Pedro Greco, periodista de Anfibia, es uno de lxs 5 mil argentinxs voluntarixs para testear una vacuna contra el Covid-19. El estudio durará dos años. En este diario irá contando el proceso. Cómo convive con el no saber qué le inyectaron y con la satisfacción de prestarle el cuerpo a una fórmula científica que puede salvar a la humanidad de la pandemia.



Lunes 31 de agosto de 2020

Primera visita: hoy me convertí en V.5674

 

No fue la sangre. Tampoco la aguja. Ni el durante. Quedé fuera de mí cuando ya había pasado casi todo. Me desperté por un viento en la cara. Dos personas me abanicaban con unas hojas blancas (posiblemente con el consentimiento informado de veintinueve páginas, lo único que había a mano entre tanta frialdad quirúrgica). Recordé lo último que hablé con el médico antes del desmayo: la nobleza en el gesto de lxs que le prestan el cuerpo a la ciencia. No fue sólo por el momento épico. Esto nos pasa a lxs hipotensxs cada vez que nos sacan sangre. Me quedé sentado media hora. Me tomaron la presión dos veces. Al recuperarme me animé a preguntar. “Llenamos tres tubitos”, me contaron. Podría decir que es un miedo superado si no me quedaran cuatro extracciones más en los dos años que dura la prueba de esta vacuna contra el Covid-19. “Para la próxima, probá acostado”, me despidió la extraccionista a la que hoy no podría reconocer: antiparras, barbijo y delantal descartable.

Piter-voluntario_01Port

Puntual, a las tres y media de la tarde un Cabify me levantó en mi casa, en Lanús. Cuarenta minutos después, en el Hospital Militar me recibieron con una bolsa de friselina que adentro tenía una botella de agua, una barrita de cereal, tres caramelos duros Arcor, un paquete con cinco galletitas de agua (en un hospital, comida de hospital), un pote de alcohol en gel, un termómetro digital cerrado y un barbijo quirúrgico. Me pidieron que me sacara mi tapabocas negro liso para ponerme el nuevo. No había estado antes en esta mole blanca de Las Cañitas. Desde que cruzás la primera barrera con el auto hasta que te bajás, te frenan tres grupos de personas vestidxs con trajes verdes camuflados.

 

Desde hoy, mi credencial dice que soy un montón de números e iniciales. “HMC V G3 / 1231-5674”. HMG: Hospital Militar Central. V: Voluntario. ¿G3? Me la debo. ¿Será alguna referencia a esta tercera fase? Es posible que todxs lxs demás también sean HMC, V y G3. En lo que definitivamente me convertí es en un código: 5674 es el número que acompaña mi nombre en las planillas que hay en el hospital y que marcan con resaltador amarillo en cada paso de esta primera visita. También fui un número de llegada, el 4º de lxs voluntarixs del día, y un consultorio, el C36.

 

Piter-voluntario_02 (1)

 

Nunca estuve solo. Me pasearon por todos lados, siempre escoltado por alguien, con una carpeta verde con la documentación que me va a representar el tiempo que dura el estudio de los laboratorios Pfizer y BioNTech. De verdad no estoy solo: 30 mil personas participan de esta fase del proyecto en Estados Unidos, Alemania, Brasil y Argentina. Somos 5 mil lxs voluntarixs en nuestro país.

 

Antes del desmayo, con Mariano, el médico que me tocó, leímos una a una las dos caras de las quince hojas (sí, front and back, diría Ross de Friends) del consentimiento, que firmé por duplicado. De qué se trata el estudio, requisitos y compromisos, precauciones, quiénes van a tener acceso a tus datos y qué pueden hacer con ellos (este es el momento exacto en el que se debe bajar la gente fanática de las teorías conspirativas), cuándo y qué vas a hacer en las próximas visitas programadas.

 

Te piden todo el tiempo que hagas preguntas. El documento dice: “He leído y comprendo este documento de consentimiento para el estudio descrito anteriormente, y que he tenido la oportunidad de hacer preguntas”. ¿Cómo está compuesta la vacuna? ¿Por qué le hacen análisis de sangre a quienes les dan el placebo? ¿Todxs pueden llegar a generar anticuerpos? ¿Cuándo van a saber si esto funciona o no? Esas y muchas otras inquietudes -quizás ridículas para un médico- se escucharon en el consultorio 36. Todas esas condiciones que aceptás al firmar pueden dejar de tener validez de un momento a otro. Si te querés bajar, solo tenés que avisar. Si querés que destruyan tus datos, también lo podés pedir.

 

Último tramo del tour. Seis y media de la tarde. Regalado a ese laberinto inmenso por el que me pasearon la hora y media previa, llego a una sala con diez pupitres de escuela secundaria. Todavía tengo una sensación extraña en la nariz. Es el hisopado. En cada mesa, un pote de alcohol en gel y un tachito para residuos. Hay cinco voluntarios a cada lado de la habitación. Atrás y en el centro, en una especie de panóptico, dos médicos sentados en un onceavo banco. En los paneles que dividen a cada voluntarix, un cartel. De un lado -fondo negro-, “pendiente de vacuna” en mayúsculas grandes, señal para la persona encargada de pincharnos -que antes de hacerlo gentilmente me pregunta: “¿en qué brazo preferís?”-. Brazo izquierdo. Pinchazo. Del otro lado del cartel -fondo naranja-, dos recuadros: “comienza” y “termina”. El médico anota el horario de colocación de la inyección y el de revisión para ver cómo reacciona la zona vacunada después de media hora.

 

Por motivos obvios no te dejan ir acompañadx. Será por eso que en ningún momento me dejaron solo.

 

Piter-voluntario_03

***

Martes 1 de septiembre de 2020.

Día 2. ¿Cómo hago para llevar una vida normal?

 

Trabajé toda la mañana con un dolor de cabeza intenso, precisamente en la parte superior de los ojos. No es algo nuevo, siempre se lo adjudiqué al exceso de pantallas. Pero ahora tengo la fórmula de una vacuna que me recorre el cuerpo. Me adelantaron que en los cinco/diez días posteriores podría presentar algún síntoma como reacción. Sí coincide con los de Covid-19 debo registrarlos en la App que me hicieron descargar para el control semanal.

 

¿Lo que en este instante recorre mi cuerpo es la vacuna que nos va a salvar de esta pesadilla? ¿O es una simple solución de agua con un poquito de sal? Le escribo por Whatsapp a Gastón, el reclutador con el que hablé seis o siete veces por teléfono desde que me anoté como voluntario, en junio.

 

[13:04, 1/9/2020] Pedro: Gastón! Cómo va? Tengo una consulta, pura curiosidad: tenés idea si en algún momento nos dicen si nos dieron vacuna o placebo? Quizás al final del estudio? Antes, nunca? Abrazo!

 

[15:08, 1/9/2020] Gastón: Jajajaja hola Pedro. Por ahora y por protocolo del estudio no van a decir. Quizás más adelante puede ser.

 

Tiene sentido. No te digo que de saber que te aplicaron la vacuna unx va a salir a la calle a chupar picaportes, pero podés llegar a actuar diferente y afectar directamente al desarrollo del estudio. Se pide hacer “vida normal” porque, en una línea, el objetivo es probar la efectividad de la vacuna, saber si genera anticuerpos en personas y por cuánto tiempo.

 

Ni el médico, ni la persona que me la aplicó ni yo sabemos qué me dieron: la vacuna tenía una etiqueta que cubría el aspecto del interior de la jeringa. El “quizás más adelante” de Gastón me deja pensando. Lo comparto en un grupo de Whatsapp. “Me parece un flash que te hayas prestado a vivir con una intriga eterna”, me escribe una amiga que me conoce ansioso, y a mí también me parece un flash.

***


¿Te gustó la nota?

AUTORES