que la familia García Barcha buscó a Enniss fue en diciembre del 2013. Las negociaciones se llevaron a cabo meses más tarde, cuando Gabo ya había muerto. Todo se llevó a cabo bajo estricta confidencialidad. Ese trabajo detrás de la escena del que Enniss no habla, es el que define sus grandes virtudes profesionales. En pocos meses, consiguió el apoyo de las autoridades de la universidad e hizo posible que la apuesta de la familia García Barcha por dejar este legado en el Harry Ramson Center, se concretara. La información fue confidencial hasta entrado el otoño, cuando un puñado de profesores del área latinoamericana convocados por Charlie Hale, director del Instituto (LLILAS-Benson), fueron los primeros en escuchar la buena nueva. La misión conjunta es organizar un evento que celebre a Gabo, que de a conocer el material adquirido y muestre el compromiso de la universidad de abrir sus puertas al mundo.

 

Saco la carpeta número dos, son las pruebas de galera de 1925 de Mirror of Clartress Street, en este caso, también las páginas están separadas por sobres de papel celofán. Hay anotaciones en los márgenes en cada página, están hechas a mano con una caligrafía clara. Enseguida viene la segunda versión, con las correcciones hechas y mecanografiada de manera casi nítida. Para esta versión, Faulkner usó el reverso de la hoja membretada:

 

Motor Specialties Company.

912 South Third Street

Minneapolis

 

De las carpetas restantes de esta primera caja, veo que la número siete no está. En un papel pequeño se avisa su ausencia por causa de un “evento”. Seguramente su contenido fue prestado para una exhibición. La carpeta diez dice, “Unpublished Stories”. El membrete de la hoja en la que están escritas es del agente literario

Harold Ober,

40 East 49St. New York.

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Estos detalles que parecen nimios, suelen ser los tesoros que sorprenden a los investigadores y son posibles por el cuidado con el que se guardan los documentos. Advierto que este cuidado solo cobra sentido en la lectura.

 

La carpeta once contiene hojas que parecen rescatadas del fuego, grises, arrugadas, protegidas también en papel celofán con una prolijidad impecable. Las saco de los sobres y el tacto elimina los casi 90 años que separan la escritura sobre ese papel y mi lectura. Todo pasa al mismo tiempo, los dedos de Faulkner deslizándose como los míos por esa superficie y recuerdo sorprendida que cuando el último Aureliano encuentra la historia de su familia, en la que está escrito su destino, se da cuenta de que la posibilidad de sobrevivencia intacta de esos manuscritos, “radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante”.

Pausa.

 

Cierro la última carpeta y la guardo en la caja. Recojo mis hojas amarillas llenas de notas antes de salir de la sala, cuando han dado el anuncio de que es hora de cerrar. Pienso que son los horarios, no el tiempo, los que devuelven los archivos a lo cotidiano y que la historia de la adquisición de los papeles de García Márquez está también regida por la lógica de Melquíades.  


 

“El patrimonio cultural es siempre un asunto sentimental” comenta Enniss a propósito de la reacción de la prensa respecto a la adquisición. “Pero los Estados Unidos es un país de gran diversidad”, lo dice un tanto desconcertado por el título de la entrevista a Gerard Martin, “Crónica de una ironía”, que publicó Reforma y en la que el biógrafo inglés recuerda que a García Márquez se le prohibió entrar a los Estados Unidos durante 30 años. Las palabras de Enniss pueden parecer un tanto ingenuas a una audiencia para la que es imposible pensar el arte sin sus profundas raíces políticas. Pero es una reacción genuina para quien se ha entrenado en el oficio de la colección, catalogación y cuidado de archivos. En esta profesión se busca preservar la experiencia de los procesos creativos y ofrecer acceso a futuras generaciones de investigadores. Desde ese punto de vista, restringir la discusión acerca del origen del autor o autora como criterio para la preservación de sus papeles, desdice la universalidad del arte. Eso es lo que desconcierta a Enniss. Por su puesto en ese razonamiento se debe entender que quienes preservan materiales valiosos son las instituciones que tienen el dinero. Nadie ha dado a conocer el monto que pagó UT por el archivo de García Márquez. Pero más allá de ese monstruoso elefante blanco del que coleccionistas, herederos e instituciones no hablan, el argumento de la nacionalidad no le hace contrapeso. Con eso tampoco se justifica que Wilde, Borges, y las cartas de Octavio Paz, por citar algunos autores, estén en el Harry Ramson.

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En estos momentos históricos, la cuestionable legitimidad de la custodia toca además otros nervios sensibles a la producción intelectual de Colombia y de América Latina. Los criterios con los que se definen los patrimonios intelectuales son amplios, pero dentro de la producción de pensamiento en y sobre América Latina, los Estados Unidos es un productor y un interlocutor a considerar. Solo en la Universidad de Austin hay más ciento sesenta profesores dedicados a investigar asuntos sobre la región. La colección de LLILAS-Benson es quizá la más grande del mundo. “Esta biblioteca tiene más de un millón de títulos de y sobre temas latinoamericanos que se fueron coleccionando con minuciosidad y mucha paciencia”, explica Montelongo, “Algo como esto solo se logra con un enorme trabajo de minuciosidad”. En los años 40 y 50, cuando gran parte del material fue adquirido, no habían índices, ni suscripciones. Las personas que fueron armando este acerbo iban a las bibliotecas de América Latina y recorrían sus estantes sin más instrumento que su ávida curiosidad. Avalando esa curiosidad, por su puesto, estaba una institución sólida, con medios económicos y un país cuyo crecimiento y posición en el orden mundial dependía de manera directa de su ‘patio trasero’. Aun así, el rigor, la perseverancia y el tesón de las personas que armaron este archivo no dejan de ser genuinamente legítimas.

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Hace treinta o cuarenta años quizá se podía entender por qué alguien miraba con cierto resentimiento que la producción intelectual de América Latina estuviera en Texas. Hoy en día hacen falta instrumentos críticos más sofisticados para transformar el resentimiento en una voluntad de cambio institucional. Los sentimentalismos nacionalistas o regionalistas no son suficientes. No lo son en un momento en el que el flujo de personas, de saberes, de formas de hablar y de ver el mundo cambian constantemente y cuando esos cambios modifican las nociones tradicionales de las fronteras. Desde el universo de lo literario, está claro que García Márquez es Macondo como Faulkner The sound and the Fury, Conrad The Heart of Darkness y Nabokov Lolita, y que preservar esos lugares y esos personajes no es hacer un monumento, sino hacer posible una relación: la lectura.

 

Por decisión propia, o de sus herederos, el creador de Macondo pasará el resto de su inmortalidad entre la LLILAS-Benson ubicado sobre Red River y el Harry Ramson en Guadalupe, donde está la lumbre del mercurio hirviente.


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