Por descender de una familia europea, Antjie Krog tenía lo necesario para sacar provecho a la pertenencia a ese grupo privilegiado. Sin embargo, desde adolescente, en la zona rural de Sudáfrica en el que vivía con su familia, imaginó un mundo diferente. En “País de mi calavera”, recién publicado por UNSAM -y sobre el cual se discutirá en un workshop organizado por Lectura Mundi-, habla de la experiencia personal y colectiva de vivir en el post apartheid, sin armar un relato moral.



Foto de portada: Antonia Steyn

 

Antjie Krog, es poeta, ensayista y dueña de opiniones fuertes. Muy poco conocida en Argentina, es una de las más importantes intelectuales sudafricanas. Por eso su visita y que su libro más famoso “Country of my skull” sea traducido al español por Unsam, bajo el título de “País de mi calavera” es una gran noticia.

 

El país donde Krog nació en 1952 era particular. En Sudáfrica regía un gobierno de una minoría blanca que sojuzgaba a la gran mayoría de la población. El régimen del apartheid, como fue conocido, sostenía el principio de la separación entre los distintos grupos étnicos y culturales que moraban en el país para evitar problemas y conflictos abiertos. La sola posibilidad de plantear públicamente la integración racial era condenada y, quienes detentaban el poder, creían que la convivencia solo era posible si se aceptaba la jerarquía racial y superioridad de los blancos. Por descender de una familia con ancestros europeos, Krog tenía lo necesario para sacar provecho de la pertenencia a ese grupo privilegiado. Sin embargo, desde adolescente, en la zona rural en el que vivía con su familia, imaginó un mundo diferente. Cuando estaba en la escuela secundaria, publicó un poema que tuvo eco a nivel nacional y que terminaba diciendo “Dadme una tierra donde los blancos y los negros mano a mano / puedan traer paz y amor a mi bella tierra”.

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Cuando uno se refiere a la literatura sudafricana, es casi imprescindible mencionar cuál es la lengua que el autor o la autora eligen para escribir. En Sudáfrica, hoy las lenguas oficiales son once, aunque no son las únicas que se hablan en el país. En la Sudáfrica actual, la presencia del inglés como el idioma de comunicación más extendido es inevitable. Krog escribe muchos de sus trabajos en su lengua materna, el afrikaans, que deriva del holandés hablado por los primeros colonos europeos que se asentaron el territorio a mediados del siglo XVII y que se fue transformando en una nueva lengua con los aportes de africanos y asiáticos. El afrikaans fue repudiado por ser la lengua impuesta como idioma obligatorio en tiempos del apartheid durante el estado racista – por su uso de los funcionarios del gobierno, del ejército y de la policía. El afrikaans fue y sigue siendo un terreno de disputas. Algunos autores recuperan su uso desde otro lugar, liberándolo y colmando su uso de nuevos contenidos y connotaciones, mostrando que no es una lengua patriarcal usada para dar órdenes y ejercer la violencia, sino que puede dar cuenta de la diversidad, y es potente para expresar grandes ideas, emociones y sentimientos profundos. De estas cuestiones que no le son ajenas se ocupó Krog en uno de sus libros, “A change of tongue” (en español sería “Un cambio de lengua”) publicado en 2003 y que recoge muchas de sus impresiones sobre las transformaciones en marcha en su país.

 

Junto con sus compatriotas, Krog fue protagonista de los cambios en su tierra, de la salida del apartheid a la construcción de un país en el que se pudieran cumplir sus sueños de juventud. Pero ella tuvo un papel  especial. Cuando en 1994 se realizaron las primeras elecciones libres, democráticas y sin exclusiones, fue elegido presidente Nelson Mandela, quien había pasado 27 años privado de su libertad por defender sus ideales. Para crear la “Nueva Sudáfrica”, la proclamada “nación arco iris”, el nuevo gobierno decidió que no era posible el olvido de los delitos cometidos por motivos políticos en el pasado reciente. La opción no fue la justicia de los tribunales, sino que se creó una Comisión de Verdad y Reconciliación, con el objetivo de dar la mayor difusión posible a las aberraciones cometidas. Ese tránsito hacia el conocimiento público de la verdad – total y completa – fue la condición acordada para que un perpetrador pudiera acceder a la amnistía. La Comisión estuvo compuesta por 17 miembros elegidos por el presidente entre personas destacadas, que daban cuenta de la diversidad del país. Una de sus obligaciones fue facilitar a todos los que se consideraban víctimas la posibilidad de ser escuchadas. Por eso se decidió que no hubiera una única sede, sino que la Comisión se acercara a los distintos rincones de Sudáfrica para recoger los testimonios. La situación fue inédita para los sudafricanos.

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En el caso de Krog, trabajó para la radio pública como periodista, haciendo informes cotidianos sobre los avatares de las distintas sesiones de la Comisión durante los más de dos años de duración. Una mujer blanca afrikáner, escritora, profesora universitaria perteneciente a un medio liberal contrario al apartheid en sus tiempos de gloria, terminó dando cuenta de los horrores cometidos en su tierra, promovidos por gobiernos que defendían la supremacía de los blancos. Esa experiencia fue trascendente en su vida y decidió plasmarla en “País de mi calavera”. Con una prosa notable, la autora escribió un libro que no es fácil de ser clasificado dentro de un género único (¿es un ensayo? ¿son memorias?), lo cual lo hace más interesante. No busca hacer una historia de la Comisión para lograr un texto estrictamente realista; y pone toques de ficción para crear mejores climas. El libro no solo es una buena evidencia de sus habilidades como periodista que informa sobre la realidad, sino que demuestra su sensibilidad con los hechos sucedidos. Ninguno de los desarrollos le fueron ajenos y quiso expresar el cimbronazo que le produjeron los testimonios escuchados. Y la presencia, en un mismo espacio físico, de víctimas y perpetradores. La conmoción no la paralizó y sus reflexiones no quedaron en el ámbito doméstico: quiso compartirlas; la pulsión que sienten los escritores por escribir.

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En su obra de prosa, como “País…”, y en sus libros posteriores, como el ya mencionado “A Change…” (2003) y “Begging to be Black” (en español, “Rogando ser Negro”, 2009) habla de la experiencia personal y colectiva de vivir en la Sudáfrica post apartheid, sin pretender en ningún momento armar un relato moral. Apelando a un tono intimista, pone de relieve toda su sensibilidad. Una sensibilidad y una profunda indagación que genera impacto entre sus lectores porque no es lo que muchos esperan encontrar en una mujer blanca, afrikaner, criada en el campo.


 

Actividades organizadas por Cátedra Coetzee. Literaturas del sur (UNSAM) con Antjie Krog. Del martes 13 al jueves 22. Inscripción gratuita. Más información, click aquí. 


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