En la Argentina las subastas representan un pálido reflejo de sus pares internacionales, en las que se mueven millones de dólares. Producen adrenalina en los compradores pero pueden generar desazón en los artistas, que ven sus creaciones tratadas como si fueran tomates o papas vendidas al mejor postor. Un adelanto de “Todo lo que necesitás saber sobre arte argentino” de Mercedes Ezquiaga, publicado por Paidós.



Foto de portada: Victoria Pickering

Fotos de interior: Victoria Gesualdi

 

 

“Te amo”, “¿Te dije que estás hermosa esta noche?”, “Te estoy hablando a ti”, “¿Alguien dijo 100.000 dólares?”, “Yo ofrezco 110.000”, “Vamos, sí, vos, no seas tímido”, “Vendido por 155.000 dólares al caballero del fondo”. Con estas frases, el rematador estadounidense, uno de los más prestigiosos del mundo, bajó el martillo y una calavera del grupo Mondongo se vendió en la ciudad de Houston en 155.000 dólares a un coleccionista suizo. Fue en noviembre de 2013, durante la gala que cada dos años organiza el Museo de Bellas Artes de esa ciudad texana para celebrar el arte y la cultura de América Latina. James Niven –hijo de un famoso actor estadounidense, el primer James Bond– es un experto en el tema y suele ser el anfitrión de las subastas de Sotheby’s American. En el mundillo del arte, ese cargo tiene un nombre: chairman. Él sabe perfectamente cómo mantener la atención del público y lograr que el ritmo alegre y celebrativo no decaiga nunca. No espera ni un momento, no deja ni por un segundo de arengar a su elegante audiencia, es eufórico y parece difícil creer que respira siquiera entre una frase y otra. Lo hace para que nadie piense calculadamente que unos cientos de miles de dólares están por abandonar su cuenta del banco. Una simple operación que puede llegar a cambiar el destino de un artista.

 

La casa de remates Christie’s de Nueva York tiene un pequeño ejército de entrenadores e instructores de voz que graban las subastas y luego le hacen correcciones al martillero para que evite “los tics verbales, los movimientos de manos excesivos y otros amaneramientos”, según cuenta Sarah Thornton en su libro Siete días en el mundo del arte. En él, la autora detalla que los artistas contemporáneos detestan acudir a las subastas de sus propias obras y ver cómo trabajos pensados, surgidos de las entrañas, de lo más profundo de su ser, son tratados como mercancías, aunque, vale aclarar, con cifras bastante elevadas.

 

Muchas piezas de argentinos y de otros países de la región cambiaron de manos aquella noche de noviembre de 2013, pero ninguna fue tan exitosa como la creación de dos metros por dos del colectivo de argentinos que integran Manuel Mendanha y Juliana Laffitte, convertidos en estrellas esa noche luego de obtener la marca récord de la velada.

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Miradas entre los que pujan, manos que levantan su paleta y rápidamente vuelven a bajarla y una adrenalina capaz de cautivar hasta al menos interesado en el tema, todos vestidos de rigurosa etiqueta, son las postales de una noche donde se llegó a recaudar más de un millón de dólares. Algunos aumentan el precio en la sala, y otros lo hacen a través de los teléfonos. Desde días anteriores se venía cuchicheando entre los invitados a Houston sobre los numerosos interesados en la calavera de los argentinos que son furor en todo el mundo. Cada vez que se subasta una nueva obra del lote en cuestión, dos empleados del museo ingresan al escenario sosteniendo la pieza y se quedan ahí parados, unos tres a cinco minutos, hasta que la obra se venda, sin ocultar su cara de aburrimiento y esfuerzo. Claro que, si la obra pesa varios kilos, el anfitrión de la noche simplemente la exhibirá en una pantalla ubicada al fondo de la tarima, mientras comenta sus medidas, materiales y colores. Otra tanda de elogios para la obra.

 

A veces, algunas obras no encuentran comprador ni nadie interesado. Pero esa misma noche en el lejano Texas, se subastaron todas las piezas, muchas de ellas de argentinos, como Nicola Costantino, Gyula Kosice (nacido en Checoslovaquia, pero radicado en nuestro país) y el mismísimo Antonio Berni, el argentino más destacado del siglo XX, otro de los homenajeados, ya que en el museo se estaba presentando la exposición más importante realizada fuera del país sobre el gran creador rosarino.

 

Cuando se pagan sumas millonarias por una obra o cuando una pieza excepcional cambia de manos, la noticia suele ocupar las primeras planas de diarios de todo el mundo. Las dos casas más grandes del mundo son Christie’s y Sotheby’s, que realizan dos veces al año las grandes ventas de arte contemporáneo, mientras que las obras latinoamericanas, donde puede aparecer el nombre de algún argentino, suelen reservarse para fines de noviembre. Los ojos del mundo se posan ahí, de donde puede surgir la noticia de que un comprador pagó (esto ocurrió a fines de 2013) más de 142 millones de dólares por un tríptico de Francis Bacon dedicado a su amigo Lucian Freud (nieto del reconocido psicoanalista). Sin embargo, las obras de latinoamericanos se manejan con presupuestos bastante menores.

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En mayo de 2012, una obra de Emilio Pettoruti, nacido en Italia pero considerado argentino, responsable de introducir el cubismo en nuestro país, se subastó en Nueva York por casi 800.000 dólares, lo máximo jamás pagado en una subasta por una pieza argentina. Una naturaleza muerta titulada Concierto se vendió en la cifra exacta de 794.500 dólares. En esa misma venta, se pagaron cinco millones de dólares por una pintura del chileno Roberto Matta. El simple ejemplo basta para darse cuenta de la brecha que existe entre los precios pagados por artistas locales y de otros países de la región. Difícil que cualquier creador de América Latina supere lo que se suele pagar por un Frida Kahlo o un Diego Rivera, por mencionar los dos mexicanos más “exitosos” en los parámetros de ventas. Y eso si es que alguna obra de ellos vuelve a aparecer en el mercado. Como en todo, impera la oferta y la demanda. Y hay artistas de los que prácticamente ya no queda nada por vender. Además, ningún museo se desharía de alguna de sus obras.

 

Otro ejemplo contundente es que, solo en 2007, Christie’s vendió 793 obras por más de un millón de dólares cada una.

 

A fines de los años noventa, una obra de Berni, Ramona espera, se remató en 717.000 dólares y así se colocó en el segundo puesto de la nómina virtual de argentinos mejor pagos. Es cierto que otro trabajo de Berni, Desocupados, se vendió en un millón de dólares, pero fue en una transacción privada, por lo que automáticamente queda fuera de este tipo de rankings.

 

Una modalidad muy utilizada en nuestro país es la subasta de obras a beneficio de distintos eventos solidarios y muchas veces también para recaudar fondos para asociaciones de amigos de museos y centros culturales. Así, lo recaudado por la venta de obras se destina para el armado y la logística de nuevas muestras en esos mismos espacios expositivos. Otras veces, a beneficio de fundaciones y asociaciones solidarias. Muchísimos artistas argentinos donan sus obras en ambos casos.

 

Pero, además, hay varias casas que se especializan en el tema. Entre las más renombradas o con mayor cantidad de años en el mercado, se encuentran Galería Arroyo, Martín Saráchaga, Roldán, Naón y la del Banco Ciudad, una de las más tradicionales, por donde incluso han pasado artistas de renombre que trabajaron en la catalogación de las obras. En la calle Esmeralda 660, se encuentra el salón Auditorio Santa María de los Buenos Ayres, donde cada jueves se realizan los remates de arte más tradicionales de la ciudad. Los amantes de piezas artísticas pueden también comprar en subastas en línea, una modalidad que tuvo un gran crecimiento en los últimos años.


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