Siete años después del huracán, Nueva Orleans ofrece tours por las zonas devastadas. Más de la mitad de su población nunca volvió a la ciudad y los que quedaron no saben pegar ladrillos. La cronista y escritora Mariana Enríquez recorrió sus calles y descubrió que también se come de primera, se escucha el mejor blues y abundan los rituales vudú. Y después fue a Memphis: la prueba de que la sociedad posracial es sólo un slogan mediático y en donde cada esquina habla de segregación. En la tierra que vio crecer y morir a Elvis, no existen las economías precarias y solidarias: los pobres pasan hambre, no tienen garrafa social y no se cuelgan de la luz. Primera parte de una gran crónica de viaje por el sur de Estados Unidos.



Qué recorrido raro, me decían. Yo avisaba que partía hacia el sur de Estados Unidos ¿Es raro? Yo amo el gótico sureño, a Johnny Cash y a Nueva Orleans. Hay gente que ama Bollywood. En serio: el amor es siempre extraño y nunca se elige. Tampoco los territorios de la imaginación.

 

¿Sabés lo que significa extrañar Nueva Orleans?

 

-¿Argentina? ¿Eso es un país?

 

El señor taxista que nos trae, a mi compañero y a mi, desde el aeropuerto, no entiende de dónde venimos. Le decimos que sí, que es un país.

 

-¿Y dónde queda?

 

En el sur, le decimos, pero en el sur de América del Sur.

 

-¿Cerca del polo?

 

Cuando bajamos del taxi, mi compañero se da cuenta de que no supimos explicarle bien de dónde veníamos a ese hombre que, nos advirtió, sólo conocía la geografía de los Estados Unidos. -Seguramente entendió que Argentina queda a orillas de la Antártida y que se habla inglés -me dice. 

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Estamos en New Orleans, Louisiana. Los collares de plástico de colores cuelgan de los balcones y los árboles, se anudan en las rejas de las casas, se incrustan en el asfalto y algunas calles brillan de cuentas verdes, amarillas, violeta, rojas, azules, plateadas. Mardi Gras quedó atrás hace más de un mes pero en New Orleans el sol ilumina los restos de la fiesta y la ciudad ya se prepara para el año que viene. En los barrios más pobres, los indios del carnaval disponen sus trajes de plumas, que pueden pesar cuarenta y cinco kilos y se confeccionan en unos nueve meses. Los indios del Mardi Gras son hombre negros, organizados en tribus: conforman algo parecido a scolas, pero no es exactamente lo mismo. Casi nada de lo que ocurre en Nueva Orleans es comparable con alguna otra cosa. La ciudad incluso fue diferente en su trato a los esclavos: Congo Square, la plaza central, cerca del Barrio Francés, era el lugar donde, en el siglo XVIII, los negros podían reunirse los domingos y compartir sus tradiciones, su religión, su música. Así New Orleans es gumbo –que sabe igual a una sopa de Africa Oeste-, es jazz y blues, es vudú. También es Tennessee Williams y su tranvía, que recorre la calle del Canal y la avenida St. Charles. Y el lugar donde nacieron Truman Capote y Louis Armstrong. La ciudad de La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Y de los vampiros de Anne Rice. Es la ciudad de Arthur Smith, artista outsider que renueva constantemente la tumba de sus familiares en el cementerio St. Louis N° 1, cerca de Tremé, el barrio de los negros libres en tiempos de esclavitud, hoy el barrio de los músicos. Arthur cambia el aspecto del nicho según la época: le pone corazones en San Valentín, guirnaldas rojas y verdes en Navidad, collares en Mardi Gras, lo pinta de celeste para Pascua; Arthur hizo exposiciones y su casa fue otra obra de arte –antes de que debiera ser demolida después de Katrina. Arthur es la delicia: le pide a mi compañero que le saque una foto junto a su nicho recién pintado, cuenta en enloquecedor detalle la historia de sus muertos e invita a visitar al resto de sus parientes, y de su arte, en el cementerio Holt, el camposanto de los indigentes. Nueva Orleans es ciudad de cementerios, pero ninguno es más hermoso y emocionante que Holt, mantenido por quienes amaron a esa gente que no pudo pagar un lugar donde caerse muerta. En Holt está Buddy Bolden, pionero del jazz, genio de la trompeta, que murió loco, hospitalizado, en 1931; tuvo un  brote durante el desfile de Mardi Gras. Su tumba está sin marcar. Hace algunos años, la ciudad le dedicó un monumento donde se lo nombra como el mejor cornetista de la Historia, después del arcángel Gabriel.

 

En el cementerio St Louis Nº 1 está emplazada la segunda tumba más visitada de los Estados Unidos, la de la sacerdotisa vudú Marie Laveau, muerta en 1881. Es una bóveda familiar y nunca le faltan ofrendas a su alrededor y, sobre todo, ante su puerta. Para pedirle un favor a esta poderosa mujer -para algunos una sanadora, para otros una fuerza oscura que danzaba con serpientes en los pantanos que rodean la ciudad- hay que, primero, golpear tres veces las paredes blancas de la tumba; después, trazar con el dedo tres cruces sobre la superficie y, por último, caminar alrededor de la bóveda, también tres veces. El pedido no debe ser pronunciado en voz alta y tampoco deben escribirse las cruces, pero pocos contienen el deseo de dejar su marca en la tumba de Marie que está cubierta de equis, como patitas de araña. El St. Louis Nº 1 cierra muy temprano, a las dos de la tarde, y el guardia anuncia el cierre de las puertas a los gritos: suele dejar a los guías encerrados si le hacen difícil su trabajo. Al cercano St. Louis Nº 2, un cementerio más grande y más misterioso, sólo van los locales: queda a los pies del Iberville Housing Project, un conjunto de monoblocs que, se dice, es el barrio más peligroso de la ciudad.

 

Más emocionante resulta buscar un poco de vudú. De zombies está lleno, pero son todos de Wisconsin y otros estados del Medioeste: caminan por el Barrio Francés -no se atreven a salir de ahí: les han dicho que la ciudad está infestada de criminales y no lo cuestionan- con sus bermudas y sus gorras y su asombrosa obesidad; caminan lentamente y boquiabiertos, como ancianos, aunque la mayoría son jóvenes. Allí, en el Barrio Francés, apenas a una cuadra de la trepidante e insoportable Bourbon Street, llena de souvenires feos, borrachos gritones y chicas en tetas, está el pequeño Museo del Vudú. Charles, el director, es quien recomienda a la sacerdotisa Miriam Chamani, la única en la ciudad con un altar vudú abierto al público.

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Miriam está sentada detrás de un escritorio, cerca de la computadora, donde recibe a los visitantes sonriente, en su vestido blanco. Dirige el Centro Cultural y Templo Espiritual Vudú desde mediados de los años ’90 y, dice, ha trabajado para gente de todo el mundo.

 

-Trabajé para un grupo de psiquiatras argentinos, una vez -se ríe-. Venían a una conferencia internacional: por la mañana iba a sus clases científicas, por la tarde venían a mi templo.

 

-¿Y qué pedían?

 

-Ah, cosas.

 

La sacerdotisa Miriam es discreta. En seguida se desvía del tema.

 

-Uno de los psiquiatras se enamoró de mi. Pero me dio miedo.

 

-¿Por qué?

 

Ella abre los ojos, levanta las manos:

 

-¡Me dijo que quería comerme toda!

 

-Ay, sacerdotisa, pero lo decía cariñosamente.

 

-¿Cómo va a ser cariñoso el canibalismo?

 

-Es una manera de decir en Argentina.

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Ella no está tan segura. De todos modos, no quería tener un romance con el psiquiatra argentino. Está casada con un canadiense ecologista que nada sabe de vudú ni le importa. Y también está casada con Oswan, su esposo nacido en Belice, que murió en 1995; pero Oswan el espíritu de Oswan sigue vivo allí mismo, en el centro cultural.

 

-Es un poco agotador -admite Miriam-. Es como tener dos cosas. Pero Oswan siempre fue encantador, muy sociable. ¡Tiene una risa hermosa! Trata de no darme mucho trabajo. Llegamos juntos a Nueva Orleans. Él nunca me mintió. Me dijo que iba a vivir poco, en este plano, porque estaba enfermo. Yo lo acepté así.

 

A Oswan se lo ve muy delgado en las fotos que Miriam tiene en su oficina. Se conocieron en Chicago. Pero Miriam es sureña: nació en Mississippi hace setenta años, en una familia que trabajaba los campos de algodón. Escapó de la segregación ni bien terminó la secundaria y se hizo enfermera en Nueva York. Ahora está a punto de abrir una sucursal del Templo en Rusia.

 

Detrás y al costado de la oficina está el enorme altar de la sacerdotisa, dos ambientes repletos de ofrendas. Deja sacar fotos. No pide dinero. Es modesta: ni siquiera cuenta los detalles de cuando bendijo la breve unión de Lisa Marie Presley y Nicolas Cage -quizá porque la bendición no fue efectiva: el matrimonio de la estrella de cine y la hija del Rey duró apenas cinco meses. Recomienda, sí, una visita a la enorme tumba en pirámide blanca que Cage, fan intenso de la ciudad, se hizo construir en el cementerio St. Louis Nº 1.

 

¡Pero basta de muerte! Vamos a comer. Cocina creole, cocina cajún: nombres de la dicha. Enormes cangrejos fritos. Deditos de cocodrilo en salsa picante. Sopa de tortuga. Ostras Rockerfeller, gratinadas; etoufflé de langostinos de río, cangrejo y camarones; la jambalaya, que se parece a una paella pero es mejor; el muffuleta, brutal sandwich de fiambre con salsa de aceitunas negras. Pez gato. Pralines. No hay chiringuito que venda comida mala: en esta ciudad bendita se puede entrar en un bar oscuro que sirve almuerzo para jubilados y comer el plato más exquisito imaginable. Los orgullosos nativos se declaran orgullosamente a salvo de dos de las grandes manías nutricionales de los Estados Unidos: comer todo orgánico o comer basura hasta morir. Están, en su gran mayoría, bastante flacos, lo que resulta raro teniendo en cuenta que son dueños de una de las mejores tradiciones culinarias del mundo. Sucede, claro, que en Nueva Orleans la gente camina. Hay veredas. En muchas otras ciudades es común salir de la casa directo hacia el auto; más allá de la puerta está el césped, que acaba directamente en el cordón, sin vereda de por medio. Para poder movernos en el resto del viaje, compramos un teléfono celular por diez dólares: será necesario para llamar taxis. Yo no manejo; mi compañero tampoco. Esta discapacidad empieza a revelarse problemática cuando descubrimos que en el Sur escasea -o sencillamente no existe- el transporte público, y que muchos pueblos están fuera de nuestro alcance. Oxford, Mississippi, por ejemplo, tierra de William Faulkner. No tiene aeropuerto, no tiene estación de tren, ya no está en el recorrido del Greyhound. Y, sin embargo, en Oxford está la Universidad de Mississippi, una de las más importantes de la región. Sin auto no hay manera de alcanzarla a menos que uno decida caminar por la ruta o hacer dedo.

 

Para qué ir tan lejos. Busco, cerca de la Catedral y la plaza Jackson, la casa donde William Faulkner escribió “La paga de los soldados”, su primera novela. Es una librería: hay varias en Nueva Orleans. Ya no quedan tantas librerías en el país, desde que la gente compra online. Busco la casa de Tennessee Williams, donde escribió “Un tranvía llamado deseo”. No está abierta al público, pero sus alrededores se convirtieron en uno de los distritos gays más movidos del centro de la ciudad, con drag queens trasnochadas sobre sus tacos gritándole al celular: “¿Quién está en la cama de quién y dónde?”.

 

Cruzo en ferry el Mississippi y cuando veo por primera vez sus aguas marrones, barrosas, me dan ganas de llorar y de arrojarme, de tener mi bautismo. Es extraño: hay que subir hasta el río, la ciudad fue construida en un pozo. La música no hay que buscarla: la mayoría de los trompetistas callejeros son fabulosos. También los recién llegados, como Jane, de Oregon, que toca el banjo al lado de una tienda de antigüedades, con un vestidito pobre y voz tímida. Tampoco hay que buscar historias de fantasmas. Los nativos, que son locuaces y duros y amables, las ofrecen gratis.

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-¿Les interesa esa casa? -pregunta una chica que toma cerveza en la esquina con su novio, de traje negro y largas rastas. Mi compañero y yo estamos tratando de ver qué se esconde detrás de las ventanas de una mansión en la esquina de la calle Royal.

 

-Nos contaron que está encantada.

 

Ella se acerca, confidente.

 

-Es la mansión LaLaurie. La dueña, en el siglo XIX, tenía esclavos en el sótano. Los torturaba. No les daba de comer. Una esclava adolescente se suicidó, se tiró al patio, porque no aguantaba más ser castigada.

 

-La quisieron linchar -agrega su novio. En Louisiana no era costumbre maltratar a los esclavos. A diferencia de nuestros vecinos de Mississippi.

 

-¿Y fue presa?

 

-No. Se escapó a Francia. Tengo un amigo que trabajó en la casa, pintando las paredes. Dice que sentía una gota de agua cayéndole en la cabeza, todo el tiempo. Pero nunca tuvo el pelo mojado. Una cosa es cierta: la casa, con lo hermosa que es, nunca tiene dueño más de dos años seguidos. Algo echa a la gente.

 

La mansión LaLaurie queda muy cerca del Laffite’s Blacksmith Shop, un bar que sobrevivió el gran incendio de 1788 y quizá por eso fue elegido por un grupo de locales como el lugar donde quedarse cuando la ciudad fue evacuada después del huracán Katrina. El Barrio Francés no se inundó -ninguno de los barrios turísticos se inundó, porque son los más altos y los más ricos, y en New Orleans el dinero compra altura- pero en la ciudad, tierra arrasada, no había electricidad ni comida ni servicios. Muchos, sin embargo, se negaron a abandonarla. Y ahora, que ha sobrevivido, la ciudad acepta sumar a sus leyendas la del huracán Katrina. Se ofrecen, casi de forma clandestina, tours por las zonas más afectadas, las que todavía están destruidas o semirecuperadas, pobladas de la voluptuosa vegetación tropical que amenaza con tragarse esas barriadas desoladas. Pero está mal visto, es de cuervos, contratar estos paseos.

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Katrina, el desastre natural más grave sufrido por Estados Unidos, dejó mil quinientos muertos y un millón de desplazados. Muchos volvieron: la ciudad ya recuperó el 50% de su población. Es posible que esa otra mitad nunca regrese. El 80% de la ciudad estuvo bajo el agua y una breve recorrida lejos de los barrios turísticos muestra muchas casas abandonadas, otras en demolición, o nuevos complejos que se van construyendo lentamente.

 

Todos tienen una historia de Katrina pero, ¿no es grosero preguntarles? No hay tiempo siquiera de considerar el dilema. Los locales cuentan. De inmediato.

 

-Yo no estaba –dice Dennis, dueño de una casa de huéspedes del hermoso Garden District, que está arreglando el techo, hundido por el viento del huracán-. Estaba en el Este, llevando a mi hija a la Universidad. Mi esposa tomó el último avión que salió de Nueva Orleans. Como en las películas.

 

Dennis deja las herramientos en el suelo, sobre la alfombra, para abrirle la puerta a un hombre altísimo, rubio, tímido. Es Erling, el vecino noruego. Lo presenta y Erling se confunde entre dar la mano, dar un beso, dar una palmada.

 

-Él se metió al hotel para cuidarlo, porque lo estaban robando, se llevaron todo -Dennis no parece enojado, ni siquiera resentido. Entiende que con toda la ciudad bajo el agua, ¿qué iba a hacer la gente si no saquear? Después se ríe- Seguimos hablando de Katrina. No estamos recuperados. Lo peor es tener que refaccionar, es muy caro, se tarda tanto. Quedamos pocos en la ciudad pero ése no es todo el problema: el drama es que nadie sabe trabajar con las manos. ¡Todos quieren estudiar! Los únicos que sabemos levantar un techo somos viejos como Erling y yo, y no tenemos fuerza. Y a veces no tenemos ganas.

 

Erling niega. A él ganas no le faltan. En una de las paredes del patio de la casa de huéspedes, junto a la piscina, pintó un mural donde se ve el Mississippi y el Barrio Francés y el Garden District y la frase “Do You Know What It Is To Miss New Orleans”, el título de aquella canción de Louis Armstrong en la voz de Billie Holiday. Erling ama su ciudad adoptiva –todavía habla un inglés atravesado- con un amor torpe y apasionado.

 

De noche, en Magazine Street, nos encontramos para cenar con otro adoptivo enamorado de New Orleans, Idelver, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Tulane. Él tampoco estaba en la ciudad cuando Katrina, pero sabe que los extravagantes ricos que viven en las mansiones de la monumental avenida St. Charles nunca dejaron sus casas, se quedaron sin luz, encerrados, tomando cerveza caliente y comiendo sardinas en lata. Él extraña, sobre todo, a los restaurants hondureños que estaban frente al gigantesco lago Pontchartrain, allí desde donde vino el agua, donde se perdió todo. Pero, cuenta, algunos volvieron a abrir sus puertas. A esta ciudad no se la puede matar, dice, y se enoja porque hay quien piensa que New Orleans es peligrosa y esa idea le quita turistas, los turistas que necesita. Idelver es brasileño: sabe reconocer una ciudad peligrosa cuando la ve.

 

-La mayoría de New Orleans es pobre –dice-. Y hay crimen, claro: son jóvenes negros matando jóvenes negros en los ghettos, por drogas. Eso es todo. Desgraciadamente. Chicos que no le importan a nadie.

 

Esa noche, en el Maple Leaf Bar de Oak Street, un barrio cercano a la Universidad que, se nota, está muy de moda, vemos el show de los martes de la Rebirth Brass Band, uno de los grupos más tradicionales de la ciudad. Es una introducción clásica, para nada secreta, a la  música de New Orleans. Pero aquello suena como punk rock, todos esos trombones en un local chico aturden, hacen temblar, son aullidos de resistencia y desafío.

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Memphis Blues Again

 

Llegamos a Memphis, Tennessee, en tren. Nuestro anfitrión, Aaron, cree que estamos locos por usar la red ferroviara, el Amtrak.

-¡Vuelen, un avión les saldrá más barato!

 

Tiene razón. El tren es cómodo pero lento -muy lento- y es imposible confiar en sus horarios. Amtrak es, para un norteamericano, imperdonablemente ineficiente. La regla es volar y los aviones de las líneas más económicas funcionan como micros de media distancia. Es decir: llega el vuelo, la gente se baja, el avión se limpia y sube la siguiente camada de pasajeros. Como en África.

Es muy común encontrarse con gente de clase media que ni siquiera compra champú en el supermercado por considerarlo “tóxico”, pero vuelan una vez por mes. Cuando se les dice que cada vuelo es comparable a quemar un bosque, parpadean y, sencillamente, lo niegan. Pedirles que no vuelen, o que usen menos el auto, es como pedirles que se corten un brazo.

 

Y en cierto sentido tienen razón: sin auto no hay dónde ir. Lo comprobamos en la esquina de Cooper y Central, en Midtwon. Estúpidamente, esperamos un taxi. Dos avenidas, nos decimos: alguno pasará.

 

Muy pajueranos.

 

Tras media hora de inútil espera -treinta minutos sin siquiera ver una persona caminando- cruzamos hacia un Starbucks para que nos den un número de taxi. (No encontramos la parada del bus que nos indicó Aaron. Tampoco vimos pasar ningún bus). En el parking del café vemos un taxi, con taxista adentro. Le rogamos. Él acepta llevarnos al centro, al Museo de los Derechos Civiles. Y nos explica, entre sorprendido y condescendiente, que Memphis no es New York, que no hay taxis por la calle y que cuidado con caminar por cualquier lado, porque esta ciudad tiene muchos barrios peligrosos y están todos diseminados. Le insinuamos que no tenemos miedo. ¡Venimos de América Latina! “¿Cuánto hace que llegaron a Memphis?”, pregunta. Muy poco, le confesamos. ¿Cómo saber si exagera? La paranoia es alta: si uno mira televisión durante media hora, queda temblando. Pero lo mismo pasa si uno mira televisión en Buenos Aires y, en la realidad, la ciudad es de las más seguras del continente. Imposible saber la verdad cuando los locales viven en estado de miedo y sugestión. El taxista nos deja una tarjeta con su número de teléfono.

 

El museo de los Derechos Civiles de Memphis, Tennessee, queda en el Motel Lorraine, donde fue asesinado, el 4 de abril de 1968, Martin Luther King. En los años de la segregación, el motel alojaba a los artistas negros más importantes de la historia: a Ray Charles, a Otis Redding, a Aretha Franklin. Muchos descansaban de sus shows; otros sencillamente encontraban en el motel un lugar tranquilo donde encontrarse con sus amigos músicos blancos. Ahí se juntaban, por ejemplo, los artistas del sello Stax, cuna del soul de Memphis, uno de las pocas compañías discográficas interraciales de los años ’60 –si no la única.

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El museo de Stax queda lejos del Museo de los Derechos Civiles. Fue reconstruido en 2008: durante años sólo quedaba de ese lugar, que editó discos maravillosos y fue importantísimo para la integración en el Sur, una placa y un baldío en uno de los barrios más peligrosos y pobres de la ciudad. El Museo de los Derechos Civiles queda a seis cuadras del Mississippi y a diez de Vance, otro ghetto, no menos pobre ni menos peligroso.

 

Todo en Memphis es sobre la raza. La ciudad encarna ese tema molesto en el que nadie quiere pensar porque, después del triunfo de Barack Obama, académicos y periodistas proclamaron que EE.UU vivía en una sociedad posracial. Cada lugar de Memphis habla de segregación y rascismo, triunfos y asesinatos, blues, soul, rock’n’roll. En la ciudad donde MLK fue asesinado no hay avenida MLK, ni calle MLK ni pasaje MLK. En pocos días será el 4 de abril y, finalmente, bautizarán con el nombre del líder una avenida –bueno, parte de una avenida. 44 años después del crimen. ¡44 años!

 

A pocas cuadras del Motel Lorraine, en Beale Street -la calle musical de la ciudad, con sus bares de blues, especialmente el club-cadena de B.B. King-, hay una muestra de fotos de Edward S. Withers, uno de los fotógrafos afroamericanos más famosos: el hombre que retrató el blues de Memphis, el sur segregado, las estrellas negras del baseball. La estrella de la muestra es una foto de la huelga de basureros de 1968, que movilizó a Martin Luther King hasta la ciudad. Los trabajadores, que reclamaban por salarios, discriminación y condiciones sanitarias, marcharon con pancartas que expresaban, muy sencillamente, su dignidad: “I Am A Man”, decían, “Soy un hombre”. MLK llegó hacia el final de la huelga -que duró más de un mes- y, un día antes de ser asesinado en el balcón de la habitación 306, dio un discurso, en el que dijo: “Y llegué a Memphis, y muchos empezaron a hablar de amenazas. ¿Qué quieren hacerme algunos de nuestros hermanos blancos? Bueno, no sé qué va a pasar. Nos enfrentamos a días difíciles. Pero ya no me importa. Porque estuve en la cima de la montaña. Como todos, me gustaría vivir una larga vida. Pero eso no me preocupa, sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y él me ha permitido llegar a la cima de la montaña. Y desde ahí, he visto la tierra prometida”.

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La iglesia donde dio ese discurso, Mason Temple, queda en South Memphis, uno de los barrios más pobres de la ciudad.

 

Aaron, nuestro anfitrión, es maestro de chicos en riesgo. Está cansado de trabajar con ellos y sus familias, dice, pero siente algo parecido al deber. Aaron cree que sus chicos no tienen futuro, aunque no se anima a enunciarlo tan brutalmente. Prefiere contar sobre los inviernos de Memphis, cuando las familias que no pueden pagar el gas, encienden braseros y, por descuido, incendian sus casas de madera. No existen economías precarias y solidarias, aquí nadie se cuelga de la luz ni hay garrafa social y la gente pasa hambre, explica. Nos lleva al boulevard Belvedere: es el área más lujosa de Memphis, con sus casas de piedra y sus jardines de césped húmedo, hortensias y orquídeas. Belvedere termina en la avenida Central: del otro lado, el ghetto. Otro ghetto. Pero las mansiones no tienen rejas, ni muros, ni anuncios de alarmas.

 

-Entonces no es tan peligroso –le decimos.

 

-Es que acá están todos armados –dice él.

 

Antes de ir a comer la famosa y clásica barbacoa de Memphis –el dueño del local, medio borracho, acabará besando y masticando la cabeza de un cerdo: es el aniversario de su exitoso negocio-, hablamos, como todo el país, de Trayvon Martin, un adolescente de 17 años, negro, desarmado, asesinado por un vecino de un barrio cerrado. El asesino fue George Zimmerman, de madre peruana y padre judío que, como civil, hacía de vigilante en su comunidad. Trayvon notó que Zimmerman lo seguía y lo encaró. Llevaba capucha, como cualquier adolescente, y además llovía; había ido a comprar golosinas, lo esperaba su medio hermano: era bienvenido, era un invitado de ese barrio. Después de la discusión, Zimmerman le disparó. Por la ley Stand Your Ground del estado de Florida, disparatada en su codificación de la defensa propia, Zimmerman quedó, en un principio, libre. El caso fue retomado y Zimmerman puesto bajo custodia –nunca encarcelado-, pero ya el escándalo era nacional y la duda acerca de si fue un crimen rascista, instalada, persistente.

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En el homenaje a MLK una senadora por Tennessee, afroamericana, decidió hablar con una capucha puesta, parada junto al Reverendo Jesse Jackson. En casa de Aaron, un hermoso primer piso en la calle Halbert del distrito histórico de Memphis, dos amigas canadienses tienen miedo: ¿y si hay disturbios?, se preguntan. A nosotros nos parece que nada pasará. Cuando entramos a la habitación donde se alojaba MLK en el motel Lorraine –se puede entrar, también, a la habitación desde donde apuntó James Earl Gray, el asesino, cruzando la calle- vimos a un hombre enorme, un hombre obeso, que llevaba la cara de Obama en la remera, un Obama tan grande como su vientre. Decían las letras estiradas: “Comandante en jefe”. Y, en la espalda, “El cambio ha llegado”, una respuesta al himno de los derechos civiles “A Change is Gonna Come” que en 1964 escribió e hizo famoso el extraordinario cantante Sam Cooke, otro hombre negro asesinado en un motel, a los 33 años, en Los Ángeles.

 

Los disturbios no ocurren y nos vamos a ver a Elvis, a Graceland. Está enterrado allí, junto a sus padres y su abuela; a su hermano Jesse, muerto al nacer, sólo lo recuerda una placa: el cuerpo del bebé ha quedado sin identificar en una tumba sin nombre del cementerio de Tupelo, Mississippi.

 

No se puede subir al primer piso, donde Elvis murió en 1977, a los 42 años; y el recorrido por el resto de la mansión es frenético, porque hay demasiada gente. Nos apretamos, nos codeamos para sacarle fotos a su “jungle room”, a su piano blanco, a la habitación para mirar TV, a la cocina, donde se preparaban las famosas hamburguesas con mantequilla de maní. De la mansión se sale a un museo que conserva todos sus trajes: tanto ha cambiado nuestra percepción del cuerpo que, cuando vemos los últimos shows de Elvis en Las Vegas, no nos parece un hombre gordo. Apenas robusto. Los trajes tampoco parecen de talla grande. La mayoría de los que están visitando su casa son por lo menos dos veces más gordos que Elvis. De Graceland se sale cruzando la calle, hacia otro predio, que alberga sus aviones, sus autos, sus motos y el más grande supermercado de merchandising imaginable. Es tan apabullante que solo compramos postales y huimos hacia los estudios Sun.

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Sun abrió en 1950 y la idea de su dueño, Sam Phillips, era grabar música folk afroamericana, es decir, blues: preservar esas voces, ese genio, un trabajo de musicología. Grabó a Howlin’ Wolf, Ike Turner, Little Milton, Rufus Thomas, B.B. King. Pero el dinero no alcanzaba: no podía venderle sus discos a los blancos, no podía promocionar ni pagarle a sus artistas. Sam Philips, que debería ser canonizado, incluso tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica y recibir electroshock para superar la depresión que el fracaso de Sun le causaba.

 

El estudio estaba abierto al público: cualquiera podía ir y grabar una canción para su novia, para su mamá, para probarse. Era otra forma de obtener el esquivo financiamiento. En 1953 Elvis entró al estudio. Escuchamos su primera grabación, en Sun Records, escuchamos a ese chico de 18 años cantar “My Happiness”. Su voz es tierna, hermosa, estremecedora: es la voz de un dios adolescente. La voz mensajera de la música negra. 

 

Ahí, en Sun, lejos de la locura y el merchandising de Graceland, lejos de sus aviones y sus autos y la mansión, empezamos, apenas, a entender lo que debió significar este chico de ojos azules cantando canciones de bluseros negros en la Memphis segregada de 1954; empezamos a entender que en su voz estaba el futuro.

 


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