Serio, bajo perfil, humilde, planificador: la inmensa mayoría de los argentinos descubrieron las virtudes de Sabella durante el Mundial. Otros, que despreciaban su estilo y filosofía de juego, se dieron vuelta y ahora también lo elogian. El doctor en Historia Diego Galeano es un sabellista de la primera hora. Pincharrata, vecino de Tolosa como el DT de la Selección, narra detalles poco conocidos de la carrera y la vida cotidiana de un hombre obsesionado por el detalle.



Fotos: Télam

 

Era una tarde de invierno de 2011. Estaba de visita en la casa de mis padres y salí a correr por la rambla de la calle 32, que separa el cuadrado de La Plata del barrio de Tolosa, en el que pasé toda mi infancia. Cuando los corredores exhalaban, el aire formaba una bocanada de humo. Entre las calles 2 y 6, la rambla es un bulevar enorme y arbolado que los vecinos usan como lugar de caminatas, trotes, paseo de perros y algún picadito de fútbol. Esa tarde éramos unos pocos corredores voluntariosos. En la primera vuelta vi venir un señor trotando despacito. Vestía jogging gris y campera, con una capucha que le tapaba la cabeza. Cuando lo tuve cerca me pareció que era Alejandro Sabella. No lo podía creer. Soy hincha de Estudiantes de La Plata, mi vieja es pincha fanática y mi viejo de River. En casa está prohibido el azul, es todo rojo y blanco. El descenso del ‘94 fue un velorio. Desde entonces prometí ver todos los partidos en la cancha y seguí a Estudiantes por diferentes ciudades. La única vez que lo vi en otro país fue en la final de la Libertadores de 2009, con Sabella como técnico, en Belo Horizonte. Estudiantes se consagró campeón de América y Sabella, en el abuelo que nunca tuve. Desde entonces lo quiero abrazar.

 

El día que lo descubrí trotando en la rambla, aceleré el ritmo para cruzármelo más rápido. Cuando lo tuve cerca bajé la velocidad. ¿Sería él? Más bajo de lo que imaginaba y trotando como un boxeador dolorido: era Sabella. Lo miré fijo. Cuando nos cruzamos sonrió con una mueca sobria en el labio, entrecerró los ojos y bajó la mirada: el gesto de timidez que hacía en las conferencias de prensa o cuando estuvo hace unos días con Cristina en Ezeiza. No me animé a decirle nada. Volví a correr rápido para tener una nueva oportunidad. En esa vuelta iba pensando qué decirle. Había escuchado que se iba a dirigir a un club raro de Dubai y también algunos rumores sobre su llegada a la selección argentina, si al Checho Batista le iba mal en la Copa América. Decidí preguntarle eso. ¿Pero cómo hacía? ¿Lo obligaba a detener el trote? ¿Me ponía a correr al lado de él, como una rémora parasitaria de un tiburón, haciéndole preguntas?

 

Antes del tercer cruce, desde lejos, veo que algunas personas se amontonaban para saludarlo. “¡Es Sabella!”, le dijo un pibe a otro, los dos con ropas de un club de rugby local. Pachorra se escabulló entre las miradas, cruzó 32 y desapareció por calle 4. Iba en dirección a su casa de siempre, esa que apenas reformó desde que es DT de fútbol y donde deja estacionado dos autos poco ostentosos que también se resiste a cambiar. La casa en la que, siendo ya técnico de la selección, le abriría sus puertas a vecinos de Tolosa castigados por la inundación de La Plata de abril de 2013.

 

La noche siguiente a la tragedia, cuando el agua ya se había retirado del barrio, los Sabella cocinaron para decenas de vecinos. Pachorra pidió por favor que no le sacaran fotos. Muchos referentes de Estudiantes de La Plata colaboraron durante la tragedia. Hay fotos, por ejemplo, de Verón con el jean empapado, arrastrando un gomón por una de las calles transformadas en río.

 

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Es fácil encontrar en la ciudad de las diagonales ese respeto y admiración por Sabella que ahora descubre un país. El DT que llevó a Argentina a la final del Mundial despierta respeto hasta en personas poco afectas a la cultura futbolera argentina. “En ese medio putrefacto, rema a contracorriente y sin despeinarse, es como un monje shaolín que ejercita el desapego”, me dice el músico y poeta platense Eduardo Rezzano, de familia pincha, pero poco seguidora del fútbol.

***

Desde aquella tarde en la rambla, no volví a ver tan de cerca a Sabella hasta el 15 de junio de 2014 en el Maracaná. En un momento pensé que no iba a poder entrar a la cancha. No había salido sorteado en la lotería de entradas. Más que a Messi o a Mascherano, yo quería ver a Sabella. Pasé semanas intentando sin éxito comprar unos remanentes que la FIFA ofrecía en su página. Hasta que un día antes del partido ocurrió el milagro: Status do pagamento: Bem Sucedido, decía la pantalla. Tenía mi entrada para ver Argentina vs Bosnia.

 

El 15 de junio tomé el subterráneo para llegar al estadio. El vagón estaba lleno de brasileros, entre ellos Caetano Veloso. Calladito, en un rincón, escuchaba los cantos contra Maradona. Todo era entre risas: todavía faltaba para el clima de hostilidad de las semifinales y final. Ya sabía que mi ticket era en la categoría 1, la mejor ubicación. Me tocó a metros del corner que minutos después eligió Messi para abrazarse con sus compañeros en su primer gol en el Mundial. Como los que me rodeaban se paraban a cada rato para que los tomara la cámara y así aparecer en la transmisión oficial, me fui más arriba. Me encontré con algo peor: argentinos que insultaban a Sabella.

 

¿Por qué no ponés diez defensores, Sabella? ¡Once, mejor, ponelo al arquero a defender también, Sabella! ¿Quién lo conoce a Rojo, Sabella?, decían, en referencia al único argentino que ahora la FIFA eligió como parte del equipo ideal de la Copa del Mundo. ¡Sacaste a Tévez para poner a esos muertos! ¡Sabella! ¿Quién es Sabella, por favor, quién lo conoce a Sabella? ¡Explicamelo! ¡Con este miope nos agarra Holanda y nos mete ocho! ¿Si sale con cinco defensores a jugarle a Bosnia, con Alemania cuántos pone, nueve? ¡Pincha! ¡Pincha tenía que ser! ¡Muerto! ¡Pero no ves cómo jugamos! ¡Y yo que como un pelotudo compré entradas para los octavos en San Pablo! ¡Qué pelotudo que soy! ¡En el orto me voy a tener que meter la entrada! ¡La voy a vender para llevarle Garotos a la familia! ¡Sabella, la concha de tu madre, Sabella, la puta que te parió!

 

Pachorra no escuchaba los insultos, pero quizás los intuía. Seguía el partido desde el banco con gestos de sufrimiento. La prensa argentina había festejado el “grupo accesible” y esperaba -y exigía- goleadas a los “débiles” como Bosnia e Irán. Para Sabella no hay rivales fáciles. Con Carlos Salvador Bilardo, su técnico en Estudiantes de La Plata, comparte una misma pasión por mirar partidos, una devoción del videotape. “¿Qué estabas haciendo el 15 de marzo?”, el día que lo llamaron para dirigir la selección, le preguntó un periodista platense. “Mirando partidos”, respondió. Suele decir en las entrevistas: “lo bueno del fútbol actual es que transmiten partidos todos los días y es más fácil conocer al rival, lo malo es que siempre estás nervioso”.

 

Al rival que más estudió en la vida fue al Barcelona, para enfrentarlo con Estudiantes en la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Un día un periodista le acercó una pizarra y una tiza. Le pidió que le explicara cómo le jugó aquella vez al superpoderoso equipo de Guardiola y cómo logró tenerlo entre las cuerdas casi noventa minutos. Pachorra agarró la tiza: “Valdés, Dani Alves, Piqué, Puyol, Abidal, Xavi, Busquets, Keita, Messi, Ibrahimovic, Henry”. Los enumeró en voz alta mientras dibuja los puntitos blancos sobre el fondo negro. Trazó un cuadrado en el que pone a los tres mediocampistas del Barcelona. Explicó los movimientos de Messi, cómo se unía por la derecha con Dani Alves, cómo desequilibraba hasta dejarlo a Ibrahimovic mano a mano con el arquero. Dibuja cruces, círculos, flechas y más flechas. La pizarra queda saturada. “¿Hay un borrador acá?”. Los periodistas se miraron desconcertados.

 

Cuando terminó de explicar los movimientos de aquel Barcelona, le mostraron una foto: Sabella abrazado a su mujer en el viejo estadio de Estudiantes, poco antes que los tablones fueran arrancados y las columnas demolidas para construir uno nuevo. Pachorra no se acuerda de la foto, ni cuándo ni por qué: “no ando muy bien de la memoria, pero mirá vos… tenía el pelo más largo y menos canas”.

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Sabella sufre los partidos. Los sufre antes y durante. No es miedo, es obsesión. Le preocupan los partidos que el periodismo da por ganados. Cuando le preguntan cuál fue uno de los más tensos que le tocó vivir, el que lo mantuvo más en vilo, responde que uno entre Estudiantes y un equipo surcoreano, Pohang Steelers, en Emiratos Árabes, el 15 de diciembre de 2009. “Era una obligación llegar a la final del Mundial de Clubes”, dijo. Y contó que un año después, en el Mundial de Clubes 2010, el Inter de Porto Alegre perdió la semifinal con el Tout Puissant Zambembe (Todo Poderoso Zambembe), un club de la República Democrática del Congo, que terminó disputando la final con el Milan. Y remató: “Y en el 2009 el Tout Puissant Zambembe había perdido los cuartos de final justamente con Pohang Steelers”. ¿Cuántos DT argentinos han visto alguna vez a un equipo surcoreano o uno del Congo?

 

Sabella no subestima a nadie. Rechaza toda forma de triunfalismo. “Sabella, si a Argentina le va bien en el Mundial…”. Pachorra frena al periodista en seco, sin perder la sonrisa. La selección argentina estaba primera en las eliminatorias, con cierta holgura. “Me preguntan del Mundial y no contesto, porque no estamos clasificados. No contesto sobre hipótesis. Soy del próximo partido, o de acá a dos o tres partidos. No es que no te quiera contestar, ni lo pensé, ni lo quiero pensar, ni me interesa pensarlo.”

 

La relación con la prensa le interesa poco, la delega en sus ayudantes del cuerpo técnico porque sabe que no queda otra, que alguna relación hay que tener. Para el periodismo deportivo Pachorra es una tragedia: no entra en polémicas, no se pelea con nadie, no va a ningún talkshow futbolístico. No frecuenta los piringundines que algunos periodistas deportivos comparten con el Coco Basile, Mostaza Merlo y el Bambino Veira. Cuando no ve partidos, se queda en la casa con la familia mirando películas y series. Prefiere los programas de historia y de política.

 

En el momento más tenso del Mundial, cuando los periodistas trataban de inventar una pelea con Messi, esbozó lo más parecido a una queja o una reacción. Si el técnico no tiene autocrítica, explicó, le cuestionan que sea un testarudo. Si muestra señales de autocrítica, le dicen que es un débil y perdió el control del plantel. Así trataba de explicar que las palabras de la prensa lo tenían sin cuidado.

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Los que conocen el mundo Sabella saben que Pachorra tiene una fan número uno: Silvana Rossi, su actual pareja. Pedagoga, militante barrial, fanática de Estudiantes de La Plata, pero más fanática de su marido. A los dos hijos que tuvo con el DT de la selección les puso Alejo y María Alejandra, en homenaje a él. Cuando se conocieron Pachorra era jugador de Estudiantes, flaquito, desgarbado. Donde hoy cuelgan unos pocos pelos canosos había una melena enorme y oscura. Ella, que entonces practicaba gimnasia artística en el club, lo admira con la locura del primer día. De bajo perfil como él, guarda sus secretos y sus tesoros más preciados, como esa campera marrón clarito que se convirtió en reliquia pincharrata. Una campera bastante usada, regalo del día del padre, cábala de Pachorra en la Libertadores que Estudiantes ganó en 2009. Se la puso y no se la sacó más hasta levantar la copa: “Si se la llegaba a olvidar, yo era capaz de tomarme un helicóptero y llevársela”, decía Silvana. Y cuando le preguntaban si esa cábala iba al Mundial, ella, patrona del objeto de culto, respondía decidida: “La tengo yo. No se la puso más ni se la va a poner”.

 

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Ella debe haber sufrido las barbaridades que podían leerse en la prensa argentina cerca del Mundial. “Algo se rompió entre Sabella y los jugadores”, tituló Clarín después de la difusión de la lista de seleccionados. Que había malestar por la exclusión de Ever Banega, uno de los mejores amigos de Messi. Que Lionel y Di María tuvieron que consolarlo en la habitación. Que muchos estaban ofendidos porque Sabella convocó a Enzo Pérez. Que en el plantel había una “fisura emocional”. La conferencia de prensa de Messi luego del partido con Bosnia fue para muchos la confirmación de la fractura interna.

 

Juan Pablo Sorín –capitán de la Selección en el Mundial 2006- hacía un esfuerzo enorme para sostener un fusilamiento bilateral: en español tiraba sus dardos venenosos por La Nación y en portuñol por ESPN Brasil, donde después del partido de Holanda se iba a deshacer en elogios al técnico, como el más ducho de los camaleones subsaharianos. Tremendo también fue el veneno de las dos pitonisas del periodismo deportivo por cable, Gonzalo Bonadeo y Horacio Pagani, enojadísimos por sus predicciones incumplidas: uno había anunciado con bombos y platillos que Sabella convocaba a Verón, el otro que iba Tévez al Mundial. Maldiciente profesional, Bonadeo solo tuvo el magro mérito de ser un poco menos roñoso que su papá que vomitó: “Sabella es un imbécil que atropella la historia del fútbol argentino”. En fin, sobran ejemplos de periodistas, artistas, intelectuales que dicen identificarse con una idea imprecisa de “buen juego” y que sin conocer a Sabella, su estilo, su forma de trabajo, lo condenaron antes del Mundial y después panquequearon.

 

A Luis Alberto, amigo del actual cuerpo técnico desde la época de Estudiantes, ninguna de estas palabras le molestó tanto como las de Toti Passman, cuando trató a Sabella de improvisado. “Si algo que no se le puede achacar a Sabella es la improvisación”, me dice en una charla telefónica después del partido con Holanda. Sabellista full time, en ese momento sentía que había una “batalla cultural” que ya estaba ganada, más allá del resultado del partido con Alemania.

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Tímido, familiero, cauteloso, obsesivo, trabajador y cabulero: todo eso es el actual técnico de la selección argentina. A los hinchas de Estudiantes nada de lo que hizo en el Mundial les llamó mucho la atención. Ni cuando cambió el equipo sin que se lo pidieran, ni cuando mantuvo jugadores cuestionados que después terminaron elogiados. Ni cuando admitió equivocarse, ni cuando puso la espalda para comerse él todas las críticas. Pero cuando llegó a Estudiantes nadie lo conocía. Los que a comienzos de los 80 eran niños, tuvimos que salir a preguntarle a los mayores quién era Sabella.

 

Pachorra no le dedica un minuto de su vida al autobombo. En su biografía, Román Iuch cuenta que como jugador nunca hubiera salido de su club de barrio si no lo hubieran obligado a probarse en Boca, River y Racing. Cuando colgó los botines, hizo el curso de entrenador, pero prefirió ser ayudante de campo de Daniel Passarella, en River, en el Parma, en Monterrey, en Corinthians y en la selección argentina. Nunca ocultó su deseo de ser técnico de un equipo de primera, pero su llegada a Estudiantes en el 2009 fue silbando bajito.

 

No todos los pinchas lo quisieron de entrada. Verón ya estaba en el club y había ganado un campeonato con el Cholo Simeone como DT. En marzo de 2009 corría el rumor de que Leonardo Astrada dejaba de ser el técnico de Estudiantes. La radio deportiva del diario El Día (FM La Redonda) pasaba mensajes de los oyentes en contra de Sabella, uno de los candidatos a sucederlo. Pachorra nunca intervino para hacer lobby, al contrario, apagaba el celular para que no lo molestaran con llamados. Terminó siendo el elegido por la intervención de un grupo de hinchas que lo convencieron al presidente del club, Rubén Filipas.

 

De la misma forma en que llegó se fue del club. Hubo rumores de discrepancia con los dirigentes, enojo con representantes de jugadores y hasta con el propio Verón. Pero Sabella renunció agradeciendo la oportunidad de haber dirigido y declarando su amor infinito por el club. Frente a su casa, en el mismo lugar donde lo recibieron los vecinos al regreso del Mundial, un grupo de hinchas de Estudiantes fueron a pedirle que no renunciara. Uno de ellos cuenta que Sabella lo llamó por celular para que pasara a conversar. Sabella no da un paso sin pensarlo mil veces. Y muchas veces decide solo. Silvana se enteró de su salida de Estudiantes por televisión, mientras tomaba un café en un bar de Buenos Aires.     

 

Sabella va a los mismos comercios del barrio que iba antes. Hace compras grandes en Carrefour. Lleva a la hija a practicar danzas a la escuela de Iñaki Urlezaga y se cruza a la dietética de enfrente. Conversa con la dueña del negocio sobre cierto aceite de oliva que una vez probó en Chile, cuando fue a jugar con River. Es capaz de dedicarle 15 minutos a estudiar variedades de aceite como estudia al Barcelona.

 

Volvió de Brasil adornado de elogios de los mismos que lo puteaban. Ahora todos quieren abrazar a Sabella. En Buenos Aires, dejó algunas frases memorables: los jugadores pueden mirarse a los ojos, el equipo es el otro. Y se fue para La Plata. Los vecinos de Tolosa que suelen encontrarlo haciendo compras en el chino, lo recibieron entre banderas, aplausos y un pasacalle: “Ale, personas como vos nos dejan mucho más que glorias deportivas. Sos el orgullo de un equipo con corazón. Tus amigos”. Sabella se sacó fotos y repartió besos con la timidez de un pibe que saluda tías efusivas en una reunión familiar. Antes de meterse en su casa, pidió a sus vecinos que tuvieran cuidado con el tránsito de la calle 4, porque los autos vienen rápido desde la 32 y los veía distraídos.   


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