La sensación térmica superó los 45 grados, miles y miles de personas quedaron sin luz y Buenos Aires enfureció. Mientras espera la lluvia, Julia Narcy transita una ciudad distópica, asediada por el calor y el mal humor: la SUBE no alcanza, el subte va lleno como en marzo, en las oficinas públicas funciona un solo aire acondicionado y las góndolas austeras del chino recuerdan a la híper alfonsinista. Aguafuerte del infierno porteño.



Poliamor-Verano-Web

 

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Chen, mi médico acupunturista, dice que calol é bueno, calol bueno pala cilculación, pelo tanto calol no; usté, quieta, usté mucha agua, tles -y hace el gesto con el mayor, el anular y el meñique escondiendo los otros dos dedos- litlo de agua. Quieta, nada de ginasia, ni fuelza, si puede, acostada.

 

- No puedo, chabón, no puedo. Trabajo fuera de casa, no es un trabajo que me haga feliz, qué querés que haga, pero sí, tengo que andar por la calle fogosa, no puedo quedarme todo el día enchufada a tus agujitas en tu camilla escuchando tus himnos chinos – pienso pero no le digo nada, asiento y sonrío, es difícil la conversación con él, no estoy preparada para un desacuerdo. No me ofrece ni un vaso de agua, bueno, listo, me dice después de que me saca las agujas, entonces me paro y me voy.

 

Atravieso el palier de su edificio que siempre parece estar en obra, oscuro y lleno de escombros es un oasis de moderada frescura. Salgo a la bola espesa de aire que hace días nos tiene estupefactos. Es entrar en otro registro, como de ciencia ficción.

 

Deseo caminar rápido para hacer más breve el viaje a la oficina, pero mis pasos son lentos y torpes. El paisaje humano es desolador. Los hombres tienen la remera adherida a las espaldas. Todos. Los gordos y los flacos, esta vez se confunden por una mancha oscura alrededor de su columna vertebral, subrayando sólo esa zona que los iguala más allá de sus diversas figuras. Algunos se secan con pañuelos, otros se entregan al brillo grasoso de la transpiración con indiferencia y desdén.

 

Las mujeres y sus rodetes se replican por miles en la calle, los pelos de la nuca empapados pegados a la piel, y un gesto de malestar apenas disimulado por el ir y venir de abanicos improvisados. Papeles, cuentas de servicios públicos, volantes callejeros, se mueven de un lado a otro del eje de los rostros, y sin embargo no hacen más que circular aire denso.

 

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Es agresivo el calor extremo. Me genera agresividad. Violencia. Impaciencia. Miro la aplicación de clima de mi teléfono para ver si hay novedades de la lluvia, si se ha actualizado la información, pero dice que hay un 40 por ciento de probabilidades, que es lo mismo que decir no sé: quizás si, quizás no. No ayuda. Esa incertidumbre se ha vuelto una constante los últimos días.

 

Espero el colectivo lo más quieta que puedo: si me muevo transpiro. Transpiro igual, ansiosa y con cara de asco: el tacho de basura que tengo a dos metros expide un olor insoportable, ácido e insistente, una combinación de comida y excrementos putrefacta, que parece ser un experimento para desagradar a los peatones. Cuando logro un resguardo a la sombra y lejos del tacho, recuerdo que no tengo más carga en la SUBE, que la exprimí hasta el límite del crédito en rojo. No hay un quiosco a la vista pero estoy cerca de la estación de tren y subte de Carranza.

 

-Ahhh, no lo puedo creer, le digo al señor que está en la parada con la maquinita de la SUBE haciéndole la tarea sencilla al chofer para que no se le arme la cola en el pasillo del bondi. Subo 34 escalones (los conté) al rayo del sol, para ponerle 100 pesos y sólo ver reflejada una carga de 54, con la que haré tan sólo tres viajes y un piquito. Me resisto a cargar 300, odio el tarifazo. Vuelvo a la parada con esa frustración a cuestas, despegándome lo más que puedo de mi mochila.

 

Al fin veo acercarse el 95, me desilusiono al ver que no tiene aire. ¿Cómo puede ser que sigan circulando esas unidades viejas? Pero me subo igual, tal vez el viento del recorrido sea suavizante, y cualquier cosa debe ser mejor que estar acá parada resoplando molestia. Consigo un lugar para sentarme y eso me da alivio. Me desplomo en el asiento y a los tres segundos ya estoy adherida al cuero sintético por la transpiración pringosa que ha decidido acompañarme independientemente de mi voluntad. No soporto la sensación y aunque trato de leer ese libro que llevo guardado hace unos días en la mochila, se me vienen a la cabeza tuits y posteos donde compartir mi violencia térmica. Guardo el libro y saco el teléfono en un mismo movimiento, tipeo rápidamente, aprovechando que mis dedos no sufren el calor y están igual de despiertos que un día normal.

 

Sube una mujer con su bebé y otro niño de unos cuatro años. El pibe tiene una botella de coca cola ahora recargada con agua que observo tibia, sin indicios de condensación. El bebé quiere tomar la teta. Manotea el pecho de su mamá, llora, se retuerce. La madre tironea de la muñeca del chiquito de la botella para hacerlo sentar y el pibe se resiste. Le dice que lo suelte, que tiene calor.

 

-¿Y vos te pensás que yo tengo frío?, le responde ella con un grito grave y feroz. 

 

Yo sonrío al niño para alivianarle el momento, pero no encuentro respuesta a mi gesto. Se sientan: el bebé se prende a la teta para saciar su sed, su hermano mira por la ventana la ciudad hostil, y la madre mira al infinito con hastío, muda.
Estoy llegando a la oficina y me paro para bajar. Me despego el vestido del culo y la espalda y me acerco a la puerta, ilusionada con que el viento de la frenada pueda llegar a refrescarme las piernas o al menos secar momentáneamente la transpiración. Pero adelante hay una chica con su novio bloqueando la puerta.

 

-¿Bajan? -les digo sabiendo que la respuesta es no, que están ahí para ventilarse en cada parada. Vuelvo a preguntar después de una aclaración de garganta que me permita subir el volumen de mi voz.

 

-¿Bajan, sí, o no?

 

-No -responde ella con un ascetismo total. Mientras bajo las escaleritas voy refunfuñando – Y por qué se paran en la puerta ¿me querés decir, pendejos del orto? Esto lo digo cuando el colectivo ya se fue y sólo me escuchan los vendedores de tortas y café del Hospital Rivadavia. No importa. Que alguien oiga no importa quién. Son las 9 y media de la mañana y hay 40 grados.

 

* * *

 

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Cruzar Avenida Las Heras es como atravesar el desierto. Me siento un beduino. Más bien un animal, un elefante con el cuerpo condensado lleno de agua que puja por salir de cada poro. Ya en la sombra logro respirar con una bocanada larguísima que deviene en un suspiro que sale de mi trompa. Me cruzo en la puerta con un compañero de trabajo, nos damos un beso. Antes me deslizo con disimulo la mano por el cachete despejando la zona pero él no: deja su drenaje salado en mi cara y de paso me pincha con la barba.

 

-Hola, cómo va. Me estoy muriendo – seca, se le digo, con molestia acumulada.

 

-No sos la única -me responde y mientras me alejo, dándole la espalda le digo en voz alta, lo más alta que mi malestar me permite:

 

-Qué bien, me siento acompañada entonces.

 

Hay sólo un sector del edificio en donde funciona el aire acondicionado, en la planta baja y supongo también en las áreas de dirección. En el tercer piso, donde está mi oficina hay tres entradas de aire que no funcionan. Se rompieron hace un año y por falta de presupuesto nadie las arregló. Como en mi casa, pienso, y me guardo una queja para poder usarla un poco más tarde porque me siento redundante. A través de las paredes de durlock que separan una oficina de otra me canso de oír ¡qué calor, la puta madre! ¡Qué calor Dios mío! ¡Qué calor! Así será durante toda la jornada.

 

* * *

 

Intentar la vuelta en subte se convierte en una pesada expedición a la jungla urbana. Me arrepiento instantáneamente de haber bajado las escaleras a esta tierra ardiente donde todo el mundo está a disgusto. La gente tirada en el piso pidiendo “monedas”, una expresión completamente devaluada que se ha vuelto ridícula. Los ventiladores que cuelgan del techo parecen ventilar sólo lo que sucede en las pantallas de tele: publicidades de playas porteñas que no existen, vecinos en forma de animaciones que no se parecen en nada a los que estamos esperando el tren acá, en la tumba de la ciudad verde. Los vagones están repletos. Es enero y dejo pasar el tren como haría un viernes de marzo en hora pico. Miro incrédula la fuerza que hacen para subir los pasajeros y busco complicidad en los que nos quedamos afuera mordiéndome el labio superior y llevando los globos oculares debajo del párpado, dejándolos casi en blanco. Me someto a la micro- especulación de estos días extremos y decido subir al próximo: quizás más tarde sea peor. El desafío es evitar el roce con otros cuerpos sudados, hacer una respiración corta y pausada, mantener la calma, mirar hacia el piso cuando hacemos paradas de mucho tráfico para evitar empujones y agresiones, volverse invisible en lo posible. No puedo. Me despego los pelos de un pibe con colita que se cree que es Diego Torres en los 90, devuelvo codazos de una señora que despide olor a cigarrillo y descuida los bordes de su cuerpo, invadiendo el mío. Quiero llorar o matar de calor.

 

Bajo en la estación de Chacarita, cruzo el espejismo en el que se ha convertido la Avenida Corrientes y acompañan mis pasos, detenidos en el camino como haciendo postas, un grupo de viejos tomando un tetra en la puerta del chino que balbucean piropos, más adelante una familia echada en un colchón con un perro peludo que ni los ojos puede mover de tanto calor y tristeza, y casi llegando a la esquina una pareja joven que pelea con hartazgo, ella sobre todo con su panza al aire, hinchada de alcohol e hidratos apoyada sobre dos palos flacos metidos en un par de zapatillas Nike de punta ausente. Desarmados, desfigurados de calor, con cuerpos semi vestidos y rodeados de trapos, cartones y restos de comida, parecen armar una escenografía de desechos de la ciudad verde.

 

Paso por el chino para comprar algo fresco y las góndolas austeras, uniformadas ya sin variedad me quitan las ganas de tentarme con cositas con las que entré. Siento que no hay nada para elegir, me recuerda a Bizarra, el mercado al que íbamos con mi viejo a finales de los 80 en La Plata, a rescatar lo poco que había a salvo de la hiperinflación. Compro la cerveza más fría que toco, pago en efectivo para evitar la demora incandescente del posnet, agarro el vuelto y sin estirar los billetes, los meto en la cartera hechos un bollo. Quiero llegar y todavía me faltan dos cuadras de olla a presión.

 

Doblando en la esquina de casa me descubro con un cruce de dedos imaginario pidiendo que no esté la camioneta de Edenor. Como un juego de azar, sufro por anticipado temiendo ser una más de los 77000 hogares sin luz, sin aire y sin paciencia.

 

Los pozos tapados con tierra en la vereda, los cables colgando que dejaron la semana pasada por un corte atroz y el recuerdo de la factura, los cuidados en los consumos, el pedido sistemático a mis hijos de que apaguen la luz, el aire, la demanda, que apaguen la demanda cuando llegue, y no se me suban a upa y cierren la puerta que no entren los perros que me dan calor, y el grito del hastío de ser madre por tres, y la casa, y el gobierno, y la injusticia, y el derrumbe de mi poder adquisitivo, y que quisiera estar en una piscina o en una playa, o subida a un árbol como cuando era chiquita y no me importaba si hacía frío o calor, y me adentro en la casa casi en puntas de pie, para pasar desapercibida y poder tirarme un rato en la cama, pero se me vienen encima hijos y mascotas como pájaros de Hitchcock, intentan treparme para llegar a mis hombros, mi cabeza, mi alma, yo qué sé.

 

-¡Paren! En serio, ¡paren! Saco fuego por la boca y agua por el resto del cuerpo. Centrifugo el contacto de todos, pido disculpas pero necesito descansar, les digo más suave con un dejo de culpa. Un rato. Permito pantallas, sí, cualquiera. Tiro la cerveza caliente por la bacha de la cocina, tomo un vaso de agua fría y me abro de piernas y brazos boca arriba en la cama, dispuesta a esperar la lluvia que como siempre que se la deseó, llegó.

 

Llega, baña patio, perros y plantas, y envuelve el ambiente en una humedad vengadora y revanchista, que le da un tono ocre al paisaje, evaporando los humores que habían quedado ahí, en las juntas de las baldosas, ansiosos por salir a dar otra vuelta más.


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