En Orlando, un hombre conocido por su odio a los homosexuales, entró con armas a un boliche LGTBI y mató a 50 personas; 54 fueron heridas. El argentino Julián Troksberg, al enterarse, pensó en su amigo y vecino de Harlem, afroamericano y gay; en todos los años viviendo con miedo. Y en lo pavoroso de la repetición de asesinatos masivos. En los 166 días que van de 2016, en 133 hubo tiroteos masivos: 207 muertos.



Foto de portada: Victoria Pickering

 

1. Hace cuatro años vivo en Estados Unidos; en Harlem, el barrio “negro” de Nueva York.

 

En estos cuatro años ya perdí la cuenta de los tiroteos, atentados, escenarios o situaciones donde alguien a quien  imagino con sangre fría y ojos desorbitados entra a los balazos a un lugar y mata.

 

Muchos de estos mass shootings (que podría definirse como incidentes armados donde se mata o hiere a cuatro o más personas, incluyendo el asaltante) se me pasaron por alto, e incluso de algunos ni siquiera me enteré. Según una nota que publicó ayer Vox en los 164 días que lleva 2016, en 133 hubo tiroteos masivos: 207 muertos. Y ocurrieron en lugares que apenas un lustro atrás me sonaban sólo por las películas y hoy son parte de un territorio mucho más reconocible: más cerca o más lejos, ya parte de mi vida cotidiana.

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El 14 de diciembre de 2012 pasé mi cumpleaños en el Wolfe’s Neck State Park en Maine, un parque bastante alejado de todo. Cuando por la tarde volví a conectarme a internet, las fotos divertidas que pensaba mandar perdieron sentido frente a las noticias que me llegaban al celular: un tipo había entrado a una escuela (¡una escuela!) de Connecticut y había empezado a matar (fueron 20 chicas y chicos de primer grado de la Sandy Hook Elementary School, en Newtown; 8 adultos, incluyendo a su madre y al propio tirador).

 

O también en 2012, la vez que planeaba ir a un cine en Plainsboro, New Jersey, y me enteré de que un tipo con una máscara de gas había decidido matar a otros espectadores (fueron 12 muertos y 70 heridos). Fue lejos, en Aurora, Colorado. Pero era un cine. Y era la misma película que quería ver yo, Batman. (Después, para hacernos sentir más seguros, algunas cadenas de cines prohibieron el uso de máscaras en sus salas).

 

O cuando me crucé en la escalera a mi vecina de arriba, la que hace ruido y no me deja dormir, que salía para Charleston, South Carolina, para documentar lo que pasaba ahí después de que el 17 de junio de 2015 un tipo blanco entrara a una iglesia negra a matar a los feligreses (9 muertos, incluyendo al pastor que daba misa).

 

Puedo contar de la vez que un tipo despedido de su trabajo en un canal, mató en vivo al camarógrafo y la reportera (2 muertos, 1 herido), en Roanoke, Virginia; una escena que luego se viralizó en YouTube.  

 

O de lo complejo que resulta hackear un teléfono como el mío. Lo sé porque después de que una pareja entrara a los tiros a una fiesta laboral, en San Bernardino, California (14 muertos, 22 heridos), el FBI y Apple se enfrentaron sobre la manera de desbloquear el iPhone del atacante.

 

Puedo seguir.

 

Como con los casos de las universidades en distintos puntos del país:

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Un estudiante abrió fuego en el Umpqua Community College, cerca de Roseburg, Oregon (8 estudiantes, un profesor, y el atacante muertos; nueve heridos), el 1 octubre de 2015. También, el 23 de mayo de 2014, en la Universidad de California, Santa Barbara, en Isla Vista, cuando un tipo se vengó de que las mujeres del campus no le daban bola (9 muertos, incluyendo al tirador; 14 heridos). O, hace apenas unos días, en UCLA, en los Ángeles, California, cuando un estudiante de doctorado asesinó a balazos a un profesor y luego se suicidó (2 muertos).

 

Estas que nombro, por más lejanas que sean geográficamente, son las historias violentas más cercanas: hace no tanto Jennifer, mi esposa, me explicó el protocolo de seguridad que se puso en marcha en la universidad en la que da clases (que queda en Connecticut, y no en Texas, donde los alumnos no sólo pueden portar armas, sino también exhibirlas a discreción).  Y si bien no lo pienso todo el tiempo, no puedo negar que a veces me pregunto si me va a llamar durante su jornada laboral desde abajo de una mesa, tratando de esconderse de las ráfagas de una ametralladora.

 

Un colegio, un evento medianamente público, una universidad.

 

Se repiten una y otra vez.

 

Ahora leo y releo sobre el mass shooting en Orlando, en una disco gay. Murieron 50 personas y 54 fueron heridas.

 

Y leo que, por la cantidad de muertos y heridos, de todos estos hechos, y todos los que me olvido, fue el peor “después del 11/09”, dice la CNN y Fox News en sus videographs. Aunque más allá de los números, está la repetición. El asesino de la masacre de Orlando, hijo de afganos radicado en Estados Unidos, era homofóbico, odiaba a los homosexuales. Lo dijeron sus conocidos. Su padre, anoche, escribió en Facebook que “estaba triste” y que “Dios en persona castigará a aquellos involucrados en homosexualidad”. 

El atacante usó un rifle AR-15 semiautomático,considerado un arma de guerra que puede disparar 600 municiones por minuto, y una pistola 9 milímetros.

 

2. Hace exactamente un año, antes de subirme a un avión para volver de Argentina, leí en un diario de Buenos Aires que el personaje televisivo e inmobiliario Donald Trump quería candidatearse para la presidencia de los Estados Unidos. Apenas aterricé lo comenté con amigos norteamericanos que, me acuerdo, sólo se rieron: yo debía haber leído mal.

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Un año después me pregunto si se reirán hoy, que tiene serias posibilidades en la elección general, y que en su cuenta de twitter, donde suele desaforarse casi tanto como en sus discursos, Trump agradeció a los que lo felicitaron por tener razón con respecto al terrorismo islámico mientas pedía más seguridad. Y de paso mezcló algunos de sus argumentos, que viene lanzando a repetición: islamofobia, violencia, seguridad, armas.

 

América es débil, dijo.

 

Cuando fueron asesinados los chicos y chicas en la escuela de Connecticut se habló sobre el control de armas.

 

No pensemos en armas pequeñas, una pistola o un revolver (armas que prácticamente no diferencio, que ni siquiera tuve en mis manos y espero no tener jamás) sino de ametralladoras, armas de asalto, automáticas, de repetición, que en algunos Estados de la Unión se pueden comprar sin mucha complicación.

 

Me acuerdo que en aquel entonces Obama dio un discurso comprometido y conmovedor: a mí también me emocionó. Hay que hacer algo con las armas de asalto, tenemos que hacer algo, llegó el momento de hacer. Aplaudimos: yo aplaudí mirando el televisor.

 

Pero después algo raro pasó, algo incomprensible para mí: volví a ver ese discurso de Obama, o más bien uno similar, una y otra vez. En el caso de Denver, en el de Charleston, en el del campus. ¿O en el del campus no?

 

Porque la situación de la compra libre de armas no cambió mucho. Mi sensación es que no se hizo nada, no se pudo, se trabó. Ahí está, por ejemplo y entre otros, el lobby de la NRA, National Rifle Association.

 

Hace menos de un mes la NRA dio su apoyo a Trump.

 

3. Todos los miércoles por la mañana me encuentro en un bar con Alex, un amigo que me hice en el barrio y con el que decidimos escribir una sitcom. Una berretada un poco como nuestra vida: un negro y un blanco en un Harlem que se gentrifica, y cambia y nos deja afuera, a los dos por lo económico, a él también por lo racial.

 

A veces escribimos, pero en general hablamos de cualquier cosa.

 

Yo le hablo de mi vida cotidiana, de los otros guiones que estoy escribiendo cada vez, de lo que pasa en Buenos Aires, de Jennifer y su universidad. Jamás le hablé de los nuevos protocolos de seguridad, ni del miedo de que algo pase en el campus donde está ella. Él se tomó un año para hablarme de su vida afectiva y de su novio ruso al que hace poco rajó de su casa, porque se hartó.

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Las noticias violentas se cuelan de vez en cuando en nuestra conversación. Ambos llegamos al barrio la semana en que un policía “dejaba morir” (lo ahorcaba, no le permitía respirar) a un tipo negro que estaba vendiendo loosies, cigarrillos sueltos, en Staten Island, uno de los cinco boroughs de New York.

 

Con Alex habíamos empezado a vernos para cuando fueron los disturbios en Ferguson, Missouri, por el asesinato de otro tipo negro, en un caso de violencia policial. Semana a semana, en nuestros encuentros, me acuerdo haberle comentado algunos de esos videos grabados que mostraban la violencia policial, en general contra negros o latinos, que fueron subidos por particulares a internet (y que no fueron ni uno ni dos ni tres sino un montón).  

 

El miércoles seguro hablaremos de Orlando. De cómo y dónde estábamos cuando nos llegaron las breaking news. Del bar gay, del tiroteo. Del Estado Islámico que se adjudicó el atentado. Y del tipo que lo cometió, un ciudadano norteamericano que pudo haber comprado sus armas de manera legal. Del discurso emotivo de Obama, otro más. De que al escucharlo dan ganas de llorar. De los tuits de Trump y de si esto lo favorece o no: ahora que la elección de noviembre está ahí nomás, me pregunto si la masacre de Orlando no acercará aún más su discurso a gente que se siente indefensa ante una situación así. (A pesar de que también su discurso viene incluyendo como blanco de ataques a los latinos, y en algunos casos, y con vaivenes, a los gays).

 

En lo que no creo que nos detengamos, porque es algo ya tan cercano, tan parte de nuestra cotidianeidad que lo dejamos pasar, es en la marcada repetición de este tipo de hechos de violencia azarosa que me esforcé por listar acá. Él frente a su té, y yo con mi café, mirando por la ventana del bar, trataremos de no pensar en que esto que pasó y nos angustia e incomoda hoy, es parte de una serie de hechos que más cerca o más lejos, en lo geográfico o lo afectivo, se repite una y otra y otra y otra vez más. Quizá el no me cuente que, ahora, se siente aún más vulnerable que yo, latino, inmigrante, porque él no es solo un afroamericano: también es gay.


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