De los 324 hombres que vieron el perfil de Cecilia González en una página de citas virtuales, 217 la invitaron a salir. Las relaciones de los últimos años de la cronista mexicana habían sido sumamente frágiles: buscaba un hombre culto, independiente y con buen humor. Uno entre los más de 17 millones de argentinos que se declaran solteros, viudos o divorciados. Acompañada de la socióloga Eugenia Zicavo, para esta crónica anfibia González evaluó tácticas de acercamiento, perfiles mentirosos y maneras de venderse. Pasó de la euforia a la decepción y concluyó que en la red también impera el machismo y una pretensión de desigualdad.

Las palabras mágicas llegaron una madrugada:
Viví varios años en Francia, donde estudié cine. Sos la primera persona que encuentro y me sorprende la cantidad de coincidencias que tenemos. Me gustaría que charlemos y nos conozcamos.

Firmaba un tal Jim. Era, por mucho, el correo más interesante de los más de 300 que había recibido durante los últimos tres meses, desde que me había inscrito en una página web para tratar de entender los mecanismos del encuentro amoroso en la era del 2.0.

Tanta gente hablaba de cómo había encontrado pareja en Internet. Bastaba sacar el tema a colación para que alguien contara la historia de alguna pareja que empezó una relación por chat y terminó con hijos, incluida boda o mudanza de país. Si les había pasado a tantos, por qué no me iba a funcionar a mí. No quería boda, ni hijos, ni mudanza, pero sí estaba dispuesta a asumir un compromiso de pareja al que muchos años me había negado. Estaba intrigada. Aunque no me enamorara, pensé, por lo menos conocería hombres interesantes.

Me impuse una serie de reglas: no me citaría con nadie mayor de 50 años (fobias mías), y si no tenían hijos, mejor, para no competir por atención ni lidiar con la eterna presencia de ex parejas (soy egoísta, pero este era un rubro negociable); no respondería a perfiles sin foto y mucho menos a quienes no hubieran pagado los módicos 17 dólares mensuales que hay que invertir en la Argentina pesificada para buscar relaciones en una de las páginas de citas más importantes que hay en la red.

Bajo esas premisas, Jim era totalmente descartable: tenía 52 años, dos hijos veinteañeros, no había publicado su foto ni pagado la inscripción.

Pero había estudiado cine en Francia.

El dato no era nada desdeñable para mí, una mujer de 40 años, amante del cine, con una larga historia de encuentros y desencuentros con París.

Antes de recibir el primer correo de Jim, ya había aceptado conocer personalmente a tres hombres. No me gustaron. Otros tres me habían propuesto matrimonio tan sólo al ver mi foto. Algunos colombianos y estadunidenses me habían jurado amor eterno y ofrecido venir a vivir conmigo a Argentina (sin invitación de por medio). En mi perfil había aclarado que sólo me interesaba hablar con hombres que vivieran en Buenos Aires. Los brasileños me inundaban el correo. Me tenían harta.

Así las cosas, no era tan difícil que Jim se destacara.

No me había saludado, como muchos otros, con un holisssss. No me decía hola reina, bebé, muñeca, ni mamita. No me exigía tener el cuerpo tonificado, no tenía faltas de ortografía, no amaba la naturaleza y sus vacaciones favoritas no oscilaban entre la sierra y la costa. Su apodo era simple. Nada de soloyabandonado, chupatetas, meurgenamorarme, arruinado, estoycasadoperoteespero o georgeclooneyarg. Tampoco se describía como normal, buena gente o familiero. Y no andaba buscando, como muchos otros en la página: una MUJER con todas las letras, lugar común que siempre me intrigó.

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En esos tres meses, 324 hombres habían visto mi perfil y 217 de ellos (de cinco países) me invitaron a salir. Les respondí a 41, pero a 23 de ellos sólo para agradecerles el interés y aclararles que no teníamos nada en común. Había descubierto que muchos usuarios no leen las descripciones y se dejan llevar sólo por una foto medianamente atractiva. Yo había dejado claro que no me gustaba la naturaleza; que no tenía hijos, ni quería, y que sólo me interesaban hombres de 35 a 50 años. Pero me escribían hombres que no podían vivir sin ir a la playa o las montañas, que querían formar una familia, o que tenían más de 60 años. Los sub 30 eran muy insistentes. Mi ego, muy agradecido.

Ya me había decepcionado en mis citas previas. Con Jim creí que no sería así. Que al menos tenía garantizada una buena charla. Todo había sido extraño desde el principio. Pese a no haber pagado la suscripción en la página, un error del sistema le permitió mandarme su correo electrónico. Sólo así pudimos ponernos en contacto, aunque luego tuvimos que cancelar varios intentos de primeras citas. Algún compromiso imprevisto, suyo o mío, impedía el encuentro. Mientras tratábamos de acordar un momento para vernos, del correo pasamos a las llamadas telefónicas y a los mensajes de texto. A una sensación de simpatía mutua.

La postergada cita llegó la fría tarde de un domingo en El Refuerzo, un cálido y minúsculo restorán con onda a bistró francés. Mi lugar favorito en San Telmo.


 Cuando me inscribí en la página de citas, ya sabía que la búsqueda del amor en los portales de Internet es un excelente negocio para las multinacionales y que hay una pelea comercial por el mercado de los más de 17 millones de argentinos (incluidos los residentes extranjeros, como yo, mexicana) mayores de 14 años que nos declaramos solteros, viudos o divorciados en el último censo de 2010. De ellos, 13 millones y medio vivimos solos. Somos potenciales buscadores de pareja. En la disputa internacional de este mercado (solteros hay en todos lados), la página Badoo, con sede central en Londres, es líder con ganancias anuales, en promedio, de 150 millones de dólares gracias a los más de 160 millones de usuarios que tiene en todo el mundo. La cifra crece minuto a minuto. Supera, por mucho, los 30 millones de clientes que ostentan Be2, una empresa con registro comercial en Suiza, o Meetic, una firma con sede legal en Francia que opera el sitio global desde Gran Bretaña y está asociada a la estadunidense Match y la brasileña Parperfeito (todo un combo globalizado).

Una de las características de estos sitios es fomentar la transparencia de los perfiles de los usuarios. Si bien no hay nombres reales sino seudónimos, el objetivo de estas plataformas virtuales es conseguir relaciones fuera de la virtualidad. Por supuesto, a la hora de seducir, no es novedoso que hombres y mujeres mientan “un poquito” con aspectos como la edad, el estado civil o ciertos rasgos de la personalidad, pero sin exagerar. En mi caso, por ejemplo, incluí inglés y francés en el rubro “idiomas”, aunque no domino por completo ninguno de los dos, pero no mentí en nada más. Jim tampoco exageró su perfil, sino que escatimó información y no redactó ninguna presentación personal más allá de las preguntas obligatorias de edad, intereses y descripción física.

En las páginas de citas, se busca que las relaciones sean “cara a cara”, sólo que circunscriptas a una foto tamaño carnet, que es la que acompaña a cada perfil. La idea es darse a conocer y dar una buena impresión -la primera, esa que dicen que es la que cuenta-. Aunque puede ser una versión mejorada, no conviene que esté muy alejada de la realidad. No se trata de un baile de máscaras donde la seducción pasa por ocultar. Aunque suele haber artificios y algunas exageraciones, los perfiles virtuales tienen un correlato con lo real. El primer filtro es el de la imagen, lo que determina que cada perfil pase o no la prueba del doble click. Recién ahí se accede a toda una serie de datos y especificaciones (niveles de ingresos, si tiene y/o quiere hijos, hobbies o preferencias musicales), pero la primera carta de presentación es la foto. Por eso Jim se mostró ansioso y me volvió a escribir cuando se dio cuenta de que las fotos que había colgado en la página de citas no aparecían. Al no ser visto, mermaban sus posibilidades de que yo lo aceptara y quisiera conocerlo.

Toda estética prescribe una ética, un modo de estar en el mundo. Quizás por eso haya quienes cuelan en la foto algún objeto para que otra cosa que no sea su apariencia física “diga” algo más por ellos. El perfil es iconográfico: un gordito con cara de buen pibe puede resultar más atractivo alzando un auto de la serie Meteoro, o al menos despertar la curiosidad en las mujeres que de chicas vieron esa serie y ven en ello una contraseña generacional compartida. Son recursos que al mismo tiempo intentan ser una expresión de la singularidad, de lo que cada uno quiere (y puede) mostrar como imagen de su “yo”. En nuestro caso, la carta de presentación que nos acercó a Jim y a mí desde el primer correo incluyó sorpresivas coincidencias. Los dos habíamos vivido en París, nos había conmovido el documental sobre Pina Bausch y leíamos Cahiers du Cinema; nos encantaba Cortázar y disfrutábamos los libros de Martín Caparrós y Fernanda García Lao; recorríamos recitales en Buenos Aires y defendíamos los avances de derechos civiles como el matrimonio igualitario.

En estas nuevas plataformas conviven (y compiten) personas-cuerpos-imágenes dentro de la lógica de un sitio pago, especializado en la “mercadotecnia del amor”, pero Jim y yo jamás nos describimos, ni hablamos entre nosotros, en términos de la lógica mercantil que sí utilizan muchos otros usuarios que en sus perfiles reconocen “ofertas” y “demandas”, definen estrategias para “venderse” y criterios para “comprar”, y se dirigen a un “nicho” determinado o que apunta a ser multitarget para llegar a un público más amplio. Los sitios de citas operan bajo la lógica de la góndola, donde las personas son reducidas a su imagen y a los efectos inmediatos de su empaque: sólo el que decide tomarse un tiempo extra, como hicimos Jim y yo, lee de cerca las etiquetas. Lo que cada uno dijo de sí mismo vino después, porque la cosificación propia de la abstracción mercantil es, en principio, la norma. Nosotros, y todos los inscritos, somos a la vez “consumidores” y “productos”, partes de un intercambio que pone en juego el ideario del listo-para-consumir (que no necesariamente implica el listo-para-consumar).

Por eso a veces la bronca de muchos, que creían que iban a buscar objetos y se encontraron con sujetos. Una decepción.


En su ensayo Elogio del amor, el filósofo francés Alain Badiou critica los portales de búsqueda de pareja porque prometen un amor seguro contra todo riesgo, cuando el amor, casi por definición, implica arriesgarse.

Usted tendrá el amor, pero habrá calculado tan bien la cuestión, habrá seleccionado por adelantado y con tanto cuidado a su compañero aporreando el teclado de su computadora -usted tendrá, evidentemente, su foto, un detalle de sus gustos, su fecha de nacimiento, su signo astrológico, etc.- que al final de esta inmensa combinatoria usted podrá decir: “Con éste ¡no corro riesgos!”.

Yo había empezado la búsqueda después de leer este libro. No hizo falta indagar demasiado en la red para encontrar una decena de páginas de citas (be2, match, zonacitas, citasweb, datingargentina, mejoramor y la muy específica cupidojai, exclusiva para la comunidad judía, entre otras). En todas hay que llenar larguísimos cuestionarios sobre gustos personales, expectativas amorosas y aspecto físico. Hay un portal que dobla cualquier apuesta y realiza un eterno “test de personalidad”. Se puede elegir, entre una opción múltiple, “la frase que define tu vida” (¿es posible?), contar cómo resuelves un mal día o qué haces cuando estás triste. Lo presentan como “un modelo de análisis científico que se vale de criterios psicológicos, antropológicos y sociológicos para evaluar la compatibilidad de dos personalidades”. Más seguro y sin riesgos, imposible, pese a cualquier advertencia que pudiera hacer Badiou.

En ninguna página es obligatorio pagar. Se llena un perfil, se sube una foto y listo. Así se engrosa el número de usuarios de cada portal (a la empresa le sirve), pero el sistema bloquea los mensajes que envían otros hasta que el implicado decida cubrir una cuota. Muchos hacen trampa. Avisan: “estoy donde estamos todos”, “búscame donde giran los muñecos azul y verde” o “encuéntrame en el correo caliente”. Son claves para que sepas que están en Hotmail con el mismo nick con el que se inscribieron en el sitio, con lo que evitan el pago a la empresa y ligan gratis.

Lo que más me sorprendió fue que ninguna de las páginas de citas permitieran la definición de posiciones políticas. Ése sí que sería un buen filtro de selección. Mucho más importante que si se tiene el cabello lacio u ondulado, o si se va al gimnasio dos veces por semana. Por eso una de las primeras preguntas que le hice a Jim fue por quién había votado. Me tranquilizó. También en eso coincidíamos.


A pesar de tratarse de sociedades regidas por el imperio de la imagen, parece que en este tipo de páginas la foto no es prueba suficiente y hay toda una serie de casilleros a completar en relación a la apariencia física, que al menos resulta redundante: nadie sube fotos en blanco y negro. Sin embargo, hay un formulario que, a la manera de algunos pasaportes, invita a declarar el color de los ojos o del cabello. Lo más extraño es la suerte de taxonomía obsesiva en relación al color de la piel. En uno de los sitios, por ejemplo, las opciones son: blanco caucásico, japonés, pardo mulato, asiático chino, japonés, coreano, negro-afrodescediente, hindú, latino/hispano, medio oriente, otros (cualquier semejanza con las categorías de los registros raciales que se llevaban en la época de la colonia no sería mera coincidencia). Por supuesto que también hay otras formas de diferenciarse que van más allá de los rasgos físicos: los modos de escribir, de referirse a sí mismos, los significantes elegidos, permiten delimitar todo un universo de sentido para cada perfil. A mí, por ejemplo, un correo sin faltas de ortografía y con citas cinematográficas o literarias bastaba para interesarme, aunque no tuviera fotos del remitente. Por el contrario, una imagen de un tipo mostrando sus autos o mascotas (abundan), o practicando deportes extremos, me repelía.

En los perfiles, ciertas pretensiones masculinas me resultaron llamativas, cuando no francamente descabelladas. Por un lado, la mayoría de los varones buscaba mujeres de menor edad (Jim tenía 52 años y su rango era una mujer de 40 a 50, pero otros proponían diferencias de varias décadas, en el afán de conquistar a alguien mucho más joven, casi nunca mayor) y excluían de su búsqueda a las de su propia franja etaria. Como lo planteó el sociólogo español Enrique Gil Calvo: la edad sigue siendo uno de los pocos factores de desigualdad que todavía diferencian la estrategia biográfica de hombres y mujeres. Desde que ambos –especialmente en los sectores medios y altos- alcanzaron niveles similares en materia de educación, competencia profesional e incluso libertad sexual, sólo queda el temor a envejecer como último pretexto para designar a las mujeres como “sexo débil”. Pero lo que más sorprende es la cantidad de varones que en sus perfiles dicen beber “regularmente” pero buscan mujeres que sólo lo hagan “socialmente”, y los que beben “socialmente” pero quieren que ellas no lo hagan “nunca”.

Incluso aunque haya solteras abstemias en busca de pareja, ¿estarán interesadas en hombres que aspiran a conseguir una mujer que no tenga las mismas libertades que ellos mismos disfrutan para sí? ¿O querrán asegurarse la compañía de mujeres invariablemente sobrias, que puedan manejar y llevarlos seguros después de que ellos hayan bebido “socialmente”? Antes de que empiece la seducción, se advierte una pretensión de desigualdad.

En este todavía novedoso mecanismo para encontrar parejas, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman ya nos contó que vivimos en una era líquida cuyo signo distintivo es la provisoriedad, en la que nada está destinado a durar o, al menos, donde el “para siempre” (aunque a veces se diga, con testigos incluidos) ha perdido peso. Apostar en el mundo virtual por el surgimiento de una pasión alocada que termine en amor, más allá de la nueva tecnología mediadora, pareciera estar fuera de época. La paradoja es desear relacionarse pero al mismo tiempo desconfiar, temer que esa relación pueda convertirse, precisamente, en una carga que impida conocer a otras personas. Varios hombres de la página me confesaron que sufrían esa eterna búsqueda y eterna insatisfacción. Les daba miedo elegir a una sola de las mujeres que conocían por Internet, porque corrían el riesgo de perderse mejores y futuras opciones.

Sí, es complicado. Por eso aunque, a pesar de todo, enamorarse siga siendo frecuente, ahora el amor arrastra su sino provisorio: a priori se tiene conciencia de su fragilidad.


Mis relaciones de los últimos años habían sido sumamente frágiles. Si bien no tenía el deseo de casarme, ahora sí quería construir una relación de largo aliento, más “seria”. Esperaba que apareciera un hombre culto, independiente, sociable y con buen humor, como Jim, pero para buscarlo primero tenía que elegir una página de citas. Me definí como cortazariana, amante del cine y la literatura, periodista, cocinera y bailarina. Los correos comenzaron a llover en cuanto pagué la cuota. Me ilusioné. Creí que pronto encontraría a alguien y que, mínimo, tendría una aventura.

Dos semanas después, acepté la primera invitación a salir. Era un hombre de 46 años que me advirtió que no quería chatear, sino verme personalmente. Nos encontramos un sábado a la tarde en El Bar La Poesía. Desde la primera frase, el hombre se empezó a quejar de todo. La cita se convirtió en su monólogo. El monólogo del aburrido.

No, no me gusta nada de Buenos Aires. Hace 20 años esta ciudad era otra, ahora está llena de basura, hay mucha inseguridad. Somos un país que perdimos todas las oportunidades. Íbamos a ser una potencia. Vamos de mal en peor. Cada vez me gustan menos cosas. ¡Pero es que ya tengo 46 años! Ya estoy grande. Ha de ser eso. A los 20 aguantaba desvelarme pero ahora ya no. Trabajo en una oficina. Soy muy aburrido. No aburrido completo, sino tres cuartas partes aburrido. Mi vida es muy rutinaria. Me levanto, voy a trabajar. No almuerzo porque me da acidez. Como galletas y un té por la tarde y a la noche ceno. Estoy rollizo no porque coma mucho, sino porque como mal. Tengo que cuidarme porque el médico ya me dijo que tengo que bajar nueve kilos. Tengo alto el colesterol y los triglicéridos. ¿Cuándo me iba a imaginar que esto me iba a pasar? Pero claro, ¡es que ya tengo 46 años! No salgo mucho. Hace mucho que no estoy en pareja. No sé cómo volver al ruedo, dónde o cómo encontrar mujeres. Es más fácil por Internet. No tenes que salir de tu casa. Es como ir al supermercado. Lo malo es que he conocido a “gatos”. Una mujer casada me dijo que ella buscaba a alguien para hacer un trío con su marido. ¡Qué horror! Sí, a veces he conocido mujeres normales, pero no sé por qué nunca más me llaman.

Estaba entre sorprendida y divertida. Me limité a escucharlo y casi no hablé. ¿Qué parte de “esto es una cita con intenciones amorosas” no había entendido este buen hombre? ¿Desde cuándo se había puesto de moda hablar de tus achaques a una mujer que recién conoces y supuestamente quieres conquistar? La fijación masculina con la salud fue una constate. Algunos, sobre todo los mayores de 50, me detallaban con mucho orgullo el resultado de sus exámenes médicos, sin darse cuenta de que se deserotizaban por completo. Creían que estaban buscando una pareja, pero en realidad no querían encontrar a nadie. Se boicoteaban, pero no lo sabían. Pude entenderlo porque yo había hecho eso mismo durante mucho tiempo, mandando de manera inconsciente el mensaje “no me elijas”.

Otro día me llegó un correo muy tentador de un hombre de 48 años:

Soy un hombre muy culto y muy buen bailarín.

Empezamos a chatear. A las seis líneas, me confesó su amor incondicional y quería que yo le dijese lo mismo. Me asusté un poco. Lo bajé a tierra. Igual acepté verlo, ahora en El Gato Negro, el bar notable de Corrientes. Fue muy incómodo. Me miraba, más bien me examinaba fijamente como quien revisa una camisa que se va a comprar. El café tardó 15 minutos. Salimos y caminamos juntos un par de pasos. “Mmmm, sí, creo que de estatura vamos a andar muy bien”, me evaluó. Nunca me había sentido así, como un objeto. Fue otra cita en la que casi no hablé. Sólo escuché y observé.

Tenía que tomar muchos más recaudos para encontrarme con alguien. Y eso que faltaba el caso más extremo: me escribió un hombre que se identificó como “un científico mexicano” que estaba de vacaciones en Buenos Aires. Lo invité a almorzar, pero resultó ser asesor cercano y defensor de un político mexicano que desprecio. En cuanto me lo contó, me dolió la panza.

Me prometí no volver a salir con nadie hasta no investigar bastante más para no llevarme estos chascos. Buscar pareja por Internet no estaba resultando tan fácil como me imaginé. Me sentía un poco decepcionada, pero decidí que no iba a perder el buen humor.

Mantener la búsqueda en el plano epistolar era más fácil. Resultaba sorprendente todo lo que un perfil podía decir (y también callar). Pero más curioso aún era descubrir que buena parte de los datos respondían a las mismas preguntas que hace décadas hacía Roberto Galán, el conductor del programa Yo me quiero casar, ¿y usted?, sólo que nos ahorraba a los involucrados el mal momento de preguntar -como hacía Roberto- si el candidato elegido era, por ejemplo, “propietario”. La información de los perfiles es un filtro bastante efectivo: las faltas de ortografía, los gustos (o disgustos) televisivos, cinematográficos o musicales, los hábitos cotidianos y, sobre todo, el tipo de personas que buscan otros para relacionarse hacen que el prejuicio se active, catalogue, ordene o descarte. Así podía seguir descubriendo personalidades. Por ejemplo, la nula tolerancia al rechazo que tienen algunos. Como el uruguayo que me insultó cuando le dije que prefería conocer únicamente hombres que vivieran en Buenos Aires.

OK veo que eres Narrow Minded (mente cerrada) y esos viajes que cuentas que hiciste no te sirvieron de mucho.

Con lo violentas que son las mayúsculas. Ya otro, antes, me había acusado de “histérica” por no querer responderle si era “una mujer liberada sexualmente”. El sexo fue su único tema de interés en nuestra primera (y última) charla. Al principio me divertí, pero la situación ni siquiera se tornó erótica. Me aburrí. Me negué a responderle por pereza, no por prejuicio, y vino la acusación.

Una constante fue la de iniciar y mantener durante días diálogos amenos que al final no se concretaban en un encuentro porque ellos desaparecían. Uno me escribió sólo para rechazarme: “Sos muy linda, qué lástima que fumes, no entras en mi target”… ¡pero tenía 59 años! El que no entraba en mi selección etaria era él, o sea que me rechazaba alguien que ni siquiera me interesaba. Una locura. Otro me confesó que sólo se había inscrito en la página para espiar a su ex. Los que yo elegí como “favoritos” nunca me escribieron. Y sólo sospeché de algún tipo de fraude cuando se multiplicaron en mi casilla correos de hombres viudos y con una hija pequeña que vivían en Irlanda o Inglaterra. Sus perfiles eran idénticos y sin foto, aunque los nombres y el lugar de residencia cambiaban. Supuse que el estado civil y la paternidad solitaria eran un gancho para atraer a mujeres vulnerables y, mínimo, sacarles los órganos, secuestrarlas o robarles su dinero.

Dialogar tantas primeras veces con tantos hombres desconocidos era desgastante, por más buena onda que yo le pusiera. Estaba cansada, perdiendo la ilusión y a punto de darme por vencida, cuando llegó el correo de Jim, un hombre, según su perfil, de 1.70 metros de estatura, 68 kilos, delgado, atractivo, interesante, latino, ojos castaño oscuro, cabello lacio, divorciado, que vivía solo, hablaba portugués y francés, de Sagitario, que hacía ejercicio físico con regularidad, bebía socialmente y no fumaba. Sin piercings ni tatuajes. Con intenciones de tener una relación casual o un romance serio con una mujer de 40 a 50 años, que viviera en Buenos Aires, midiera de 1.60 a 1.70 metros y pesara de 55 a 60 kilos.

Centímetros menos, algunos kilos de más, esa mujer bien podría ser yo.


Navegar por los distintos perfiles había sido todo un ejercicio de imaginación sociológica: cada dato era inevitablemente leído bajo un criterio de valoración (esto me gusta, aquello no tanto). Cada consumo cultural, vestimenta, opinión o preferencia listada estaba hablando de “algo más”; cada uno de los datos encerraba un plus significante, para bien o para mal. Por ejemplo, si todos los varones argentinos estudiaran cine en Francia, eso dejaría de ser un dato distintivo, pero fue justo lo que más me llamó la atención cuando leí el correo de Jim.

Como plantea el sociólogo francés Pierre Bourdieu, somos clasificadores clasificados por sus propias clasificaciones: nuestras elecciones (y en este caso, nuestras búsquedas) hablan más de nosotros mismos que lo que podemos decir al enumerar hobbies o gustos literarios. Qué tipo de mujer está buscando un hombre dice mucho más de él que si es fanático de Star Wars.

Cuando creemos que elegimos, somos nosotros los que estamos siendo elegidos.

Jim y yo nos elegimos. Nuestra primera cita para tomar un café en San Telmo se convirtió ahí mismo en una cena. Nos encontramos a las siete de la tarde y no paramos de hablar. La prueba final de mantener la empatía a partir del contacto visual, fue superada.

A mí ya me caía tan bien de antemano, gracias a los correos y llamadas previas, que ni siquiera fui nerviosa al encuentro. Sentados frente a frente, las horas transcurrieron entre historias personales, anécdotas de viajes, gustos por el cine, la música y la comida. Había muchas risas, muchas coincidencias. Una inusual sensación de comodidad entre extraños. Era el día que Hugo Chávez se jugaba su enésima reelección. A los dos nos interesaban los resultados.

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Salimos del bistró a medianoche. Caminamos un par de cuadras, en medio de más charla y más risas. Nos detuvimos en la puerta de mi casa. Ahí sí me entraron los nervios. Le dije que me había encantado conocerlo y traté de despedirme, pero mis palabras eran cada vez menos audibles. Él me miró con ternura, me abrazó y me besó. Ya no pudimos, ni quisimos, despegarnos. Entramos. Entre besos, supimos que Chávez había ganado. Le pedí que otro día me acompañara a ver Casablanca en pantalla grande para ver si ahora sí Ilsa se iba con Rick. Nos quedamos juntos. Despertamos entre más besos y más abrazos.

Mi plan con la página de citas se había alterado. Parecía que, contra todos mis pronósticos pesimistas, sí había conocido “a alguien”. Jim se fue al mediodía. Pensé que si eso había sido todo, estaba bárbaro como historia pasajera. Una más.

No fue así. A la noche él reapareció con una llamada. Y al otro día me invitó a su casa.

Esa tarde, escuchando a Nina Simone en un departamento de Palermo, colmado de ventanas abiertas, dejé que desaparecieran la cautela y el escepticismo que todavía me restaban.

Jim parecía un hombre sin fobias a estar con alguien (yo quería dejar atrás las mías), muy cariñoso. Interesado en mí. Con sentido del humor. Nunca me había dado la oportunidad de estar con alguien mayor. Me alegré. Creí que había conocido a un hombre maduro que sabía lo que quería y que me había buscado, sin prejuicio alguno, por Internet. Parecía que no escondía nada. Me mostró su trabajo, sus libros, su música, sus películas, su vida. Estaba sorprendida, desconcertada.

Nos vimos, hablamos y mensajeamos todo el tiempo, durante seis días seguidos. Luego hice un breve viaje a Perú. Yo maldecía. Justo en pleno romance, tenía que tomar un avión. Cuando volví, lo llamé desde el aeropuerto. Me dijo que me había estado esperando y quedamos para cenar un par de días después. Fui feliz a recogerlo en su casa. En cuanto él abrió la puerta, sentí algo raro. Él no sonreía. No estaba contento de verme. Fuimos a un restorán secreto en Almagro. Hablamos, otra vez, mucho. Él siguió sin sonreír.

Por mera intuición y experiencia, sin atreverme a preguntarle nada, supe que la magia se había esfumado. Al final, la leyenda sobre las relaciones amorosas nacidas en la red no se había aplicado a mi caso. Me acordé de Woody Allen: si algo parece demasiado bueno para ser verdad, créeme: no es verdad. Aun así, acepté pasar una última noche con él. A la mañana siguiente, un beso y un mutuo “hablamos” que sabía no se iba a cumplir sellaron la despedida. Era el punto final. Al menos eso creí mientras me alejaba de su casa y de su vida. En realidad, eran puntos suspensivos.

Unos días después me tropecé con Jim en la calle Florida. Chocamos a la hora pico de la salida de los oficinistas, en la calle más transitada de una zona en la que todos los días deambulan siete millones de personas. En medio de la multitud que iba y venía, trató de explicarme su alejamiento. Yo casi no lo escuchaba, abrumada por la ¿casualidad? de haberlo encontrado ahí, así.

Entramos a tomar un café en una librería, a las apuradas. Me contó que no había superado su anterior ruptura y no estaba listo para iniciar una relación. Me había visto tan ilusionada que prefería terminar esto antes de que saliera lastimada. Yo estaba bien triste. Arrepentida de la suscripción a la página, de los encuentros con él y de haberme ilusionado. Cuando regresé a casa, me di cuenta de que Jim había dado de baja su perfil de la página de citas. Era verdad. No quería buscar pareja por ahora. Lástima que se hubiera dado cuenta justo después de conocerme.

De la tristeza pasé al enojo conmigo durante algunos días. Intenté hablar con otros hombres en la red. Era inútil. En la comparación, todos perdían con Jim. Me irrité pensando en qué me había equivocado, qué había hecho mal. Me arrepentí muchísimo de un correo romántico que le había escrito antes de irme a Perú.

El berrinche se me pasó a los pocos días. Libre de culpa y cargo, me alegré de lo vivido. Entendí que la situación había escapado a mi control, cosa que suele ocurrir en las relaciones humanas. Y las que nacen en los portales de Internet no tenían por qué ser la excepción. Badiou tenía razón. El amor siempre implica un riesgo, no importa dónde ni cómo lo busques. Si lo pensaba bien, era hasta gracioso: rechacé a más de 300 hombres en tres meses (todo un récord), pero justo el único que me interesó, me rechazó.

Había sido un amor eterno de seis días. Me duró mucho más que otros.  


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