La escuela está de paro pero abre sus puertas para contener el duelo y la bronca. En el Día del Profesor, las docentes Jorgelina Ruiz Díaz y María Cristina Aguilar murieron por reclamar su sueldo y defender el aula a mano limpia. La muerte se ha acostumbrado a vagar por los patios de las escuelas, lugar que debería estar preñado de futuro y que por eso, también, hace que la única posibilidad de aprendizaje -y supervivencia- sea a través de los vínculos y los afectos. Por Manuel Becerra.



Donde el Estado no está, está la muerte segura. Las profesoras Jorgelina Ruiz Díaz y María Cristina Aguilar volvían de reclamar –otra y otra y otra vez– por los salarios que les adeudaba el gobierno de Chubut. Pero su auto volcó, y murieron por causas evitables, como Sandra y Rubén en Moreno, como Carlos Fuentealba, bandera, aquella vez en el siempre bello y tenso Neuquén. 

 

Los docentes de Chubut llevan más de un mes de paro, y más de dos de conflicto. Quienes conocemos cara a cara la desidia educativa de los gobiernos sabemos lo que cuesta física, emocional, psicológicamente luchar. No trabajamos de marchar mendigando que nos paguen el sueldo. Trabajamos de enseñar, que es nada más ni nada menos que tratar de pintar posibilidades en los horizontes inciertos de nuestros estudiantes. Que llegan a la escuela con hambre, con tristeza, sin una soga que los ate a la vida. En los últimos tiempos parecería que la muerte se ha acostumbrado a vagar por los patios de las escuelas.

 

Cómo vamos a aceptar a la muerte ahí, susurrándoles a los chicos, intentando agarrarnos a nosotros de la mano. Si la escuela es un lugar que, por definición, debería estar preñado de futuro. Cómo puede ser que nos hayamos acostumbrado a que el aula es una isla solitaria que hay que salir a defender a mano limpia. 

 

Una escena

 

Jorgelina y María Cristina estaban a punto de jubilarse. O sea que llevaban décadas en la escuela, viendo pasar cada promesa gubernamental, cada noche oscura, cada crisis fulminante, cada chico pidiendo con los ojos un rato más de paz. Y con todo eso encima fueron a marchar, a defender el aula, la escuela, a mano limpia. Porque defender el salario docente es defender la educación, aunque se intente disociar las dos cosas. Hasta en esto hay que ser didáctico: un sueldo digno paga tranquilidad y concentración para un mejor trabajo en el aula. Un sueldo bajo significa un docente buscando otro trabajo, recargándose de planificaciones, vínculos, correcciones, y disminuye su dedicación a cada pibe, a cada piba. Tan simple es, tan complicado de entender en estos tiempos.

Por eso es necesario imaginar la siguiente escena que muchísimos de nosotros hemos vivido.

 

Un patio de escuela, una bandera en el mástil. Los estudiantes abrazados, algunos metidos en las aulas. Docentes llorando. Un directivo dando la peor de las noticias, pasando direcciones de velorios, teniendo que explicar los aspectos burocráticos de una muerte evitable que partió a la escuela como un rayo. 

 

Es necesario contar esa escena, que se repite cada tanto en las escuelas, a quienes no la recorren a diario, a quienes nos piden, al mismo tiempo, educación personalizada, ranking PISA, tutorías para chicos en riesgo, formar para los trabajos del futuro, flipped classroom, capacitación infinita porque el mundo ha cambiado y la escuela no, y la obscena infinidad de etcéteras que nos encargan a los docentes como si fuéramos magos. 

 

Vamos de nuevo: la escena.

 

Un viento frío arma un pequeño remolino en un silencio apenas interrumpido por mocos que se suenan y toses. Cientos de chicos y adultos mirando el vacío sin poder ponerle palabras al horror. La directora apenas puede decir: “El velorio se hará…”, y el resto apenas puede escuchar. Y luego, al aula. ¿Qué hacer con las horas libres de Economía que dejó Cristina? ¿Quién contiene a los alumnos ante esa ausencia que no se celebra? El aula está demasiado vacía. 

 

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La escuela provincial 738 del barrio San Cayetano estaba de paro. Pero la conducción de la escuela consideró que se imponía abrirla para que la comunidad educativa pudiera abrazarse. Pues bien, lo que pasó en Comodoro Rivadavia seguramente fue muy parecido a lo que se narró arriba. Y ese dolor no se computa como parte de la escuela, del trabajo docente, porque no debería ser una variable del acto educativo. Pero es. El dolor, en un sistema educativo despreciado, entra al aula como un fantasma.

 

Hipocresía, petróleo y muerte

 

Mariano Arcioni es el gobernador de Chubut por el partido provincial Chubut somos todos. Es egresado de las Universidades de Belgrano y del Salvador. Hace apenas dos semanas, una patota con identificaciones del sindicato de petroleros de Chubut agredió a docentes que realizaban cortes en las “rutas del petróleo” en reclamo de sus salarios adeudados. Las maestras y maestros que sufrieron la agresión relatan que no había policías en la zona, como si la hubieran liberado. Chubut es una provincia que depende en gran medida de las regalías petroleras. La correlación es demasiado significativa.

 

Esta misma semana, Arcioni intentó aumentarse el sueldo, a él y a sus funcionarios, en un 100%. Mientras los empleados estatales no cobran o cobran a cuentagotas.

 

¿Qué hacer con el odio, qué hacer frente al desprecio? Los docentes trabajamos todos los días en las escuelas pero las gestiones educativas, en general, se repiten en un círculo vicioso y eterno de promesas, conflicto y desprecio. “La educación es lo más importante que tenemos”, dicen todos, pero hacen poco. Y nos morimos nosotros, se nos mueren los pibes.

 

Hace una semana fue el Día del Maestro. Como cada año, las redes de funcionarios y candidatos se llenaron de fotos con puestas en escena de sonrisas y niños utilizados para la campaña: la impostura del compromiso educativo. Una semana después, el Día del Profesor, dos docentes murieron por no impostar compromiso, sino llevarlo a la práctica concreta. Los funcionarios y candidatos seguirán sonriendo en las fotos mientras encaran su ancestral y salvaje danza por un cargo a partir de diciembre. Pero Jorgelina y María Cristina se murieron reclamando que les paguen el sueldo. 

 

 

Enseñar con el ejemplo

 

A muchos docentes no nos sorprende la muerte en la escuela. Sabemos que está ahí, esperando, seleccionando con precisión. No nos sorprende porque sí nos importa la educación: es por eso que luchamos por mejores salarios, por infraestructura, porque estamos hartos, verdaderamente hartos, de las declaraciones pomposas cuyo reverso son salarios de hambre y escuelas convertidas en trampas mortales.

 

Horas después de las muertes hubo incidentes en la Legislatura chubutense, en Rawson. Fuego y destrozos. Es que, de nuevo, ¿cómo responder ante la muerte? ¿Cómo encontrar moderación, reflexión y sensatez con los cuerpos atravesados de dolor y bronca? Sólo quienes no conocen la cotidianeidad de las aulas (o ni siquiera: quienes no conocen la cotidianeidad de ser un laburante) pueden pretender paz social luego de meses de hambre, violencia y muerte de dos docentes.

 

En las prédicas antihuelga de tantos gobiernos, pero de éste en especial, hay mucho de clasismo. Se esgrime que los paros dejan a los chicos sin aprender. Con algunas tesis que analicen el fenómeno se podrá saber qué tanto hay de cierto en eso, es decir, qué tanto dejan de aprender sobre Historia, Biología o Matemática los alumnos cuyos docentes hacen paro. Pero hay algo mucho más certero que las críticas a las huelgas docentes omiten: el paro enseña, porque el paro es bronca. Porque, los docentes sabemos muy bien, los alumnos aprenden más de lo que somos que de lo que decimos. Y, también sabemos, la única posibilidad de enseñar es entablando un vínculo, poniendo a jugar lo afectivo. Ésa es una de las paradojas constitutivas de la docencia: en un punto, somos profesionales de lo afectivo.

 

Jorgelina y María Cristina murieron luchando. Sus ausencias desoladoras dejarán esa certeza imborrable en sus familias, amigos, compañeros, pero sobre todo en sus alumnos. Ésa es la enseñanza más disruptiva que dejan. Los discursos antihuelga, en cierto sentido, intuyen que la lucha docente es un arma poderosísima. Porque es ejemplo, porque es conducta. Y, en definitiva, porque es la más categórica prueba de la injusticia.


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