Pedro Greco, periodista de Anfibia, es uno de lxs 5 mil argentinxs voluntarixs para testear una vacuna contra el Covid-19. El estudio durará dos años. En este diario irá contando el proceso. Cómo convive con el no saber qué le inyectaron y con la satisfacción de prestarle el cuerpo a una fórmula científica que puede salvar a la humanidad de la pandemia.



Si es la primera vez que entrás a este diario, andá hasta abajo y empezá por ahí. Está ordenado cronológicamente: acá arriba vas a ver lo último que se publicó.

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Martes 27 de octubre de 2020

Día 52. Tercera visita.

 

La semana pasada tuve la tercera visita al Hospital Militar para seguir con mi papel estelar como voluntario de la vacuna. Ya me dieron todas las inyecciones necesarias. Ya me hicieron todos los hisopados posibles (no es tan grave como dicen, y lo digo yo, que si tengo que elegir uno de los perros del meme siempre soy el más chiquito). Mi participación ahora consiste en dejarme sacar sangre y responder muchas preguntas. En esta semana no sentí cambios físicos pero sí padecí los cambios en la logística: no me pasó a buscar un Cabify sino un remís de la zona; no me llamaron minutos antes para confirmar el auto, sino la noche anterior; tampoco fuimos por Pavón y por 9 de julio hasta Libertador, sino que agarramos la General Paz. En datos que no le importan a nadie, de Escalada a Las Cañitas podés escuchar casi completo el disco La hija de la lágrima, mi homenaje a Charly en vísperas de su cumpleaños.

 

Una vez adentro del hospital -pero todavía arriba del auto- veo que nos pasamos de la puerta del bloque al que siempre entro para arrancar con el estudio. “Mirá que ya nos pasamos, es justo ahí atrás”, aviso. Frena el auto, me bajo y empiezo a caminar en la dirección contraria a la que venía. Escucho gritos. Giro. A unos quince, veinte metros, una mujer con barbijo me dice que no, que no es por ahí. Camino hacia ella, me acompaña por una de las calles interna del hospital hacia el nuevo destino(*).

 

Repetí la misma escena que hacía un poco más de un mes en el hospital. Me adelanté a cualquier indicación para pedir si por favor me podían sacar sangre acostado. Me dijeron que sí, que ningún problema, que fuera al fondo de esa especie de carpa inmensa donde montaron los nuevos cubículos de 2x2m, que ahí había una camilla. Junto con la extraccionista se paró también al lado mio la médica que me había hecho preguntas de rutina durante los 15 minutos previos. Acostado y mirando la pared escuché su segundo interrogatorio, esta vez para distraerme. El trabajo, la facultad, las materias, que cuándo te recibís, que la tesis, que cómo me vas a preguntar eso. Excelente servicio y cinco estrellas para Laura que me volvió imperceptible una aguja que me pinchaba la vena del brazo derecho. Sí, de nuevo el perro chiquito.

 

Hace diez días el CEO de Pfizer Albert Bourla publicó una carta abierta. ¿A quién le escribe? A todos, a todas y a todes, a “billones de personas, millones de empresas y cientos de gobiernos” que depositan sus esperanzas en la vacuna. ¿Para qué? Para hablar de plazos, de fechas y de las tres cosas que tienen que pasar para que la vacuna pueda empezar a usarse: que la vacuna sea efectiva (se sabrá a fines de octubre); que la vacuna es segura (en la tercera semana de noviembre) y que la vacuna se pueda fabricar de manera constante y con estándares de calidad (esperan confirmarlo “antes de confirmar la seguridad de la vacuna”). Entonces, hacia fines de noviembre, Pfizer y BioNTech van a aplicar para la Autorización de Uso en Emergencias de la FDA (la ANMAT estadounidense). Esa es la única certeza hasta entonces. Se puede leer acá.

 

(*) Hace un mes, en mi segunda visita como voluntario, mientras esperaba el Cabify para volver a mi casa me había parado en ese mismo lugar por el que ahora me llevaba la mujer con barbijo. Teníamos que esperar el auto en la sombra, hacía mucho frío y ahí, a no más de veinte metros daba el sol. A los tres minutos vino un tipo uniformado con un traje camuflado, con barbijo y con gorro para decirme que estaba prohibido pararse ahí. Empezamos a caminar de nuevo a la sombra y le dije que tenía frío.

 

—Bueno, quedate pero atento al auto.

 

Se alejó un par de metros, sin salir del sol, y se quedó esperando a que me vaya.

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Lunes 5 de octubre de 2020.

Día 36.

 

Bajó el ritmo del estudio después de la segunda visita. Ya pasaron las dos dosis de vaya uno a saber qué sustancia. Hablo con Gastón todas las semanas. Cada domingo especulo con el horario en el que me va a llegar su mensaje para decirme que tengo que completar el registro semanal desde la aplicación. Será más o menos en quince días, pero todavía no tengo la fecha programada para mi próximo desmayo.

 

Este diario me dio la posibilidad de saber qué le pasa a otras personas que, como yo, van a visitar el Hospital Militar cuatro o cinco veces más de acá a dos años. Es curiosa la cercanía que siento con gente que nunca vi, y quizás nunca lo haga. Sabemos que compartimos la misma experiencia y eso alcanza. Hay una confianza de pares que en ningún caso necesitó preámbulos: no existe la idea de romper el hielo.

 

La semana pasada hablé largo y tendido con Camile por Facebook sobre la decisión de Pfizer y BioNTech en aumentar la cantidad de voluntarixs. Que para qué, que si se van a atrasar los resultados, que si va a ser en todos los países donde se prueba. Un poco hablamos sin saber, otro poco leemos y compartimos, y con el resto de incertidumbre que nos queda especulamos. Ella ya tuvo su tercera visita y me contó que armaron un espacio nuevo afuera en unos “cosos que parecen establos”.

 

También pude hablar con una de las personas que forman parte de esta nueva “camada” de voluntarixs: se anota con mucha curiosidad, está lejos de la idea de sentir que “aporta su granito de arena” -porque claro, si no lo hacemos nosotrxs lo va a hacer alguien más- y con algo de preocupación porque cada vez que dona sangre termina desmayada. Tiene ganas de escribir algo al respecto, más ensayístico, así que estaré atento.

 

Y hoy me escribió Lula para preguntarme cómo venía con la vacuna y de a poco se va formando esta cofradía con lxs que nos preguntamos cómo estamos, cómo nos sentimos, si tuvimos algún síntoma, cuándo tenemos el próximo turno y, claro, si nos sentimos inmunizados. Mi respuesta es siempre la misma, si antes tenía dudas, ahora digo que no. ¿Por qué? Porque me siento igual que hace 37 días.

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Sábado 19 de septiembre de 2020.

Día 20. La segunda dosis.

 

—Antes de arrancar, ¿acá es donde me sacan sangre? Porque la última vez me recomendaron que lo hiciera en una camilla…

 

En la habitación de tres metros por dos no había ni lugar para la camilla. Una mesa, dos sillas, alcohol en gel, alcohol líquido, mi carpeta verde. Me relajé con la interrupción de Nati, la médica que me asignaron. La segunda visita que hacen lxs voluntarixs para probar la vacuna que desarrollan los laboratorios Pfizer y BioNTech es la única de las seis en la que no se hace la extracción de sangre.

 

Otra vez las preguntas: algunas repetidas, otras nuevas. Contesté a todo que no. Por inercia la médica seleccionaba la opción “No” en su tablet antes de que yo hablara. Ningún malestar entre la primera y la segunda visita, ningún síntoma de Covid-19, ningún tratamiento, ninguna enfermedad previa. No, no me dieron corticoides. No, no estoy participando de otro estudio. No, no trabajo en ninguno de los dos laboratorios. No, mis familiares tampoco.

 

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Caminé por el hospital como si me hubiese atendido ahí toda la vida. De la recepción en planta baja al consultorio 32 en el segundo piso. Y de ahí al quinto, donde me iba a encontrar con más preguntas, un hisopado, más preguntas, vacuna (o placebo), y esperá media hora, y a ver el brazo, más preguntas, andá tranquilo y nos vemos en un mes. 

 

Hicieron mucho más hincapié que la vez pasada en los posibles síntomas. Con la segunda dosis se completan las aplicaciones y eventualmente puedo tener fiebre o algún dolor. “Ibuprofeno o paracetamol cada ocho horas”, me dijeron. Si no para, tengo que buscar en mi billetera la tarjeta que me guardé hace tres semanas con los números a los que tengo que llamar estos casos. “Ahí te indican bien”.

 

¿Y cuándo va a estar la vacuna? Ya dejé de contar la cantidad de veces que me lo preguntaron. No lo sé yo, no lo sabe Pfizer, BioNTech, ni el Hospital Militar. Por supuesto que lo pregunté en mi primera visita. Según me dijo Mariano, el médico, en octubre o noviembre iban a poder hacer un balance y determinar si había sido efectiva en ese 50 por ciento que recibió las dos dosis. En principio, posiblemente se demore porque los laboratorios propusieron aumentar la muestra de esta tercera fase: de 30 mil pasarían a 44 mil voluntarixs para “aumentar la diversidad de la población involucrada”. Hace tres semanas se estimaba una fecha, hoy una distinta, en un mes quizás sea otra. Paciencia y a seguir el minuto a minuto.

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Viernes 18 de septiembre de 2020.

Día 19.

 

Son las nueve de la noche y faltan doce horas para que me inyecten la segunda dosis. Hace media hora diagnosticaron a mi abuela con Covid-19 y hace dos días le hablé por la ventanilla de la ambulancia en la puerta del hospital, antes de que la entraran. Un poco desorientada, igual le quedó resto para la amenaza. “No te vayas, eh”. Adónde me voy a ir.

 

El 27 de septiembre cumple 89. Si Dios quiere -como le gusta decir- también en diez días podrían darle el alta.

 

Cuidensé.

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Lunes 7 de septiembre de 2020.

Día 8. De voluntarixs, peronismo y fanfics.

 

El día siguiente a la publicación del diario apareció Camile. Es otrx de lxs 5 mil voluntarixs y escribió en los comentarios que están al final del diario que su reclutador también era Gastón y que había algo que la inquietaba: quería saber si era peronista. Yo ya venía con ganas de contarle a él sobre lo que había escrito. Me incomodaba nombrarlo y que no lo supiera. En el mejor de los casos se lo tomaba bien. En el peor, me pedía que diera de baja la publicación porque violaba el inciso 5 de algún artículo del estatuto de Pfizer. En ese momento, entonces, no solo quería, sino que necesitaba saber su orientación política. Peronismo, no lo entenderías.

 

 

El domingo a la tarde me escribió Gastón para recordarme que tenía que hacer mi primer registro semanal en TrialMax, la app que nos hicieron descargar en el hospital la semana pasada. Le dije que sí, que claro, que lo tenía presente, que hoy lo hacía. Se despidió así:

 

[19:16, 6/9/2020] Gastón: Mañana avísame porfa. Gracias!! Por cierto, muy buena la nota!!!!

 

Le agradecí. Con algo de descaro y mucho de vergüenza ignoré su saludo, evité mandarle un abrazo, un hasta mañana, y aproveché para contarle de mi intercambio con Camile. No había mejor escenario posible para aclarar la duda que nos desvelaba. El resultado no fue ni el mejor ni el peor. Posiblemente los laboratorios anuncien en algunos meses la efectividad de sus vacunas y nos salvamos todxs, pero así como quizás nunca sepa qué tenía mi jeringa, este estudio solo nos genera más incertidumbres: “Si lo vi pero me guardo la respuesta!!!! Gracias Pedro y te mando un abrazo!!!”, me dijo.

 

Le mandé un abrazo grande, un emoji con dedos en V y a llorar a la llorería.

 

Hace unas horas entré con mi código en la app de registro semanal. Según me contó Camile (empezó el estudio tres semanas antes que yo) en un primer momento el autodiagnóstico era diario en la primera semana posterior a cada inyección. Por algún motivo a lxs más nuevxs solamente nos lo piden una vez cada siete días y, además, de forma obligatoria si presentamos algún síntoma compatible con Covid-19. El registro es fácil y rápido: como estuve bien todos estos días simplemente marqué el casillero correspondiente, guardé y cerré la aplicación. Me llevó 24 segundos.

 

En los comentarios de la publicación de Anfibia en Instagram de la semana pasada aparecieron otras personas-código como Iván (#1768) y Benjamín (#1138). Lo compartí con amigxs por Whatsapp y en no más de diez minutos una amiga con un largo y oscuro pasado en Wattpad flasheó fanfic, un delirio sin remate con el que me despido hasta dentro de dos semanas, cuando me den la segunda dosis de la vacuna. O del placebo.

 

[21:50, 3/9/2020] AG: “Nos vimos por primera vez en el pasillo del hospital, aunque ya nos conocíamos. Solía dejar comentarios en todas las notas que publicaba sobre la vacuna. No sabía su nombre, sólo que era el número 1768. Cuando lo vi supe que era él. No sé cómo, simplemente lo supe. Aún estaba mareado después de desmayarme cuando me sacaron sangre, pero tuve la certeza inconfundible de que estaba frente al 1768. Yo y mis cuatro dígitos lo sabían. Mi cinco-seis-siete-cuatro sabían que delante de ellos estaba su otra mitad.”

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Martes 1 de septiembre de 2020.

Día 2. ¿Cómo hago para llevar una vida normal?

 

Trabajé toda la mañana con un dolor de cabeza intenso, precisamente en la parte superior de los ojos. No es algo nuevo, siempre se lo adjudiqué al exceso de pantallas. Pero ahora tengo la fórmula de una vacuna que me recorre el cuerpo. Me adelantaron que en los cinco/diez días posteriores podría presentar algún síntoma como reacción. Sí coincide con los de Covid-19 debo registrarlos en la App que me hicieron descargar para el control semanal.

 

¿Lo que en este instante recorre mi cuerpo es la vacuna que nos va a salvar de esta pesadilla? ¿O es una simple solución de agua con un poquito de sal? Le escribo por Whatsapp a Gastón, el reclutador con el que hablé seis o siete veces por teléfono desde que me anoté como voluntario, en junio.

 

[13:04, 1/9/2020] Pedro: Gastón! Cómo va? Tengo una consulta, pura curiosidad: tenés idea si en algún momento nos dicen si nos dieron vacuna o placebo? Quizás al final del estudio? Antes, nunca? Abrazo!

 

[15:08, 1/9/2020] Gastón: Jajajaja hola Pedro. Por ahora y por protocolo del estudio no van a decir. Quizás más adelante puede ser.

 

Tiene sentido. No te digo que de saber que te aplicaron la vacuna unx va a salir a la calle a chupar picaportes, pero podés llegar a actuar diferente y afectar directamente al desarrollo del estudio. Se pide hacer “vida normal” porque, en una línea, el objetivo es probar la efectividad de la vacuna, saber si genera anticuerpos en personas y por cuánto tiempo.

 

Ni el médico, ni la persona que me la aplicó ni yo sabemos qué me dieron: la vacuna tenía una etiqueta que cubría el aspecto del interior de la jeringa. El “quizás más adelante” de Gastón me deja pensando. Lo comparto en un grupo de Whatsapp. “Me parece un flash que te hayas prestado a vivir con una intriga eterna”, me escribe una amiga que me conoce ansioso, y a mí también me parece un flash.

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Lunes 31 de agosto de 2020

Primera visita: hoy me convertí en V.5674

 

No fue la sangre. Tampoco la aguja. Ni el durante. Quedé fuera de mí cuando ya había pasado casi todo. Me desperté por un viento en la cara. Dos personas me abanicaban con unas hojas blancas (posiblemente con el consentimiento informado de veintinueve páginas, lo único que había a mano entre tanta frialdad quirúrgica). Recordé lo último que hablé con el médico antes del desmayo: la nobleza en el gesto de lxs que le prestan el cuerpo a la ciencia. No fue sólo por el momento épico. Esto nos pasa a lxs hipotensxs cada vez que nos sacan sangre. Me quedé sentado media hora. Me tomaron la presión dos veces. Al recuperarme me animé a preguntar. “Llenamos tres tubitos”, me contaron. Podría decir que es un miedo superado si no me quedaran cuatro extracciones más en los dos años que dura la prueba de esta vacuna contra el Covid-19. “Para la próxima, probá acostado”, me despidió la extraccionista a la que hoy no podría reconocer: antiparras, barbijo y delantal descartable.

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Puntual, a las tres y media de la tarde un Cabify me levantó en mi casa, en Lanús. Cuarenta minutos después, en el Hospital Militar me recibieron con una bolsa de friselina que adentro tenía una botella de agua, una barrita de cereal, tres caramelos duros Arcor, un paquete con cinco galletitas de agua (en un hospital, comida de hospital), un pote de alcohol en gel, un termómetro digital cerrado y un barbijo quirúrgico. Me pidieron que me sacara mi tapabocas negro liso para ponerme el nuevo. No había estado antes en esta mole blanca de Las Cañitas. Desde que cruzás la primera barrera con el auto hasta que te bajás, te frenan tres grupos de personas vestidxs con trajes verdes camuflados.

 

Desde hoy, mi credencial dice que soy un montón de números e iniciales. “HMC V G3 / 1231-5674”. HMG: Hospital Militar Central. V: Voluntario. ¿G3? Me la debo. ¿Será alguna referencia a esta tercera fase? Es posible que todxs lxs demás también sean HMC, V y G3. En lo que definitivamente me convertí es en un código: 5674 es el número que acompaña mi nombre en las planillas que hay en el hospital y que marcan con resaltador amarillo en cada paso de esta primera visita. También fui un número de llegada, el 4º de lxs voluntarixs del día, y un consultorio, el C36.

 

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Nunca estuve solo. Me pasearon por todos lados, siempre escoltado por alguien, con una carpeta verde con la documentación que me va a representar el tiempo que dura el estudio de los laboratorios Pfizer y BioNTech. De verdad no estoy solo: 30 mil personas participan de esta fase del proyecto en Estados Unidos, Alemania, Brasil y Argentina. Somos 5 mil lxs voluntarixs en nuestro país.

 

Antes del desmayo, con Mariano, el médico que me tocó, leímos una a una las dos caras de las quince hojas (sí, front and back, diría Ross de Friends) del consentimiento, que firmé por duplicado. De qué se trata el estudio, requisitos y compromisos, precauciones, quiénes van a tener acceso a tus datos y qué pueden hacer con ellos (este es el momento exacto en el que se debe bajar la gente fanática de las teorías conspirativas), cuándo y qué vas a hacer en las próximas visitas programadas.

 

Te piden todo el tiempo que hagas preguntas. El documento dice: “He leído y comprendo este documento de consentimiento para el estudio descrito anteriormente, y que he tenido la oportunidad de hacer preguntas”. ¿Cómo está compuesta la vacuna? ¿Por qué le hacen análisis de sangre a quienes les dan el placebo? ¿Todxs pueden llegar a generar anticuerpos? ¿Cuándo van a saber si esto funciona o no? Esas y muchas otras inquietudes -quizás ridículas para un médico- se escucharon en el consultorio 36. Todas esas condiciones que aceptás al firmar pueden dejar de tener validez de un momento a otro. Si te querés bajar, solo tenés que avisar. Si querés que destruyan tus datos, también lo podés pedir.

 

Último tramo del tour. Seis y media de la tarde. Regalado a ese laberinto inmenso por el que me pasearon la hora y media previa, llego a una sala con diez pupitres de escuela secundaria. Todavía tengo una sensación extraña en la nariz. Es el hisopado. En cada mesa, un pote de alcohol en gel y un tachito para residuos. Hay cinco voluntarios a cada lado de la habitación. Atrás y en el centro, en una especie de panóptico, dos médicos sentados en un onceavo banco. En los paneles que dividen a cada voluntarix, un cartel. De un lado -fondo negro-, “pendiente de vacuna” en mayúsculas grandes, señal para la persona encargada de pincharnos -que antes de hacerlo gentilmente me pregunta: “¿en qué brazo preferís?”-. Brazo izquierdo. Pinchazo. Del otro lado del cartel -fondo naranja-, dos recuadros: “comienza” y “termina”. El médico anota el horario de colocación de la inyección y el de revisión para ver cómo reacciona la zona vacunada después de media hora.

 

Por motivos obvios no te dejan ir acompañadx. Será por eso que en ningún momento me dejaron solo.

 

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