Decenas de miles de franceses identificados con chalecos amarillos, por fuera de partidos y sindicatos y con fronteras ideológicas difusas, se rebelaron contra un impuesto “ecológico” que subió el precio de los combustibles. Clima insurreccional, pero cívico, con clases medias y trabajadores pobres movilizados contra las élites. Políticos y analistas están desorientados: ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los manifestantes, que ya tienen el apoyo del 70% de la sociedad francesa?



 

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“Debajo del pavimento, la playa”. Aunque esta supuesta consigna del Mayo Francés fue en realidad el producto de una agencia publicitaria, quedó como una de las frases-síntesis del movimiento. A 50 años de aquella no-revolución que cambió el mundo, Francia quedó envuelta, de manera sorpresiva, en una ola de colère social que nadie anticipó y el país entero se vio convulsionado por gilets jaunes o chalecos amarillos. 

 

Las paradojas abundan: el presidente Emmanuel Macron, que llegó al Elíseo con 39 años convocando a los ciudadanos por encima y por fuera de los partidos y de la izquierda y la derecha, solo un año y medio después es puesto contra las cuerdas por un movimiento ciudadano sin líderes, por fuera de partidos y sindicatos, y con fronteras ideológicas difusas. El líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, convocó una y otra vez a la “insumisión” pero esta finalmente se produjo por fuera de cualquiera de los marcos históricos de la izquierda tradicional. Y, finalmente, a la ultraderechista Marine Le Pen, que siempre llamó a la rebelión de la France profonde contra las elites, el motín amarillo la agarra tratando de refundar su partido, que pasó de llamarse Frente a Reagrupamiento Nacional, para recuperarse de la derrota electoral de 2017.

 

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La rebelión de los chalecos amarillos estalló el 17 de noviembre contra un impuesto “ecológico” que aumentó el precio de los combustibles fósiles. La Francia del interior reaccionó y desde las redes sociales se convocó a un bloqueo masivo de rutas en todo el país. Pero a un gurú de campañas anónimo se le ocurrió que los “piqueteros” galos vistieran chalecos refractarios: como desde hace algún tiempo todos en Francia deben llevar dos en el auto, estaban a la mano para darle, desde el comienzo, una identidad y un color –junto con un símbolo de visibilidad de los “invisibles”, los chalecos son fluorescentes– a lo que de otro modo hubiera sido simplemente la protesta de algunas decenas de miles manifestantes. Y de pronto, el territorio francés se llenó de bloqueos, fogatas y otras formas de frenar la movilidad en el país. Fue el acto I y el bautismo de fuego de los gilets jaunes.

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“Todos a París”. La consigna salió de las redes sociales y la cita fue el 24 de noviembre – y se repitió el 1º y el 8 de diciembre-.. La masiva venta de antiparras –para defenderse de los gases- anticipaba solo muy parcialmente lo que la capital francesa viviría ese día. Enfrentamientos con la policía, decenas de autos incendiados, ataques a comercios y edificios. Todo eso en las zonas más ricas y exclusivas de París. Debajo del pavimento –levantado para lanzarle adoquines a la policía– no estuvo la playa pero sí lagunas en medio de la lluvia preinvernal. Las galerías Lafayette debieron cerrar sus puertas y los turistas chinos –que están entre los mayores consumidores de marcas de lujo– fueron evacuados. Políticos, analistas y académicos quedaron sin explicaciones convincentes sobre los actores, repertorios y objetivos de la protesta.

 

“Todo es desconcertante, incluso para quienes nos dedicamos a la investigación y la enseñanza de la ciencia política: sus actores, sus modos de acción, sus exigencias. Algunas de nuestras creencias más arraigadas están siendo cuestionadas, en particular las relacionadas con las condiciones de posibilidad y de éxito de los movimientos sociales”, escribió el politólogo Samuel Hayat

 

 

 

Jacquerie moderna, los nuevos “sans-culottes”, poujadismo del siglo XXI, un nuevo Mayo del 68: las analogías históricas del movimiento de los gilet jaunes son muy, demasiado, variadas y van desde la revuelta campesina de 1358 durante la Guerra de los Cien Años y la peste negra hasta la revuelta estudiantil que buscó llevar la imaginación al poder. “La comparación con Mayo del 68 surgió el 1 de diciembre y es más bien visual: un París con barricadas, autos volcados y quemados, y adoquines arrancados de las avenidas parisinas”, dice la historiadora Mathilde Larrère. Y ahora las barricadas no se erigen para que la policía no entre a los barrios, sino que son o para cortar el transito en avenidas y rutas o se trata de las “barricadas” de la policía contra una multitud de chalecos amarillos que invade las zonas más exclusivas de París. El sábado 8 de diciembre fue el acto IV del movimiento con tres sábados sucesivos de enfrentamientos.

 

“Algunos hablaron de motines o situaciones insurreccionales. Es posible, pero nada se parece a lo que pudo haber ocurrido durante las insurrecciones de 1830, 1832, 1848 o 1871 –continúa Hayat–. Todas estas insurrecciones tuvieron lugar en los barrios, y pusieron en juego sociabilidades locales, un denso tejido relacional que permite el florecimiento de la solidaridad popular. Pero el 1º de diciembre estalló un incendio en el corazón del París burgués, en esta región del noroeste de París que nunca antes había sido escenario de algo semejante. Lejos de ser llevadas a cabo por fuerzas locales, levantando barricadas para delimitar un espacio de autonomía, estas acciones fueron llevadas a cabo por pequeños grupos móviles, a menudo residentes en otros lugares”. Esos otros lugares son ciudades de la periferia parisina más bien alejadas o del interior de Francia. Pero también se organizan bloqueos en diversas rutas del país.

 

“Al principio nos ignorábamos entre nosotros, ahora se creó un ambiente cálido, humano”, dice una gilet jaune entre imágenes de almuerzos colectivos. Los bloqueos incluyen una fuerte presencia de mujeres. Y, en efecto, constituyen espacios de sociabilidad frente a la combinación de soledad creciente, sobre todo entre los mayores, y caída del poder adquisitivo de una gran parte de la población. Aunque Francia mantiene un sólido sistema de bienestar que compensa, más que en otros países, las desigualdades salariales, el país asiste a un envejecimiento de las infraestructuras, un salario mínimo atrasado frente al aumento del costo de vida y un deterioro de los servicios públicos. Y la sensación de declive, tan propia de Francia, junto al mito revolucionario, declinó ahora como una movilización social por fuera de los canales habituales de protesta en un país con una larga tradición de política en las calles.

 

La lista de detenidos y procesados por el 1º de diciembre deja ver algunas características sociales del movimiento: hombre jóvenes, de entre 20 y 40 años, con una profesión e insertos en el mercado laboral, que pasaron la primera noche de su vida en prisión. “¿Dónde están los casseurs (vándalos)? No acá”, titulaba el artículo el periódico Liberation sobre los detenidos. Sin duda, entre los casseurs hay un poco de todo: militantes “autónomos” atraídos por la estética de acción directa del movimiento, jóvenes de las banlieues que aprovecharon para manifestarse en París, y auténticos gilets jaunes que expresaban así su frustración. “Sin violencia nadie nos hubiera escuchado”, reza el argumento más convincente en todo este asunto y muchos franceses coinciden: más del 70% apoya las protestas. 

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Se trata de un movimiento anti-élite y anti-ricos. “Por un presidente de los pobres”, decía una de las pintadas que “vandalizaron” las paredes de la zona de los campos Elíseos y el propio Arco de Triunfo (Macron es ampliamente denunciado desde casi el inicio de su mandato como “presidente de los ricos”). Cada vez más, las reivindicaciones se desplazan desde el tema inicial de las tasas sobre los carburantes hacia el salario y el poder de compra. Pero el movimiento no está acompañado por huelgas y paros laborales en las empresas. Los sindicatos franceses, cada vez menos influyentes, parecen perplejos y desubicados frente a este movimiento incontrolable e indescifrable, mientras parte de su base simpatiza activamente con los manifestantes.

 

 

 

Como señala el economista del INSEE (Instituto nacional de estadísticas) Jérome Accardo, “la ausencia de huelgas constituye de hecho un indicio sociológico. Las huelgas por el salario se desarrollan en las grandes empresas privadas, donde hay muchos trabajadores y una relación de fuerzas favorable, suponiendo también que el sindicato tome la iniciativa. Es lo mismo con los trabajadores con contrato estable en el sector público. Pero no funciona en las pequeñas empresas privadas, sea porque lo asalariados son demasiado débiles, sea porque reina cierto ambiente de paternalismo y cercanía socio-cultural con el patrón, o simplemente porque los trabajadores saben que la empresa es frágil y no hay mucha margen de aumento que ganar. La misma cosa vale para los emprendimientos y asociaciones del sector social y de salud, tipo auxiliares a domicilio, con muchas mujeres que trabajan a tiempo parcial, con contratos precarios, etc. Y por supuesto para los trabajadores independientes”. Conclusión: con ocho millones de empleados en empresas con más de cincuenta empleados (es decir, con un comité de empresa, sindicatos con representación oficial en ello, etc.) y siete millones en PYME y microempresas, la ausencia de llamada a la huelga entre los chalecos amarillos sugiere que estos siete millones de empleados de las PYME y las microempresas están muy sobrerrepresentados en el movimiento.

 

En lugar de una clásica movilización obrera, se observa una especie de clima insurreccional cívico-republicano de clases medias bajas y trabajadores pobres, sobre todo del interior, movilizadas contra las élites a través de redes sociales de características muy sui géneris. Hasta ahora, ha desbordado las tentativas de infiltración e instrumentación (inicialmente muy fuertes y con cierto éxito en algunos lugares puntuales) de parte de la extrema derecha. 

 

Más allá de los temas redistributivos, hay una profunda exigencia de reconocimiento social de parte de sectores que se sienten excluidos de la narrativa dominante de los sectores urbanos privilegiados o bien insertados en el proceso de globalización.  Existe entre los gilets jaunes una suerte de “economía moral” del mérito y del esfuerzo que expresa un sentido de dignidad pero que, al mismo tiempo, podría ser instrumentalizada de maneras ideológicamente muy diversas: por ejemplo, contra la asistencia social (se nota toda una temática recurrente de crítica del “assistanat”), los trabajadores “privilegiados” (como ferroviarios o maestros) o contra los pobres que “no trabajan”. Pero pese a algunos deslices discursivos esporádicos, hasta ahora ha funcionado más bien contra el desprecio social de la “casta” y la meritocracia tecnocrático-neoliberal y ultra-arrogante encarnada por Macron. La consigna más pintada en las paredes es “Macron dimisión”. El presidente francés logró ser más impopular que François Hollande y su proyecto de modernización capitalista para hacer frente a la “decadencia” francesa junto con su estética de presidente-monarca está hoy en cuestión.

 

Francia es, más allá de la alternancia entre conservadores y socialdemócratas, un país gobernado por una elite cerrada, surgida de la Escuela Nacional de Administración (ENA) y la Escuela Politécnica. Un ejemplo de esta actitud puede encontrarse en un discurso de Macron del año pasado, cuando al inaugurar una estación de trenes dijo: “Una estación es un lugar donde se cruza la gente exitosa y los que no son nada (sí, “que ne sont rien”)”. “Macron escucha pero no oye”, sintetizó un diputado opositor. Otro ejemplo: en un debate con chalecos amarillos, una diputada confesó no saber el monto del salario mínimo, uno de los ejes de las disputas. Los chalecos abandonaron, indignados, el estudio de televisión.

 

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Al mismo tiempo, hay un ethos de “democracia directa” y una crítica a la intermediación muy radical y muy fuerte en el movimiento, pero que no tiene casi nada que ver con las tradiciones de la izquierda radical o del anarquismo de los siglos XIX y XX, sino que expresa más bien una especie de sinergia entre cierto igualitarismo republicano francés genérico (hay muchas alusiones a 1789 en el movimiento, pero nunca a la Comuna de París) y la cultura horizontal de las redes sociales.

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Los gilets jaunes pusieron en la agenda un debate sobre los impuestos en un contexto en el que Macron eliminó el impuesto solidario sobre las fortunas (ISF) y subió los impuestos indirectos. “La crisis de los gilets jaunes pone a Francia y Europa frente a una cuestión central: la justicia tributaria”, escribió el economista Thomas Piketty. Para el autor de El capital en siglo XXI, Macron se equivoca de época. “Desde la crisis de 2008, y especialmente desde Trump, Brexit y la explosión del voto xenófobo en toda Europa, muchos han comprendido mejor los peligros planteados por el aumento de las desigualdades y el sentimiento de abandono de las clases trabajadoras, y es bien conocida la necesidad de una nueva regulación social del capitalismo. En estas condiciones, tomar otra vez medidas a favor de los más ricos en 2018 no fue muy inteligente. Si Macron quiere ser el presidente de los años 2020 y no de los ‘90, tendrá que adaptarse rápidamente”.

 

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También está en discusión quién paga la transición ecológica. La Francia del automóvil frente a la Francia del monopatín: hay una sociología de la movilidad detrás de la rebelión amarilla. La Francia del interior necesita el automóvil para la vida cotidiana (ir al trabajo, llevar a los hijos a la escuela…) a diferencia de los sectores urbanos que se mueven en metro, bicicleta o monopatines…públicos. “Ellos hablan del fin del mundo (por la crisis ecológica), nosotros del fin de mes” –decía uno de los carteles. Otro decía que ellos usan los autos pero los sectores urbanos parisinos usan más aviones (low cost). Sin embargo, la entrada al juego de estudiantes secundarios, sectores urbanos y militantes de izquierda ha impedido -hasta ahora- una deriva trumpiana de estas cuestiones. Sorprendentemente, la marcha por el clima del mismo sábado 8 de diciembre, en el marco de la COP 24 que se celebra en Polonia, tendió puentes y lazos solidarios con los chalecos amarillos. “No a la ecología sin justicia social” fue la consigna-puente entre ambos “mundos”. “Los gilets jaunes nos muestran el camino”.

 

“El clima y la justicia social son dos causas relacionadas”, explicaba a Mediapart un ingeniero de 29 años. Y apuntaba: “En Angoulême (donde vive) todos necesitamos un coche. En la periferia, todos los servicios gubernamentales se están desmoronando. Los puestos y las salas de maternidad están cerrando. La gente se ve obligada a usar sus autos para llegar allí. No es una elección”. Caminaba por el clima con un chaleco amarillo para mostrar su solidaridad con el movimiento.

 

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Ciertamente, no existen vacunas para evitar derivas hacia el “qualunquismo” como ocurrió en Italia con el movimiento 5 Stelle, hoy parte de un gobierno de extrema derecha. Algunos chalecos amarillos hablan de presentar una lista propia — “ni de derecha ni de izquierda” – en las elecciones europeas, lo que por supuesto puede evocar la dinámica italiana, pero parece difícil que logren consenso y representatividad para esto en un movimiento tan celoso de la autonomía y descentralización de sus bases. Además, los partidarios de Beppe Grillo no eran resultado de una poderosa ola de protestas callejeras, y entre los 40 puntos que circulan como propuesta de plataforma de un sector de los chalecos, se plantea una democratización del sistema político mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente ciudadana, la eliminación del senado y un sistema proporcional de elección de diputados. Y los temas de migración no han escalado al primer plano como querría la extrema derecha. En lugares como Marsella, se añaden protestas por las condiciones de alojamiento tercermundistas (incluso hubo derrumbes de edificios con muertos y heridos) y las movilizaciones son muy populares y multirraciales.

 

Como decía un editorial de la revista Mediapart, el movimiento de los “chalecos amarillos” escapa a las interpretaciones preconcebidas de los políticos y editorialistas de los medios. Nadie puede anticipar lo que sucederá con la movilización más escurridiza en décadas. 

 

 

[Últimas tres fotos: Europa Press]


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