La académica española de la crónica leyó Poliamor, el primer ejemplar de Anfibia Papel, y escribió sobre la narrativa, el lenguaje y las imágenes. Y descubrió hilos conceptuales unificadores pero también disruptores: las nuevas masculinidades, la maternidad, el sexo, la infidelidad, el amor libre. Reseña de un objeto de culto para cualquier fetichista.



Ilustración: Florencia Capella

 

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En este 2018 en España el abordaje de cualquier producto cultural dedicado al amor, con una fuerte carga conceptual y organizado episódicamente, solo puede remitirnos a una frase, una onomatopeya y un golpe: “Malamente. Tra. Tra”. Mientras chocan nuestras palmas en un gesto flamenco. Ya saben, se trata del estribillo de la canción homónima de Rosalía que abre su disco titulado “El mal querer”.

 

Es este un álbum con narrativa. Basado en un texto anónimo del siglo XIII llamado “Flamenca”, según reveló el youtuber Jaime Altozano y corroboró la cantante. Un libro que contaba una historia de “mal amor” que Rosalía revisita y en la que la mujer que encarna y canta, tras episodios de celos “Pienso en tu mirá” (capítulo 3) y de violencia y disputa “De aquí no sales” (capítulo 4), logra empoderarse y reivindicar su libertad y su espacio frente a su esposo acosador.

 

Un transcurrir narrativo por el que, salvando las distancias, también transita el primer número en papel de la revista Anfibia: “Poliamor”. Un ejemplar que reflexiona sobre diversos aspectos, más o menos tipificados en el amor y en las relaciones amorosas. Quince capítulos (quince temas, quince textos) organizan este mapa conceptual amoroso que es “Poliamor” y que recoge asuntos como: el enamoramiento, la primera vez, la crisis, la rutina, el miedo, las máscaras, las infidelidades, el sexo… Cada capítulo cuenta con una crónica, un relato que se apoya a su vez en una personal ilustración. Cada texto tiene su propio diseño y organización. Quince autores y quince ilustradores que han logrado componer un objeto cultural hermoso en el que los elementos formales, las imágenes y las palabras se imbrican y forman un todo.

 

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Regreso a la construcción narrativa y a esta idea de relato por capítulos porque este número lleva detrás un trabajo de edición apabullante. Las crónicas no siguen el orden cronológico “esperable” cuando se inicia una relación amorosa sino que se van alternando ideas y conceptos; se crean hilos conceptuales unificadores pero también disruptores, como la secuencia formada por el “Capítulo 13. Enamoramiento” y el tratamiento que le da a este asunto la escritora Margarita García Robayo en su relato “Heridos sin habernos conocidos” y el “Capítulo 14. Verte” que aborda ese primer encuentro supuestamente iluminador y sintomático para una relación que empieza, sobre el que reflexiona y del que reniega el escritor Alan Pauls. Así en otros tantos casos porque la estructura de este número juega con esa secuencia interna y juega también a romperla desde el mismo inicio porque el capítulo 1 aborda el final de una relación: la última vez que se ve a la persona amada, y el último capítulo “todxs”, del periodista Cristian Alarcón, que repasa en una crónica poética y sinuosa todos los amantes y enamorados que le han venido acompañando en diferentes etapas de su existencia.  

 

“Poliamor” se abre espléndido con un texto de Mariana Enríquez, fiel reflejo de su universo literario: oscuro, gótico romántico, sucio, electrizante y drogadicto. Un relato en el que aparece un hombre idealizado, romantizado, desde ese prisma de venas frágiles y carácter enigmático que conmina a la narradora por su belleza, juventud, delicadeza enferma, febril y frágil. ¡Y en París! Un relato sin tacha que no se deja penetrar por lo metaliterario, que recorre coordenadas amorosas pasadas, cuando no había WhatsApp ni redes sociales. Un mundo, dice la autora, “donde todavía era posible perderse y donde también podía ser imposible volver a encontrarse” (p.14).

 

Sin embargo, si Enríquez no se pliega a lo “meta” en primera instancia, sí necesita aclararse la voz al final. Ya terminado el relato en una coda expone su supuesta aversión a la autoficción, a la autoreferencialidad, a la literatura del yo. No parece sentirse cómoda esta novelista por los vericuetos de la no ficción y por eso se aclara la garganta y nos hace dudar de lo contado, del pacto de lectura previamente establecido. “Un pacto ambiguo”, como señaló Manuel Alberca al acercarse a este proceso narrativo de la autoficción. Es Enríquez quien ya desde la primera historia del ejemplar nos hace cuestionarnos por la exploración del yo narrativo por la que apuesta “Poliamor”, por el interrogante sempiterno entre la verdad y la verosimilitud que acompaña a la escritura crónica y muy especialmente a aquellos textos que abogan por la primera persona en tanto que objetos y sujetos narrativos. Un primer ejemplar en papel de Anfibia que, si bien nos presenta un marco de referencialidad poliamorosa como una suerte, y vuelvo a la música, de 69 Love Songs, de Magnetic Fields, un abordaje interesante de cuerpos, de emociones y formas de amor y desamor, se muestra especialmente interesante por la exploración que presenta dentro de la autoficción, de las literaturas del yo. “Poliamor” expande el espacio creativo de la no ficción desde esta escritura experimental que viene poniendo en entredicho la cuestión de “expresión del autor”. A estos cuerpos, a estas voces, a estos narradores les ha atravesado una experiencia para poder contarla.

 

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Anna Caballé, investigadora y profesora de la Universidad de Barcelona, especialista en biografías, autobiografías y memorias, señalaba en un artículo de comienzos de este año en Babelia, el suplemento cultural de El País, la fatiga que existe ya respecto a estas literaturas del yo y el anquilosamiento que la fórmula estaba produciendo por repetición, pero también anotaba algo clave: “Sin duda la autoficción, más allá de ser el paraíso de la teoría literaria, ha supuesto un balón de oxígeno a los serios problemas de la novela que, como pura ficción, se ha visto asediada por el cine y por series televisivas que rozan lo sublime”.

 

Pero el crecimiento exponencial de las literaturas del yo ha hecho también que estemos agotados de un yoísmo vacuo y que lo subversivo y atractivo de lo contado en primera persona se haya desvirtuado. Con todo, no es el caso de este primer número de Anfibia, que además de explorar las variantes de narradores, de cronistas, afronta asuntos fundamentales que vienen preocupándonos en estos tiempos y de los que venimos ocupándonos. Cuestiones que debatimos, que nos interrogan, como cuáles son los modelos de las nuevas masculinidades; qué hacer y cómo reaccionar ante el acoso, ante la violencia machista; la maternidad. Esa maternidad postergada que termina por ahogarse, que tan sencillamente relata en simbiosis con su gata Alejandra Costamanga en el “Capítulo 7. Irreversible”, con su relato “Ganas de retroceder el tiempo”; las relaciones poliamorosas, el amor en pareja, el amor libre, la pareja abierta por la que parece que finalmente se decide Enzo Maqueira tras constatar que la infidelidad es una necesidad connatural al ser humano, que no depende de géneros en el capítulo 12 “Volver a casa a limpiarse el perfume ajeno”.

 

Las mujeres que protagonizan estas crónicas son poderosas y están en general mucho mejor delineadas que los hombres. Tampoco es extraño; no deja de ser síntoma de estos tiempos para todo ámbito cultural y narrativo. Hablamos de mujeres agentes que se reivindican en la soledad, en el deseo de estar solas, en textos como el guión-audio-epistolar (juego formal interesante que nos hace reflexionar sobre los tiempos y las maneras de la comunicación amorosa actual) de Erika Halvorsen, “Capítulo 8. Miedo”. “Dormir sola”. Allí piensa y ensaya sobre el miedo, sobre la soledad. Un miedo a dormir solo que manifiesta en este relato la pareja de Erika porque ella siempre siente la necesidad y el deseo de marcharse tras el encuentro amoroso a dormir sola. Siente ese “desapego” que su pareja achaca a conductas masculinas y que Erika reclama como deseo femenino, uno más entre tantos otros que nos han robado a las mujeres. Mujeres que reivindican “la distancia” como forma de estar en relación. “Cierto grado de distancia” desea María Sonia Cristoff que huye de ese idolatrado deseo de “ser uno con otro”. Cristoff emplea una imagen para ella reveladora: “la quimera del canguro”. Alude a la actitud reiterada de un bebé canguro en Australia que desesperadamente intentaba meterse de nuevo en la bolsa marsupial de su madre, sin darse cuenta de que fuera de la bolsa hay un mundo rico y amplio que está dando de lado en su empeño por querer “ser en otro”. Esa conducta en la que nos han educado a tantas mujeres y que en esa fusión que diera sentido al amor nos perdemos finalmente en el otro, sin reconocer nuestros gustos y necesidades. Mujeres que se manejan en los conflictos del cuerpo, del deseo, de la identidad, como el poema de amor lésbico de Gabby de Cicco del “Capítulo 6. Piel” “Tu cuerpo se abre y entro en aguas profundas”. Un cuerpo que se rompe y expande hasta en la caligrafía escogida por la ilustradora Bebel Abreu. Y entre estas mujeres, la cronista Sonia Budassi que cuenta una historia de celos y acoso de la que escapa airosa. En el “Capítulo 3. Máscaras”, Budassi no se deja “ni editar”, “ni reseñar” más por un intelectualoide ofuscado y pretencioso. Ella no es perfecta (“Perfecta” se titula este texto), al menos no está dispuesta a encarnar la perfección que él quiere fabricar para su solaz y tranquilidad. Budassi se resiste, escapa y gana.

 

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Y entre estas mujeres poderosas, sobresale la periodista gonzo, extimista (si esto existe) y kamikace: Gabriela Wiener en el “Capítulo 9. Sexo” “Aquí no se hace más el amor”. La crónica nos sitúa en la cama matrimonial de la peruana, una cama para tres. Wiener se acuesta entre Rocío y Jaime, que duermen cada uno a un lado de la cama y ella en medio se masturba viendo porno con su iphone. Esta gourmet del sexo habla de su relación poliamorosa, de cómo su cama de matrimonio, a pesar de estar formada por tres miembros, hace tiempo que dejó de ser un lugar para el sexo, de cómo el sexo entre los tres no es como antes, de cómo su apuesta sexual, vital, se ha ido transformando en ella con Rocío y en ella con Jaime, en el cuarto de al lado. De cómo hay noches que la convivencia y el cansancio, a pesar de ser tres, la dejan sola con el recurso de la masturbación. Nos muestra la normalidad y lo extraordinario de su poliamor. Dos páginas que son una joya: vayan al libro. Páginas 106 y 107. Una doble página de sexo y de amor bestial descrito por la mejor Gabriela: a la derecha su escena de sexo con Rocío, su profundo amor y deseo por esta mujer que le acompaña y con la que ha tenido a su hijo Amaru; y a la izquierda, su escena de sexo con Jaime, su profundo amor y deseo por este hombre que le acompaña y con el que tuvo a su hija Lena. Tres adultos, dos niños. Cinco personas. Una familia. Toda una apuesta amorosa. Este relato arranca brutal, como le corresponde a una buena crónica: “En una cama siempre estamos condenados a repetirnos” y termina con la misma fuerza. Toda una crónica “marca Wiener”.

 

Quisiera detenerme brevemente en dos relatos que me parecen significativos y que brillan con luz propia:

 

1.

Capítulo 5. Diferencia. “Esa íntima extranjería que repele y ata” de Alejandro Modarelli. Una reflexión sobre un yo íntimo a través de la extrañeza, del reverso, de lo que no se es y se percibe en el otro como un don. Esa dosis justa que podemos asimilar y reconocer en lo extraño del otro y que siempre nos resulta tan atractivo. Esa búsqueda de lo singular opuesto. Me gusta porque esa diferencia es la que construye el deseo homosexual y por cómo el relato transita desde el tren de Mitre de los 80 y sus formas de deseo y de amor de antes hasta el goce sexual prioritario e impulsivo de los encuentros 2.0 más actuales, en donde “más que dirigirnos a otro, permanecemos en nosotros mismos” (p.61). Hay un reconocer del paso del tiempo de diversas formas en el relato que se apoya además en lecturas e ideas encontrada en el escritor Ricardo Arenas cuando tuvo que viajar de La Habana a Nueva York.

 

“Leyendo a Arenas, me encuentro a mí mismo en su dolida diferencia. Me corroe una bronca soledad maleva, que es la inadecuación a un mundo en el que no hay lugar para los Modarelli. Soy un plato demasiado fuerte para un paladar corriente. La experiencia ochentista del amor locura es ese tesoro sin copia que conservo desde la primera juventud, es el lugar exacto al que desciendo cada vez que pienso el presente desolado” (pp. 59-61).

 

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2.

Capítulo 13. Enamoramiento. “Heridos sin habernos tocado” de Margarita García Robayo. Pulcritud lingüística. Una capacidad de observación y destreza descriptiva mortal. Entra en las escenas diseccionando y su mirada nos conduce por los personajes. Un texto plagado de imágenes que se mueven y nos inquietan como plantas carnívoras. Una capacidad extraordinaria de la autora para desdoblarse en determinadas escenas, salirse del escenario y desvelarnos así el contraste entre lo que sucede y lo que piensa mientras está pasando. Una taxidermista de las emociones que se desborda enamorada como es ella: elegante, intensa y contenida. Un relato fabuloso.  

 

Para terminar, solo queda añadir que “Poliamor”, además de aportar reflexiones, narraciones y ensayos valiosos sobre distintos aspectos amorosos de la actualidad por medio de quince crónicas, es un objeto bello, de culto para cualquier fetichista. Un ejemplar que apuesta por las ilustraciones y por los relatos, por la imagen y por el texto. Hasta una crónica en cómic contiene. Es un 360º del amor en nuestros días. Un ejemplar que arriesga y que merece la pena poseer y amar.  

 

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