Cada fin de semana, Santa Fe se vuelve un hormiguero por la circulación de artistas y fans de la música tropical. Una madrugada cualquiera, Tomás Quintín Palma subió a la camioneta de Mario Pereyra, el líder de "los redondidos de la cumbia santafesina", como se conoce a su banda, pionera en tocar en lugares "chetos". Seguirle el ritmo a Pereyra -frontman de noche y carpintero de día-, otra manera de trazar el lado anacrónico del paisaje provincial y de renovar el sentido de dos marcas locales: el de la movida tropical y la curiosidad cultural. Adelanto de "19, una cartografía narrativa de Santa Fe", un libro en el que 19 cronistas salen a narrar su territorio con extrañeza.



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Hace una semana que se me venció el plazo para presentar la crónica de Mario Pereyra. No tengo más que un par de garabatos que hice durante aquella noche en un cuadernito verde. Está sobre la mesa. Hace un mes que ando de acá para allá con la notebook y este cuadernito verde. Siempre pienso que me voy a sentar a escribirla pero nunca la hago. Además, tengo una conversación con él de dos horas, de Rosario a Santo Tomé. Ni pude escucharla, la paja de sentarme a desgrabarla me gana. Aunque pensándolo bien, debe haber otra cosa. Abro el cuadernito verde, el mismo que me dieron las chicas para llevar al viaje. Lo paseo de acá para allá. Una y otra vez. Esperando no sé qué mierda. La letra me recuerda a la de mi pediatra, lo cierro. Vuelvo a dejarlo sobre la mesa pero esta vez sin esperar nada de él. Estoy perdido. No me siento preparado. Agarro un cigarrillo mentolado. Ni sé fumar, quizás por eso lo de mentolado, pero hago que fumo igual. Camino por la pieza. Tengo en la repisa unos lentes sin cristales, me los pongo y juego a ser escritor. Aparece en el humo una idea: no puedo escribir sobre Mario Pereyra porque tengo un problema con los artistas. Ellos crean su propio mito hacia los demás y cuando los conocés resultan ser otra persona. ¿Qué hago? ¿Qué cuento? ¿Cómo lo cuento? ¿Cuánta verdad quiere saber el otro? La pieza se me llenó de humo. Todo es humo. Pero de golpe sé fumar, como si lo llevara desde la cuna, porque estos lentes son de verdad y escribo una crónica sobre Mario Pereyra. Empiezo a recordar mi larga noche junto a Batman aunque también he conocido a Bruno Díaz. 

 

Lo espero un viernes a las ocho de la noche en una estación de servicio de Rosario, en Córdoba y Circunvalación. Ahí donde Córdoba ya se hace llamar Eva Perón. Mario por whatsapp me dice que está un toque retrasado, que va a llegar en una camioneta Dodge RAM blanca. El playero escuchó a Mario Pereyra en la radio pero no sabe puntualmente ni una canción y de lo que sí sabe es sobre la camioneta. Yo estoy casi en la misma, con la diferencia de que no sé nada sobre la camioneta. “Es carísima, boludo, pero mucho más jodido es mantenerla porque es naftera y te gasta un tocazo”. Me lo explica con ejemplos de kilómetros y velocidades. La googleo ahí mismo y es la misma chata con la que Chano de Tan Biónica, una madrugada, se estrelló contra varios autos estacionados. De repente desde la oscuridad se hace presente Mario Pereyra iluminándolo todo con su departamento de cuatro ruedas y la estación de servicio deja de parecer grande. Me subo y sobre el playero no sabré más nada, salvo que compartíamos el mismo prejuicio de no poder creer que Mario Pereyra tuviera semejante camioneta.

 

Suena FM Vida de fondo y una chicharra que no molesta, por ahora, me avisa que tengo el cinturón de seguridad mal puesto. Acomodo mi cuerpo al sillón de copiloto, hago algunos chistes pelotudos para entrar en confianza (“Mario, ¿cuánto te viene de expensas por este monoambiente?” o “avisame cuando el auto levante vuelo que soy medio fóbico a las alturas”) y dejo el grabador en una especie de mesa ratona que hay entre él y yo. Grabo la conversación que no volví a escuchar. Arranco ansioso, quiero ganarme su confianza de entrada. Tengo cierta experiencia en vincularme con artistas por laburar en medios de rock y venir de una familia de teatreros. Pero la cumbia me es bastante ajena (a menos que sean las tres y pico de la mañana y la cumbia te agarre ya jugado en alguna fiesta, ahí no queda otra que la entrega absoluta al baile aunque no se sepa bailar). Mario devuelve una larga sonrisa a todas las boludeces que digo para hacerlo reír. Cuando responde a mis preguntas pienso que me será inabarcable porque tiene mucha trayectoria y por eso, sumado a mi desconocimiento absoluto de la movida de la cumbia santafesina, decido trasladarle toda esta neurosis para ver si puedo quedarme más tranquilo.Mario, otra vez, devuelve la misma larga sonrisa del comienzo.

 

Viene de tocar en La Cautiva, en Rosario. Lo noto descansado, tranquilo. Estamos yendo hacia su casa de Sauce Viejo, pegada a Santo Tomé, de donde es Mario. Una casa quinta algo alejada de la capital. En todo momento va a aclararme que nunca hace lo que está haciendo conmigo. Que es reservado, que casi ni invita gente a su casa y que sus discos no cuentan con la participación de otros artistas (mucho menos acepta tocar en festivales con otros grupos). Pienso en que me pasó a buscar por una estación de servicio periférica, que vamos a una quinta y que no le interesa mucho relacionarse con los demás. Subidos en el confort de la camioneta Dodge RAM blanca yendo a una gira por distintos lugares de Santa Fe que vaya a saber uno cuáles son, no puedo evitar trazar un paralelismo con el Indio Solari. “Los Redonditos de la Cumbia”, va a decirme Mario que los bautizaron en 2001 cuando reventaron el boliche L’etoile de San Carlos (lugar donde tocaron en su momento los Patricio Rey). Aquella noche había banderas por todos lados, muchísima gente quedó afuera y Mario asegura ser la primera banda de música tropical en tocar en boliches que no son de cumbia, “conchetos”. Durante toda la noche Mario va a sacar chapa con distintas cosas. No sé si lo hará porque sabe de mi desconocimiento o porque voy a escribir una crónica sobre él. Quizás las dos cosas.

 

Ya es hora de contar sobre los comienzos de Mario Pereyra. Desde cuándo es músico. La estoy estirando demasiado. Es que sigo sin querer ponerme a escuchar el diálogo que tuvimos en el viaje de Rosario a Sauce Viejo. Copiaría y pegaría data de wikipedia acá mismo y listo. Pero no, la culpa al ver la crónica impresa jamás va a dejarme en paz. Ojalá tenga voluntad y desgrabe parte de la charla en algún momento.

 

Llegamos antes de la medianoche por un camino de barro que la chata hizo cemento. Hay varios shows por delante en la madrugada y todavía no hicimos ni uno. Ya me avisó que la noche terminará con un desayuno de sol fuerte en la cara. Abre el portón y vienen a nosotros un puñado de perritos. Perritos, porque perros son otra cosa. Son yorkshire terrier y se llaman Duffy, John, Chiquito, Rambo y alguno más que se me pierde. Entre todos hay una raza que no distingo, también del tamaño de una rata, y Mario me saca la duda al toque.

 

–Ese es raza delmon.

 

–¿Delmon?

 

–Del montón.

 

Vamos entrando en complicidad. Eso me sirve para abusar de su confianza y sacarle cosas para la crónica. La casa es gigante, tiene dos jardines amplios y una pileta al fondo que no logro ver del todo porque las luces de afuera parecen de bajo consumo. Anda el 4G con intermitencias y no tiene wifi porque no le cabe la compañía que llega hasta acá. En el centro hay una batería enorme que usa para zapar a veces con amigos. Está todo como medio desproporcionado, cajas sin abrir y unos plasmas sin usar mirando la pared. Mario grita desde arriba mientras se viste para salir a la gira que nos espera. Es una especie de loft y yo, desde abajo, también le grito mientras le chusmeo todo sin que sepa. Saco fotos con el celular, abro la heladera, pispeo estanterías y elevo la voz para que no escuche que estoy olfatéandole su intimidad. Veo portarretratos de una chica rubia junto a Mario. Demasiados portarretratos con ella, por todos lados.

 

–Mario, ¿y esta chica que te abraza por toda la casa?

 

–Mi novia –dice y suelta una carcajada.

 

–¡Aaahh, bueee! Cómo te están marcando territorio, gordo. Te mearon la casa –digo.

 

Mario se ríe. Asiente. Ya no quedan dudas: lo tengo en el bolsillo.

 

Lo veo bajar y es otra persona. Un saco que le brilla junto a su sonrisa gardeliana. Tiene más de trescientos sacos, quinientas camisas y centenares de calzados distintos. Me río porque se lo ve dandy. Y lo gasto. Huele a un perfume importado. Le gusta ostentar y no esconde nada. Será porque todo lo que tiene se lo ganó por su propia cuenta. Lo veo parado a lo prócer y pienso que ese debe ser el Mario Pereyra que ven los demás. Aunque se ha transformado en un superhéroe, sigue hablándome como lo venía haciendo. Me muestra los muebles de la casa uno por uno. Tienen sistemas particulares diseñados por él mismo. Además de ser uno de los emblemas de la cumbia santafesina, es carpintero. Maneja un taller junto a sus hijos en Santo Tomé. Queda todo en familia porque le teme a las leyes laborales; prefiere las máquinas a tener empleados que pueden llegar a joderlo algún día. Le sobra trabajo y su clientela es de clase media y alta, lo que le garantiza mucha productividad. Al escucharlo durante la noche, llegaré a la conclusión de que Mario no tiene un taller de carpintería: tiene una empresa. Mario Pereyra es un empresario y esa lógica de pensar/actuar la ha llevado también a su grupo musical.

 

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Volvemos a la camioneta. Arranca la gira. Cargamos nafta en una estación desolada, los pocos que están ahí se sacan una foto con Mario. Es el cumpleaños de quince de la hija de un amigo y va sin banda porque su amigo no tiene la guita para bancar el show completo. De hecho, va de onda. En el camino vamos escuchando las pistas de las canciones que va a hacer. El CD lo saca de un sobre blanco. En el auto repasa los tracks que va a cantar. A simple oída no me suena ninguna pero aprovecho para hablar sobre karaokes y cantobares con él.  Creo que estamos yendo hacia Coronda. Escribo “creo” porque recién chequeé en el cuadernito verde las anotaciones y se me mezclan algunos lugares. Fue todo bastante caótico. Cargamos nafta antes de llegar, combustible para todo el viaje. Lo saludan cada vez que bajamos para cualquier cosa. “¿Cómo anda la vagancia?” es el chascarrillo que más utiliza durante la noche cuando lo saludan. Cuando dice “vagancia” se está  refiriendo a sus beliebers, sus seguidores. Así los conocen. Y ya casi que estamos llegando al cumple de quince en un salón de fiestas de Coronda, creo, y Mario anda preocupado por los refusilos porque en la semana debe recibir un camión con insumos para la carpintería y no quiere complicaciones. Él no es ningún vago.

 

Entramos al cumpleaños en un salón de eventos, no sé si en Coronda o Concordia, pero algo así seguro. Un cartel que dice “Jenifer” en la entrada con la cumpleañera posando de blanco. Mario va a la zona del escenario. Le deja el CD al sonidista con las pistas y sube a escena. Siempre se maneja por whatsapp con las personas que lo contratan y cae a tocar a los lugares con la puntualidad de un señor inglés. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Lo tiene todo sincronizado. No delega casi nada, es hasta su propio community manager. Si las cosas no salen ordenadas puede haber serios problemas, y los hubo, pero eso será al final de la noche y esto está recién comenzando. Mario eligió tres canciones populares. Empieza a cantar encima de una de las pistas. No la conozco. Espero conocer alguna de las otras dos. Aprovecho que me vieron junto a él y utilizo eso para beneficio propio. Me abalanzo sobre una mesa con comidas y bebidas. Le entro con total impunidad. Todos lo miran a Mario y nadie a mí, entonces tengo libertad para moverme a mi antojo. Ahora canta una que reconozco. Saco el celular, escribo la letra que escucho. Me salta que se llama El embrujo, de un tal Estanis Mogollón, un cantautor peruano apodado “el padre de la cumbia romántica”. Cuando llega la parte del estribillo el salón de eventos revienta: “Si es así déjalo ahí / hechizado y encantado por ti / qué más da soy feliz / no, no rompas ese embrujo, mujer / déjame por siempre junto a ti”. Pensé que no conocía ninguna canción de Mario Pereyra, pero esta versión de El embrujo hizo que me levantara de la silla y comenzará a cantarla. Una carpeta dentro de la memoria que estaba oculta y había olvidado. Eso debe ser un artista popular, aquel que llevamos dentro todos los días aunque no lo sepamos, como recuerdos de la niñez que ni recordamos hasta que un día cualquiera aparecen y nos hacen dar cuenta de que estaban ahí, siempre con nosotros.

 

La pista corriendo y Mario cantando sobre ella. Tiene presencia, carisma, una buena sonrisa. Lee papelitos con saludos en los momentos en que no canta pero dentro de la misma canción. Saluda a la cumpleañera y chicanea a los familiares. Sabe hacerlo. Con el correr de las horas iré viendo que usa varios yeites calculados que lo hacen parecer espontáneo. Canta muy bien, llega a los agudos perfecto. Saluda y me quiero matar porque todavía tengo media botella de cerveza Santa Fe helada y mucho pollo frío con ensalada rusa. Al bajar del escenario va a tardar quince minutos en salir. Todas las personas quieren una foto con él. La quieren individual; las grupales, nadie. Se abalanzan y hacen fila. Mario sonríe en todas. Los facebook y los instagram santafesinos se llenan de fotos con Mario Pereyra los fines de semana. Luego de la balacera de flashes vamos a la salida del lugar. En el hall, los guardias y los cocineros también quieren su foto. Anda apurado porque tiene sincronizados los horarios de los shows. Se saca las últimas fotos y saluda, me muestro cerca de él como para recibir algún halago de rebote. Rechaza comer, beber, invitaciones, de todo. Nos vamos con distintos suvenires, los mejores son tortas de chocolate envueltas en un material que no sé cuál es pero es invisible y la torta se ve hermosa. “Ustedes atentan contra mis abdominales”, tira Mario a los guardias en la puerta como broche final del cumpleaños. Todos nos reímos. Dejamos los regalos en el asiento de atrás y seguimos viaje.

 

Ahora vamos al encuentro con el resto de la banda, se vienen shows pagos y más grandes. El departamento de cuatro ruedas se pone en marcha, avanza por calles muy estrechas y no hay casas más altas que la camioneta. Por suerte pude terminar la Santa Fe pero se me calentó el pico y Mario tiene a su lado una botella de agua. Ya la veo venir, iré subiendo a esta camioneta cada vez más borracho y él cada vez más sobrio. Otra vez la idea del humo, de Batman, de Bruno Díaz, de lo que parece pero no es. ¿Quién crea el mito del artista? ¿Los demás o el artista? Voy a encontrar la respuesta con Mario Pereyra, pero será durante la madrugada, luego de un par de shows. Ahora la crónica, o lo que sea que esté escribiendo, nos lleva al encuentro con su banda.

***

Volví a trabarme. Hace un mes que tengo que presentar la crónica. Me puse a desgrabar la conversación con Mario, anoté un montón de cosas en unas carillas de word. Tengo todo desordenado, ni sé por dónde empezar. Pero es necesario para darle contexto, para darle más compromiso a las chicas, que confiaron en mí al mandarme a hacer este trabajo.

 

Mario Pereyra tiene cincuenta años y toca profesionalmente desde los catorce. Se crió en una casona gigante junto a varios familiares, cada uno con su pieza. Sus tíos, hermanos de su padre, le transmitieron el amor por la música. Ellos, también jóvenes, lo pusieron a Mario en la formación de Vibración, donde tocaban cumbias colombianas, peruanas y hasta versiones de rock de los ‘60 de los vinilos que llegaban a su casa. Ya en esa época hacía cuatro o cinco bailables por fin de semana. Su presente no es más que la consecuencia de aquellos años de infancia, cuando llegaba a cantar canciones de Juan Marcelo con su tío violero en las sobremesas de Santo Tomé. La madre de Mario, una de esas mujeres que viven la maternidad como una vocación, orgullosas amas de casa por el resto de sus vidas. El padre de Mario, un policía que hacía hasta horas extra para que hubiera más plata en la casa. Fue él quien lo obligó a que aprendiera a nadar en el río a los nueve años y de ahí viene el instinto de supervivencia que le enseñó a Mario a autogestionarse para siempre. De chico ya vendía pescados que pescaba él mismo como para tener su propia plata, además de la música. También hizo trabajos de albañilería. Nunca le faltó el dinero y aprendió mucho de la escuela que fue su casa. Cuando le pregunto sobre los dibujos animados de su niñez, llegamos a Los tres chiflados. No puedo evitar preguntar cuál era su favorito. Mario me responde: Moe. Claro, Moe era líder, daba las órdenes, solía manipular; de corte autoritario, llevaba adelante la banda y, así y todo, cargaba un montón de miedos. Sin los otros, no era nadie.

 

La banda va en una combi y Mario conmigo en la camioneta. Me dice que muchas veces va también en la combi con ellos y yo le digo que le creo pero sin mirarlo a los ojos. En la banda son ocho en total y algunos, como el acordeonista, tocan con él hace veinte años. Tiene seis hijos. Los dos varones son parte de la banda: uno es plomo y el otro toca el güiro desde hace poco. Las otras son mujeres y trabajan de otra cosa, aunque Mario siempre está ayudando, como una colchoneta gigante en el suelo cuando se está haciendo acrobacia en el aire. La combi la maneja el hermano mayor de Mario, que toca el bajo. Mario es el segundo de seis hermanos, la más chica es mujer y el resto todos hombres. Hay un hermano que intentó con la música pero “no se le dio por falta de disciplina”.

 

Todos los fines de semana tienen fechas, la cumbia es un hormiguero en Santa Fe. No viajan mucho por el país porque ya no es negocio y Mario, a esta altura, solamente toca con la banda si le reditúa económicamente. Cree que se lo ganó y si va a Buenos Aires es porque le toca ser jurado en Pasión de sábado o algo así. Cuando la señal América no llegaba a la provincia, Mario viajaba a tocar en los estudios del canal y en boliches porteños: “Llegué a hacer veinte shows por fin de semana”. Estamos hablando de finales de los ‘80, cuando las bandas de cumbia con acordeón empezaban a asomar en el norte de Buenos Aires. “A mediados de los ‘90 la cumbia empieza a tener su apogeo con la aparición de las FM”, dice Mario, en la vereda opuesta a la cumbia villera. Le ofrecieron hacer un teatro en Capital hace poco y va a esperar la ocasión para lanzar nuevo disco, más un cover de La balsa que es “una bomba”. Siempre ha sido un gran estratega. En el año 2000 sacó El aguante, el primer disco de cumbia grabado en vivo. Antes que el Potro Rodrigo, incluso. Tenía 35 años y con el cambio de milenio decidió pasar a llamarse Mario Pereyra, dejando atrás su popular banda Los del Palmar.

 

Llegamos a Nelson, una localidad a 42 kilómetros al norte y con cuatro mil habitantes más o menos. Es la Fiesta Provincial del Pollo Asado y se celebra en un galpón grande. Las mesas largas, puestas con caballetes, concurridas por familias numerosas que esperan el momento del postre. Mario está en doble fila con la camioneta; su banda ya bajó a la vereda. Algunas personas se acercan a la chata y se sacan fotos. Mario se baja y se vuelve a subir a la camioneta. Con el celular chequea whatsapp y sobre todo facebook. Alguien de Nelson le avisará cuando esté todo listo y bajará de la chata sólo para tocar. La banda se va acomodando y los plomos cargan los instrumentos en el escenario. Me presento ante los de la banda (“Sí, sí, sí, Mario nos dijo que estás haciendo un libro sobre él”). Todos tienen otros oficios además de la música. Son felices al tocar, escapan de sus casas y disfrutan ser músicos. El hijo de Mario que toca el güiro es el único con el que voy a tener cierta tensión durante la noche. Me jode, me curte y sospecho que quizás haya algo de celos porque estoy junto a su padre como copiloto. Sabe que no soy de la movida. No lo sé, quizás sea un prejuicio mío. “Vos lo que debés estar escribiendo es el cuento de la buena pipa”, y a mí no me queda otra que seguirle el juego mientras un organizador de la fiesta me alivia cuando los llama para subirse al escenario. Ya están en escena, Mario acepta unas selfies y sube después de ellos. Aprovecho para comprarme comida y bebida. Un vaso de medio litro de fernet sale menos de treinta pesos, no lo puedo creer. Disfruto moviéndome para todos lados. La banda suena firme, movimientos automatizados, y Mario, con mucha presencia, hace jugadas que ya le vi hacer en el cumpleaños de quince y que seguiré viendo durante los shows de la noche.

 

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Mario le pone letra a sus canciones luego de tener la música ya cocinada. A veces las escribe un día antes de ir a grabar la voz. Le gusta la idea de que las personas imaginen la secuencia de las cosas que va narrando. Lo que narra le pasó cerca o lo vivió él. Logra identificación en el otro con sus textos. Ese otro que grita durante el show. Usa la canción como excusa para liberar todos esos secretos que lleva contenidos. Mario le canta al amor, a la traición, a la infidelidad. Y veo una señora al lado del escenario gritando bien fuerte, quizás tuvo una historia con otro tipo y su marido no lo sabe. Cantarla en este momento le sirve para sentirse libre. Entonces a Mario lo llevan en la piel, porque le comparten emociones y secretos. Hermosa locura es una canción emblemática de su repertorio que la gente se tatuó en masa. Mario me confiesa que solamente fue fan de su padre y que no cree en fanatismos, pero me siento confundido porque sé que lleva como foto de perfil de whatsapp la espalda de un fan con “Mario Pereyra” tatuado en cursiva. Cuando Mario canta uno de sus hits el galpón estalla: “Estamos en una etapa de nuestra relación / que no imaginábamos ninguno de los dos(…) / y es una locura, una hermosa locura / se escapa de mis manos y no podemos controlarlo (…) / si amarte está prohibido, prefiero mi castigo”.

 

Nos vamos de Nelson para un casamiento en Santa Fe capital. La chicharra de la camioneta que suena cada vez que no tengo el cinturón de seguridad puesto me va sacando de quicio. Ahora pasamos de vasos de plástico con gente muy humilde a copas de cristal con gente de clase media alta. Estacionamos la combi y la camioneta en un jardín hermoso mientras llovizna. Mario está preocupado por la tormenta, espera el camión con los insumos el lunes y no quiere complicaciones. Sigue bebiendo agua y yo, apenas me doy cuenta de que los organizadores me vieron con Mario, hago la mía y me dirijo hacia la barra libre del casamiento. La banda y Mario todavía no aparecen por el salón y ya estoy con champagne en mano. Los plomos acomodan las cosas, suena una cumbia cheta de las de ahora, hecha por uruguayos de ojos celestes. Me acerco a un grupo de chicas. No las elegí al azar, vi que le sacaban fotos a la chata de Mario desde la ventana.

 

–¡Buenas! ¿Esperando por el master? –pregunto y me acerco como el personaje banana, ese de Capusotto que le baila a las chicas de manera ridícula.

 

–¡Seeeee! –responde con euforia una de las tres. La que menos me gusta, una petaca de metro y medio con una sonrisa bien marcada de un rouge ya corrido.

 

–Vengo con él, estoy de gira, escribiendo sobre su vida, como una biopic que también llevaremos al cine –digo haciendo todo el esfuerzo para no parecer oportunista, tratando de quedar profesional.

 

–¿Ah, sí? ¡Qué bueno! –vuelve a responder la de antes pero ahora las otras dos me miran con más atención.

 

–Viajo como copiloto. Duermo en su casa. Una quinta hermosa en Sauce Viejo tiene. Y voy anotando todo paso por paso, haciendo un perfil como profundo del tema –hablo y las miro a las tres para que ninguna se me escape de vista.

 

–¡Re zarpado! ¿Cómo hiciste? –pregunta una, de la que esperaba su voz. Tiene los ojos verdes y las burbujas de champagne ya hicieron el efecto que estaba esperando sobre mí. Me convierto en un encantador de serpientes.

 

–Bueno, el tema es una editorial que me llama porque sabe cómo laburo… entonces hago giras con él, lo sigo. Y luego el material va a servir para una película, un documental. Probablemente también tenga que hacer el guion sobre eso…

 

–¡Aaayyy! ¡Ahí está Mariooo! –grita la petaca de metro y medio. La de ojos verdes me saca la mirada de encima. Giran sus cuerpos y ven que Mario está sobre el escenario. Se van hacia el show y quedo parado solo, maldiciendo a la chica que no me gustaba, diciéndole unas cosas que no podría escribir en esta crónica. Me siento y me hago llenar la copa por un mozo al que le hago señas cada vez que quiero. Pienso cosas. Relojeo el whatsapp. Miro a la gente disfrutar. La misma gente que me tapa el show porque no hay escenario y están tocando sobre el piso. Al irnos, subo a la camioneta con Mario, que se saca de la cabeza un gorro de goma espuma con forma de cerveza. Un gorro que usó para el show, seguramente se lo pusieron. Mario acepta todo lo que le propone la vagancia, lo hace para el show y, cuando cierra la puerta de la camioneta, ya pasa a ser otro. Mario puede estar destruido por dentro pero cuando sale a escena siempre será sonrisa abierta. Son las dos caras: la del superhéroe y la del hombre común.

***

Ya pasaron las cuatro de la mañana y estamos yendo a Rafaela. Hay un boliche y Mario va a tocar después de Sergio Torres, un cantante de cumbia santafesina que con Grupo Cali tuvo una fuerte presencia en la movida y que hoy, junto a su banda Los Dueños del Swing, es uno de a los que mejor les va. El clima está caldeado, mucho envase descartable y empujones afuera. Mario bebe de las jarras que le alcanzan y se muestra parte de la vagancia. La botella de agua quedó en la camioneta y sólo bebe sorbos de alcohol para la mirada de los demás. El mito sobre sí mismo lo genera el mismo artista y debe alimentarlo cada vez que puede. Se le abalanzan para una foto, a mí me dan celulares y disparo.

 

La banda entra por la puerta de atrás y espera su turno para subir a tocar. Me separo de Mario. Ando encapuchado porque no quiero mostrarme mucho, tengo miedo de que sepan que no soy del palo. Me mando por el costado, unos guardias me dicen que no puedo pasar, les explico que estoy con Mario Pereyra y tengo la suerte de que me crean. Sergio Torres está tocando. Está buenísima la banda, le ponen mucha energía. Termina el show. Sergio Torres baja y se abraza con Mario. Este Torres se sube a un auto negro chiquito con mucha onda junto a dos grandulones y sus músicos van hacia un camión gigante con el logo de Los Dueños del Swing. Acá también el líder va en un auto y el resto en una combi.

 

La gente aplaude y grita. Hay un vallado de alambre y lona por el cual se puede ver al público mirándonos a nosotros, que estamos a un costado del escenario. Noto una tensión, veo a los músicos de Mario trotar. Se van todos afuera. A Mario no lo veo. Los de seguridad se desacomodan. Salgo medio asustado y me cruzo con el acordeonista.

 

–¿Qué pasó? –le pregunto a mitad de la calle.

 

–No sé. Mario se enculó –responde y sube rápido a la traffic.

 

Quedo solo en la calle. La traffic arranca y no veo la chata en el lugar donde estaba estacionada. Saco mi celular. No tengo señal. Miro alrededor: nadie sabe quién soy. Se me acercan un par de flacos.

 

–Loco, ¿nos sacás una foto? –me ordena en una pregunta mentirosa un pibe con la remera de Grupo Cali. Con fuerza, pone su celular en mi mano. Se acomodan y son muchos. No entran en el cuadro, pero no lo comunico. Hay ausencia de confianza y ando asustado por mi presencia en un lugar que ni puta idea.

 

–Dale traaanquiii, papá –grita uno de los flacos abriendo su boca hasta un punto al que ni Mick Jagger llegaría en su mejor momento. Tiene un descartable en la mano. Un descartable que, si me lo ofreciera, haría como Mario y fingiría ganas de tomarlo. Todo me recuerda a Mario porque es Mario quien no está y necesito desaparecer de este rol de fotógrafo de un grupo de borrachos que ni juno. Tiro la foto mil veces. Saco muchas. A la velocidad de mi ansiedad. Le doy el celular al loco de la remera de Grupo Cali y se me acercan un par como para entrar en complicidad bajo una metodología violenta. Los prefería posando para la foto. Miro a uno de seguridad, quiero ir a preguntarle si vio para dónde salió Mario, pero también quiero escaparle al momento. Saludo a los pibes, les digo que estoy apurado y, mientras me curten y se ríen, celebro que no me sigan.

 

–Disculpá, ¿tenés señal en tu celular? –le pregunto al patovica que había mirado milésimas de segundo atrás.

 

–¿Cómo? –responde el tipo sin mover el cuerpo ante mi llegada. Lo hace de perfil y me mira con un solo ojo, legitimado por una pechera de dudosa procedencia.

 

–Vine con Mario Pereyra en su camioneta, trabajo con él pero de golpe se me fue. No sé para dónde agarró… una camioneta gigante blanca –le digo y soy capaz de decir cualquier barbaridad con tal de encontrar una salida.

 

El de seguridad no responde con palabras. No dice ni una. Levanta su dedo y señala. Voy en esa dirección trotando como un perro que busca su casa. El celular sigue sin señal y, al doblar la esquina, allá a lo lejos, con las balizas puestas, está la camioneta de Mario en doble fila. Me subo. Esto debe ser esperarme, pienso. Apenas entro acelera y nos vamos de la zona a bastante velocidad. No entiendo nada, prefiero no hablar. La chicharra insoportable me anuncia por centésima vez que vuelva a ponerme el cinto. Lo hago. Dejo pasar algunos minutos, mi corazón se va desacelerando. Lo siento serenarse bajo el maldito cinturón que me aprieta cual arrollado de pollo. Estamos nosotros con mucho silencio en la incomodidad de la comodidad del auto que no hace ningún tipo de ruido. Entramos a un túnel muy iluminado y aprovecho que salimos de la oscuridad para preguntarle. Mario putea al dueño del boliche, que “se caga en la gente”. Quería el escenario libre, sin ninguna banda, para llegar y tocar. Lo tiene todo sincronizado por whatsapp y si no le cumplen se vuelve loco. Quizás también haya algo de egos con Sergio Torres, pero no hablo del tema. Me acuerdo de que Mario no participa en los discos de nadie ni toca en festivales. Una vez casi graba en un disco de Torres pero él no lo volvió a llamar y Mario tampoco lo hizo. “Ahora llego a casa y al dueño del boliche le pego una incendiada por facebook”, dice Mario confirmando que es un gran estratega del marketing.

 

 

Llegamos a un parador frente a la cancha de Unión. Mario es de Colón pero no mezcla el fútbol con la música y puede llegar a tocar con la camiseta de cualquier equipo porque respeta las instituciones. Algo parecido le debe pasar con la política. Ha hecho casi cien jingles.

 

Después de cruzar a la banda en una estación de servicio, estaciona en una panadería para comprar facturas. Sigue tirando cartas sobre la mesa: “Hace un mes que no como harinas pero hoy voy a comer”. Llegamos a la casa fusilados. Mario se queja porque no hay leche pero nos queda café. Prepara el desayuno. Dan una de Spiderman en la televisión. Hablamos de la Pantera Rosa mientras vamos a la mesa y come pocas facturas de las muchas que compró. Le encanta la idea de que sobre, de que todo sobre, de que sea inabarcable. Por eso la batería era su instrumento favorito de chico: no podía abarcarla. Hoy está en el centro de la casa. También abundan los televisores, las camisas, los cuadros, los perros, de todo hay mucho. Con la vida también va por lo mucho más que por la falta. Por eso intenta acaparar las cosas aunque no sean totalmente abordables. Mario lo intenta. Siempre con justicia. Una justicia que es la que le convenga según la circunstancia. Lo hago posar con un cuadro. Varias fotos. No lo puede levantar porque le pesa. Al cuadro se lo regaló un guardiacárcel de Coronda que hizo que un preso lo tallara en fibrofácil. Es Mario con un micrófono en mano. Me lee lo que acaba de publicar en facebook bardeando al bolichero y nos reímos. Le sirve como prensa, lo sabe, lo sabemos.

 

 

Vamos arriba. Voy a dormir en un colchón de dos plazas que está tirado al lado del cuarto de Mario, que saca muchas cosas que tiene arriba de la cama. Miles de camisas. Lo gasto. Ya estamos en confianza. Nos vamos a dormir. No tiene persianas así que hay un montón de luz. Duermo mal, incómodo. Pero me duermo. Lo veo levantarse. Se ata el pelo frente al espejo. Pienso que es como un sello, una marca. Atarse la cola para arrancar el día así como Chaplin poniéndose el bombín o Michael Jackson su sombrero. Veo todo medio escondido por debajo de la sábana. Me hago el dormido. Voy a levantarme cuando él baje. Tengo ganas de masturbarme pero espero a que Mario baje para hacerlo. Me limpio en el baño. Bajo y vemos de nuevo cómo incendió al bolichero con la publicación de facebook. Está contento. Sabe que lo necesitan. Que ahora van a mendigarle notas y shows. Los pibes hicieron quilombo, sabe que tiene a la gente de su lado.

 

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Me pregunta si me gusta el pescado. Por supuesto, le digo. Me lleva a un lugar que se llama Doña Pocha o Doña Cata. Siempre hay que pedir reserva con anticipación. Es para clientes exclusivos y Mario entra conmigo sin hacer reserva, obvio. Algunos conocidos que se enteraron de que estaba con Mario Pereyra me hacen mandarle mensajes de voz por whatsapp y se los mando mientras comemos. Él cambia dos o tres palabras pero siempre dice lo mismo y en el mismo tono. Es algo que le piden seguido. Saludos por whatsapp.  “Te tiene que elegir la gente. Cuando la gente te elige pasás a ser un clásico y te sigue eligiendo” es una de las últimas cosas que le escucho decir. Me lleva hasta una parada de bondis en Santo Tomé. Vamos escuchando un disco de Maná pero Mario me dice que le gustan La Renga, los Redondos. Ya no sé cuánto hay de verdad, ya no sé cuánto hay de fantasía. Le gusta cómo el batero de Maná le pega a la bata, dice que es muy preciso.  Nos abrazamos, le agradezco. “Gracias por hacerme conocer a los dos Marios Pereyras”, y nos reímos. Subo a un colectivo, vuelvo a Rosario y al otro día tengo que ir a Buenos Aires, a la Recoleta, el barrio donde paso la mitad de la semana. Arranca el micro y olvido colocarme el cinturón de seguridad porque no hay chicharra que me haga acordar. Saco los auriculares, encuentro un temazo de Bruno Mars en una radio de la zona y lo escucho viendo las fotos que fui sacando de Mario Pereyra y su banda. Quizás sea mejor ser cabeza de ratón que cola de tigre pero, la puta madre, son tantas las noches en las que sueño con ser cabeza de tigre, pienso mientras miro el verde del campo que se me va alejando por la ventanilla del micro.


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