Entre 80 y 85 mil personas visitan la feria ArteBA durante cinco días. Pero los compradores de arte en Argentina son pocos. María Isabel Baldasarre y Viviana Usubiaga analizan por qué las clases medias dejaron de gastar dinero en pinturas, esculturas y otras obras y reivindican la utopía modernista: el arte hace más feliz a aquel que lo atraviesa, posee y convive con él. Esta es una de las 20 notas que Anfibia publicará para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.



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Fotos: Prensa ArteBA

 

 

¿Cómo se “decora” una casa de clase acomodada? ¿Con qué están cubiertos los cientos de metros cuadrados de pared de las residencias que proliferaron en las últimas décadas en los barrios cerrados o palermizados? El arte no parece ser ya una opción, ni estar dentro del horizonte de aquellos que no pertenecen, precisamente, al “mundo del arte”. En la Argentina, al menos hasta los años 70 fue habitual el consumo de objetos artísticos, no sólo cuadros sino también tapices, grabados, dibujos en los ambientes de la clase media urbana, práctica que se extendía en murales de paliers y frentes de edificios. ¿Qué sucedió que este hábito cambió de modo radical y se abandonó en la contemporaneidad? En este artículo, las investigadoras María Isabel Baldasarre y Viviana Usubiaga ensayan una posible respuesta sobre estas preguntas: de la construcción de valores estéticos de los grupos de pertenencia y el exhibicionismo de dispositivos tecnológicos a la exclusividad y elitismo del mundo del arte.  

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Pantallas en lugar de pinturas

 

El arte ya casi no habita en los hogares de la clase media acomodada en la Argentina. Nos referimos, por supuesto, a quienes tienen un excedente para gastar en consumos que van mucho más allá de aquellos “de primera necesidad”. Son excepcionales las casas que atesoran en sus paredes y rincones obras originales. Pero esto no fue siempre así. Si nos remontarnos a fines del siglo XIX y comienzos del XX, el coleccionismo de arte europeo primero y más tarde de artistas argentinos era moneda corriente entre las clases altas. Esa tradición fue cultivada por las élites “patricias” con fortunas mayoritariamente provenientes del modelo agroexportador así como por inmigrantes, ricos o enriquecidos, gracias a negocios exitosos realizados en su tierra de adopción. Luego se extendió a la burguesía ilustrada que se incorporaría al consumo de bellas artes como un signo de distinción social.

 

A pesar de las vicisitudes políticas y económicas del país, se constituyó un mercado del arte que con mayor o menor grado de formalidad incorporó a entre sus clientes a las ascendentes clases medias, muchas de ellas profesionales, al promediar el siglo XX. Si bien ese mercado ha tenido una dimensión pequeña respecto del funcionamiento millonario en países centrales, no es desdeñable su rol en la dinámica de producción, circulación y consumo de bienes simbólicos. Galerías de arte pero también dealers o los artistas vendiendo directamente desde sus talleres, contribuyeron no solo a construir colecciones de arte propiamente dichas, sino a proveer regularmente de obras a casas residenciales, de fin de semana o veraneo, departamentos, quintas, oficinas, estudios o consultorios de profesionales y asalariados de los sectores medios hasta entrada la década de 1970.

 

En el presente se registra una paradoja. Por un lado, la atracción por el mundo del arte y en particular por el tan publicitado como críptico arte contemporáneo no dejó de expandirse, pero esta parece ir acompañada de una caída en el interés por la compra y posesión de piezas, vía efectiva de acercamiento o modo de pertenencia a ese mundo del arte. Pareciera que el arte ha perdido terreno en el imaginario de la clase media. El famoso: “no me animo a entrar a una galería de arte”. Terreno que sin duda ha sido conquistado por el consumo de dispositivos tecnológicos de obsolescencia casi inmediata, a diferencia de una pintura o una escultura. Las propiedades de la clase media de las grandes urbes o de los barrios privados se equipan con varias pantallas por ambiente, se cubren de lámina de obras cuyo original –priceless de tan caro– fue observado en las paredes de algún museo en el último viaje, se decoran con suntuosos sillones o artefactos de iluminación muy costosos -por encima de muchas obras de artistas vivos. En el mejor de los casos, los ambientes ostentan algún que otro objeto utilitario de diseño. El arte está ausente. No penetra en las elecciones estéticas de sus habitantes.

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La cultura del goce inmediato parece ser otra de las prioridades que atenta contra el consumo del arte y que, por el contrario, alienta el consumo de bienes o servicios de lujo. Viajes, gastronomía, moda, medicina estética, autos de alta gama son “inversiones” –ya que así son nombradas por sus protagonistas– que valen la pena. Si bien estos intercambios no resultan en commodities que tendrán u elevarán su precio de reventa, el arte en el mejor de los casos puede tenerlo, son más valorados que cuadros u objetos de un “artista emergente” cuyo precio de dos mil, tres mil o diez mil dólares, parece, sino una estafa al menos un misterio.

 

“Pongámosle números a las cosas”

 

Las razones por las que aquellos coleccionistas o apasionados compradores que decoraban sus hábitats con pinturas, esculturas y estampas no han tenido herederos en sus prácticas de vida vinculadas al arte, son múltiples y obedecen a diferentes criterios. En todo caso, los que sí han tenido herederos con facultad de discriminar el valor de las piezas que poseían las casas de sus abuelos o padres, en muchos casos lejos de conservarlas, se han encargado de subastarlas para hacerse del capital económico desdeñando su capital simbólico.

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No obstante, una respuesta delineada en términos puramente económicos no es suficiente. Es decir: ¿qué sucedió más allá de las crisis recurrentes que han golpeado el poder adquisitivo de gran parte de la población y de aquel perfil de comprador que tiene ingresos susceptibles de ser destinados a la compra de arte? Se trata menos de la imposibilidad de un acceso financiero que de un canal que podríamos llamar emocional o afectivo, favorecido por la información acerca de las condiciones de posibilidad de poseer una obra. En este contexto es claro que el arte ha perdido su poder de distinción, incluso, se ha devaluado lo que se entiende por distinción. No aparece ya como algo aspiracional. “Su ambiente de conexión por ahí no lo valora, o lo valora como un consumo externo: ‘Es para otros’”, dice el coleccionista, galerista y presidente de Fundación Espigas Mauro Herlitzka, a la hora de tratar de explicar el porqué del desinterés de muchos potenciales compradores.

 

José Luis Lorenzo, arquitecto e interiorista de Córdoba, que trabaja para introducir a sus clientes en la compra de arte y es él mismo coleccionista, asegura: “el arte es un bien de consumo que creo para mucha gente no significa nada, así como significa tener un Audi, un Mercedes o hacerte una casa en un country, eso te da solvencia, poder y denota que tenés plata, tener una obra, dos, tres, cinco, no tiene ningún valor extra para mucha gente. […] Entonces no es cuestión de plata porque plata hay mucha, es una cuestión de enseñanza de mercado, de que entienda la gente que el arte te posiciona tanto como las otras cosas”.

 

Julia Converti, gerente de la Fundación Arteba señala precisamente que los precios del arte son un “misterio” para aquellos que quieren entrar a su consumo y no saben por qué determinado objeto vale los $10.000 dólares que por él se pide en una galería o en la Feria anual. Además, el hecho que en Argentina el coleccionismo corporativo sea una rara avis atenta también contra esa valoración del arte. Esas empresas, en las que abunda o escasea el arte, constituyen los lugares en los que posibles adquisidores, en sus roles de CEOS, empleados o clientes, pasan gran parte de su tiempo. La ausencia de cuadros les quita, una vez más, la posibilidad de vivir junto al arte.

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Otro gran tema que atenta contra la difusión del consumo del arte es el tabú respecto del dinero, un tópico central para las culposas clases medias y altas argentinas. Es poco que se conoce o se habla sobre el mercado del arte, escaso el lugar que tiene también en los principales medios de comunicación. No se habla de precios, los coleccionistas son reticentes a figurar y a que se conozca su nombre, si prestan obras para exposiciones temporales en general prefieren figurar con el anónimo “Colección privada”. Parece que a la hora de desarrollar un consumo modélico, no han aprendido la pauta sarmientina de enseñar con el ejemplo. En Argentina, con el casi omnipresente miedo al fisco y el prurito por la ostentación de bienes, es imposible pensar en una sección paralela al Show us your wall en dónde coleccionistas cuentan semanalmente qué tienen colgado en sus paredes y como fue adquirido desde las columnas del New York Times.

 

Sin embargo, quienes han logrado franquear esa puerta del acceso al mundo del arte, reconocen a este ingreso como una conquista. “El mundo del arte que es muy seductor y te permite crear relaciones con artistas, seguir carreras, viajar, de pertenecer a un circuito que te posibilita vincularte con personas que no te vincularías de otra manera, porque el arte tiene eso que junta lugares distintos hasta pertenecer y acceder a ciertos lugares de aprendizaje, de business o de lo que fuere” sostiene Converti. Quiénes experimentaron este “rito de pasaje” que significó para ellos acceder al mundo del arte, las casas, galerías exposiciones donde todavía son happy few, reconocen lo mismo. La posibilidad de intercambios al parecer horizontales que se dan en el mundo del arte, ayuda a franquear las barreras del dinero. Tener más o menos, poder adquirir o no, no es tan significativo como la posibilidad de gozar juntos de la experiencia estética. La utopía del público del arte como un cuerpo público en que se borran las diferencias sociales, tal como fue caracterizado para el caso del salón francés en los albores de la era democrática, parece todavía vigente. “El día que vos entendés esto no te bajás más de este tren. No querés que te bajen. El arte es tan igualitario. (…) Cuándo vos estás en una muestra de arte puede estar al lado tuyo la persona más rica o más pobre del mundo, pero el conocimiento te iguala, y de última somos todos iguales, él comprará la muestra completa y vos no comprarás nada pero en definitiva estamos todos bajo el mismo paraguas. Eso es lo maravilloso que tiene el arte. Te sentís uno más”, afirma Lorenzo.

 

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“Si te gusta, compralo”

 

La primera compra de arte muchas veces necesita ser habilitada de alguna manera. Sea por el espontáneo aliento de un amigo en el pasillo de una feria –“Y si te gusta cómpralo, ¿por qué no?”– o en el otro extremo por el políticas culturales que diseñen programas de fomento a la adquisición de obras. La articulación entre museos, asociaciones de amigos, fundaciones, empresas, galeristas, coleccionistas, trabajadores del arte y artistas es fundamental para ampliar a los frecuentadores, dar acceso a otros públicos, animar las ventas y que el arte ocupe cada vez más espacios públicos y domésticos.

 

Lo cierto es que el contagio opera entre los compradores de arte y es necesario incentivarlo. “Hacen falta más misioneros del arte contemporáneo”, advierte Siegrist. Se necesitan más divulgadores que desarmen la endogamia de gran parte del mundo artístico. El rol de los mediadores es crucial. La figura del art advisor no es tan frecuente en nuestro país como en otras escenas pero comienza a aparecer lentamente. “Hay asesores muy buenos (arquitectos, interioristas) que han sabido armar buenas colecciones”, comenta Herlitzka. 

 

Las ferias de arte se han posicionado como lugar de consumo, de encuentro, de socialización, en el caso de arteBA a gran escala: entre 80 y 85.000 visitantes en sus cinco días de duración. Es el momento del año de mayor concentración de ventas en el circuito local. Si los compradores ocasionales se multiplicasen, sin duda, marcaría una diferencia en los volúmenes del mercado. Desde la propia Fundación arteBA con invitados especiales, visitas a talleres, y una serie de charlas abiertas que apuntan a compartir experiencias de coleccionistas con posibles compradores. Y también desde los municipios de ciudades como Rosario, con la denominada Microferia de Arte Contemporáneo en el Centro de Expresiones Artísticas, o la Feria de Arte Contemporáneo de Córdoba que se realizan anualmente.

 

Hace algunos años se comenzó a incentivar un “coleccionismo nuevo”, difundiendo las colecciones y actividades llevadas adelante por quienes buscan animar las escenas artísticas de sus ciudades y de Argentina. Si antes se hablaba sólo de clínicas de artistas (que en muchos casos reemplazaron a las clases de taller) ahora se han multiplicado las clínicas de coleccionistas, cursos y ediciones sobre coleccionismo contemporáneo como los de Claudio Golonbek, especialista, galerista, coleccionista y autor entre otros libros de Guía para invertir en el mercado de arte contemporáneo argentino. Existe también un grupo de compradores nucleado en el “Colectivo de coleccionismo federal” que cultivan la propia formación en arte contemporáneo y buscan contagiar a otros.

 

La utopía modernista orientó a las vanguardias hace ya más de un siglo: el arte te hace más feliz, propone otras formas de vida. El taller, el contacto con los artistas y con el mundo que se teje alrededor de ellos, sigue siendo un ámbito irresistible para muchos que se animan a curiosear y preguntar y que franquean la barrera de la adquisición. En el fondo, si el arte no es caro, la experiencia que te propone: it’s a thing that money can’t buy.


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