Zinaída Kovalenka vive en la zona prohibida de Chernobyl: allí donde el Gobierno asegura que debido a la radiación nadie puede acercarse. “Lo único que me queda es el alma”, dice. Adelanto del libro “Voces de Chernóbil”, escrito por la Premio Nóbel Rusa Svetlana Alexiévich y traducido por la editorial Debate.



Por la noche, un lobo entró en el patio. Miré por la ventana y allí estaba con los ojos encendidos. Como faros. Me he acostumbrado a todo. Hace siete años que vivo sola, siete años, desde que la gente se fue. Por la noche, a veces, me quedo sentada hasta que amanece, y pienso y pienso. Hoy, incluso, me he pasado la noche sentada, hecha un ovillo, en la cama, y luego he salido afuera a ver qué sol hacía.

 

¿Qué le voy a decir? Lo más justo en la vida es la muerte. Nadie la ha evitado. La tierra da cobijo a todos: a los buenos y a los malos, a los pecadores. Y no hay más justicia en este mundo. Me he pasado toda la vida trabajando duro, como una persona honrada. He vivido con la conciencia en paz. Pero no me ha tocado lo que es justo. Se ve que, al parecer, a Dios, cuando repartía suerte, cuando me llegó el turno, ya no le quedaba nada para darme.

 

Un joven puede morir; el viejo debe morirse. Nadie es inmortal: ni el rey ni el menestral.

 

Primero esperaba a la gente; pensaba que regresarían todos. Nadie se había ido para siempre; la gente se marchaba por un tiempo. Pero ahora solo espero la muerte. Morirse no es difícil, solo da miedo. No hay iglesia. El padre no viene por aquí. No tengo a nadie a quien confesar mis pecados.

 

La primera vez que nos dijeron que teníamos radiación, pensamos que era alguna enfermedad; que quien enferma se muere enseguida. Pero nos decían que no era eso, que era algo que estaba en la tierra, que se metía en la tierra y que no se podía ver. Los animales puede que lo vieran y lo oyeran, pero el hombre no. ¡Y no es verdad! Yo lo he visto. Ese cesio estuvo tirado en mi huerto hasta que lo mojó la lluvia. Tiene un color así, como de tinta. Allí estaba brillando a trozos. Llegué del campo del koljós y me fui a mi huerta. Y había un trozo azul. Y, unos 200 metros más allá, otro. Como del tamaño del pañuelo que llevo en la cabeza. Llamé a la vecina y a otras mujeres y recorrimos todo el lugar. Todos los huertos, el campo. Unas dos hectáreas. Encontramos puede que cuatro pedazos grandes. Uno era de color rojo.

Pripyat - Palace of Culture "Energetik"

 

Al día siguiente llovió. Desde la mañana. Y, para la hora de comer, habían desaparecido. Vino la milicia, pero ya no había nada que enseñar. Solo se lo contamos. Unos trozos así… (Lo demuestra con las manos). Como mi pañuelo. Azules y rojos.

 

Esta radiación no nos daba demasiado miedo. Mientras no la veíamos y no sabíamos qué era, puede que nos diera miedo, pero, en cuanto la vimos, se nos pasó el temor. La milicia y los soldados pusieron unas tablillas. A algunos les escribieron junto a la casa y también en la calle: 70 curios, 60 curios… (Nota del editor: Unidad de medida de la radiactividad).

 

Siempre hemos vivido de nuestras patatas, de nuestra cosecha, ¡y ahora nos dicen que no se puede! Ni cebollas ni zanahorias nos dejan plantar. Para unos fue un duro golpe, aunque otros se lo tomaron a risa. Nos aconsejaban que trabajáramos en la huerta con máscaras de venda y con guantes de goma. Y que enterráramos la ceniza del horno. Enterrar la ceniza. Oh, oh, oh…

 

Entonces vino un importante sabio y pronunció un discurso en el club diciendo que teníamos que lavar la leña. ¡Esta sí que es buena! ¡No podía creer lo que oía! Nos mandaron lavar las mantas, las sábanas, las cortinas… ¡Pero si estaban dentro de la casa! En los armarios y en los baúles. ¿Qué radiación puede haber, dígame, en las casas? ¿Tras las ventanas? ¿Tras las puertas? Si, al menos, la buscaran en el bosque, en el campo…

 

Nos cerraron con candado los pozos y los envolvieron en plástico. Que si el agua estaba «sucia». ¡Pero qué sucia, si estaba más limpia que…! Nos llenaron la cabeza con que si os vais a morir. Que si debíamos irnos de ahí. Evacuarnos…

 

La gente se asustó. Se les llenó el cuerpo de miedo. Algunos empezaron a enterrar sus pertenencias por la noche. Hasta yo recogí toda mi ropa. Los diplomas por mi trabajo honrado y las cuatro monedas que tenía y que guardaba por si pasaba algo. ¡Y qué tristeza! ¡Una tristeza que me roía el corazón! ¡Que me muera si no le digo la verdad!

 

Y un día oigo que los soldados habían evacuado toda una aldea, pero un viejo y su mujer se quedaron. El día antes de que sacaran a la gente y los condujeran a los autobuses como si fueran ganado, ellos agarraron a la vaca y se fueron para el bosque. Y allí esperaron a que pasara todo. Como durante la guerra. Cuando las tropas de castigo quemaron la aldea.

 

¿A qué tanta desgracia? (Llora). Qué frágil es nuestra vida. No lloraría si pudiera, pero las lágrimas se me caen solas.

 

¡Oh! Mire por la ventana: ha venido una urraca. Yo no las espanto. Aunque a veces las urracas se me llevan los huevos del cobertizo. Así y todo, no las espanto. Ahora todos sufrimos la misma desgracia. ¡Yo no espanto a nadie! Ayer vino una liebre.

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Si cada día viniera gente a casa. Cerca de aquí, en la aldea vecina, también vive una mujer; yo le dije que se viniera aquí. Tanto si me ayuda, como si no, al menos tendré con quien hablar. A quien llamar…

 

Por la noche me duele todo. Se me doblan las piernas, noto como un hormigueo, son los nervios que corren por dentro. Entonces, agarro lo que encuentro a mano. Un puñado de grano. Y jrup, jrup. Y los nervios se me calman.

 

¡Cuánto no habré trabajado y padecido en esta vida! Pero siempre me ha bastado con lo que tenía y no quiero nada más. Al menos, si me muero, descansaré. Lo del alma no sé, pero el cuerpo se quedará tranquilo.

 

Tengo hijas e hijos. Todos están en la ciudad. ¡Pero yo no me voy de aquí! Dios no me ha librado de daños, pero me ha dado años. Yo sé qué carga es una persona vieja; los hijos te aguantan, te aguantan y, al final, acaban por herirte. Los hijos te dan alegrías mientras son chicos.

 

Nuestras mujeres, las que se han ido a la ciudad, todas se quejan. Unas veces es la nuera, otras la hija quien te ofende. Quieren regresar. Mi hombre está aquí. Aquí está enterrado. En el cementerio. Pero si no estuviera aquí, se habría ido a vivir a otra parte. Y yo con él. (De pronto contenta). ¿Aunque para qué irse? ¡Aquí se está bien! Todo crece, florece. De la fiera al mosquito, todo vive.

 

Ahora se lo recordaré todo…

 

Pasaban más y más aviones. Cada día. Iban bajos, sobre nuestras cabezas. Volaban hacia el reactor. A la central. Uno tras otro. Y, entretanto, estaban evacuando nuestro pueblo. Nos trasladaban. Tomaban al asalto las casas. La gente se había encerrado, se escondía. El ganado bramaba, los niños lloraban. ¡La guerra! Y el sol brillaba.

 

Yo me había metido en casa y no salía; la verdad es que no me encerré con llave. Llamaron unos soldados: «¿Qué, abuela, está lista?». Y yo les dije: «¿Qué, me vais a atar de pies y manos, vais a sacarme a la fuerza?». Los chicos se quedaron callados y, al rato, se fueron. Eran tan jovencitos. ¡Unos críos!

 

Las mujeres se arrastraban de rodillas ante sus casas. Rezaban. Los soldados las agarraban de un brazo, del otro y al camión. Yo, en cambio, les amenacé con que, si me tocaban un pelo, si me rozaban siquiera, si empleaban conmigo la fuerza, les daría con la azada. Y maldije. ¡Cómo maldije! Pero no lloré. Aquel día no dejé caer ni una lágrima.

 

De modo que me quedé en la casa. Afuera todo eran gritos. ¡Y qué gritos! Pero luego todo quedó en silencio. Sin un ruido. Y aquel día… El primer día no salí de casa.

Contaban que iba una columna de gente. Y otra de ganado. ¡La guerra!

 

Mi marido solía decir que el hombre dispara y Dios es quien lleva las balas. ¡A cada uno su suerte! Los jóvenes que se fueron, algunos ya han muerto. En el nuevo lugar. Y yo sigo aquí con mi bastón. En pie. ¿Que me pongo triste?, pues lloro un rato. La aldea está vacía. Pero hay todo tipo de pájaros. Volando. Hasta un alce pasea por aquí, como si nada. [Llora].

 

Se lo recordaré todo…

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La gente se fue, pero se dejó los gatos y los perros. Los primeros días, yo iba de casa en casa y les echaba leche, y a cada perro le daba un pedazo de pan. Los perros estaban ante sus casas y esperaban a sus amos. Esperaron largo tiempo. Los gatos hambrientos comían pepinos…, tomates…

 

Hasta el otoño le estuve segando la hierba a la vecina delante de su casa. Se le cayó una valla y también la clavé. Esperaba a la gente. En casa de la vecina vivía un perrito, lo llamaban Zhuchok. «Zhuchok —le decía—, si te encuentras primero a alguien, llámame.»

 

Por la noche sueño que se me llevan. Un oficial me grita: «Abuela, dentro de un momento vamos a quemarlo todo y a enterrarlo. ¡Salga!». Y se me llevan a alguna parte, a un sitio desconocido. Incomprensible. No era ni ciudad, ni aldea. Tampoco una tierra.

 

Me ocurrió una historia. Tenía yo un buen gatito. Vaska se llamaba. En invierno me asaltaron las ratas y no había modo de librarse de ellas. Se me metían debajo de la manta. Al tonel donde guardo el grano le hicieron un agujero. Vaska fue quien me salvó. Sin Vaska hubiera estado perdida. Con él comía y charlaba. Pero, entonces, Vaska desapareció. Puede que lo atacaran los perros hambrientos y se lo comieran. Todos andaban famélicos, hasta que se murieron; los gatos también pasaban tanta hambre que se comían a sus crías; durante el verano, no, pero sí con la llegada del invierno. ¡Válgame Dios! Las ratas hasta se comieron a una mujer. Se la zamparon. En su propia casa. Las malditas ratas pelirrojas. Si es verdad o no, no sabría decirle, pero eso es lo que contaban.

 

Merodeaban por aquí unos vagabundos. Los primeros años, las cosas en las casas no faltaban. Camisas, jerséis, abrigos… Toma lo que quieras y llévalo a vender. Pero se emborrachaban, les daba por cantar. La madre que los… Uno se cayó de una bicicleta y se quedó dormido en medio de la calle. Y por la mañana solo quedaron de él dos huesos y la bicicleta. ¿Será verdad o mentira? No le sabría decir. Eso es lo que cuentan.

 

Aquí todo vive. ¡Lo que se dice todo! Vive la lagartija, la rana croa. Y el gusano se arrastra. ¡Hasta ratones hay! Se está bien, sobre todo en primavera. Me gusta cuando florecen las lilas. Cuando huelen los cerezos.

 

Mientras los pies me aguantaban, yo misma iba a por el pan: a 15 kilómetros solo de ida. De joven me los hubiera hecho corriendo. La costumbre. Después de la guerra íbamos a Ucrania a por simiente. A 30 y a 50 kilómetros. La gente llevaba un pud; (Nota del editor: Medida de peso rusa, equivalente a 16,3 kilogramos) yo, tres. Ahora sucede que ni en casa puedo andar. Las viejas incluso en verano tienen frío.

 

Vienen por aquí los milicianos, pasan para controlar el pueblo, y entonces me traen pan. Pero ¿qué es lo que controlan? Vivo yo y el gatito. Este ya es otro que tengo. Los milicianos hacen sonar la bocina y para nosotros es una fiesta. Corremos a verlos. Le traen huesos al gato. Y a mí me preguntan: «¿Y si aparecen los bandidos?». «¿Y qué van sacar de mí? —les digo—. ¿Qué me pueden quitar? ¿El alma? El alma es lo único que me queda.»

 

Son buenos muchachos. Se ríen. Me han traído pilas para la radio, y ahora la escucho. Me gusta Liudmila Zikina (Nota del traductor: célebre intérprete de canciones populares), pero ahora, no sé por qué, rara vez canta. Se ve que se ha hecho vieja, como yo. A mi hombre le gustaba decir…, solía decir: «¡Se acabó el baile, el violín al estuche!».

 

Le contaré cómo me encontré con el gatito. Mi pobre Vaska había desaparecido. Lo espero un día, lo espero otro… Así un mes. En fin, que me había quedado como quien dice más sola que la una. Sin nadie con quien hablar. De modo que un día decido recorrer la aldea, y por los huertos vecinos voy llamando: Vaska, Murka… ¡Vaska! ¡Murka! Al principio había muchos gatos, luego desaparecieron todos Dios sabe dónde. Se exterminaron. La muerte no perdona. La tierra da cobijo a todos…

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De modo que iba yo por ahí… Dos días me pasé llamando. Y al tercer día lo veo, sentado junto a la tienda. Nos miramos el uno al otro. Él contento y yo también. Lo único, que no dice palabra. «Bueno, vamos —lo llamo—, para casa.» Pero él que no se mueve. De modo que le pido que se venga conmigo: «¿Qué vas a hacer aquí solo? Se te comerán los lobos. Te harán pedazos. Ven. Que tengo huevos y tocino». ¿Cómo se lo explicaría? Dicen que los gatos no entienden a los humanos. ¿Y, entonces…, cómo es entonces que este me entendió? Yo delante y él corriendo detrás. «¡Miau!» «Te daré tocino.» «¡Miau!» «Viviremos juntos…» «¡Miau!» «Te llamaré Vaska.» «¡Miau!»… Y, ya ve, dos inviernos que llevamos juntos.

 

Por la noche sueño a veces que alguien me llama. La voz de la vecina: «¡Zina!» Calla un rato, y otra vez: «¡Zina!».

 

Si me pongo triste, lloro un rato…

 

Voy a ver las tumbas. Allí descansa mi madre. Mi hijita pequeña… La consumió el tifus durante la guerra… Justo después de llevarla al cementerio, después de darle sepultura, de pronto entre las nubes salió el sol. Brillaba que daba gusto. Hasta me dieron ganas de regresar y desenterrarla.

 

También mi hombre está ahí… Fedia. Me quedo sentada junto a todos los míos. Suspiro un rato. Y hasta puedo hablar con ellos, tanto con los vivos como con los muertos. Para mí no hay diferencia. Los oigo tanto a unos como a los otros. Cuando estás sola… Y cuando estás triste. Muy triste…

 

Justo al lado de las tumbas vivía el maestro Iván Prójorovich Gavrilenko. Se ha marchado a Crimea con su hijo.

 

Algo más allá, Piotr Ivánovich Miusski… El tractorista. Era estajanovista (Trabajadores que, según la propaganda soviética, siguiendo el ejemplo del minero soviético Alexéi Stajánov, superaban con creces la norma de producción), hubo un tiempo en que todos se hacían estajanovistas. Tenía unas manos de oro. Se hizo él mismo los artesonados de madera. Y ¡qué casa! La mejor del pueblo. ¡Una joya! ¡Lialka! ¡Oh, qué lástima me dio, hasta se me subió la sangre cuando la destruyeron! La enterraron. El oficial gritaba: «No padezcas, mujer. La casa ha caído dentro de la “mancha”». Aunque parecía borracho. Me acerqué a él y vi que estaba llorando. «¡Vete, mujer, vete!», me dijo y me echó de allí.

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Y luego ya Misha Mijaliov, que cuidaba de las calderas de la granja. Misha murió pronto. Se fue y al poco se murió.

 

Tras él está la casa del zootécnico Stepán Bíjov. ¡La casa se quemó! Por la noche, unos granujas le prendieron fuego. Eran forasteros. Stepán no vivió mucho. Lo enterraron en alguna parte de la región de Moguiliov, donde vivían sus hijos.

 

Una segunda guerra… ¡Cuánta gente hemos perdido! Kovaliov Vasili Makárovich, Anna Kotsura, Maxim Nikiforenko…

 

En un tiempo vivimos contentos. Durante las fiestas cantábamos y bailábamos. Con el acordeón. Y ahora esto parece una prisión. A veces cierro los ojos y recorro la aldea. Qué radiación ni qué cuentos, si las mariposas vuelan y los abejorros zumban. Y mi Vaska cazando ratones. (Llora).

 

Dime, hija mía, ¿Entendés mi tristeza? Se la llevarás a la gente, pero puede que yo ya no esté. Me encontrarán en la tierra. Bajo las raíces.

 

Zinaída Yevdokímovna Kovalenka, residente en la zona prohibida


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