María Eugenia Vidal es parte de un experimento de jacobinismo civilizatorio que no llegó a buen puerto, pero sigue siendo la novedad de Cambiemos “línea fundacional”. Oficialistas y opositores vampirizan su energía electoral, para limarla o para salvarse. Ella cumplió: sacrificó su candidatura a presidenta, no desdobló las elecciones y ahora, frente al peronismo unido y al descalabro económico, pone toda su imagen en el altar de Juntos por el Cambio para salvar a Macri.



A pocos días de las elecciones, María Eugenia Vidal parece la gobernadora y la candidata de una apuesta política que no funcionó. Pero, pese a ello, está parada en el ring. Resiste y se sacrifica. Hoy es Miss Buenos Aires. Macri quiere pegarse para recibir algo de su buena imagen y Cristina Fernández de Kirchner no deja de colocarla en el centro de la disputa para desgastarla. Vidal es parte de un laboratorio político que no fue. Que no logró concretarse. La foto de un 2015 y de un 2017 con un peronismo bonaerense fragmentado –entre el Frente Renovador (en UNA o 1 País) y el Frente para la Victoria o Unidad Ciudadana respectivamente– no persistió. El apoyo de Sergio Massa (y de sus intendentes) a la candidatura de Alberto Fernández y el salto de Miguel Ángel Pichetto a Juntos por el Cambio clausuraron las esperanzas de ver emerger un robusto “peronismo racional o republicano”. Está claro que el peronismo nunca se piensa, por mucho tiempo, fuera del poder. No está entre sus planes. Como alguna vez dijo Juan Carlos Mazzón: “Hay algo peor que la traición. El llano”.

 

Este escenario polarizado abre para María Eugenia Vidal algunos interrogantes sobre su continuidad. Hoy la mayoría de las encuestas la colocan debajo de Axel Kicillof y como no tiene balotaje concentrará todo su esfuerzo en recuperarse entre agosto y octubre. Para ello, “polarización o muerte”, “democracia o autoritarismo” o intentar comer como un pac-man algo de lo que podría llevarse Eduardo “Bali” Bucca o el partido de Espert.  

 

El gobierno central con la Provincia de Buenos Aires ejerce, por lo menos desde la recuperación democrática, grandes dosis de crueldad, inclusive con los suyos. Armendáriz, Duhalde y Scioli podrían dar cuenta de ello. Cuando Bartolomé Mitre integró el autónomo Estado de Buenos Aires a la organización nacional, habiendo derrotado a Urquiza en la batalla de Pavón (1862), lo hizo como el territorio que ponía condiciones para ser parte de la Argentina. De gobernador, Mitre pasó a presidente. De esta manera, la provincia de Buenos Aires posibilitaba la construcción de una nación estable, pero también se erigía como territorio con capacidad de condicionarla, tensionarla o ayudarla. El rol de sus mandatarios cubrieron esas expectativas.

 

En estos años, Vidal ayudó a Macri y a sí misma. El mejor ejemplo empírico fue la victoria, en las elecciones parlamentarias de 2017, de Esteban Bullrich. En los primeros años de su gestión había logrado apoyo parlamentario de Sergio Massa y Martín Insaurralde en la Cámara de Diputados bonaerense y la relación con el peronismo, como lo indican algunos intendentes opositores, había sido mejor que con el gobierno anterior. “Tenemos un buen concepto de Vidal”, resumió para están nota un intendente del conurbano.

 

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La gobernadora había interpelado, como comentan algunos dirigentes del peronismo de San Fernando, La Matanza y Moreno, entre otros, a una porción de los sectores populares de sus distritos. Ella se quedó con el trabajo territorial que habían llevado adelante algunos dirigentes radicales y con aquello que ampliaron los dirigentes de su propia tropa. Todo caminaba sobre ruedas. Otorgaba un plus político a Macri y lo cubría –como ya lo había hecho desde sus gestiones como funcionaria–. Pero el factor peronismo y la crisis económica lo modificaron todo. Sus esfuerzos por la estabilidad, por enfrentarse a algunas corporaciones –como el servicio penitenciario, la policía y algunos sindicatos– no le otorgan hoy, pese a ciertos apoyos sociales, la tranquilidad de la victoria. “Hizo rutas que nadie había realizado en veinte años y les marcó la cancha a los sindicatos docentes. Eso le trajo apoyo. Vidal tiene muchos ovarios”, apuntó una funcionaria de Cambiemos del municipio de Coronel Suárez. Y sin embargo, no puede dejar de lado la calculadora.

 

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Estas elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) no solo serán una encuesta nacional y provincial sino una instancia de creación de un clima electoral y de una tendencia simbólica. Esta dimensión no es menor. Quedar cerca, lejos o por encima de Alberto Fernández y de Axel Kicillof definirá estrategias e intensidades discursivas y emocionales de dirigentes del oficialismo de los cuales todavía no hemos visto todo.

 

Vidal es el tipo ideal del duranbarbismo: mujer sin larga historia política, luchadora con sensibilidad y rodeada por funcionarios macristas y de una candidata tan cercana a su figura como María Luján Rey. Ambas son sobrevivientes: una del drama de la tragedia de Once y la otra, de las amenazas repetidas que la llevaron a vivir en un cuartel. Sobrevivir a la vieja política: eso son Vidal y Rey. Eso parece ser una marca en esta campaña. 

 

Veamos. Ella se para a dar pelea. Sola. Sin mostrar a otros actores de la vieja política. Ella es la novedad. Sigue siéndolo, como parte de un Cambiemos línea fundacional. Miss Buenos Aires resiste, mientras Macri rompió esa estrategia al unirse al veterano Pichetto. El presidente se aupó de la experticia de la vieja política. Su supervivencia la ligó a este dirigente y a aquello que pueda tomar de Vidal. Ella cumplió. Sacrificó su nombre al no insistir con su candidatura a presidenta y ahora pone en el altar de Juntos por el Cambio toda su imagen para impulsar a Macri.

 

A la gobernadora se le cayó encima la estantería del descalabro económico. La Provincia no está fácil. Vidal tiene una triple tarea: enfrentar a los rubios (Axel y Magario), contestarle a Cristina y apoyar –con el peso negativo que le trae la imagen presidencial– al propio Macri. Todos pretenden “vampirizar” su energía electoral, unos para beneficiarse, otros para debilitarla. Ella misma es el cuerpo de la madre de todas de las batallas. La “madre de la madre”. 

 

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En el programa Intratables del miércoles 7 de agosto la gobernadora indicó que “Vidal no es Macri; Vidal no es Heidi ni un hada virginal; Vidal es Vidal, es una mujer que gobierna por primera vez la provincia de Buenos Aires y al que no le gusta que se la banque”. La campaña viene creciendo en intensidad emocional y política. La gobernadora pone en juego su propio lugar. Ese es el escenario de pelea: la reivindicación de su cuerpo y proyecto. Porque algunas cosas no logró, como establecer una narración dominante que ponga al peronismo como el responsable de todos los males. Las expectativas por la performance electoral de Kicillof y las adhesiones sumadas por Sergio Massa confirman ese límite. Aunque necesite al peronismo para gobernar en el futuro. CFK y todo el Frente de Todos se han transformado en el contrapunto necesario para sumar adhesiones a su candidatura. 

 

El tono –casi monocorde– de una dirigencia acostumbrada a moverse en el territorio del “diálogo” se vio asediado por un apuro de campaña decidido a “mostrar los dientes”. No solo de Leliqs vive el hombre sino también emociones y pasiones. 

 

Conmocionar el escenario, hacer circular temores, reponer la palabra asumiendo el drama de una incertidumbre electoral parece ser la estrategia que Macri y Vidal están llevando adelante. Patean el tablero frente a una campaña moderada de Alberto Fernández. Están tan decididos a mantenerse en el poder estatal que esta acción introduce una novedad: relativiza su desconfianza cultural sobre la clase política y la política en sí misma. Juntos por el Cambio, por primera vez, parecería pensarse o presentarse como un partido del sistema político y no como un espacio decidido a establecer una frontera indeleble con históricas rutinas y concepciones de la política argentina. Hay algo de su “jacobinismo” civilizatorio e iniciático que no llegó a buen puerto. 

 

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Asfalto, rutas, disputas con viejas instituciones, gobernabilidad territorial, lucha contra la “memoria peronista” y la reivindicación de propia figura parece constituir el menú de una campaña que recién empieza. En última instancia, Vidal es alguien que se sacrifica por diseñar una república que promueve un “bienestar” que no está centrado específicamente en la reparación económica. Su gran oferta circula por otros andariveles. Mostrar obra pública, su propio cuerpo (con o sin poncho) y su pugna con CFK, algo que le otorga ciertos réditos.

 

Pararse en el ring, en una suerte de medio entre dos titanes políticos, como el presidente y la expresidenta, podría constituir una perspectiva disímil a la que hemos visto hasta ahora. Sacrificarse pero protegiéndose. No dejando que todos canibalicen su nombre. 

 

Si logra reelegirse y ayudar a Macri, siempre y cuando las condiciones económicas no se desquicien, se habrá forjado un lugar excepcional para el futuro. Pero no solo será un lugar personal, sino el inicio de una política con capacidad de legitimarse en la imagen de una república en la que cohabiten el orden y grandes desigualdades. Si pierde esta elección ese laboratorio que Cambiemos pensó para la Provincia de Buenos Aires vendrá a confirmar que, pese a los acuerdos coyunturales con algunos intendentes y a cierta interpelación interclasista, el peronismo sigue siendo no solo aquel que organiza las corrientes mayoritarias de la provincia de Buenos Aires, sino aquel que demostraría que existe poco lugar para “jacobinismos”. Venga de donde venga. 

 

 


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