noviembre 13, 2014

Cuerpos cargados

Todo lo que un cuerpo es capaz de decir por la sola experiencia de ser visto, escenas que se recorren a través del silencio: lo que la palabra no puede rellenar. Alejandra Varela, integrante de la Comunidad Anfibia, fue a ver Cinthia Interminable, de Juan Coulasso, y se sumergió en el mundo onírico de una familia tipo.

Cinthia interminable I

 

Por Alejandra Varela (Comunidad Anfibia)

 

Una foto que el ojo descubre de a poco, gracias a la luz que juega como tajos en el aire, como un dispositivo que permite ver un momento detenido.

 

El tiempo es la materia sobre la que trabaja “Cinthia interminable“, convertido en una esfera concreta que el espectador puede percibir y tocar. La repetición y la detención de los movimientos, las escenas congeladas que comprimen una emoción, una acción interna que actúa sobre un espectador que siempre es interrogado desde la mirada, son el filo de una narrativa que muestra una cotidianidad despojada de la anécdota, desnuda en sus mecanismos más insoportables.

 

Las voces impostadas, falsas, acentúan el artificio de la representación. La ficción escarba en esos cuerpos automatizados, espasmódicos que aprendieron su coreografía exacta. La palabra es un recurso accesorio porque la dramaturgia que construyen los actores obliga a una lectura de los cuerpos.

 

La mesa familiar es un campo de batalla. En una poética no realista hay algo que la puesta de Juan Coulasso y Jazmín Titiunik recupera del realismo y es esa capacidad para condensar en el espacio doméstico, en el transcurrir de la cotidianidad familiar, todos los dramas y violencias del mundo que se han ido tallando en los comportamientos como formas que el teatro intenta mostrar de un modo desnaturalizado.

 

El ritmo de la escena se afirma en secuencias detenidas. Una película que se congela para que el público pueda observar en detalle la caricatura de esos roles fijos. El padre enérgico y nervioso, el infantilismo desmesurado de los hijos, la madre con los ojos azorados, conteniendo el llanto. Sobre esos esteriotipos los directores indagan hasta convertirlos en el esqueleto de una conducta posible más allá del pudor, cuando el gesto no opera para esconder sino para descascarar su versión más explícita. 

 

Los sonidos son el estampido burlesco del disparo de un arma simulado por la voz, por esa boca que se frunce como en los juegos de niños. Todo es falso pero tiene la potencia de golpear como si la sangre estallara y los cuerpos se abrieran. La palabra se repliega, se nota vencida ante esos músculos cargados, ante esos brazos convertidos en la forma de un arma. Ya no hay nada que decir, el discurso fue ordenado por otro y se repite como el audio de una española que regala sus consejos para diseñarse como la esposa perfecta. La palabra siempre será de otro, siempre tendrá el tono de una orden.

 

Esos cuerpos en escena, bajo una luz de mesa de póquer son lo más parecido a los sobrevivientes de un mundo militarizado. Soldaditos al acecho del enemigo familiar, guerra de gestos. Seres vaciados que lucen como el remanente del teatro de Tadeuz Kantor, cuando el creador polaco pensaba en la figura del maniquí, en reemplazo del actor, para mostrar la ausencia de vida en el escenario y de ese modo permitir reconocerla como la forma oscura que asume la vida en el plano de la realidad.

 

También Samuel Beckett se ocupó de ese personaje carente de toda subjetividad que habita la escena como una cosa y que repite en una cinta magnética o en la palabra automática de Lucky en “Esperando a Godot,”  una brutalidad que lo captura pero que no le pertenece, que le ha ocupado la carne y lo ha obligado a entrar en la serie. En “Cinthia interminable” los personajes no pueden desprenderse de una inercia que los empuja y que es más fuerte que ellos, que invade la totalidad de su ser y que permite pequeños destellos de salvación en esa mirada al público donde se rescata un instante de humanidad.

 

En ese automatismo se construye la dramaturgia de la obra, un territorio donde los actores tienen el dominio narrativo para discutir, no sólo con la alternativa de un diálogo costumbrista o disparatado que podría develar su estado interno, sino también con un teatro de la imagen, demasiado enamorado del virtuosismo y de los recursos plásticos de la puesta.

 

Cinthia interminable II

 

Aquí el cuerpo está para construir una estructura que da cuenta de la obediencia y del modo dislocado, incontrolable que puede desarmar ese mismo automatismo. Si los hijos apuntan con sus dedos a la madre que cocina pero la madre, nada tonta ni ingenua, se da vuelta para sosegarlos, artera con esas manitos que hace un momento desplegaban la coreografía extrañada del batir y el condimentar, es porque ya nadie puede cumplir su rol, porque el cuerpo, desentendido del afecto ha abandonado toda posible particularidad y se ha dejado arrebatar en la lógica de la supervivencia. 

 

Estos personajes desterrados de una estética naturalista se insertan en un mundo sin consecuencias. Matar parece un juego gracioso porque las caídas y los tiros forman parte del artilugio teatral. No se trata de entrar a la escena por el camino de la verosimilitud sino de entender como la contorción de un cuerpo que contiene a su propia mano asesina, es la representación de un acto que en el desarrollo de una historia sonaría explicativo. Un ser sin pasado, como un robot invencible.

 

Todo lo que un cuerpo es capaz de decir por la sola experiencia de ser visto, es el experimento que propone este grupo teatral. El comportamiento busca el trazo grueso de la coreografía que obliga a internarse en todas las capas de tiempo que sostienen lo aparente. Ese tiempo se hace visible en escena a través del silencio, de todo lo que la palabra no puede rellenar. El fondo hueco de lo humano debe transitarse sin aturdimiento. Y aquí los actores parecen plantarse frente a una escena porteña saturada de palabras, para hacer de los gestos una escritura áspera que se lee en el aire y tiene el sonido rabioso de un brazo que se mueve y también de una risa que transforma la cara.

 

Las acciones no se completan, nunca se realizan, lo interminable tiene que ver también, con eso que nunca sucede. Los personajes son el resultado de un mecanismo que no se propone otorgarles una finalidad ni un deseo, solamente dejarlos transcurrir, dormirse con la cabeza pegada a la mesa, junto a una decoración invisible que toma vida cuando ellos, con sus movimientos, hacen de los objetos que no están una forma estilizada, expresionista, alterada de la percepción donde el espectador se permite imaginar sobre un acto que no ve, ponerlo en duda y entrar en el universo alucinado de la equivocación.

 

Cinthia interminable se presenta los sábados a las 20:30 en la Sala Beckett.

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