Para el “campo progresista”, las coordenadas fatales donde hoy se halla el submarino son una encrucijada política: ¿se puede reivindicar la noción de soberanía, ser anti imperialista y a la vez defender la necesidad de que existan Fuerzas Armadas? El ARA San Juan y sus 44 tripulantes alcanzaron el peso simbólico que nunca tuvo el mar argentino, que sigue siendo el gran ausente en nuestras representaciones como país: no entra en el modelo industrialista y tampoco en el agroexportador.



“Los van a encontrar”. Mi hermano me repitió esa frase con confianza ciega durante las primeras horas, mientras me proporcionaba datos técnicos de todo tipo. Con la misma seguridad, tiempo después, me explicó por qué no los encontrarían con vida, y por qué era probable que el ARA San Juan estuviera donde efectivamente apareció, unos 500 kilómetros aguas afuera de Comodoro Rivadavia.

 

Cuando se perdió el submarino mi celular no paró de sonar. Ni siquiera cuando agonizaba nuestro padre intercambiamos tantos mensajes de whatsapp con mi hermano, que vive en Tierra del Fuego, como en esos días. Germán es técnico en telecomunicaciones y trabaja para una petrolera. A través de él, cuando se alentaba la esperanza de que los 44 tripulantes fueran rescatados, me llegaron audios. Decenas de audios, capturas de pantalla, grabaciones de comunicaciones radiales en las que la emoción cada tanto asomaba entre el ruido de fritura, los “copiado” y los “atento atento”. Conjeturas y rumores de expertos enviadas desde puentes de mando, helicópteros, centrales de rastreo en medio del Atlántico. El que no había estado embarcado en el submarino, tenía un conocido a bordo. Si no era ninguna de esas dos situaciones, trabajaba o había trabajado en alguna de las decenas de naves que buscaron el sumergible en condiciones pésimas. Todos tenían alguien a quién preguntarle, todos hicieron guardia para captar la menor comunicación de la tripulación perdida. Miles de pares de ojos y oídos atentos al menor signo de vida.

 

Al escucharlos, al leer de dónde provenían, me parecía ver alguna de esas fotografías luminosas de las ciudades flotantes que arman los pesqueros extranjeros en la milla 201. Pero era como una película: las luces se encendían en cámara lenta y delineaban un mapa de otra Argentina. Los audios que me reenviaba mi hermano eran los nudos de una red de personas atravesadas por el mar y la Patagonia: embarcadas o en tierra, en localidades costeras o puntos diminutos en medio del océano. Para esa gente, como para mi hermano, que apareciera el ARA San Juan era cuestión de vida o muerte tanto como para los que murieron en él.

 

Audios, decenas de audios, como apariciones. Las redes de mensajes, los escaneos enviados clandestinamente desde vaya a saber dónde son la sangre que corre por las venas de un mundo desconocido para buena parte de la sociedad argentina. Pensé, durante esas primeras noches: “¿Se puede ser de izquierda y reivindicar la noción de soberanía? ¿Cómo ser anti imperialista y sostener un discurso de defensa de los recursos que repite los argumentos del Imperio? ¿Es posible “luchar por la memoria” y a la vez defender la necesidad de que existan las Fuerza Armadas?”. Pensé, mientras palpaba la ansiedad en los mensajes que recibía, en la inmensidad de la incomprensión, porque mis preguntas no eran falsos antagonismos o dilemas, sino puntos ciegos en el discurso “progresista” dentro del que me podría incluir, y que situaciones como las del ARA San Juan llevan al límite de su contradicción. La pérdida del buque, las vidas encerradas a casi mil metros de profundidad dan la dimensión exacta de la aventura imaginativa que deberíamos materializar para poder responderlas.

 

Puntos ciegos

 

A finales de 2017, una pintada en las cercanías de Plaza de Mayo decía: “44 menos”. Alguien la había hecho, en clara alusión a la pérdida del ARA San Juan, durante una de las numerosas marchas de oposición a la política económica del gobierno de Mauricio Macri. La pérdida del sumergible sirvió para cuestionar la improvisación en el manejo de la información y el ajustazo macrista. Pero desnudó cuestiones culturales y políticas de más larga data: desde 1983, la izquierda democrática ha abandonado el campo, salvo excepciones, en temas nodales que hoy regresan del peor modo. El papel de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, los más notorios. Procesa problemas actuales y que necesitan de proyección estratégica con un repertorio metodológico anticuado. Y si no hace eso, elige convivir con temas que considera “ajenos” pero que laten y que expresan otras realidades sociales y culturales. De alguna manera, rechaza lo evidente: que más allá de los grandes centros urbanos y de producción del conocimiento son significativas otras cosas: la patria escolar y grandilocuente instalada por la educación pública, la convivencia de civiles y militares como en esas noches febriles a la espera de noticias del submarino perdido.    

 

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Para el “campo progresista”, las coordenadas fatales donde hoy se halla el submarino son también una encrucijada política. Hay dos ejes para procesar las consecuencias de la pérdida de la tripulación del ARA San Juan. La primera de ellas tiene que ver con el lugar de las Fuerzas Armadas en democracia. La segunda, la ausencia del mar en nuestras representaciones como país. Ambas son hijas de la historia. En el primer caso, devienen de las marcas en la memoria que dejó la dictadura militar (1976 – 1983) y la guerra de Malvinas (1982). La segunda, más estructural, es el peso del país que imaginaron las elites dominantes.

 

Milicos = Represores

 

Cualquiera que investigue sobre Malvinas sabe que durante años ha tenido que enfrentar la suspicacia de sus colegas, por trabajar “temas de milicos”. Lo vivieron en su propia carne los ex combatientes, soldados conscriptos en Malvinas, cuando reivindicaron su agencia política desde su condición de haber combatido por la Patria. En la década del ochenta, cualquier individuo uniformado era un represor, aún aquellos que desde su condición de soldados denunciaron a sus jefes por cobardía o malos tratos. El emergente fue un proceso por el cual las memorias de Malvinas y las de la dictadura crecieron por carriles paralelos, ignorándose o recelándose, alternando su emergencia según el contexto político. El kirchnerismo materializó esa contradicción al erigir un museo sobre Malvinas en el predio de la ex ESMA, donde a la vez está el antiguo centro clandestino de exterminio.

 

No propongo un discurso de síntesis, sino la necesidad de procesar la contradicción hacia algún lado, porque si no el resultado es negativo en distintos niveles. Los familiares del ARA San Juan sostuvieron sus reclamos al igual que durante décadas lo hicieron los organismos de derechos humanos, víctimas, por ejemplo de la Armada a la cual los parientes de los marinos perdidos reclaman explicaciones. Es decir que hay dos problemas: el Estado y las auto representaciones que tenemos como nación. 

 

Un ejemplo por la positiva de las necesarias confluencias son las identificaciones de los caídos argentinos en Malvinas. Las técnicas inicialmente desarrolladas por el Equipo Argentino de Antropología Forense para identificar a las víctimas del terrorismo de Estado permitieron recpuerar la identidad de decenas de soldados argentinos muertos durante la guerra contra Gran Bretaña. Las controversias previas al proceso prácticamente cesaron cuando las familias supieron bajo qué cruz descansaban sus hijos.

 

En esa extensión inmensa que no son ni la Capital Federal ni las universidades, las identidades se construyen y laten en torno a viejos símbolos. En Ramos Mejía, donde vivo, junto al mural que celebra a las Madres de Plaza de Mayo está la silueta del ARA San Juan. El camino de acceso a Baigorrita, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, se llama “Avenida Soldado Miguel Ángel Soriano”, en recuerdo al único muerto en Malvinas de la localidad, precisamente en el hundimiento del ARA Belgrano. Para muchos argentinos el nexo con esa estructura superior llamada “Argentina” pasa por todo ese repertorio simbólico asociado a la patria, a lo militar. Ignorar ese dato de la realidad es tanto un peligro político como una injusticia.

Porque no resignificarlo y empatizar con los otros es precisamente dejar que medre aquello que supuestamente queremos enfrentar. Ante el silencio y el juicio injusto emergen el resentimiento y la idea conspirativa de que “hay una verdad que se oculta”.

 

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Esto se volvió evidente en la manera en que reverdecieron las reivindicaciones de la represión desde el verano de 2016. No se trata solo de que el gobierno haya abonado gestualmente tal situación, sino de que ese resurgimiento es posible por el silencio y el desinterés de décadas por parte de quienes más deberían haberse preocupado de reinterpretar los discursos nacionales, patrióticos, y no solo impugnarlos o verlos de una forma peyorativa.  

 

Albatros

 

Nos hemos limitado desde nuestros orígenes para pensar nuestro país: “Los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo”, escribió Jorge Luis Borges en “El escritor y la tradición”. En el nacionalismo convergen izquierdas y derechas de todo pelaje. El punto de convergencia es irreductible: la patria por encima de todo y la imaginación de un país agroexportador que, a lo sumo, debe industrializarse. ¿Dónde está el mar en esas proyecciones? Las izquierdas están presas de la misma  caja conceptual, en lo que a imaginar la nación se refiere, que sus antagonistas ideológicos. Imaginan la revolución con las reglas del vencedor.

 

En el mar hay una posibilidad. Pero para ello tiene que tener contenido, como uno de esos libros para pintar. No podemos verlo como viajeros, sino como habitantes. Escribe Philip Hoare en “Leviatán o la ballena”: “El mar es el gran desconocido, el último territorio por descubrir, a pesar de abarcar tres cuartas partes de la superficie de la Tierra (…) Sus mareas y sus costas determinan nuestros movimientos y el trazado de nuestras fronteras con mucha más fuerza que cualquier tratado de gobierno. Sin embargo, cuando volamos sobre sus llanuras, pensamos en él – si es que le dedicamos algún pensamiento- meramente como una distancia que hay que salvar”. Esta afirmación genérica para la cultura merece pensarse de manera específica para la Argentina.

 

En la conferencia de prensa en la que anunció el hallazgo de los restos del submarino, dijo el ministro de Defensa, Oscar Aguad: “No tenemos medios para rescatarlo. No teníamos ni siquiera los recursos para bajar a las profundidades”. Pero sucede que el ARA San Juan se perdió en el mar. Puede resultar una obviedad decirlo, pero no lo es. Era una nave de guerra de un país que, a pesar de que tiene miles de kilómetros de litoral marítimo, reclama un archipiélago usurpado y declama su proyección antártica y atlántica sin la capacidad de hacerla efectiva ni de defender de manera adecuada sus recursos.

 

Los tripulantes del ARA San Juan son 44 olvidados que se perdieron en un mar que no entra en nuestras imaginaciones como país. Es un mar incógnito, como el que dibujaban los exploradores a medida que navegaban.

 

Una tradición marinera desaconseja maltratar a los albatros, esos pájaros que cada tanto se dejan ver en el litoral patagónico. Sostiene que cada uno de esos pájaros encarna el alma de un marino ahogado, tal vez por lo lastimero de su grito y la capacidad de seguir durante horas a las embarcaciones sin aletear, aprovechando el viento. Como si quisieran sumarse a su tripulación.

 

Acaso los 44 tripulantes, que solo fueron noticia al desaparecer, ya sean esas aves. En todo caso, es un destino mucho mejor y más poético que ser carne de teorías conspirativas y fáciles informes televisivos.

 

Tan simples vemos las cosas que parecería que Malvinas son solo esas dos islas inconfundibles pintadas en murales, banderas y carteles viales. Pero son más de 200 islas e islotes. En la más austral de ellas, Beauchêne, los albatros tienen uno de sus principales lugares de reproducción y cría. Desde que mi amigo Alejandro me describió su visita al lugar, sueño con conocer alguna vez esa roca elevada y aplanada en su tope donde los jóvenes albatros se juegan a suerte y verdad en su primer vuelo. Escribió sobre eso en “Beauchêne” (Islario fantástico argentino): “los albatros necesitan carretear sobre una pista antes de emprender el vuelo, y (…) las únicas pistas que hay en la isla están en la parte alta del plateau, a varias decenas de metros sobre el nivel del mar. Por lo tanto, si un pichón intenta su primer vuelo y fracasa, corre serio riesgo de estrellarse contra alguna de las rocas que hay en la barranca o, directamente, con la superficie del mar”.

 

Recordé esa descripción al enterarme del hallazgo del submarino. Situaciones como la pérdida del ARA San Juan pueden generar discusiones tan cruciales como ese primer y definitivo despegue.   

 


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