“Insistir es resistir”: la fórmula caracteriza a la autogestión de la vida en el siglo XXI, en los asentamientos precarios es ley. Silvia Grinberg, Eliana Bussicon y Eduardo Verón conversaron con vecinxs de José León Suárez que viven frente al principal relleno de residuos sólidos urbanos del AMBA (CEAMSE). Hablaron sobre cómo las desigualdades sociales y la especulación industrial condicionan el paisaje de su barrio y acorralan su salud (“estamos todos contaminados”), y de la desesperación ante las limitaciones para cumplir con el aislamiento preventivo por Coronavirus.



Las reglas de lo urbano

Marzo de 2020

 

Verónica nos espera con mate y galletitas. Se despertó temprano y limpió su casa. Usa mucha lavandina pero aún así pierde su batalla contra las moscas.

 

- Es inevitable. De día cuando hace calor y hay sol, siempre hay moscas- comentamos.

 

Ella sonríe y agrega:

 

- De noche también hay moscas. 

 

En ese minuto adquiere materialidad la densidad de José León Suárez, la de los barrios ubicados a la vera del camino del Buen Ayre, la autopista frente a la quema, a la CEAMSE, el área del Reconquista, el conurbano. La pregunta por el dengue queda en el aire. No será la única conversación que tendremos sobre animales. 

 

En la casa hay gatos, todos cachorros. No sorprende que haya gatos, tampoco que sean muchos. Sólo que es difícil dejar de notar que son chiquitos para enfrentar una de las batallas diarias del barrio: las ratas. 

 

- Tener gatos es la forma de pelear contra las ratas. Tenemos una gata grande. ¡Pero le tenés que ver la cara cuando está frente a las ratas! El otro día tenía dos enfrente y la cara de miedo se le iba – dice Verónica-. No parábamos de reírnos.

 

Ir al barrio, como siempre, es una catarata de cosas que se apilan en la forma de imágenes y relatos que nunca son como uno/a espera, aunque tampoco totalmente diferentes. La noche anterior nos preguntábamos si podríamos ir, llovía. Por la mañana aclara, avisamos que vamos. En el patio de Verónica confirmamos una vez más que avisar es que te esperen, que se preparen. Como en El Principito. 

 

De pasada entramos a la escuela a saludar y conversar sobre el trabajo de este año. Hace más de un decenio hacemos cosas juntos/as, y éste no sería una excepción. La escuela está en obra: están haciendo una cámara séptica nueva, modificando una vieja instalación conectada con las casas y calles/pasillo vecinas que te recuerdan que estás en la ciudad, pero en una parte con sus propias reglas de lo urbano. Mientras, el patio se achicó pero no frenó que las clases de educación física, o, el recreo tuvieran lugar allí. 

 

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Para la nueva cámara desviaron los caños de las casas aledañas cuyas aguas negras desde la creación de la escuela habían quedado conectadas a un pozo común. Con esta obra luego de 30 años se producirá una cierta independencia de la infraestructura escolar y urbana. No es difícil de entender. Las primeras instalaciones de agua del barrio remontan a los noventa, a la creación del colegio. Barrio y escuela portan la misma historia. Los vecinos recuerdan como una noche mítica cuando entre todos se organizaron y distribuyeron agua potable a un sector muy importante de la zona. Lo hicieron a través de chicotes que salían de las tomas de agua que habían llegado para la institución educativa. En una noche hicieron toda esa conexión. Hace unos años la empresa estatal hizo la conexión de agua potable. El barrio se había independizado. Ahora, la escuela quedaría con su cámara séptica independiente y las cañerías lindantes irían a la calle/pasillo que está del otro lado del mismo patio.

 

La casa de Verónica, la escuela, el barrio tienen historias comunes. Los días de lluvia las napas suben, desbordan los pozos ciegos; los arroyos devenidos zanjones hacen lo propio. Pero también comparten la sensación de alegría y juego que hay en la calle, de día. Tomar mate en la vereda, escuchar música, conversar con amigo/as, festejar cumpleaños, jugar a las escondidas, correr, patear la pelota, todo eso ocurre en la calle. La calle es aquel lugar de encuentro que mi abuela relataba sobre su infancia. Con el COVID19 ésto jugaría una mala pasada.

 

Estamos todos contaminados 

Mayo de 2013 

 

Algunos años atrás, caminando por el barrio junto a docentes y estudiantes (re)aparecía la conversación por unos tachos tóxicos enterrados. Algunas historias y relatos se repiten cuando uno transita estas calles. Una de ellas es el relato de los tachos tóxicos que habrían sido desechados por una empresa química en el, otrora, bañado del Río Reconquista. Algunos/as atesoran las notas periodísticas de esa jornada. El municipio llegó con máquinas topadoras para desenterrarlos. No los encontraron. 

 

Esa mañana algo diferente había ocurrido, el relato se interrumpe. Un alumno, molesto con nuestra conversación, dice: 

 

- ¿Y qué van a hacer si encuentran los tachos? ¿A dónde nos vamos a ir nosotros? 

 

En ese minuto todo cambió. Entendimos que no habíamos entendido nada. Seguimos caminando y hablando o, más bien, callando. Otro vecino dice: 

 

- Los tachos ah, sí, están. Pero los que vivimos acá ya sabemos que estamos todos contaminados. 

 

Mientras, el hombre le pregunta a León, un amigo líder del barrio que nos acompaña en el recorrido, si sabe del algún trabajito para él. 

 

Estamos todos contaminados. La frase con forma de sentencia no deja de provocarnos, fatigarnos, de volver y volver. 

 

Verónica, en su patio, vuelve con este mismo relato. Sin que le preguntemos, habla sobre los tachos. Ella ya estaba en su casa cuando se hizo el operativo. No hay resignación. Aceptación tampoco. ¿Saber hecho cuerpo?

 

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Memorias de lo urbano

Junio de 2014

 

Pascual, hijo de inmigrantes portugueses que nació a principios del siglo pasado en una de las tantas quintas de José León Suárez que abastecían a la gran ciudad, nos cuenta a través de sus memorias algo de la historia del lugar. Su memoria porta el recuerdo de los bañados, de cuando iba a pescar con sus amigos, a pasear con su familia. Esta historia, más feliz que la de los tachos, también se repite entre los vecinos. En algunos momentos de la conversación a Pascual se le humedecen los ojos. Como cuando recuerda cómo los bañados dejaron de serlo: llegó una curtiembre a la zona, los peces empezaron a desaparecer. Había trabajo, por eso lo apoyaron, pero Suárez, desde entonces, cambió para siempre.

 

Estamos todos contaminados. La sentencia repiquetea, no puede no hacerlo. Memorias de lo urbano y sus reglas.

 

El patio y sus reglas: la inmunidad

José León Suarez, marzo 2020 

 

Sentarse en el patio de Verónica, como en todas las casas del barrio, es un clásico. Sentarse es también ver cómo se conjugan precariedad y precaridad. Aquella fragilidad propio de lo humano, esa que nos aúna en estos tiempos de pandemia y que nos hace sentir que el COVID19 nos afecta a todo/as. Y aquella otra que remite a la fragilidad política a la que vida en los asentamientos es expuesta; esa que deja al descubierto las profundas desigualdades y que esta emergecia sanitaria no hace más que profundizar.

 

En el patio de Verónica, lo urbano, la urbanización, las políticas de la vida urbana adquieren una densidad sin precedentes. En tiempos de Coronavirus esa densidad se expande más allá de sus límites. 

 

Quedamos todos/as expuestos a ella pero de diferentes y desiguales formas, muy desiguales. 

 

Cuatro días después de la visita a la casa de Verónica, ahora sí, en plena cuarentena, Dylan postea en sus redes: 

 

- No me hizo nada las cosas que comía del cinturón y me vas a matar vos, coronavirus.

 

Al segundo nos resuena eso que años atrás nos había dicho como al pasar un vecino: “los que vivimos acá ya sabemos que estamos todos contaminados”. ¿Esperanza de inmunidad? ¿Saber hecho cuerpo?

  

Nair, una de las personas más sensible y lúcidas que conocimos alguna vez, dice en un chat que mantenemos por la noche en tiempos de COVID19: 

 

- Ese es el tema, que se piensen que somos inmunes a lo que está pasando por vivir en un barrio que todo el tiempo está contaminado.

 

Verónica es muchas Verónica(s). Nair es muchas Nair(es) y también hay muchos Dylan(s). 

 

Todos/as comparten un saber devenido cuerpo, la vida que enseña muy rápido que siempre se trata de insistir. Todo es resultado de esa insistencia. Sin ella no habría terreno, ni paredes, ni sillas recuperadas para que nos sentemos a tomar mate en el patio.

 

Insistir es resistir, es la fórmula que caracteriza a la autogestión de la vida en el siglo XXI. Y en los asentamientos precarios, esta máxima es ley. Es verdad que la pandemia no discrimina, pero aún así, es profundamente desigual. No puede no serlo: “los que vivimos acá ya sabemos que estamos todos contaminados”.

 

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El techo propio.

Marzo 2020 

 

En el patio de Verónica se apilan unos ladrillos huecos. No podemos evitar girar y mirar esa pila. Verónica dice:

 

- Los tenemos acá para hacer la pared de ladrillo y reemplazar la medianera que ahora es de madera.

 

Se trata de unas maderas que encontró cirujeando y las acomodó, verticales, en forma de pared. Esos ladrillos esperan porque ahora están en inicio del período escolar y hay muchos otros gastos. 

 

En el patio, Verónica señala el techo. Las goteras no dejan de ser una anécdota porque el agua entra por todos lados y no son esos los huecos que más preocupan. Son los ladrillos huecos. Esos que tanto cuesta conseguir, para los que se junta peso a peso, aquellos que son los que permiten pasar de la madera cirujeada a la pared que no se derriba ni con agua ni con viento, esos que preocupan porque por allí se meten las ratas. Desde ya, no la única, pero sin duda la pandemia permanente del barrio. 

 

Con la vivienda se juega algo cuya densidad se entiende después de sentarse un rato o varios ratos a tomar mate. Y eso, luego de haber caminado varias veces las calles del barrio. La vivienda es resultado de múltiples conquistas. 

 

No es difícil entender la dificultad del acceso a la vivienda cuando se es parte de los sectores trabajadores, o simplemente, se es joven. “¿A dónde nos vamos a ir nosotros?”, nos decía ese alumno años atrás. 

 

La primera es conseguir unos metros cuadrados. En el barrio con el devenir de los años esta lucha se vuelve flagrante. Las casas van avanzando metro a metro, ganando un poco de terreno, incluso al arroyo. Lejos de ser una lucha romántica es una silenciosa y silenciada que ocurre a diario en el suelo urbano; una lucha que funciona en la lógica propia del rizoma. Verónica consiguió hace 28 años esos metros cuadrados a la vera del zanjón. Cuando ella llegó, estaba todo vacío, relata. Después dividió ese terreno con dos de sus hijos. La medianera para la cual apila esos ladrillos la comparte con uno de ellos. 

 

Como dicen las abuelas, el casado casa quiere y, este es, también, uno de esos casos. 

 

Un rato antes de irnos Verónica nos invita a pasar al interior de su casa. Pide disculpas por la roña, le decimos “de ningún modo, está más limpia que nuestra casa”. No mentimos. La casa tiene un comedor grande donde también está la cocina, integrada. No tiene contrapiso, sino un piso vinílico resultado del cirujeo que hace las veces de piso y alfombra. Esto no deja de ser un problema porque es en la tierra donde se hacen las madrigueras. Al comedor dan las puertas de tres cuartos. En uno de ellos es donde duerme toda la familia porque tiene contrapiso; el otro es lugar donde apilar cosas. Verónica, como tantos/as otros/as vecinos/as de Suárez, vuelven a los residuos materia prima, capital. A Verónica, los/as pibes/as que van a la quema a buscar cosas pasan a venderle mercadería que ella luego vende en las ferias. Verónica, Julia, Ernesto, José o Valeria. Uno/a de lo/as tanto/as vecino/as de Suárez que compran y venden mercadería. Los residuos no son basura, son productos a reciclar, consumir o vender; por eso las viviendas siempre necesitan lugar de separación y acopio.

 

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Es feo vivir con miedo al otro 

Marzo/Abril de 2020

 

Verónica tenía que llevar a su hija a la escuela. Cuando ya estamos saludando para irnos retoma una preocupación propia del inicio del periodo lectivo. Nos pregunta si tenemos guardapolvos para pasarle. No le preocupa si están sucios, ella lo arregla todo. En la escuela le dan a sus hijo/as todos los días, solo que les piden que los dejen y es muy incomodo para ello/as. Entiende a la escuela, no se molesta por eso. Sólo quiere que sus hijo/as tengan cada una/o su guardapolvo. 

 

Uno días después en plena cuarentena nos dice vía redes: 

 

- Cumplimos la cuarentena. Sin embargo, en el barrio los vecinos salen… Hay casas que son muy pequeñas y en general quienes la habitan se dispersan por otros ámbitos. Ahora que están juntos en un ambientes trae complicaciones. Mucha gente en un pequeño lugar… A lxs jefxs de familia los hace pensar cómo van a vivir las próximas semanas. Otra cosa es que mucho tiempo en la casa te hace comer más, y en estos sectores es muy difícil cubrir esa ansiedad con comida. Es casi tortuoso para algunas casas.

 

Estamos por irnos y uno de los nietos de Verónica que no tiene más de 4 o 5 años se acerca y nos choca los cinco.

Nos vamos del barrio, seguimos estando. La conversación salta de un tema a otro de la visita, reponemos lo que vi(vi)mos, escuchamos; buscamos racionalidad. A la noche todo vuelve, como imágenes de una película. Ahora, mientras llueve, vuelven los huecos. En medio de tanto hueco, resuena una y otra vez la preocupación de Verónica por el guardapolvo.

 

Mientras nos despedimos por chat deseándonos buenas noches, Nair escribe: 

 

- Ojalá esto pase rápido y sea sólo un mal recuerdo. Es frustrante y feo vivir con miedo al otro. 

 

 

San Martín, Marzo/Abril,  2020

“Cuando la epidemia amenazó, un pavor general se apoderó de la burguesía de la ciudad; de pronto se acordó de las viviendas insalubres de los pobres” (Engels, 2019 [1845]: 117)

 

 


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