Las personas mayores de 65 años son el principal grupo de riesgo del Coronavirus, y las primeras que deben aislarse. Celeste del Bianco recorrió centros de jubiladxs y geriátricos y conversó con ellas sobre la convivencia en el encierro, las visitas de lxs nietxs, la tranquilidad de haber construido un legado, los achaques de salud y los miedos no tanto al COVID-19 sino a cortar las salidas que son, en realidad, la cura para casi todo. Entonces, si les viejes no están tan asustados, ¿por qué suponemos que sí? La infantilización, victimización y discriminación por edad, y otra vez la enfermedad como metáfora.



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—Vamos a hacer la fiesta, Silvia, nos chupamos bien y matamos todos los virus. Se van a la puta que los parió.

 

—Tenés razón Brígida. Total, si nos tenemos que morir, morimos juntas pero felices y con la panza llena. 

 

Brígida tiene 72 años, diabetes, hipertensión, artrosis y toma 12 pastillas por día. Silvia está cerca de los 80. Superaron hace tiempo los 65 años e integran el grupo de personas más vulnerable frente al virus que ya llegó a 120 países. Se acompañan cada tarde en el Centro de Jubilados La casa de Angela, ubicado en San José al 600 de la Ciudad de Buenos Aires. Integran un grupo de diez mujeres que tejen, bordan, hacen yoga y aprenden computación. Hace unos días armaron el grupo de WhatsApp “La casa de Angela Briyit” para compartir información sobre el virus.

 

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Apenas empieza la tarde y Brígida está en local que no supera los 30 metros cuadrados. Se sienta en una mesa de plástico blanca, rodeada de sillas de jardín apiladas. Viste una remera de algodón naranja y pantalones negros con flores grises. Hace seis años que es la presidenta de este centro. Hoy está sola. Sus compañeras hacen caso al aislamiento social indicado por el Gobierno Nacional. Mientras tanto, ella teje las mangas de un sweater azul opaco.

 

—Estamos espaciando las actividades. A las chicas les ataca el asma o les ataca la gripe, entonces ahora prevenimos porque somos grupos de riesgo— cuenta Brígida— . Pero mientras pueda vamos a seguir con las puertas abiertas. Voy a poner sahumerios por todos lados, botellas de alcohol en gel y cada vez que venga alguno voy a tirar desinfectante —remata esperando risas. 

 

En Argentina, alrededor de 6 millones de personas superan la barrera de los 65 años, lo que representa un 15% de la población. En esta generación, la tasa de mortalidad por coronavirus se ubica entre el 15% y el 22%. “Este índice es muy marcado en mayores de 80 años y en personas que tienen condiciones de base comprometidas: enfermedades crónicas o comorbilidad, que es cuando dos o tres problemas clínicos se suman en una misma persona”, explica Diego Bernardini, médico gerontólogo y profesor de la Universidad Nacional de Mar del Plata. 

 

Brígida pega cartelitos que hablan de prevención del coronavirus en el vidrio del frente de La Casa del Angela, al lado de uno que pide “Justicia por Fernando Baez”. 

 

—El taller de tejido va a seguir estando todos los días porque es un vicio: venimos, charlamos. Lo que menos hacemos es tejer. Hablamos de nuestras cosas, peleamos de lejos con los maridos. Se han formado dos parejas y dos de las chicas que tenían problemas psiquiátricos ya están bien. El hecho de venir y compartir nos cura. Ahora lo iremos suspendiendo de a poquito. 

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Es domingo a la noche y el Presidente de la Nación Alberto Fernández anuncia la suspensión de clases y da licencias laborales para las personas mayores de 65 años. Tres días antes había anunciado que por el Decreto de Necesidad y Urgencia 260/2020, entre otras medidas, ese grupo de riesgo debía evitar los lugares concurridos.

 

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Norma mira las noticias y advierte que no sólo va a tener que cancelar el cine y el teatro. También llegó el momento de frenar las caminatas por el Parque Lezama. Vive en San Telmo, el barrio donde se registró la primera muerte por coronavirus del país. A menos de cinco cuadras de la residencia geriátrica donde se aloja, estaba la casa de Guillermo Abel Gómez, el hombre que falleció la semana pasada en el Argerich, luego de un viaje a Francia. 

 

Hace 15 años que Norma vive en centros geriátricos; ahora está en una residencia de PAMI. El miércoles, ella y las 109 personas con las que comparte techo recibieron capacitaciones para prevenir el Coronavirus. Tiene 79 años y se prepara para el festejo de los 80 en junio. 

 

—El médico nos explicó cómo cuidarnos. Nos podemos saludar solo con el brazo o con los pies— dice mientras mueve las zapatillas deportivas rojas y grises—. Tenemos que higienizarnos las manos todo el tiempo. Me compré una colonia con alcohol sin olor para ir a la mesa porque comemos todos juntos, es un salón grande. 

  

Norma comparte la habitación con Pocha. Todas las mañanas abre la ventana para ventilar el espacio. Además de la limpieza diaria del personal, ella refuerza con desinfectante en la cama y con lavandina en el inodoro. 

 

—Con Pocha nos llevamos bien. No ronca, eso sería un problema por tengo unos oídos muy agudos.

 

Norma es jubilada, siempre vendió ropa. Primero como empleada en un local y después con su propio emprendimiento. Después del 2001 no pudo sostener los gastos y decidió entrar en una residencia. Dice que tiene parientes en Rojas, provincia de Buenos Aires, su única familia. 

 

—Hace un año y medio me operé de un tumor maligno en el útero, en el Argerich. Quedé nueva, salvo por la artrosis. Del Coronavirus hay que cuidarse, nada más. Yo no tuve miedo cuando me operé, ¿voy a tener miedo ahora? – cuenta mientras se pregunta si hoy se dará la clase de yoga. 

 

“El impacto emocional por la amenaza del Coronavirus es personal. No es lo mismo para quien vive solo que para quien forma parte de un grupo y está en un hogar multigeneracional”, reconoce Bernardini, que es autor del libro De Vuelta: diálogo con personas que vivieron mucho (y lo cuentan bien). El gerontólogo afirma que si hay alguien preparado para la muerte son las personas mayores. “Le bajan dramatismo, lo tienen asimilado. Eso no quita que sientan temor. Pero, en general, ya resolvieron cuestiones que tienen que ver con la trascendencia y el legado.” 

 

Si los viejos no parecen estar tan asustados, ¿por qué la reacción social dice que sí? Bernardini diagnostica: “edadismo”. Adultocentrismo. Cronocentrismo. “Pensar que son quienes peor la llevan habla de discriminación y segregación. La mayor discriminación social que existe es por edad, más que por raza o religión.” 

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—Hoy es el último día que vengo a trabajar la Feria Americana —dice Marta, y el iris marrón de sus ojos se tensa. 

 

En el 2009 vivió la crisis de la Gripe A en el Hospital de Clínicas donde trabajaba como enfermera en Neonatología y Oncología Pediátrica. Tiene 71 años y colabora en el centro de jubilados de Salta y México, donde todos los meses entregan el bolsón de comida de PAMI. Su historia clínica dice: efisema pulmonar. Entre mesas y perchas repletas de ropa usada, Marta se acomoda el rodete rubio impecable. Sobre el pecho le cuelga una libélula plateada, símbolo de cambios positivos. 

 

—Amo este lugar y me impacta pensar que no voy a poder salir de mi casa. Lo mío es más delicado, es en los pulmones. Si me llega a agarrar, imaginate

 

Marta sabe que el pulmón le trabaja a media máquina, pero sigue fumando entre cinco y seis cigarrillos por día. También conoce que por su enfermedad respiratoria está más expuesta al virus COVID-19 que ya provocó más de 6.063 muertes en todo el mundo y 160.000 contagios. Por eso consensuó con su hija, que vive en Brasil, que hoy será la última salida. Lo que más le cuesta del aislamiento es tener que convivir con su mamá Irma, de 93 años, que tiene Alzheimer. 

 

Esto es una cosa de locos. Las personas de la tercera edad no somos los únicos que tenemos que cuidarnos. Los que transportan el virus son otros. Que no los mate es otra cosa. Qué ignorancia.

 

En la pantalla el presidente Fernández pide comprometerse con los demás. “Lo que le pasa al otro, nos pasa a todos”.

 

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Inés tiene 89 años y es menudita. La edad la dobla en peso. Tres o cuatro veces a la semana se toma el colectivo 501 en el barrio Zapiola de Luján para ir hasta el centro. Antes del atardecer está en el Bingo de la calle Mitre. En una mano lleva un saco y en la otra una bolsa de papel madera chica en la que guarda la cartera. Adentro se encuentra con sus amigas Mabel y Guille y juegan a las maquinitas. Cada una tiene su favorita. Disfrutan algunas horas y a las once de la noche las pasa a buscar Willy, un vecino del barrio al que le pagan el traslado. 

 

Escucharon que en Luján hay un caso sospechoso de Coronavirus pero recién ahora se toman en serio lo del aislamiento social. Ellas preferirían seguir con el ritual de “misa”, como lo llaman, y tomar algunas precauciones.

 

—Nunca me lavé tanto las manos— dice Inés—. En el bingo hay mucha gente, todo el tiempo te rozás, además de las teclas de las máquinas que todo el mundo toca. Yo por eso me cuido.

 

Con la yema del dedo índice Inés desafía a la suerte. Mira con ansiedad la pantalla del tragamonedas y espera la imagen de la victoria. Los ruidos de los otros juegos se escuchan de fondo pero ella pone todas sus energías en esa. A veces, toca la pantalla como queriendo frenar las dibujos que giran coloridos y rápidos. Siempre elige la máquina que acepta monedas de menos valor para poder jugar más tiempo. Le importa entretenerse, no ganar plata.

 

Me aburro, estoy adentro de la pieza todo el día y viste… la cabeza te da vueltas, pensás en lo que no tenés que pensar. Pienso que ya pasé los años, que en cualquier momento ya no voy a estar más. Es lo lógico, en julio cumplo 90 cuenta—. No voy a dejar de ir pero voy a reducir los días. Me da miedo por mí, y sé que tengo que pensar en la familia. Están mis bisnietas, mis nietas, mi hija, todas. 

 

Inés vive con su hija Susana y su yerno Carlos. Pasa la mayor parte del tiempo en la habitación leyendo los libros de Corin Tellado o mirando novelas mexicanas o brasileñas. A veces se engancha con alguna turca. Pero antes se encarga de hacer los mandados. Almuerza poco, libre de grasas para evitar el colesterol, y vuelve a la habitación. 

 

Yo escucho la televisión y uno escucha que no hay que asustarse pero hay que cuidarseresalta. 

 

Inés se sienta en la cama, se pone los anteojos y empieza a hacer crucigramas mientras espera que Catalina (7) y Carmela (5) vengan a jugar a las cartas. Todavía no se enteró de que el gobernador Kicillof decidió cerrar bingos y casinos.

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Cacho llega al Centro de Jubilados Tita, situado en un bajopuente de la calle Perú al 1200, y se sienta. La imagen de Tita Merello resalta sobre la pared blanca de la vereda. Adentro, las imágenes de la actriz y cantante nacida en San Telmo están acompañadas de una frondosa iconografía peronista. Múltiples Evitas decoran el salón donde se hace yoga y reiki. En blanco y negro, una Evita Descamisada. Arriba y más grande, una versión de Eva actriz. Al costado, una Eva de rodete hablándole al pueblo en el balcón. En algunas está con Perón. 

 

Miguel Antonio Veritá tiene 69 años. En el club lo conocen como Cacho, ahí es el secretario y Nelly, su compañera, es la presidenta. Van juntos de lunes a viernes, de 14 a 20 horas. 

 

Cacho está informado, sabe las últimas noticias sobre la evolución del Coronavirus en el mundo y las actualizaciones en Argentina. Googleó las medidas de prevención y las pone en práctica.

 

—Acá hay gente que no tiene conciencia de lo que está pasando. Otros, varios, como nosotros sí— dice Cacho mientras muestra el interior de su bolso azul con jabones desinfectantes y alcohol en gel para a llevar a sus nietas—. Italia no tuvo conciencia y mira lo que les pasó. 

 

Por ahora, Cacho dejó de tomar mates por la mañana. En su lugar, se hace un té con limón. Le preocupa la salud de su hija Paola y de sus nietas Francesca y Renata de 9 y 11 años. Alquila en Versalles pero pasa gran parte de tiempo en la casa de su cuñada que vive a la vuelta del local para poder estar más cerca de las nenas. Muchas veces las cuida mientras Paola va a trabajar. Su yerno está desempleado pero a veces agarra alguna changa. 

 

Se estima que el 50% de les viejes vive con personas menores de 60 y muchos y muchas se encargan de las tareas del cuidado mientras padres y madres están fuera de casa por trabajo. 

 

—Yo tengo asma pero me preocupan más los jóvenes. Si a mí me toca la cuarentena mi hija tiene que estar más precavida y no salir con los chicos. Yo le dije: “Paola no tomes a joda esto porque es serio”. Sería una complicación para la familia de mi hija si yo me pongo en cuarentena por mi cuenta— agrega—. Si Nelly y yo nos tenemos que cuidar, no podemos ir a su casa. No sé cómo se las arreglaría. Mi yerno está desempleado pero hace flete de motos. 

 

Yo me voy a cuidar, no voy a acelerar mi muerte. 

 

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