Dicen que su figura nunca está bien explicada. Que no hay explotación ni aprovechamiento sino un negocio con porcentajes claros y apuestas de riesgo. Y que hoy, cualquiera con un celular y contactos puede ser representante de futbolistas. La confianza es la llave que abre las puertas de este mundo en el que entran contratos por millones de dólares y casos como el de Paulo Silas que en medio de una transacción entre un equipo de Portugal e Italia, terminó jugando en un club uruguayo y desconocido.



Guillermo Coppola hunde la cuchara en la torta de limón, se zampa un pedazo con merengue y mouse y dice que no es el inventor de todo esto que conocemos como representantes, que en todo caso es el difusor, el tipo que encontró un hueco. Porque nadie antes tuvo tantos jugadores como él, y nadie consiguió la confianza que le tuvieron a él, y nadie tuvo al número uno del mundo durante quince años como lo tuvo él. En el universo de los representantes, Coppola es Su Majestad, el creador. Los pies sobre una mesa ratona. Un cubo de mármol macizo preside el living de su décimo piso de la avenida Libertador, donde todo parece virgen e intocable.


Famoso por sus noches, esta mañana está fresco como si hiciera rato se hubiera levantado. Se estira en el sillón de cuero blanco, separa la remera negra de su cuerpo, y pone los pies en la mesa. Dice que ya no trabaja como representante de futbolistas porque no se puede ser representante de ningún futbolista después de haberlo sido de Maradona.


—Es pasar de ser presidente a ser ministro. ¿Qué voy a ser? ¿Senador?


Mira hacia la ventana, un horizonte que termina en el Río de la Plata. El sol pega de frente.


—Pero cualquier día estoy acá sentado y suena timbre. Es Messi. Sentate, le digo. Suena timbre. Es Tevez, Agüero, Mascherano o Higuaín. Sentate y hablamos. Al que me viene a ver le digo: sentate y hablamos.


Ahora se recuesta sobre el sillón con los brazos abiertos.


—Pero que me digan que soy el inventor me hace bien.

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El tiempo convirtió a Coppola en un gurú de estos asuntos. Hasta su departamento peregrinan desde distintos lugares con pedidos de consejos, una mirada, un gesto; Guillote, a vos qué te parece, fijate si conocés a alguien acá y algún negocio siempre sale. Atravesó dos etapas como representante de Maradona, las dos muy distintas. La primera, entre 1985 y 1991, fue con el Maradona del gol a los ingleses, el Maradona de Nápoli, el Maradona del Mundial de Italia, el del primer dóping positivo. Ahí se fue.


—Al principio en Nápoli me gritaban “Capabianca olé, Capabianca olé” y después del 90 ya me cantaban “Capabianca, figlio di puttana”.


Creada la figura de Dios, lo sabe el sociólogo, había que crear la figura del Diablo para justificar los pecados de Dios.


Volvió en 1995 con el Maradona del regreso a Boca, el Maradona del mechón, el Maradona de Cuba, el Maradona que se moría en Punta del Este. Hasta 2003 cuando Diego lo acribilló con la frase “Coppola me robó la plata de mis hijas”.


—Diego, con sus características. De todas maneras me encargué de ir a la Justicia para aclarar todo. Fui yo, eh.


Coppola no fue el primer representante de Maradona. El primero fue Jorge Cyterszpiler, un empresario de cabeza enrulada que acompañaba a Diego desde los catorce años. Pero Coppola se convirtió en el símbolo del representante en la Argentina. El señor de traje que acompaña a la estrella a todas partes. El que le consigue club, el que pelea sus contratos, el que les paga las facturas, el que les deposita el cheque, el que les organiza el casamiento, el que los lleva a debutar.


—Mi cuenta de Twitter dice “amigo full time”, eso era yo.


Jugó al fútbol en las inferiores de Racing como lateral derecho. Hasta que un día lo llamó Cacho Giménez, un histórico entrenador de juveniles, para decirle que el fútbol se había terminado para él. Coppola estudiaba en el Joaquín V. González y trabajaba en el banco. “Tu mamá quiere que estudies y en tu casa hace falta lo que vos ganás”, le dijo Giménez. No había otras opciones. Un tiempo después, Coppola fue a ver las inferiores de Racing y vio que su reemplazante era peor que él. También se lo dijeron sus compañeros. Cuando se lo recriminó a Giménez, el entrenador no le dio muchas explicaciones: “Es el hijo del secretario del club”.


—Ahí hice el click, ahí entendí todo. Y con los años me convertí en eso que fui: yo generaba las discusiones, yo vivía las broncas, y los resultados los obtenían los pibes en la cancha. ¿Me seguís?

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Se recibió de licenciado en administración de empresas en la Universidad Católica Argentina. Desde su puesto de gerente en el Nuevo Banco Italiano se armó de una cartera variada de clientes futbolistas. Arrancó en 1974. Desde entonces hasta principios de los ochenta, llegó a representar a Oscar Ruggeri, Ricardo Gareca, Hugo Gatti, Ubaldo Fillol, Carlos Randazzo, y Nery Pumpido. Además de pagarles las facturas y encargarse de sus contratos, los ayudaba con las inversiones. Algunos compraban para alquilar, otros invertían en el campo, otros ponían la plata afuera. Pero Coppola era más que un asesor financiero.


—Yo los vestía y los desvestía. Me convertí en el hermano mayor de muchos. Les organizaba el casamiento y los llevaba a echarse el primer polvo. Era el hermano mayor, el padre, el consejero. ¿Me seguís?


Hasta que llegó Maradona y le pidió exclusividad. Coppola le pidió que lo esperara para charlar con sus jugadores, que eran muchos.

 

Habló con Gareca y Fillol, que lo convencieron para que aceptara. Coppola sabía que Maradona era la cima pero aun así no estaba muy convencido por una razón.


—La monogamia es una materia difícil de aprobar.

***

Los representantes dicen que su figura nunca está bien explicada. Que no hay explotación ni aprovechamiento del jugador. Que hay un negocio con porcentajes claros y apuestas de riesgo. Dicen que no se quedan con el 15% que le corresponde al jugador en una transferencia pero que ese 15% puede servir para negociar un pase. Que la prensa nunca habla del negocio que no existió: el jugador en el que invirtieron tiempo y dinero pero quedó en el camino. El chico al que le cambió la cabeza, el chico que conoce una chica que le gusta el básquet, el chico que dejó porque no aguantaba la presión, el chico que no quiso seguir porque no quiso y punto, el chico que tuvo que dejar por un problema cardíaco.

 

Los representantes juran que en esos casos se sigue trabajando con el jugador; no se lo deja a un lado. Dicen que cuando un pibe se inicia les compran botines, los ayudan con plata y comida, los llevan y traen del entrenamiento si hace falta, contienen a la familia que a veces apura para que el chico llegue y los saque de la pobreza. Y cuando llegan, los representantes dicen que tienen que estar atentos a los contratos, a cuándo vencen, a conseguirles club, que es conseguirles trabajo, a atender sus asuntos impositivos; pueden ayudarlos si quieren comprarse una casa o un auto, entregarles consejos si lo piden, visitarlos en esa ciudad fría a la que fueron a jugar con tal de llegar a Europa.

 

—A veces somos padres, somos sostén económico, somos psicólogos, y podemos ser mil cosas más. Pero hay cosas que la gente no ve: hay negocios que son chicos, negocios que son grandes y negocios que no son negocios —dice J. en la sala de reunión del piso donde funciona sus oficinas, decorada con botines, pelotas, y camisetas de clubes europeos. Son las que usan (o usaron) sus clientes.
J. es uno de los agentes que prefiere quedar en el anonimato, como tantos que no quieren aparecer o, directamente, se niegan a hablar.

El universo de los representantes también es un mundo de silencios.

***

El negocio cambió. Todos coinciden. Hoy, cualquiera puede ser representante. Un amigo del jugador. Un tío. Un padre. Cualquiera: un hombre con un portafolio, un celular, contactos y la confianza de un futbolista también puede. Por eso es imposible determinar cuántos hay en el fútbol argentino. Lo único certero es la lista de agentes de jugadores con licencia de la AFA, según las reglas que impone la FIFA. En el mundo hay más de 6800 agentes con autorización de sus federaciones. Italia es el país con más cantidad: 1059. La Argentina está séptima en la lista: tiene 215. Más de diez agentes por cada equipo de Primera. Esa cifra aumentó en los últimos cinco años. Eran 135 cuando Julio Grondona, el presidente de la AFA, dijo que había que echarlos a todos. “Ellos cobran la comisión y rajan”, contestó en julio de 2008 cuando el periodista de Clarín Joaquín Finat, le preguntó por los agentes.

 

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–Lo que hizo el registro de la FIFA fue saber quiénes eran muchos de los que estábamos en esto –dice el empresario Daniel Bolotnicoff, representante de Juan Román Riquelme y Diego Forlán, sentado a un escritorio de su oficina, en una de las habitaciones de una casona de Belgrano.

 

–Yo no le veo gran utilidad. Vos vas al médico que querés, no al médico que te dicen que tenés que ir.

 

El registro sólo actúa como un orden, una formalidad en un mundo donde manda la informalidad. Los dirigentes se manejan con quien tiene la confianza del jugador, un requisito que no puede anotarse en ningún formulario. Cualquiera puede participar de una negociación, aunque para firmar un documento hay que tener la licencia. El “Reglamento sobre los Agentes de jugadores” excluye de esa necesidad a dos categorías: los familiares directos (padres, hermanos o esposa del jugador) y los abogados. Alejandro Marón, presidente de Lanús, lo explica por teléfono: “El club no puede interferir si una persona es de confianza del jugador o un allegado. Si tiene mandato para negociar, se negocia”.

 

Confianza es una palabra que se repite mil veces en la boca de los representantes. La confianza funciona como condición previa en esta costilla del orden social del fútbol. Una inversión riesgosa que el futbolista considera necesaria, basada en que conoce al representante y su conducta o que conoce a quien se lo recomienda. La confianza es la llave que abre las puertas de este mundo: la que permite a cualquier señor convertirse en agente, la que buscan los jugadores para depositar los papeles de su futuro, la que necesitan los dirigentes para negociar la llegada –la salida- del crack del futuro o la figura del presente.

 

La cartografía de los negocios en el fútbol tiene fronteras que muchas veces aparecen borroneadas y que a veces dan lugar a negocios no muy transparentes. Hay tres clases de sujetos que intervienen en cada mercado de pases: el intermediario, el inversor, y el representante. El intermediario es un hombre suelto, casi un busca, que acerca partes llevándose una tajada de la transacción. El inversor es el hombre que pone la plata, el que se hace dueño de una partecita, una parte o todo el pase del jugador; el que juega su apuesta por un pequeño talento para salvarse cuando el chico sea un futbolista consagrado o frustrarse ante la mancada de su potrillo; el que acerca jugadores a los equipos y se los lleva cuando encuentra una buena oferta. Si hay caras ocultas en el fútbol son las de los dueños de los pases, envueltos siempre en el eufemismo de “grupo inversor”.

 

El representante es el hombre de traje más conocido por el público futbolero, su nombre aparece con frecuencia cada vez que se abre un libro de pase. A veces, sin embargo, se mezclan las funciones.

 

—El intermediario trata de conseguir negocios. Y el representante trata buscarle trabajo al jugador que está con él. Entonces, ¿qué tiene que hacer? Salir a la calle a buscarlo. Y ahí se confunde representar con intermediar —dice Bolotnicoff, que además es abogado, mientra detiene su mirada en alguna de las camisetas de los jugadores que decoran las paredes de su casa. Sus jugadores. Roman Riquelme, Diego Forlán, Diego Placente, y Bernardo Romeo.

 

Coppola y Bolotnicoff recuerdan a un intermediario: Félix Latrónico, un empresario que a fines de la década del cincuenta llevó al exterior a Ernesto Grillo, Humberto Maschio y Enrique Omar Sívori.

 

Latrónico, cuentan, se hacía amigo de los clubes, tejía relaciones y construía confianza. Eran años donde no existía el wi fi y las negociaciones tenían que hacerse cara a cara. Latrónico se instalaba por varios meses en Italia hasta que, al fin, vendía a un jugador.
Coppola también se acuerda del Gordo Martínez.

 

—Averigüame cómo se llamaba porque siempre le digo Gordo.

 

Oscar Martìnez fue el empresario marplatense que creó los torneos de verano. Hacía todo tipo de negocios con el fútbol. Intermediaba en los pases de jugadores y también organizaba amistosos internacionales en su ciudad. Coppola dice que aprendió de él.

 

—Con él me di cuenta de que había una diferencia entre el jugador y el dirigente, una diferencia de formación…

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Jonathan Bottinelli jugaba en San Lorenzo. Pero quedó libre, sin lugar en el equipo, con el pase (un papel) en su poder. River quiso tener a Bottinelli. Ningún problema. Se suponía que sólo tenía que hacerle un contrato al jugador: no tendría que pagar una transferencia.

 

Habría sido una cuestión de pocas cuadras, un viaje con dos colectivos que tardan hora y media en hora pico, un pase entre comunas porteñas, de Bajo Flores a Núñez, sin demasiado costo. Pero en el medio hubo otras intenciones y el trámite se transformó en un asunto internacional.

 

Bottinelli apareció inscripto en Unión San Felipe, un club de Chile de la región de Valparaíso. En pleno cepo cambiario, River tenía que depositar 1,7 millón de dólares en una cuenta en Miami.

 

El jugador, que tiene como representante al ex futbolista Leo Rodríguez, jamás pisó el vestuario de Unión San Felipe, gerenciado por Raúl Delgado, secretario de Medios durante el menemismo. La maniobra buscaba evadir impuestos, más ganancia para el jugador y su representante. Pero la gambeta a los sabuesos salió mal. El jugador terminó procesado por la Justicia y tuvo que pagarle 600 mil dólares al fisco.

 

El de Bottinelli fue el más emblemático de una serie de casos que la AFIP descubrió el año pasado cuando le metió marca personal al mercado de pases de jugadores. Desde entonces, comenzó a repetirse la palabra “triangulación”.

 

Marón, el presidente de Lanús, dice que a partir de la intervención del ente recaudador el único hombre de negocios que queda en el fútbol es el representante. La presión fiscal, explica el abogado, empujó cada vez la salida de los intermediarios y los grupos económicos.

 

De esas operaciones, el fútbol argentino estaba plagado. Uruguay era otro paraíso para las triangulaciones, detrás de las cuales, se sospecha, puede haber lavado de dinero. La AFIP les sacó el CUIT a 149 representantes por esas maniobras impositivas. Cyterszpiler, Nazareno Marcollese y Claudio Curti quedaron en el podio de los empresarios con más pases sospechados. La AFA quitó de su lista de agentes autorizados a doce representantes. Y se implementó un registro donde todos tienen que estar inscriptos para operar. “Hay una cuestión positiva con todo esto –explica el presidente de Lanús- y es que había gente que se hizo millonaria a costa del fútbol y los clubes sin cumplir con el Estado y con el fisco. Compraban, vendían jugadores, intermediaban, sin responder a nadie”.

 

Las triangulaciones vienen de lejos. Paulo Silas, el brasileño que amó la hinchada de San Lorenzo, fue un jugador triangulado de vanguardia. En 1990 pasó por Central Español, en Uruguay, para una transferencia entre Sporting de Lisboa y Cesena de Italia. Pero el pase se cayó, algo que no estaba en los planes de nadie, mucho menos en los de Silas, que tuvo que quedarse en el club uruguayo. Sólo hay una imagen de Silas con la camiseta roja, blanca y azul de Central Español, la publicidad de yerba Canarias en el pecho, y una breve estadística: dos partidos jugados, tres goles. Cuatro años más tarde llegó a San Lorenzo, sin triangulaciones: esta vez pudo jugar. 


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